El Ritual de los Sacrificios: Divino o Humano Parte 1

El ritual de los sacrificios y holocaustos tuvo un papel determinante en la religión hebrea y en la configuración del cristianismo. Hay una línea clara que se puede marcar y seguir desde el Génesis hasta el Apocalipsis acerca de los sacrificios, comenzando con Noé, quien ofreció holocaustos a Dios. Según el texto:

“Noé construyó un altar en honor de Dios y tomó algunos animales de cada animal puro y de cada ave pura, los quemó completamente ofreciéndolos como sacrificio en el altar.”

Cuando llegamos al último libro bíblico, el Apocalipsis, encontramos otra mención a los sacrificios, pero esta vez en un contexto de idolatría y corrupción:

“Pero tengo una queja en tu contra. Permites que esa mujer—esa Jezabel que se llama a sí misma profetisa—lleve a mis siervos por mal camino. Ella les enseña a cometer pecado sexual y a comer alimentos ofrecidos a ídolos.”

Esto demuestra que, desde los primeros relatos bíblicos hasta los últimos, el sacrificio ha estado presente de alguna forma. El pasaje sobre Noé parece haber sido escrito por un escriba influenciado por lo que llamamos la fuente sacerdotal, que enfatiza la idea de que los sacrificios son una orden divina desde tiempos antiguos. Sin embargo, este relato plantea una contradicción evidente: presenta a Noé como un conocedor de las reglas del ritual, mencionando la distinción entre animales puros e impuros, en una época en la que ni siquiera existía el pueblo de Israel ni la normativa ritual que, según los propios textos bíblicos, fue dada en el desierto mucho después.

En el Libro de la Vida de Adán y Eva, se menciona cómo la ofrenda de sangre comenzó con Adán de forma accidental. Algunos han intentado atribuir la institución del sacrificio directamente a Dios, argumentando que el Creador mató a unos animales y usó sus pieles para vestir a Adán y Eva. Sin embargo, este mismo libro relata que Dios les dijo que tomaran las pieles de animales que ya habían muerto, lo cual está mucho más acorde con su carácter. Dios es vida. La muerte, bajo ningún aspecto, pertenece al Creador de la existencia. No creó la muerte ni la crea. La muerte surge como consecuencia del quebrantamiento de su ley espiritual. La idea de que Él mismo iniciara los sacrificios es contradictoria con su esencia.

La afirmación en el libro de Levítico, que sostiene que el ritual de los sacrificios y la expiación de pecados por medio de la sangre fueron establecidos por Dios en el desierto, entra en conflicto con el mensaje profético. La tradición sacerdotal insiste en que Dios estableció estos rituales, mientras que la fuente profética niega su origen divino y rechaza la idea de la expiación de pecados mediante sacrificios.

El Libro de la Vida de Adán y Eva está en sintonía con los profetas en este aspecto, ya que atribuye la invención de la tradición del sacrificio de sangre al ser humano y no a Dios. Esto nos lleva a dos preguntas esenciales: ¿Quién creó el ritual de los sacrificios? y ¿cuál era la forma de expiación de pecados en el antiguo pueblo hebreo?

El Levítico responde a ambas preguntas afirmando que Dios estableció los sacrificios y que la limpieza de los pecados solo podía lograrse mediante el derramamiento de sangre:

“Esta es la ley del holocausto, de la ofrenda, del sacrificio por el pecado, de la expiación, de las consagraciones y del sacrificio de las ofrendas de paz, la cual Yahvé ordenó a Moisés en el monte Sinaí, el día que mandó a los hijos de Israel que ofrecieran sus ofrendas a Yahvé en el desierto de Sinaí.” (Levítico 7:37-38)

“Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.” (Levítico 17:11)

Sin embargo, la tradición profética responde de manera radicalmente opuesta. Dios, a través de los profetas, niega haber dado instrucciones sobre holocaustos y sacrificios en el desierto:

«Ofrezcan todos los holocaustos y sacrificios que quieran, y coman de esa carne. Porque cuando yo saqué a sus antepasados de Egipto, nada les dije ni ordené acerca de holocaustos y sacrificios. Lo que sí les ordené fue que me obedecieran; pues así yo sería su Dios y ellos serían mi pueblo. (Jeremías 7:21-23)

Aquí Dios es claro: no solo no instituyó el ritual, sino que además denuncia la hipocresía de quienes lo practican. El profeta Amós refuerza esta idea:

«Odio y desprecio las fiestas religiosas que ustedes celebran; me disgustan sus reuniones solemnes. No quiero los holocaustos que ofrecen en mi honor, ni sus ofrendas de cereales; no aceptaré los gordos becerros de sus sacrificios de reconciliación. ¡Alejen de mí el ruido de sus cantos! Pero que fluya como agua la justicia, y la honradez como un manantial inagotable. Israelitas, ¿acaso en los cuarenta años del desierto me ofrecieron ustedes sacrificios y ofrendas?

