A esa pregunta, la respuesta de millones de personas sería un sí rotundo. De hecho, solo en los Estados Unidos, 7 de cada 10 personas creen en su existencia. Personalmente, y aunque conocía esta creencia, el tema nunca había captado mi atención. No es que creyera o dejara de creer en los ángeles; simplemente no formaban parte de mis intereses espirituales.
Desde niña, mi relación espiritual siempre ha sido directa con Dios. No con Jesús, no con María, y tampoco con los ángeles. Para mí, tratar con intermediarios no era necesario, ya que consideraba tener una relación personal y cercana con Dios. Que, en mi percepción, es también el “jefe” de todos ellos.
Sin embargo, hace algunos años, mi perspectiva cambió. Durante un periodo en el que me encontraba lejos de mi residencia habitual, me encontré en un contexto inesperado: parecía que todo a mi alrededor giraba en torno a los ángeles. Era como si estuviera siendo bombardeada mentalmente con comentarios, historias y argumentos sobre su existencia. Poco a poco, el tema comenzó a despertar mi curiosidad.
Tengo una forma peculiar de lidiar con conceptos que no comprendo del todo. En mi mente, existe una especie de “carpeta mental” marcada con un signo de interrogación. En ella, guardo temas que podrían ser ciertos o no, pero que por algún motivo no me interesan lo suficiente como para profundizar en ellos de inmediato. Así que, después de aquel bombardeo, decidí sacar este tema de mi carpeta mental e investigar por mi cuenta para comprobar su veracidad.
Lo que voy a compartirles es mi experiencia personal, una experiencia que transformó mi percepción sobre los ángeles, quienes ahora considero mis amigos y compañeros de la eternidad. Todo comenzó cuando decidí comprobar por mí misma su existencia.
Estaba sentada en una reposera bajo la sombra de un árbol, abrazado por una bella enredadera, leyendo textos en mi computadora. En un momento decidí hacer una pausa y, de manera espontánea, preguntarle a mi ángel de la guarda si realmente existía y si estaba a mi lado. Recordé la oración que muchos conocen y, quizás, hayan repetido en su infancia:
“Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me dejes ni me desampares, porque me perdería.”
Aunque sé que hay variaciones, esa fue la versión que conocía. Me sentí algo ridícula, casi infantil, pidiendo una señal después de tantos años de caminar con Dios, pero no veía otra forma de comprobar su existencia.
Semi reclinada en la reposera, noté tres flores en una rama por encima de mí. Entre ellas, había una en el centro que estaba marchita. Fue entonces cuando dije: “Si realmente estás aquí, haz que esa flor marchita caiga.” Después de expresar mi petición, me olvidé del asunto y seguí leyendo.
Un rato más tarde, miré hacia arriba y noté que la flor marchita ya no estaba entre las otras dos. Bajé la vista y allí estaba, en el suelo. Por supuesto, mi mente intentó racionalizar el evento, pero debo admitir que aquello me pareció muy interesante.
Al día siguiente, volví a sentarme en la misma reposera. Mientras reflexionaba sobre lo sucedido, me di cuenta de que, aunque el evento había ocurrido tal como lo pedí, aún no me sentía completamente convencida de la existencia de los ángeles. Recordé haber leído que algunas personas asociaban la presencia de un ángel con la aparición de una plumita blanca. Decidí insistir una vez más:
“Perdóname por pedir otra confirmación, pero si realmente estás aquí conmigo, deja una plumita como prueba.”
Volví a mis lecturas, como el día anterior, y un rato después mi mirada se posó en el suelo, en un punto del terreno donde algo blanco llamó mi atención. Me acerqué y, para mi sorpresa, era una pequeña plumita blanca
La brisa había empezado a transformarse en un viento más fuerte, así que rápidamente recogí la plumita para evitar que se la llevara. Decidida a descartar cualquier explicación mundana, revisé con cuidado las ramas de los árboles cercanos para asegurarme de que no hubiera ningún nido. Era finales de otoño, casi invierno, una época en la que los pájaros suelen estar menos activos en sus ciclos de reproducción.
¿Fue casualidad? ¿Fue algo más? Lo cierto es que ambas señales que pedí se manifestaron de forma precisa.
Después de estos sucesos, tuve dos sueños que me impactaron profundamente. La forma más común en que Dios o el mundo espiritual se comunica conmigo es a través de los sueños. Con el tiempo, aprendí a distinguir los sueños comunes de aquellos que tienen un significado especial. A estos últimos se les llama “visiones nocturnas”. Son eventos o escenas que ocurren dentro de los sueños mientras dormimos, pero con una claridad y propósito que los diferencian de los sueños habituales.
En este tipo de sueños, generalmente me veo de espaldas, observando lo que ocurre frente a mí. El primer sueño que tuve fue el de un ángel. Aunque estaba algo lejos de mí y no podía verlo con completa nitidez, su presencia era inconfundible.
El ángel era alto, y su estatura resaltaba en el sueño. Tenía el cabello oscuro, que caía hasta sus hombros. Me esforcé en observar si tenía características más masculinas o femeninas, pero era como si ambas se mezclaran, sin una distinción clara.
