Practicando el monoteísmo en un Sistema Politeísta Parte 3

En esta última parte, retomamos el recorrido por los relatos de Génesis para observar cómo las formas heredadas del sistema religioso politeísta continuaron evolucionando sin desaparecer, permaneciendo activas en nuestras creencias religiosas, culturales y sociales. Estas formas están profundamente enraizadas en el inconsciente humano desde los inicios mismos de la civilización.

El sistema religioso politeísta fue fundacional, no solo porque marcó el origen humano de las primeras creencias sobre lo divino, sino porque sentó las bases de los comportamientos sociales y culturales. Todo lo que el ser humano creó en términos de organización social, estructuras familiares, normas de convivencia y vida comunitaria, nació y se expresó a partir de esas creencias que formaron parte de la primera religión estructurada por el hombre.

Entender esto es importante porque nos permite ver que muchas de las ideas y costumbres que hoy asumimos como “naturales” o “correctas” no lo son por su valor intrínseco, sino porque las hemos heredado de sistemas antiguos que reflejaban una forma distinta de entender la vida y al ser humano.

En los primeros tiempos de la historia humana, no existía la separación moderna entre religión, cultura y política. La religión era el eje que generaba la cultura y organizaba la vida social. Por eso, sus estructuras moldearon tan profundamente al ser humano, que solo un cambio interior radical puede liberarlo de comportamientos que, aunque heredados, ya no lo benefician.

Ese cambio comienza con la reconciliación: una transformación interna que permite vivir con libertad y desapego de aquello que, aunque tradicional, ya no conviene. Porque lo heredado no siempre son simples supersticiones inofensivas —como creer que abrir un paraguas dentro de casa trae mala suerte—, sino también formas de vida que fracasaron y que se grabaron en nuestros comportamientos sociales.

Por ejemplo, en los primeros siglos de Sumeria, las mujeres gozaban de mayor autonomía, pero con el tiempo su papel fue restringido. Si pensamos que esta desigualdad solo existió en la época de Pablo, nos equivocamos: es tan antigua como la primera civilización. Podemos decir entonces que la primera religión sentó las bases de nuestras sociedades, y que esas bases aún moldean nuestra forma de vivir sin que lo notemos, porque actúan desde lo más profundo: desde lo espiritual, desde el interior del ser humano.

Siguiendo con la historia del Génesis, encontramos a Isaac —el hijo de Abraham— consultando a Yahveh por la esterilidad de su esposa Rebeca. Esto implica una visita a un lugar sagrado o santuario, donde creía que Yahveh se manifestaba. Su padre ya había comenzado a levantar altares y plantar árboles sagrados como señal de esa presencia. No sabemos si el lugar que visitó Isaac ya se había constituido como santuario formal, con sacerdote, siguiendo el modelo del sistema religioso que se había desarrollado desde la primera civilización humana.

Más adelante, en el relato de Jacob camino a Jarán, se nos cuenta que, al ponerse el sol, se acostó a dormir en un lugar. Allí tuvo el famoso sueño de la escalera, con ángeles que subían y bajaban entre el cielo y la tierra. En ese momento, Dios le traspasa la promesa dada a su abuelo: darle esa tierra, bendecirlo y hacer que, por medio de su descendencia, fueran bendecidos todos los linajes de la tierra. Esa misma promesa también se había extendido a su padre Isaac.

Lo interesante de este pasaje es la reacción típicamente mesopotámica de Jacob: “¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!” Esa expresión nos remite a una creencia muy antigua: la idea de que había un punto en la tierra que conectaba con el cielo —una puerta entre mundos—, muy posiblemente inspirada en la memoria espiritual de la Torre de Babel y el Jardín de Dios.

Jacob se levanta de madrugada, toma la piedra que había usado como cabezal, la erige como estela y derrama aceite sobre ella. Ese gesto no fue inventado por él: era una costumbre común en el mundo sumerio, babilonio y cananeo. Más tarde, ya constituido el pueblo de Israel, el aceite pasó de ser un gesto personal de consagración espiritual a un elemento litúrgico formal: se usaba para ungir sacerdotes, reyes y objetos del tabernáculo, como señal de separación, santidad y autoridad divina.