Dios muestra su rechazo hacia la adoración basada en sacrificios, insistiendo en que lo que realmente desea es justicia y rectitud. Amós confirma el mensaje de Jeremías: en el desierto no se ofrecieron sacrificios porque Dios nunca los pidió. Entonces, ¿qué podemos decir de los encabezados en Levítico que afirman: “¿Habló Yahvé a Moisés, diciendo”? ¿Realmente Dios dio estas órdenes? Si los profetas, que hablaron en su nombre, aseguran que nunca pidió sacrificios, ¿cómo reconciliar estas indiscutibles contradicciones?

Es evidente que la Biblia reúne diversas fuentes y tradiciones, algunas de las cuales presentan mensajes contradictorios. Para mí, esto demuestra que no había certeza absoluta sobre cuál era realmente la Ley de Dios. Mientras la tradición sacerdotal presenta los sacrificios como un mandato divino, la tradición profética los rechaza, afirmando que la verdadera voluntad de Dios no radica en rituales, sino en la justicia y el respeto a su Palabra.

El profeta Ezequiel presenta una visión clara sobre la forma en que una persona podía obtener el perdón de sus faltas o delitos: “Pero el malo, si se aparta de todas sus faltas que hizo, y guarda todos mis estatutos, e hiciera según el derecho y la justicia, de cierto vivirá; no morirá. Ninguna de las transgresiones que cometió le serán recordadas; por la justicia que hizo vivirá.”

Este mensaje contrasta con la enseñanza de la fuente sacerdotal, que establecía que el ritual de los sacrificios fue instituido por Dios en el desierto y que el derramamiento de sangre era el único medio de expiación.

Estas dos creencias opuestas coexistieron en Israel hasta la época de Jesús. No obstante, tras su muerte, figuras como Pablo y el autor de la epístola a los hebreos adoptaron la perspectiva levítica, sosteniendo que Dios había ordenado los sacrificios y que la limpieza de los pecados solo podía lograrse mediante el derramamiento de sangre. Con esta interpretación, justificaron la muerte de Jesús como el sacrificio definitivo, dándole un significado basado en el ritual de la expiación.

Sin embargo, Jesús mismo enseñó un mensaje diferente a sus contemporáneos:

“A ver si aprenden lo que significa aquello de: Yo no quiero que me ofrezcan sacrificios, sino que sean compasivos. Yo no he venido a llamar a los buenos, sino a los pecadores.”

Este contraste plantea una gran contradicción: si la salvación depende del sacrificio de Jesús, ¿por qué sigue siendo necesario el arrepentimiento? La enseñanza levítica afirmaba que la expiación se lograba mediante el sacrificio, mientras que la tradición profética declaraba que el arrepentimiento era suficiente. El escritor de hebreos llevó esta idea aún más lejos al afirmar que la sangre de animales no era suficiente, sino que debía ser la de un hombre para pagar por la injusticia de la humanidad. Sin embargo, esta interpretación es una innovación teológica que no se encuentra en ningún lugar del Antiguo Testamento.

En la práctica del ritual de expiación, el sacrificio variaba según los recursos de quien lo ofrecía: podía ser una paloma, un novillo, un macho cabrío o incluso una medida de harina. Si el sacrificio era un animal, la persona debía imponer sus manos sobre su cabeza, simbolizando la transferencia del pecado al animal. Si era harina, el sacerdote tomaba un puñado como “memorial” y lo quemaba en el altar, mientras que el resto era consumido por los sacerdotes en un lugar santo.

Si seguimos la interpretación del autor de Hebreos, los pecados de la humanidad fueron transferidos a Jesús y, por lo tanto, fuimos perdonados. Esta conjetura lleva a una incoherencia elemental: si el perdón se obtiene por el sacrificio de un sustituto, ¿por qué sigue siendo necesario el arrepentimiento? ¿No anulaba el sacrificio la necesidad de cambio personal?

