Cuando los sumerios dominaron la región mesopotámica, las creencias espirituales aisladas se consolidaron en un sistema estructurado. Las ideas dispersas se unificaron y fueron organizadas por el hombre en un modelo sistemático. A este fenómeno se le denominó religión, y fue una consecuencia directa del surgimiento de la primera civilización y la revolución urbana. Posteriormente, este sistema se expandió de manera organizada por el mundo conocido.
El origen de la palabra religión es un tema interesante y ha sido objeto de diversas interpretaciones. Se cree que proviene del latín religio, término que ya se usaba en el siglo I a.C. En la Roma antigua, hacía referencia a la observancia estricta de los rituales tradicionales. Existen otras teorías sobre su raíz etimológica. Algunos sugieren que deriva de relegere, que significa “reunir” o “recoger”, mientras que otra interpretación la asocia con religare, que alude a “unir” o “vincular”. Esta interpretación refuerza la idea de que, en sus inicios, las creencias espirituales existían de manera dispersa, pero con el tiempo fueron agrupadas en un sistema estructurado por el hombre. Así, lo que comenzó como experiencias individuales de lo divino terminó convirtiéndose en un modelo formal de práctica religiosa.
En la antigüedad, el término religio no solo expresaba devoción a las prácticas sagradas, sino también un sentido de conciencia, deber moral y respeto por lo que se consideraba correcto. Además, en el contexto romano, incluía la idea de reverencia y asombro ante lo divino, creencias que guiaban la vida cotidiana. Con el tiempo, y particularmente en la época romana, la religión, ya consolidada como un sistema, pasó a definirse como la observancia estricta de rituales tradicionales. A lo largo de la historia, el término religión evolucionó. La concepción moderna de la religión como un sistema organizado de creencias y prácticas se desarrolló gradualmente, basándose en diversas tradiciones y reinterpretaciones.
El pueblo sumerio fue el primero en transformar las primitivas creencias místicas en una liturgia religiosa formal. Así, la civilización sumeria-babilónica estableció el primer sistema administrativo de creencias concebido por la mente humana. Este modelo religioso, centrado en la administración de lo sagrado y en la existencia de un santuario como punto focal, sentó las bases para la mayoría de los sistemas religiosos que se desarrollaron posteriormente en otras civilizaciones.
Sin embargo, fe o espiritualidad y religión no son lo mismo. La fe nació de Dios cuando llamó al hombre a confiar en Él, pues Dios es espíritu y no puede ser visto con los ojos físicos. La religión, en cambio, es un producto de la organización humana de algunas de sus creencias místicas y de la tradición o costumbres culturales. La religión se practica por medio de formas que son parte de la tradición cultural de cada grupo y que no son mandamientos o requerimientos divinos para relacionarse con la divinidad. Debido a que son formas externas o físicas, no pueden, por sí mismas, alcanzar a Dios, porque lo material no es el puente entre el hombre y la Fuente. Solo la parte más íntima del ser humano—su espíritu, su conciencia, su transformación interior—puede conectar verdaderamente con Dios. Lo que Dios busca es un cambio genuino en el corazón, que se exprese en amor, justicia, humildad y verdad, no en actos rituales, vestimentas, posturas o movimientos específicos.
Entonces, muchas prácticas externas religiosas que se observan solo sirven para proteger el legado de la tradición cultural religiosa. Por ejemplo, en el judaísmo, el uso de kipá como símbolo de reverencia a Dios, el manto de oración con flecos que se usa durante la oración. En el cristianismo, la práctica del ritual de arrodillarse y juntar las manos—forma común de oración en muchas denominaciones—y el signo de la cruz, que en la tradición católica y ortodoxa es un acto de devoción.