Este cambio marca el paso de un gesto íntimo y simbólico —nacido de una percepción espiritual individual— a una práctica ritualizada y controlada por el sistema sacerdotal. Lo que en tiempos de los patriarcas era una expresión libre del vínculo con lo divino, se convirtió en una herramienta institucional: el aceite pasó de ser signo de experiencia personal a sello de legitimación religiosa. La unción dejó de surgir del encuentro con Dios para convertirse en requisito ceremonial. Así, el sistema incorporó una práctica heredada del entorno politeísta, pero la transformó en instrumento de poder, jerarquía y separación.

Luego de ese acto, Jacob le habla a Dios con condiciones: “Si Dios me asiste y me guarda en este camino que recorro; si me da pan que comer y ropa con que vestirme; y si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces Yahveh será mi Dios. Esta piedra que he erigido como estela será Casa de Dios; y de todo lo que me dieres, te pagaré el diezmo.”

¿Qué podemos entender de esto? Que Yahveh todavía no era su Dios. Además, Jacob le está planteando una negociación: si Dios cumple con su parte, entonces él lo aceptará como su divinidad y le levantará un santuario. Lo primero que llama la atención es la falta de humildad: impone condiciones para aceptarlo como su Dios. Se percibe a Jacob tratando a Dios como si fuera un hombre, como si el que tuviera algo que perder —si el acuerdo no se cerraba— fuera el Creador, y no la criatura.

Qué gran contraste con la actitud del centurión descrita en los Evangelios —una actitud de fe que sorprendió a Jesús. El oficial del ejército romano tenía un siervo muy querido que estaba gravemente enfermo. Al oír hablar de Jesús, mandó a decirle que no se consideraba digno de recibirlo en su casa. Sin embargo, confiaba en que con una sola palabra su siervo sanaría. Al oírlo, Jesús se maravilló de su fe y declaró: “Ni en Israel he hallado una fe tan grande.”

Los evangelios nos hablan de un hombre que no conocía la Palabra escrita de Dios ni había sido instruido en las promesas dadas a Abraham, Isaac y Jacob. Su referencia espiritual provenía de un mundo politeísta y militar. Sin embargo, su propia experiencia como soldado —acostumbrado a dar y recibir órdenes— le permitió comprender, de manera profunda, lo que significa creer en la autoridad de una palabra. Como él mismo expresó: “Porque también yo soy un hombre bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes. Digo a uno ‘ve’, y va; y al otro ‘ven’, y viene; y a mi siervo ‘haz esto’, y lo hace.”

Jesús no encontró esa fe entre los estudiosos de la Ley, ni entre quienes decían servir a Dios en el templo, sino en un extranjero, fuera del sistema religioso establecido. Este hecho debería hacernos reflexionar profundamente: Dios no está limitado a una religión, ni a una institución, ni siquiera a una cultura. Puede ser hallado por cualquier persona con un corazón dispuesto y una comprensión sincera de su poder.

No hace falta conocer todos los textos ni formar parte de un grupo religioso para acercarse a Dios. Como dice el mismo Nuevo Testamento: “Dios no está lejos de ninguno de nosotros.” Él está cercano a quienes lo buscan de verdad, y se revela incluso a los que nunca recibieron la revelación escrita. Esta historia demuestra que la fe verdadera no necesita de etiquetas religiosas. Lo que Dios valora es un corazón que reconoce su autoridad y confía en su Palabra con humildad, aunque nunca haya leído una sola línea de las Escrituras.

En el pasaje de Jacob, este ofrece lo que conoce: consagrar la piedra como santuario y entregar el diezmo. Esta última práctica también era común en su época. Ya la vimos en acción en el encuentro entre Abraham y el sacerdote pagano Melquisedec. La fe de Jacob estaba en una etapa embrionaria, como ocurre con todos los que nos acercamos a Dios por primera vez: aún necesitaba garantías. La fe adulta, en cambio, cree y le basta la promesa de la Palabra de Dios.