Además, ¿cómo conciliar esta idea con el mensaje de los profetas, quienes declararon que Dios nunca pidió sacrificios?

“Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Añadid vuestros holocaustos a vuestros sacrificios y comed la carne. Porque no hablé yo con vuestros padres, ni nada les mandé acerca de holocaustos y de víctimas el día que los saqué de Egipto…”

El profeta Amós refuerza esta denuncia:

“Odio, aborrezco vuestras fiestas, no me agradan vuestras solemnidades. Si me ofrecéis holocaustos y ofrenda no lo aceptaré; no me digno a mirar sacrificio de vuestros novillos cebados. Aparta de mí el ruido de tus canciones; no quiero oír el sonido de la lira. Quiero que el derecho fluya como el agua y la justicia como torrente perenne. ¿Acaso sacrificios y oblaciones en el desierto me ofreciste durante cuarenta años, casa de Israel?”

Aquí el mensaje de Dios es claro: el culto ritualista nunca fue su voluntad, y lo que realmente exige es justicia y rectitud. La verdadera Alianza entre Dios e Israel no se basó en leyes rituales, sino en principios morales. La única ley relacionada con el culto era la prohibición de la idolatría. Nunca hubo prescripciones divinas para establecer un sistema de sacrificios en el desierto.

El culto es una forma externa creada por el hombre, pero Dios no se interesa en lo externo, sino en la integridad del ser humano. Lo que verdaderamente importa en la relación con Dios es la justicia y la humildad: “Practicar la justicia y caminar en humildad con Dios.”

Practicar la justicia implica vivir con integridad en todos los aspectos de la vida, desde los negocios hasta las relaciones interpersonales. La persona que se reconcilia con Dios y decide cumplir con su parte del pacto lo hace con humildad, pues la arrogancia y el orgullo son lo que verdaderamente nos separa de Él.

Dios nunca cambió esta exigencia fundamental del Pacto. Sin embargo, lo que sí cambió fueron las costumbres de culto a lo largo de la historia. Y la razón es evidente: estas prácticas no vinieron de Dios, sino del hombre, y como todo lo humano, han variado con el tiempo, adaptándose y transformándose, igual que las estaciones del año, que nunca permanecen iguales.

La base de la Alianza en el desierto sigue vigente porque sus preceptos morales son perpetuos. Son estas las únicas leyes que realmente lo son. Sin embargo, las leyes del ritual fueron entremezcladas con el verdadero pacto que Dios estableció con Israel durante su estadía de cuarenta años en el desierto, mucho tiempo después de los acontecimientos en el Sinaí. Las leyes levíticas fueron creadas con la intención de ser practicadas a perpetuidad, como se menciona en Levítico:

“El sacerdote esparcirá la sangre sobre el altar de Yahveh a la puerta del tabernáculo de reunión, y quemará la grosura en olor grato a Yahveh. Y nunca más sacrificarán sus sacrificios a los demonios tras de los cuales han fornicado; tendrán esto por estatuto perpetuo por sus edades.”

Pero la mente humana del escritor, al decretar este estatuto como perpetuo, no podía ver más allá del entorno de su época. Siglos después, el escritor de la carta a los Hebreos argumentó la necesidad de anular una ley cuando se vuelve ineficaz, refiriéndose a las leyes de los sacrificios. Pero aquí surge un contrasentido: ¿no dice Levítico que estas leyes eran perpetuas y que Dios mismo se las ordenó a Moisés? El autor de Hebreos reconoce la inutilidad de creer que la sangre de un animal podía limpiar el interior del hombre, pero al mismo tiempo parece aceptar que estas leyes fueron dadas por Dios. ¿O no?

Para resolver esta paradoja, intenta justificar la eliminación del ritual diciendo que ya no es eficaz, a pesar de basar su argumento en la misma ley que afirmaba que era eterna. Su razonamiento es llamativo: Dios habría dado una ley inútil, y él la acomoda para darle un sentido más lógico, como si estuviera tratando de corregir un supuesto error divino. ¿Habrá pensado que debía proteger a Dios de semejante contradicción? ¿O simplemente no quiso reconocer que las leyes de los sacrificios y holocaustos no venían del Creador? ¿Quién fue, entonces, el “dios” que entregó estas leyes al antiguo pueblo de Israel?