En el hinduismo, la costumbre de las marcas en la frente (tilak o bindi) como signo de identidad religiosa y espiritualidad o los rezos con cuentas (japa mala) para la meditación y recitación de mantras. En las religiones indígenas y tradicionales, la quema de hierbas sagradas (sahumerio o copal) para limpiar energías negativas y los sacrificios u ofrendas a los espíritus, ofreciendo alimentos, bebidas o incluso sacrificios simbólicos. Todas estas son formas externas de cada religión, que al ser guardadas protegen y continúan el legado cultural de diferentes grupos humanos. Dios no las censura a no ser que corrompan la moral cultural, pero no son necesarias para la relación con Dios.
El acercamiento a Dios no depende de símbolos visibles, sino del estado del corazón y de la transformación interna. Si estas prácticas se equiparan a la voluntad de Dios en temas morales o se imponen como requisitos para acercarse a Él, entonces se estaría tomando el lugar que solo le corresponde a Dios. La verdadera espiritualidad no se manifiesta en formas externas, sino en la manera en que vivimos diariamente, en nuestras decisiones, en nuestra compasión y en nuestra relación con los demás. Dios no busca gestos rituales, sino una vida alineada con la verdad, la justicia y el amor.
Aunque Sumeria creó el primer aparato gubernamental-religioso organizado y lo exportó, sus creencias provenían de una época prehistórica. Estas creencias son las mismas que el sacerdote fenicio Sanjuniatón menciona al decir que, en sus inicios, los hombres adoraron a las plantas porque les proveían alimentos. El historiador francés Georges Roux argumentó que una de las conclusiones inescapables derivadas de los templos de Eridu, en Sumeria, es que la misma tradición religiosa se transmitió de siglo en siglo, en el mismo lugar, desde la mitad del sexto milenio a. C. hasta tiempos históricos (69). Este dato nos permite ver cómo las costumbres religiosas fueron heredadas y practicadas generación tras generación hasta que, con el tiempo, se consolidaron en un sistema religioso con ritos y sacerdocios bien definidos. Este mismo patrón de transmisión religiosa se reflejó en Israel, donde las prácticas heredadas desde Mesopotamia persistieron a pesar de los intentos proféticos por erradicarlas.
Las formas de expresión ritual que se mantuvieron en Israel durante la antigüedad no eran más que una versión adaptada del politeísmo organizado. Los propios hebreos las denominaban, con razón, sus costumbres ancestrales. Estas tradiciones familiares fueron llevadas desde Sumer hasta Canaán por la familia de Abraham y, con el tiempo, se convirtieron en el principal obstáculo espiritual para el pueblo hebreo. La influencia del politeísmo era tan fuerte que, cuando los profetas llamaban al pueblo a una fe exclusiva en Yahveh, la respuesta solía ser resistencia. Un claro ejemplo de esto se encuentra en las palabras de los judíos que vivían en Egipto, quienes respondieron a Jeremías de la siguiente manera:
“En eso que nos has dicho en nombre de Yahveh, no te hacemos caso, sino que cumpliremos precisamente cuanto tenemos prometido, que es quemar incienso a la Reina de los Cielos y hacerle libaciones, como venimos haciendo nosotros y nuestros padres, nuestros reyes y nuestros jefes en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén. Nos hartábamos de pan, éramos felices y ningún mal nos sucedía. En cambio, desde que dejamos de quemar incienso a la Reina de los Cielos y de hacerle libaciones, carecemos de todo, y por la espada y el hambre somos acabados.” (Jeremías 44:15-18)
Para ellos, abandonar la adoración a la Reina de los Cielos significaba perder su estabilidad económica y social, lo que demuestra cómo la tradición pesaba más que la llamada a una fe exclusiva en Yahveh. La seguridad que encontraban en sus antiguas prácticas religiosas era mayor que su confianza en la palabra profética.
La Reina de los Cielos mencionada en este pasaje era Istar. Aunque en tiempos asirios se le relacionó con el dios Asur, sus nombres más antiguos incluyen Innanna, Nana y Anunit. Istar era considerada la madre de los dioses y recibía títulos como la amante de las naciones o la amante de las montañas. Su culto se remontaba a Sumeria, donde se le conocía como Innanna-Istar, la diosa estrella, hija del dios lunar sumerio Nan-nar, patrono de Ur. Se cree que esta deidad tenía un templo en Ur, la misma ciudad de donde provenía Abraham.