Por lo que sabemos hasta ahora —según la evidencia arqueológica y los registros más antiguos—, la costumbre del diezmo se originó en Sumeria y se expandió desde allí a Babilonia, Asiria, Canaán e Israel. Ya en el sistema sumerio, el diezmo estaba estructurado como una obligación religiosa y económica para sostener los templos y a sus sacerdotes.

Tiempo después, Jacob se prepara para reencontrarse con su hermano Esaú, con quien había estado distanciado. Envía un mensaje mediante sirvientes, y al saber que su hermano viene al encuentro con cuatrocientos hombres, Jacob se aterroriza. Entonces pide ayuda al Dios de su abuelo Abraham y al Dios de su padre Isaac. Aún en este punto, Yahveh no es su Dios, sino el de sus antepasados.

Tras reconciliarse con Esaú, Jacob con

tinúa su viaje hacia Siquén. Compra un terreno, instala su tienda y erige un altar, al que llama “El Dios de Israel”. En el capítulo 35, vuelve a tener una aparición de la misma divinidad sin nombre que se le manifestó cuando huía. Esta vez, la voz le dice que suba a Betel y le edifique un altar. ¿Podemos creer que Dios pidió altares, cuando los altares eran una práctica heredada del politeísmo? ¿Podemos creer que un Dios que pide justicia y misericordia exija santuarios y piedras rituales, cuando dijo a través de los profetas que lo único que le habían hecho los altares era pecar?

Oseas profetizó: “Han construido muchos altares que sólo les sirven para pecar. Yo les di muchas enseñanzas… pero ustedes las despreciaron. Presentan ofrendas y sacrificios… pero todo eso me disgusta.”

A partir de esa orden, el relato describe a un Jacob transformado, fervoroso por la fe en su único Dios. Ordena a su familia deshacerse de los dioses extranjeros y purificarse —cambiando sus ropas— porque van a levantar un altar. Esa purificación, como sabemos, también era una costumbre sumeria y babilónica. En esas culturas, el cambio de vestiduras, los lavados rituales y el abandono de objetos contaminados o “impuros” eran parte de los ritos de preparación para presentarse ante una deidad o realizar un acto sagrado. Aunque en Israel este gesto fue resignificado como expresión de santidad y separación para con el Dios único, su forma externa provenía del mismo sistema religioso del que Dios quería liberarlos.

Su gente le entrega los ídolos y los anillos de las orejas, y Jacob los entierra “bajo la encina que hay cerca de Siquén”. Esa encina no era cualquiera: era la misma encina sagrada del pagano Moré, que ya había sido usada como lugar de adoración por Abraham.

Levantan el campamento y finalmente llegan a Betel, donde Jacob construye el altar. Luego muere la nodriza de Raquel, y es sepultada bajo otra encina. No debería caber duda de que la elección del árbol fue intencional, pues las encinas eran vistas como árboles sagrados —algo que los profetas posteriores denunciarían con fuerza al condenar el culto bajo árboles frondosos.

Después de este evento, el relato afirma que Dios se le aparece de nuevo a Jacob y le cambia el nombre por Israel, por segunda vez. Este capítulo —con un Dios que lucha con Jacob, estelas, piedras, árboles, libaciones de vino y aceite— termina así:

“Jacob levantó una estela en el lugar en que Dios le había hablado; una estela de piedra, sobre la que vertió vino y aceite.”

Jacob canalizaba su fervor religioso a través de las formas politeístas que conocía. Lo mismo habían hecho su abuelo y su padre. La descripción del ritual que realiza no se diferencia del culto de los pueblos idólatras del entorno: piedra, vino, aceite, derramamiento. Una práctica muy similar a la que más tarde sería incorporada por el sacerdocio levítico dentro del culto hebreo. Jacob simplemente usó lo que conocía: el lenguaje ritual heredado de sus ancestros politeístas para expresar un vínculo personal con un Dios que apenas comenzaba a reconocer.