El segundo sueño fue diferente. Esta vez, el ángel tenía una expresión seria y el cabello corto. Si los ángeles tuvieran géneros, habría dicho que este parecía más masculino, aunque no estoy segura de que esa clasificación aplique en el ámbito espiritual.
De ambos sueños, lo que más me llamó la atención fueron su estatura notable y su sencillez. A pesar de lo que había imaginado, no tenían alas ni detalles extravagantes. Eran seres que transmitían una presencia sencilla y natural.
Las apariciones de ángeles en las Escrituras suelen describirlos como seres con figura humana, sin alas. Es principalmente en las visiones de los profetas donde se mencionan seres alados. Por lo tanto, las representaciones de ángeles con alas aparecen más en contextos de visiones proféticas o en representaciones artísticas, como esculturas, que en interacciones directas con seres humanos.
Es interesante notar que la idea de seres alados no era exclusiva de la tradición hebrea. Ya en las creencias religiosas de los mesopotámicos y los persas, se encontraban figuras de este tipo. Los karibu o kuribu eran genios alados que actuaban como guardianes en la mitología mesopotámica. Eran representados como figuras humanas con alas extendidas, en actitudes de oración o protección.
Durante el exilio babilónico (597-538 a.C.), los judíos estuvieron en contacto directo con estas representaciones iconográficas y mitológicas. En el año 597 a.C., el rey babilónico Nabucodonosor II conquistó Jerusalén, destruyendo el Templo de Salomón en el 586 a.C. Gran parte de la élite judía fue deportada a Babilonia, donde vivieron como una comunidad exiliada, manteniendo sus tradiciones religiosas pero expuestos a la rica cultura y religión mesopotámica.
Los babilonios veneraban figuras aladas como los karibu y los lamasu, criaturas protectoras que pudieron influir en la concepción de los querubines hebreos. Este contacto cultural no solo expuso a los judíos a nuevos simbolismos, sino que también enriqueció su cosmovisión en temas como la cosmología, los ángeles y la demonología.
En el año 538 a.C., el rey persa Ciro el Grande conquistó Babilonia y emitió un decreto que permitió a los judíos regresar a su tierra y reconstruir el Templo, conocido como el Segundo Templo. Durante este periodo, los judíos convivieron con los persas, quienes practicaban el zoroastrismo, una religión que incluía seres espirituales como los Amesha Spentas y los yazatas, que actuaban como guardianes y mediadores divinos.
El zoroastrismo introdujo conceptos como jerarquías celestiales, espíritus guardianes y la lucha entre el bien y el mal, elementos que comenzaron a reflejarse en las ideas judías posteriores sobre los ángeles. Durante el dominio persa, se consolidaron muchos textos bíblicos, incluyendo partes de Isaías, Ezequiel y Daniel, que contienen descripciones de seres alados y jerarquías celestiales.
La convivencia con los persas fortaleció la concepción de los ángeles como guardianes y mensajeros divinos. Por su parte, el exilio babilónico había aportado la rica simbología mesopotámica. Estas interacciones culturales probablemente enriquecieron la angelología hebrea, sentando las bases para las representaciones de ángeles como guardianes alados en la tradición judeocristiana.
Otra vivencia que fortaleció mi creencia en los ángeles ocurrió la primera vez que vine a los Estados Unidos. Estaba esperando recoger mi equipaje y empecé a preocuparme un poco. Entre mis pertenencias había una bolsa larga tipo militar, bastante pesada, y me preguntaba si sería capaz de sacarla sola de la cinta transportadora. Estos pensamientos daban vueltas en mi mente mientras veía la bolsa acercarse lentamente.
De repente, en un abrir y cerrar de ojos, algo increíble sucedió: la bolsa literalmente voló de la cinta, aterrizando directamente a mis pies. Fue tan inesperado que me quedé perpleja por un momento. Una mujer que estaba junto a mí abrió los ojos y la boca con una expresión de absoluta sorpresa y dejó escapar un gemido. Me miró como si buscara una explicación, pero yo todavía procesando lo que acababa de ocurrir.
Reflexionando después, comprendí que este evento, aunque inesperado, encajaba perfectamente con las experiencias posteriores que había tenido. Desde los sueños hasta las señales que había pedido, parecía que Dios había estado permitiendo que los ángeles se manifestaran en momentos significativos de mi vida, para recordarme su presencia y cuidado.
Estoy convencida de que los ángeles existen y que tienen la misión, dada por Dios, de protegernos en todos nuestros caminos. Desde el día en que nuestros primeros padres cometieron la insensatez de separarse del amor de Dios, los ángeles han estado presentes para cuidarnos. Nos protegen de fuerzas que, técnicamente, son más fuertes que nosotros. Sin embargo, cuando estamos reconciliados con el Creador y vivimos bajo su protección, esas fuerzas no pueden derrotarnos, a menos que les demos el permiso para hacerlo.
En cuanto a los querubines, serafines o seres alados que aparecen en algunas representaciones, no puedo afirmar si existen o no. Lo que sí tengo claro es que los ángeles no están sujetos a la fuerza de gravedad porque, aunque poseen una figura semejante a la nuestra, su cuerpo no es físico. Por eso, pensar en seres con alas para volar, como los pájaros, no encaja del todo en mi lógica espiritual, aunque sí podría hacerlo en una terrenal. Por ahora, los he ubicados en mi carpeta de signo de interrogación.