Los dioses del panteón sumerio-babilónico, incluyendo a Innanna de Ur, eran conocidos y venerados por los descendientes de Abraham, como lo demuestra la respuesta de los hebreos a Jeremías. A través de la tradición familiar, estas creencias fueron conservadas dentro del pueblo de Israel y se hallaban aún presentes en Egipto durante los tiempos del profeta. Incluso después de haber establecido un pacto con Yahveh, el pueblo seguía cargando con las influencias religiosas de sus ancestros, lo que evidencia que el politeísmo de Mesopotamia nunca desapareció por completo en Israel.
En la religión mesopotámica, los dioses no eran eliminados, sino que, al ser vencidos por nuevas deidades, permanecían en el panteón de adoración. Durante la hegemonía babilónica, Merodac tomó el control del panteón de los dioses, pero la adoración a Bel no fue excluida. De la misma manera, en Israel no hubo una erradicación total de las creencias ancestrales, sino que muchas de ellas permanecieron en la sombra, fusionándose con la adoración a Yahveh y resistiendo los intentos de los profetas por restaurar la pureza de la fe monoteísta.
El caso de Salomón es un ejemplo claro de esta persistencia. Durante su reinado, no solo adoró a Dios, sino también a las deidades extranjeras de sus esposas como dice en 1 Reyes 11:5-7. Incluso el rey más sabio de Israel, quien había edificado el templo para Yahveh, no pudo resistirse a la influencia de los dioses extranjeros. A pesar de los esfuerzos por establecer una adoración exclusiva a Yahveh, las tradiciones heredadas de Mesopotamia seguían ejerciendo una fuerte influencia, demostrando que la lucha entre la fe monoteísta y las creencias ancestrales nunca desapareció por completo.
Una nota acerca de Melquisedec, en el Nuevo Testamento este personaje es presentado como uno ajeno al contexto religioso politeísta de la época de Abraham. En la carta a los hebreos se dice: “Melquisedec fue rey de Salem y sacerdote del Dios altísimo. Cuando Abraham regresaba de una batalla, Melquisedec salió a recibirlo y lo bendijo. Entonces Abraham le dio la décima parte de todo lo que había ganado en la batalla.” El autor añade: “Nadie sabe quiénes fueron sus padres ni cuándo nació o murió. Por eso él, como sacerdote, se parece al Hijo de Dios, que es sacerdote para siempre.”
Sin embargo, el contexto histórico muestra que Melquisedec era un sacerdote-rey cananeo, no un adorador exclusivo de Yahveh. Jerusalén, en aquella época, era probablemente una ciudad-estado cananea, donde cada líder local gobernaba como príncipe y sacerdote. Que Melquisedec fuera llamado sacerdote del Dios Altísimo (El Elyón) no implica que sirviera al Dios de Israel. En la religión cananea, El Elyón era el dios supremo de su panteón y tenía esposas divinas como Astoret (Asera) y Anat, la hermana de Baal, ambas posteriormente denunciadas por los profetas de Israel.
El escritor de la carta desconocía la verdadera identidad de Melquisedec, pero hoy sabemos que era un rey-sacerdote dentro de una estructura religiosa politeísta. En tiempos de Abraham, no existía otra religión que no fuera el politeísmo organizado, y aunque Abraham creía en un solo Dios, estaba inmerso en la cultura y costumbres de su entorno. Una de esas costumbres era la práctica de entregar tributos y ofrendas a los sacerdotes y templos, lo que explica por qué le entregó el diezmo a Melquisedec.