Para los antiguos israelitas, tanto las encinas como las piedras marcaban los lugares identificados con la energía divina. Generalmente, en el Antiguo Testamento, las apariciones sobrenaturales ocurrían donde había una encina o una piedra. Después de la aparición, la piedra era santificada a modo de altar para sacrificio o adoración, mediante el derramamiento de algún líquido. De esta forma se creaban los santuarios, que muchas veces también eran usados como lugares de descanso.

Así vemos, una y otra vez, a Abraham o Jacob detenerse en ellos durante sus peregrinaciones. Antes del sueño de la escalera, Jacob tomó una piedra como almohada. La decisión no fue casual: tenía motivos para buscar comunicarse con Dios, y la piedra le serviría como medio para establecer contacto con lo divino. En ese contexto, actuaba como objeto de adivinación o augurio.

Este uso de la piedra no era invención de Jacob, sino una práctica común en las culturas del Creciente Fértil. En la religión mesopotámica y cananea, ciertas piedras eran consideradas betilos —objetos sagrados o habitáculos de lo divino—, y se usaban para marcar lugares donde se creía que los dioses se manifestaban o podían ser invocados. Eran vistas como portales entre lo visible y lo invisible, y por eso muchas veces se ungían con aceite, se erigían como estelas o se rodeaban de culto. Este simbolismo estaba tan arraigado en la espiritualidad antigua, que era natural que Jacob —formado en esa cosmovisión— utilizara una piedra como medio de comunicación espiritual, esperando una revelación nocturna. Su posterior consagración de la misma piedra confirma que su significado trascendía lo práctico.

La razón por la cual usa la misma piedra que había servido de almohada como altar, es porque, después de la visión nocturna, la consideró santificada. Sobre esa estela realizó la misma liturgia que volvería a repetir en el capítulo 35: derramó una libación, un líquido que podía ser vino o aceite.

Cuando Josué da al pueblo estatutos y leyes en Siquén, lo hace mediante un ceremonial heredado del politeísmo:

“Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios, y tomando una gran piedra, la alzó allí debajo de la encina que hay en el lugar consagrado a Yahveh.”

Esa encina era considerada sagrada.

El ángel de Yahveh se le apareció a Gedeón bajo la encina sagrada que estaba en Ofra. Allí le ofreció comida: un cabrito y panes sin levadura. El ángel tocó la ofrenda con su báculo, y subiendo fuego de la piedra —que estaba bajo la encina—, la consumió. Esta piedra y la encina eran consideradas sagradas. Entonces Gedeón levantó un altar a Yahveh en ese sitio. Tenía todos los elementos necesarios para construir un santuario conforme al modelo politeísta: una encina, una piedra, un sacrificio, y una manifestación sobrenatural.

También en el primer libro de Reyes vemos al rey Jeroboam buscar a un varón de Dios “sentado debajo de una encina.” Este hombre estaba allí porque ese árbol era considerado sagrado.

Es interesante notar que estas piedras o estelas tienen en el Antiguo Testamento significados y usos diversos. Había altares para invocación y otros para sacrificio. También existía la costumbre de sacrificar animales para luego comerlos sobre la piedra, como lo hicieron Jacob y Saul. El pasaje de Saul en el libro de Samuel es especialmente ilustrativo:

Jacob usa una piedra como almohada esperando una palabra de Dios. En ese momento de apuro, la utiliza como una especie de talismán. Luego, tras recibir la revelación, la consagra como altar. Saúl, por su parte, usa una piedra para inmolar animales y evitar comerlos “con su sangre”, es decir, sin cocerlos. Seguidamente, la usa como altar. En el relato de la muerte de Raquel se dice que se le levantó una estela, que podemos considerar como una lápida.

Las creencias idolátricas de la época estaban profundamente arraigadas en Abraham y su descendencia. Aunque Abraham recibió el germen del entendimiento monoteísta y lo transmitió a sus hijos, tanto él como sus descendientes continuaron practicando formas de adoración heredadas del entorno politeísta sumerio. La estadía en Egipto le expuso a la religión del país, y al instalarse en Canaán adoptaron elementos del culto local.