El ritual de los sacrificios fue presentado como un mandato divino, pero su estructura y propósito se asemejan a los rituales de las naciones politeístas circundantes y de sus propios ancestros. Para los legisladores del culto sacrificial, este sistema representaba una vía de conciliación entre la tradición hebrea y la cultura religiosa de los pueblos vecinos. Lo mismo ocurrió con la instauración de la monarquía y la construcción del templo. En cada uno de estos casos, el deseo de Israel era ser “como las demás naciones”.

El profeta Jeremías recoge esta resistencia al gobierno divino cuando dice:

“Oh tú que rompiste desde siempre el yugo y, sacudiendo las coyuntas, decías: ‘¡No serviré!'”

El gran obstáculo en la relación de Israel con Dios no fue solo moral, sino también cultural y religioso. La atracción por las costumbres de las naciones vecinas, incluidas sus prácticas religiosas, era evidente:

“No hay remedio, a mí me gustan los extranjeros y tras ellos he de ir.”

Israel no veía atractivo el pacto de Abraham ni las leyes dadas en el desierto porque los diferenciaban demasiado de los pueblos que los rodeaban. La resistencia a ese cambio fue constante. La influencia de las religiones paganas es evidente a lo largo de la historia de Israel, especialmente durante el periodo monárquico. En especial la práctica de los sacrificios que se convirtió en una parte muy protegida de su culto por el sacerdocio. Y aunque este sistema quedó obsoleto con la destrucción del templo, su justificación teológica no desapareció. Se dio una nueva explicación en algunos de los seguidores de Jesús: su muerte fue el reemplazo del animal del sacrificio porque la sangre de los animales nunca había sido suficiente en la justicia de Dios para borrar el pecado.

Cuando se aceptó la interpretación neotestamentaria de que Jesús había reemplazado al animal del sacrificio, fue porque se partió de la idea de que el perdón no podía obtenerse solo por el arrepentimiento. Porque si hubieran creído en el perdón a través del arrepentimiento, ¿qué necesidad tenían de sacrificios de machos cabríos o de su supuesto reemplazo por un hombre?

La teología del Nuevo Testamento, en su mayoría, dejó de lado el mensaje profético de Dios sobre el arrepentimiento y la transformación del corazón. Solo Jesús, Juan el Bautista, los discípulos y el escritor de Santiago mantuvieron esta enseñanza. En contraste, Pablo y el autor de hebreos promovieron la doctrina de la expiación mediante la sangre, estableciendo la base de la teología y religión cristiana.

La realidad es que el arrepentimiento o el cambio de dirección fue y sigue siendo el único medio de paga que Dios estableció para el perdón de los pecados y la salvación del alma. Sin embargo, la doctrina cristiana adoptó la idea del sacrificio como pago por el pecado, siguiendo la influencia de la tradición sacerdotal en lugar del mensaje profético.

Este tipo de ritual no era exclusivo de Israel. Se encuentra en numerosas culturas antiguas, remontándose hasta la época de Babilonia. Los fenicios afirmaban que los sacrificios de sangre existían desde tiempos prehistóricos, y prácticamente todas las civilizaciones antiguas tenían prácticas similares. Esto deja en evidencia que los sacrificios en Israel no fueron una revelación divina innovadora, sino una costumbre compartida con el resto del mundo antiguo.

En algún momento después de la muerte de Jesús, se desarrolló la idea de una “nueva alianza” entre Dios y su pueblo, basada en el sacrificio por el pecado, siguiendo el modelo del ritual hebreo. Pero Jesús nunca enseñó esto.

“No piensen que he venido a abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar sino para cumplir.”

Cuando Jesús dijo que no había venido a abolir la Ley, ¿se estaba refiriendo al sistema de sacrificios? ¿Cuándo habló de cumplir la Ley, quiso decir que él sería el reemplazo del sacrificio?

Después de su muerte, una parte fundamental de lo que se consideraba la Ley de Dios—las leyes levíticas de los sacrificios y holocaustos—fue eliminada y su significado redefinido. Si la Ley de Dios es inmutable, ¿Cómo es posible que uno de sus aspectos centrales haya sido eliminado y reinterpretado? ¿Fue realmente su voluntad o una construcción humana?

El Ritual de los Sacrificios: Divino o Humano Parte 2

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