En Sumeria y Babilonia, las personas estaban acostumbradas a contribuir con una parte de su producción a los templos y sacerdotes, ya sea como tributo obligatorio o como gesto de respeto. Abraham, nacido en Ur de los caldeos, habría conocido bien esta práctica, lo que refuerza la idea de que su entrega del diezmo no fue un acto exclusivo de reconocimiento espiritual, sino un reflejo de la cultura económica y religiosa de su tiempo. Por tanto, la conexión que el autor de la epístola hace entre Melquisedec, Leví y el diezmo es una construcción teológica sin base en el contexto histórico real. Lo que originalmente fue un acto de cortesía y protocolo hacia un líder local se transformó, siglos después, en un argumento doctrinal para justificar el sacerdocio eterno de Jesús.
En la Biblia se registró la Ley de Dios y sus mensajes para el hombre. Pero también hay incoherencia y confusión, que provienen de la palabra del hombre en las Escrituras. En el mensaje o la Ley de Dios no hay confusión, incoherencia u oscuridad. La palabra del hombre en las Escrituras se la conoce como la tradición ancestral. El hombre creó la religión cuando se separó de la Fuente. Cuando la primera pareja, creada a la imagen de Dios, rompió la alianza del pacto, optando por un camino espiritual distinto al que Dios les había señalado para su beneficio, comenzó a gestarse el embrión de la religión humana. Como dice el profeta: “Porque dos males han hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, que soy fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen el agua.”
La religión es como una cisterna rota que no retiene el agua. No calma ni satisface la sed del espíritu. Mientras que la comunión con Dios produce aguas vivas que nunca se secan. Las aguas vivas fluyen del Espíritu y no pueden ser contenidas en estructuras humanas. La religión, al depender de ritos externos y no de la transformación interna, es incapaz de otorgar esa conexión real con Dios.
Este es un tema que ha estado presente desde los orígenes de la humanidad. No podemos recibir aguas vivas si no estamos en conexión con la Fuente. El agua es esencial para la vida porque es el principal componente del cuerpo humano y es necesaria para cada célula, tejido y órgano. De la misma manera, la Fuente de aguas vivas es vital para el espíritu. Para que el espíritu viva, necesita de las aguas de Dios, y esas aguas solo se reciben a través de la unión con Él, algo que la religión nunca podría otorgar, porque es una forma externa creada por el hombre, no una conexión con la Fuente.
Cuando el hombre fue expulsado del jardín por la transgresión, comenzó a vivir como los animales del campo. Su primera vivienda fue una cueva, y comenzó a vestirse con pieles de animales. Estos sucesos se ubican en lo que la ciencia llama la Edad de Piedra, un período que, según los estudios, se extendió por casi tres millones y medio de años. Más que suficiente tiempo para que el hombre olvidara a su Creador. A medida que se multiplicaban en número, la ruptura con Dios se profundizaba y su memoria se desvanecía.
Sin embargo, esta desconexión era solo un estado mental, porque el espíritu humano nunca dejó de anhelar a su Creador. Aunque la memoria del hombre sobre Dios se desvaneció, el anhelo por su Fuente permaneció en su espíritu. Pero en su confusión, intentó llenar ese vacío con imágenes de lo material, adorando lo que le daba sustento y protección en un mundo hostil.
Así comenzó la religión, cuando el hombre reemplazó a Dios con lo que podía ver y tocar. Lo que le proporcionaba refugio, alimento o seguridad, lo convirtió en objeto de adoración. Esa adoración se convirtió en costumbre, y la costumbre en tradición. Con el tiempo, perdieron su origen y propósito, pero fueron institucionalizadas y convertidas en religión. La religión, en lugar de restaurar la conexión perdida, se convirtió en una estructura que perpetuó la distancia entre el hombre y su Creador.
