El sufrimiento humano: origen, sentido y esperanza

Recuerdo una vez que una persona conocida me preguntó por qué Dios permitía tanta maldad, como por ejemplo las guerras o el sufrimiento humano. Ese día no pude darle una respuesta adecuada. Tuvieron que pasar varios años para entenderlo y alcanzar la comprensión necesaria para responderle.

No obstante, la respuesta es sencilla: Dios no lo permite; somos nosotros quienes lo permitimos. Si somos libres, si tenemos la facultad o el poder de obrar por reflexión y elección entonces también somos responsables de lo que elegimos, hacemos y permitimos. Los que vivimos en este mundo somos nosotros, no Dios, y tenemos plena libertad de acción. Una parte de su Espíritu se une a nosotros cuando nos reconciliamos para que venzamos la maldad del mundo, pero no está en nosotros si no lo hacemos.

Sé que es más fácil echarle la culpa a Dios o a otros que tomar la responsabilidad y la iniciativa de cambiar, pero un pequeño esfuerzo y empujón de nuestra voluntad puede lograr grandes cosas.
Cuando nos reconciliamos con la Fuente entramos en Pacto con Él. El Pacto entre Dios y la humanidad es lo que mantiene a la maldad controlada. Si rompemos esa Alianza la liberamos. Dios puso en nuestras manos lo que hace falta para vencerla. Si todavía está entre nosotros, es porque no nos hemos reconciliado con la Fuente o porque no creemos, aún, en el poder enorme que tenemos en su Espíritu.

Por lo tanto, no la hemos vencido; simplemente la hemos acomodado en nuestra vida como si fuera algo inevitable. El dominio y control del mal se logra por medio de la sujeción a la Ley de Dios.
Nuestros primeros ancestros decidieron darle la espalda a su Voz, y con ello abrieron la puerta al conocimiento del mal en todas sus formas. Pero no solo ocurrió que nos hicimos aprendices del maestro del mal como dice en el texto de Adán y Eva, sino que también nos sucedieron calamidades en nuestras vidas; hablando de una de ellas, que les había sobrevenido y que ellos pensaban que venía del Creador, este les corrige diciendo:

“Fue el Adversario, su maestro, el que lo hizo; él, a quien ustedes se han sometido y por quien dejaron mi mandamiento.”
Es decir, no solo nos hicimos conocedores y aprendices del mal, sino que también con ello trajimos las desgracias sobre nuestras vidas:
“Y dijo Dios a Adán: ¡Oh, Adán! Toda esta miseria que has traído a ti mismo.”


Y continúa en otra sección del texto diciendo:

“Pero luego de tu transgresión y al entrar a esta tierra extraña, todas estas aflicciones han venido sobre ti.”

Y dice aún más:

“Pero cuando transgredieron obedeciendo al Adversario, se convirtieron en los invitados entre sus ángeles, que están llenos de maldad, y vinieron a esta tierra, donde encontraron cardos y espinas.”

Dios no desea ni causa nuestras adversidades. Pero cuando nos alejamos de su Pacto, quedamos vulnerables a ellas. Él no nos entrega al mal, pero respeta nuestra libertad si decidimos entregarnos por nuestra propia cuenta.

Esta es la realidad de nuestras vidas que la mayoría del mundo no quiere reconocer o no le interesa saber para poder cambiarla, porque se han acostumbrado a vivir con la maldad como parte de su vida creyendo equivocada y derrotistamente que así es la vida. Si queremos y nos proponemos podemos crear otro tipo de existencia, una de contentamiento, satisfacción y prosperidad tanto espiritual como física. También, podemos manifestar lo opuesto si eso es lo que queremos.

En el mismo texto que cito dice que nuestros primeros padres transgredieron los límites de nuestra creación y que por esa razón se cambió nuestra condición de poder y naturaleza espiritual. Eso fue para darnos la posibilidad de recuperarlas. No siendo así en los ángeles transgresores que mantuvieron su naturaleza espiritual. Ese hecho, y el de que permanezcamos fuera de su Pacto, los hace en principio más poderosos que nosotros, pero esta posición de autoridad y poder se invierte cuando hacemos las paces con el Creador, aunque todavía estemos en este cuerpo frágil que puede sentir dolor y a veces pena. El límite de nuestra creación, e inclusive de otros seres creados como los ángeles, fue la de no involucrarnos con el mal que ya existía antes que nuestros primeros ancestros fueran formados.

El mal se vuelve a controlar cuando nos reconciliamos y volvemos a entrar en el pacto de la Alianza. Observen ustedes qué grande es la generosidad del Creador. Cuando el Señor nos dice:

“Vengan ya, vamos a discutir en serio, a ver si nos ponemos de acuerdo. Si ustedes me obedecen, yo los perdonaré. Sus pecados los han manchado como con tinta roja; pero yo los limpiaré. ¡Los dejaré blancos como la nieve! Entonces comerán de lo mejor de la tierra.”