El pueblo, entonces, sumó a la fe de Abraham las prácticas de sus ancestros y los rituales religiosos de Egipto y Canaán.

Las costumbres ancestrales que el pueblo hebreo mantuvo hasta la destrucción del templo y la gran dispersión fueron: el uso de piedras y árboles sagrados, la adoración en lugares altos, los sacrificios y holocaustos, y el culto a los dioses paganos de sus vecinos y conquistadores.

Al llegar al tiempo de Jesús de Nazaret, de todas estas prácticas heredadas, la más arraigada y vigente era el ritual de los sacrificios. Aunque la idolatría visible había sido combatida y la fe en un solo Dios se había afirmado como doctrina nacional, el corazón del culto seguía siendo sacrificial: una práctica heredada de la primera religión estructurada por el hombre en Sumeria.

Esto es lo que Jesús llamó “sus tradiciones”: prácticas heredadas de los hombres que, al ser elevadas al nivel de ley, terminaban por invalidar la verdadera Ley de Dios. Las formas externas del culto se mantuvieron, pero el sentido espiritual se había perdido. Por eso Jesús, como los profetas antes que él, denunció ese sistema como un obstáculo para la conexión verdadera con el Padre. No solo cuestionó la hipocresía del sistema, sino que dejó en claro que Dios no deseaba sacrificios rituales, sino misericordia, justicia y obediencia a su Voz.

Sin embargo, resulta irónico —y revelador— que apenas unas décadas más tarde, el autor de la carta a los Hebreos retomara precisamente esas tradiciones que Jesús cuestionó, para afirmar que Dios no quiso sacrificios de animales porque deseaba el sacrificio de un hombre justo. En Hebreos 10:5–7, reinterpretando un salmo, se atribuyen a Jesús estas palabras:

“Sacrificio y ofrenda no quisiste; pero me preparaste un cuerpo… he aquí que vengo para hacer tu voluntad.”

Sin embargo, el texto hebreo original del Salmo 40 no dice “me preparaste un cuerpo”, sino “me abriste los oídos”, una expresión que alude a la obediencia, no al sacrificio físico. Justamente eso enseñó el Maestro de Nazaret. Esta variación proviene de la versión griega —la Septuaginta— y permitió al autor construir su argumento. Si se hubiera mantenido la traducción fiel al hebreo, no habría forma de sostener la idea de que Dios preparó un cuerpo humano como ofrenda sacrificial.

Así, lo que originalmente era una crítica a los sacrificios —incluso en boca de los profetas y del mismo Jesús— se transformó en base teológica para justificar el sacrificio de un ser humano como medio de salvación universal.

Lo que se presenta como una nueva revelación termina reproduciendo el mismo sistema que Jesús rechazó con su vida y enseñanza: una estructura basada en tradiciones humanas, como los sacrificios, ahora legitimada con su nombre.

Del mismo modo, en el antiguo Israel, ese sistema de sacrificios y holocaustos fue legitimado con el Nombre de Dios, a pesar de que Él mismo —a través de los profetas— nos advirtió que no lo había ordenado.

El sistema religioso que el hombre creó se volvió poderoso, pero no pudo con el poder de Dios. Nació junto con la primera civilización humana en Sumeria y fue transmitido, primero, a poblaciones invasoras como Babilonia, y luego a las regiones vecinas, expandiéndose hasta alcanzar tribus más lejanas. Se volvió poderoso porque logró establecer estructuras religiosas que dieron sentido, orden y control a civilizaciones enteras, moldeando culturas, rituales, gobiernos y hasta calendarios.

Y más aún: sus huellas marcaron —de forma inconsciente, profunda y persistente— nuestra forma de pensar, nuestras ideas sobre lo sagrado y lo prohibido, y todavía hoy influyen en nuestra vida diaria, incluso en pequeñas acciones, costumbres o creencias que repetimos sin saber de dónde vienen.