La religión nació de la tradición. La organización del sistema político-religioso ayudó al hombre antiguo a consolidar y concentrar el poder psíquico de los pueblos bajo un mandato obediente y centralizado. También sirvió como un medio para la recaudación de fondos y el sustento económico de sus administradores y sacerdotes. Según el asiriólogo e investigador Morris Jastrow, el sacerdocio tuvo su origen en los cuidadores y servidores de los santuarios paganos. Cuando los templos crecieron, el servicio que ejercían se dividió en varias clases sacerdotales. En un principio, eran guardianes encargados de atender las necesidades de los dioses en las torres o zigurats. Más tarde, con la prosperidad de las ciudades y la multiplicación de los templos, sus responsabilidades aumentaron y el clero se formalizó, dividiéndose en varias clases: adivinos, exorcistas, médicos, escribas y jueces de las cortes.
La religión bíblica tuvo como base fundamental la sumerio-babilónica. Los rituales, sacrificios, ofrendas y panes fueron una imitación de la organización religiosa mesopotámica. Sin embargo, en el Libro de la Vida de Adán y Eva se relata que la costumbre del derramamiento de sangre no se originó en un mandato divino, sino en Adán. Fue algo accidental que, con el tiempo, él y sus descendientes comenzaron a presentar como ofrenda tradicional a Dios.
El relato cuenta que este rito se originó cuando la primera pareja formó un altar con piedras y, al hacerlo, su sangre, proveniente de sus heridas, cayó al suelo y se mezcló con la arena. Fue entonces cuando la consideraron como una ofrenda para Dios. Quienquiera que haya sido el escritor de esta sección del Libro de la Vida de Adán y Eva, parece haber sido un sacerdote. Sin embargo, algo que se debe subrayar es que este sacerdote no se atrevió a atribuir el ritual a Dios, sino que lo origina en el hombre. En los libros del Antiguo Testamento que reglamentan el ritual de los sacrificios, la práctica es atribuida directamente a Dios y establecida como un mandato a perpetuidad. Pero cuando llegamos al Nuevo Testamento, en especial al libro de los hebreos, encontramos que se declara que el ritual ha caducado.
El pasaje del que hablo describe que Adán y Eva, desesperados por su nueva condición, intentaron quitarse la vida arrojándose desde una montaña. Dios los salvó, pero al caer, sufrieron heridas en sus cuerpos. Entonces, tomaron piedras y formaron un altar. Luego, recogieron hojas de los árboles que crecían fuera del jardín y limpiaron sus heridas con ellas. La sangre que había caído y se había mezclado con el polvo y la arena la ofrecieron en el altar como una ofrenda a Dios.
En ese momento, Adán elevó una oración diciendo: “Desde que entramos en esta tierra extraña, los santos elogios ya no salen de nosotros, ni oraciones justas, ni comprensión en nuestros corazones. Ya no hay dulces pensamientos, ni buenos sentimientos. Ya no está nuestra brillante naturaleza que teníamos antes, cuando fuimos creados. Sin embargo, ahora, al ver nuestra sangre ofrecida en estas piedras, acepta esto que está en nuestras manos, al igual que los elogios que solíamos elevarte en el principio, cuando estábamos en el jardín.”
Adán no entendía lo que realmente había sucedido. Habían perdido su naturaleza espiritual y se habían transformado en una naturaleza animal. Él mismo describe su estado caído al decir que ya no podía alabar a Dios, ni tenía pensamientos dulces o buenos sentimientos como cuando fue creado. En su desesperación, buscó agradar a Dios a través de un acto material, como si pudiera manipular la voluntad divina. Pero Dios le respondió que el tiempo fijado por su Palabra se cumpliría sin importar lo que hiciera externamente. Lo que comenzó como una tradición familiar con el tiempo se convirtió en ley, y luego en religión.
Desde su origen, el sacrificio de sangre fue un acto impulsado por la desesperación humana, no por una orden de Dios. Sin embargo, con el tiempo, la humanidad reinterpretó este gesto y lo convirtió en ley divina. Así, lo que comenzó como un acto desesperado se convirtió en una institución. El hombre, que había perdido su conexión con Dios, terminó construyendo un sistema basado en su propia interpretación de lo que creía que Dios quería para agradarlo y para reconciliarse con Él.