El ser humano creó la religión por presunción, impulsado por su naturaleza caída a ocupar el lugar que solo corresponde a Dios en su corazón. Al separarse del Creador, por engreimiento, creyó que podría ser como la Fuente sin necesidad de someterse a ella. La simiente de la religión se remonta al día en que la primera pareja quiso ser como Dios, creyendo la promesa del engañador de que serían conocedores del bien y del mal, por ende, como dioses. Pero, ¿qué sabemos realmente sobre el mal? ¿Existía antes de la traición del ángel al Creador? ¿O nació en el mismo momento en que el ángel concibió la transgresión? Es posible que el mal no existiera hasta que se formó en el corazón del primer ser que se rebeló. Lo cierto es que, cuando Dios creó a nuestros primeros padres, el mal ya estaba presente y, por eso, les ofreció su resguardo y amparo bajo su Ley.
Al creer en la mentira del ángel, rompieron su pacto con el Creador y perdieron su protección. Así entraron en alianza con el Adversario, volviéndose conocedores del mal, pero sin la sabiduría de Dios para vencerlo. Desde entonces, la humanidad perdió su capacidad espiritual para percibir ese mundo. Ahora, solo a través de la reconciliación podemos restaurar nuestro pacto con Dios, volver a su protección y percibir lo espiritual. Esto requiere fe, es decir, creer en Él, aun sin poder verlo con nuestros ojos físicos
Con el paso del tiempo, la relación con Dios se deterioró hasta el punto en que el hombre lo olvidó. Sin embargo, la necesidad de esa conexión con la Fuente permaneció en su interior. En lugar de buscar la reparación de su relación con Dios, intentó llenar ese vacío con una ilusión: exaltarse a sí mismo como deidad, aceptando la falsa promesa del Adversario de que sería como un dios.
Lo irónico es que el hombre ya tenía esa exaltación en su estado original: fue creado a imagen de Dios, muy parecido a Él, y tenía el privilegio de ser su hijo. Pero al elegir el camino opuesto, lo perdió. Como dice el Salmo:
“Ustedes son dioses;
son todos hijos del Altísimo.
Pero morirán como simples mortales
y caerán como cualquier otro gobernante.”
La religión, en su principio, fue la organización de costumbres y tradiciones culturales en torno a lo que el ser humano entendía del mundo material. Plantas, astros y fuerzas de la naturaleza fueron divinizadas como expresión de gratitud por su sustento. Aunque el hinduismo es considerado la religión más antigua en términos de práctica, la primera estructura religiosa organizada surgió en Sumeria. Allí, las antiguas creencias místicas fueron sistematizadas y transformadas en una liturgia religiosa. Desde entonces, la religión se convirtió en una institución con templos, sacerdotes y rituales formales.
Las bases del politeísmo sumerio sirvieron de modelo para religiones posteriores, incluyendo la antigua religión hebrea y el cristianismo. La familia de Abraham heredó estas estructuras de sus ancestros y las adaptó a su creencia en un solo Dios. A esto lo llamo monoteísmo sobre una estructura religiosa politeísta. La historia de Israel muestra cómo este pueblo osciló constantemente entre la adoración del único Dios y la religión heredada de sus antepasados politeístas.
Algunos sostienen que el cristianismo tiene raíces griegas o romanas, pero estas mismas se basaron en el modelo sumerio. De Mesopotamia provienen no solo las estructuras religiosas, sino también los conceptos de sacerdocio, sacrificios y templos. La influencia de la cultura político-religiosa de la tierra natal de Abraham es clave para entender la liturgia hebrea y la creencia cristiana en la salvación a través de un hombre-dios.
Este sistema no tiene nada que ver con Dios, sino con las creencias y tradiciones humanas. Durante su auge urbano, los sumerios lograron avances sin precedentes: crearon la rueda, desarrollaron la escritura, establecieron un sistema crediticio, legitimaron la esclavitud y, lo más relevante para este estudio, diseñaron el primer sistema político-religioso de la humanidad.
La historia registra varios relatos sobre el nacimiento de la religión humana. Entre ellos están los escritos de Sanjuniatón, el más antiguo escritor fenicio conocido, y el Libro de la Sabiduría.
Según Sanjuniatón, los primeros hombres comenzaron su religión con un respeto inicial hacia las plantas, ya que les proveían el sustento necesario. Este respeto se convirtió en devoción y, con el tiempo, los elementos naturales considerados dioses fueron objeto de libaciones y sacrificios.