Sin embargo, sin Dios, todo sistema creado por el hombre —por más estructurado o duradero que sea— termina corrompiéndose.

Dios no fue vencido por ese sistema: lo toleró por un tiempo y finalmente lo expuso. Hoy, está tratando de poner orden en nuestras creencias, no con fuerza visible, sino mediante el llamado interior de Su Espíritu. Y si el ser humano, apartado de la verdadera guía de Dios, fue capaz de crear sistemas —como este religioso— con estructuras que perduraron milenios, ¿cuánto más podría lograr si se dejara transformar por Su Espíritu?

Aquel sistema religioso que el hombre diseñó para explicar y relacionarse con lo divino —con altares, sacrificios y objetos sagrados— no solo sobrevivió a la destrucción del templo, sino que se transformó y adaptó a nuevas religiones. Esas mismas formas fueron usadas para interpretar humanamente la muerte de Jesús, encajándola en el molde de un rito pagano antiguo: el sacrificio a los dioses.

Y aunque hoy vivimos en un mundo donde se crean robots, existen inteligencias artificiales que imitan el pensamiento humano y se planea habitar otros planetas, las estructuras del sistema politeísta siguen presentes. Las vemos en los altares de las iglesias, en la veneración de imágenes talladas en madera o yeso, en el uso de velas, incienso o agua “bendita” para atraer favores; e incluso en supersticiones populares como llevar amuletos o hacer promesas con condiciones. Todo eso refleja una forma antiquísima de pensar: la creencia de que podemos controlar o atraer lo divino mediante rituales, objetos o acciones externas.

Estas prácticas no son nuevas: son herederas del mismo sistema que comenzó cuando el hombre decidió crear su propia vía hacia lo divino, sin escuchar ni seguir la Voz de Dios con mansedumbre. Yo misma no me excluyo de seguir participando, a veces, de esas costumbres. Mi abuela, con amor, me enseñó cuando era niña que si me picaba la mano derecha, venía dinero, y que debía cerrarla para que no se me escapara. Todavía hoy lo hago por costumbre, y porque me recuerda su ternura.

Pero la bendición que todos deseamos no viene por medio de altares, imágenes ni del poder de piedras o amuletos, sino de nuestra relación con el Creador. Mientras nosotros nos enfocamos en nuestro crecimiento o transformación espiritual, Él hará la parte invisible —y poderosa— de manifestar la prosperidad espiritual y material que anhelamos.

Somos nosotros el centro de ese crecimiento y transformación. Yahveh está interesado en que trabajemos individualmente en nosotros. Las palabras de Jesús se acomodan bien aquí: “Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.” Esa frase puede interpretarse de varias maneras, pero básicamente Jesús estaba diciendo que primero debemos ver con claridad nosotros mismos, antes de señalar al otro. Y para ver bien, necesitamos abrirnos al Espíritu de Dios y permitir que, con su gentileza, sabiduría y poder, nos transforme.

Ese es un trabajo fino: apertura de mente, sanación de heridas, ruptura de patrones que repetimos sin conciencia y que nos dañan; liberarnos de creencias falsas heredadas de nuestras familias, del entorno social o religioso; y también de ideas que hemos adoptado sin saber su origen, y que hoy nos limitan más que ayudarnos. Ese trabajo debe comenzar en cada uno, porque el propósito de Dios con ello es claro: bendecirnos y hacernos bien.

El verdadero santuario que Dios busca está en el interior del ser humano. Allí, donde su Espíritu puede habitar, hablar y guiar sin mediadores. Donde no se necesita un sacrificio externo, porque el verdadero sacrificio es abandonar el orgullo, la idolatría del sistema y el miedo heredado. Cuando eso ocurre, entonces —y solo entonces— comienza la verdadera restauración y transformación: no la del sistema religioso que el hombre inventó, sino la de la relación viva que Dios siempre quiso tener con sus hijos.

El Ritual de los Sacrificios: Divino o Humano Parte 1

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