Tras una tormenta, dos árboles se rozaron y produjeron fuego. Viéndolo como un evento divino, los hombres erigieron dos pilares: uno en honor del viento y otro al fuego. En sus rituales, derramaban la sangre de las bestias cazadas y celebraban festivales en su honor.
Más adelante, una gran sequía los llevó a clamar al sol, creyéndolo el único señor del cielo. Así nació la adoración solar. En otro episodio, Hypisistus, el padre de Oranus, murió a manos de bestias salvajes, y sus hijos lo divinizaron, ofreciéndole sacrificios. Según algunas conjeturas, Cronus podría haber sido Cam, hijo de Noé. En su época, ocurrió una gran plaga, y Cronus sacrificó a su unigénito en honor a su padre Oranus. También se circuncidó y obligó a sus seguidores a hacer lo mismo (Cory 15).
La Enciclopedia Británica de 1929 sugirió que estos relatos eran leyendas sin pruebas arqueológicas concluyentes. Sin embargo, la cosmogonía fenicia es una de las más coherentes que existen, pues sus descripciones coinciden en gran medida con lo que la historia y la antropología han descubierto sobre las prácticas religiosas primitivas.
El Libro de la Sabiduría describe así el surgimiento de la primera religión y la idolatría:
“Un padre, desconsolado por la muerte de su hijo,
hace una imagen de él,
y al que antes era un simple hombre muerto,
lo venera luego como a un dios,
y establece, para sus familiares, ritos y ceremonias.
Más tarde, esta impía costumbre se arraiga
y se observa como ley
De igual manera, por orden de los gobernantes,
se da culto a sus estatuas.
Como la gente que vivía lejos
no podía rendirles honores personalmente,
hicieron algo que tuviera algún parecido
y reprodujera visiblemente
la imagen del rey que querían honrar,
deseosos de adularlo, estando ausente,
como si estuviera presente.
Luego, la ambición del artista fomentó,
en los que no conocían al rey,
el deseo de venerarlo,
pues, deseando sin duda agradar al gobernante,
exageró con arte la belleza de la imagen.
Así la gente, atraída por el encanto de la obra,
consideró como objeto de adoración
al que poco antes honraba sólo como a hombre.
Esto se convirtió en una trampa para los hombres,
porque ellos, esclavos de la desgracia o de la tiranía,
dieron a la piedra y al palo
el nombre que sólo pertenece a Dios.”
A este relato habría que añadirle un elemento crucial: el interés económico detrás de la idolatría. No solo era una práctica religiosa, sino un negocio lucrativo. Cuando el escritor del Libro de la Sabiduría dice: “Más tarde, esta impía costumbre se arraiga y se observa como ley”, nos muestra cómo las costumbres y prácticas ancestrales se consolidaron como religiones.
Este mismo fenómeno ocurrió en la religión hebrea antigua. Jesús confrontó a los líderes religiosos de su tiempo por equiparar sus tradiciones con la Palabra de Dios, anulándola en el proceso. No hay nada de malo en practicar tradiciones familiares, sociales o culturales, pero el problema surge cuando se les otorga la misma autoridad que a la Ley de Dios.
No podemos servir a dos amos: o nos sometemos libremente a la Palabra de Dios, o seguimos la palabra del hombre. Por eso Jesús dijo que las tradiciones humanas, al mezclarse con la Ley de Dios, terminaban por anularla.
El Salmo 4 expresa esta idea:
“¿Hasta cuándo, señores, arruinarán mi reputación?
¿Hasta cuándo harán acusaciones infundadas contra mí?
¿Hasta cuándo seguirán con sus mentiras?”
Cuando las creencias humanas y las tradiciones se elevan al mismo nivel que la Palabra de Dios, su mensaje se distorsiona y se hace indistinguible de la voz del hombre. Como resultado, el hombre incrédulo, al ver que lo que se presenta como Palabra de Dios está entrelazado con tradiciones humanas o la voz del hombre, le resulta imposible distinguir la verdad del error. Y así, en lugar de reconocer la Verdad, permanece en su incredulidad.
Por eso, no es de extrañar que alguien observando esta mezcla de trigo y paja dijera que la religión es el opio de los pueblos. Sin embargo, esta conclusión surge de no haber visto la diferencia entre la religión hecha por el hombre y la Verdad del Creador. Si este hombre se hubiera reconciliado con su Creador, habría podido ver la diferencia y discernir entre la paja y el trigo, en lugar de caer en el engaño de que todo es lo mismo. La Palabra de Dios no se somete a tradiciones humanas ni se diluye en instituciones creadas por el hombre. No es religión, porque la religión es obra del hombre, mientras que la Palabra del Creador es eterna y verdadera.