Su mensaje concluye con una clara promesa de prosperidad material en esta tierra. Que es parte de su compromiso con nosotros en la Alianza. Nos invita a entrar en un pacto de beneficio mutuo, pero en realidad el beneficio es del 100 por ciento para nosotros. Además, nos revela su ánimo y disposición de razonar con nosotros con respecto a lo que no entendemos y ha afectado negativamente nuestras vidas. Porque lo cierto es que muchos de nosotros llevamos heridas profundas causadas por adversidades. Y al no comprender por qué nos ocurrieron, tendemos a pensar que Dios es el culpable de nuestras circunstancias. Esa idea amarga el corazón y, con el tiempo, nos aleja del Creador.

Pero justamente por eso Él nos invita a dialogar. Nos llama a comprender lo ocurrido y a llegar juntos a un entendimiento —un acuerdo mutuo sellado en una Alianza.

Un pacto es un acuerdo entre dos partes que deciden comprometerse mutuamente. Ambas están en el mismo nivel de responsabilidad: cada una ofrece algo y espera algo a cambio. No hay imposición, sino buena voluntad a favor de las dos partes.

En el caso de Dios y la humanidad, Él ofrece su guía, su protección, su perdón, y sus abundantes bendiciones —tanto espirituales como materiales—, mientras que nosotros respondemos con sujeción, respeto a su Voz y a su Ley. Que es lo que mantiene controlado al mal. Fueron nuestros primeros padres quienes lo liberaron; ahora, nosotros, su descendencia, somos responsables de pisarle la cabeza y volver a subyugarlo.

Este pacto tiene un poder real: mantiene al mal limitado, sin fuerza ni dominio. Cuando la humanidad permanece fiel a la Alianza, el mal no tiene autoridad sobre nosotros. Pero cuando rompemos ese vínculo, cuando rechazamos su Voz, somos nosotros los que liberamos el mal. Le damos lugar. Dejamos que actúe. Y con el tiempo, hasta lo normalizamos.

El control del mal no depende solamente de una intervención divina, sino de nuestra decisión de volver al pacto. Cuando nos reconciliamos con Dios, el mal vuelve a quedar bajo control. Pero mientras sigamos alejados, las adversidades, la injusticia y el sufrimiento seguirán siendo parte de nuestra realidad. No porque Dios lo quiera, sino porque nosotros lo hemos permitido. Para eso nos dio libertad de elección y decisión: tenemos la capacidad para decirle al mal… ¡No!

Dios tiene el poder de la transmutación. La aflicción que el ser humano manifestó por haberse separado de la Fuente en el orden espiritual fue transformada, por Dios, en una nueva oportunidad… si así el hombre lo deseara. Puede ser redimido de la alianza que hizo con las tinieblas al rechazar la Voz de Dios, y recuperar así su estado original y su poder espiritual. Dios no nos dejó sin recursos. El cuerpo material, y el dolor que puede experimentarse en él, se convirtieron en un medio para darnos una segunda oportunidad.
Para profundizar en esta reflexión, es importante distinguir dos realidades muy diferentes: el dolor y la adversidad.

El dolor es una señal —ya sea física o emocional— de que algo necesita atención o corrección. Puede surgir como un aviso interior que nos guía, mientras que la adversidad es una fuerza externa creada por el Adversario con el objetivo de destruir nuestra fe y alejarnos de Dios.

Existe un tipo de aprendizaje llamado evitativo. Imaginemos un campo donde hay vacas que pastan libremente. En el borde del campo hay un cerco eléctrico. Cada vez que una vaca se acerca demasiado, recibe una pequeña descarga. Aunque no es mortal, es lo suficientemente desagradable como para que la vaca aprenda rápidamente a no acercarse al cerco. Con el tiempo, incluso si el cerco deja de estar electrificado, las vacas ya no intentarán cruzarlo, porque han asociado el cerco con el dolor. Nosotros somos un poco parecidos a esas vacas.

La enseñanza de ese experimento nos muestra que, dentro de esta naturaleza física, el dolor puede ser bueno: nos ayuda a aprender que hay cosas que no deberíamos ni acercarnos porque al final causan dolor. Porque lo cierto es que no nos gusta el dolor… lo que nos gusta es la gratificación física. Como en el ejemplo del cerco eléctrico y las vacas, el dolor le enseña a no cruzar un límite que las daña. Nosotros también aprendemos del dolor. No porque sea agradable, sino porque nos alerta, nos sacude, nos señala.

El dolor, entonces, no es un castigo, sino una herramienta que nos hace enfocar en lo que tenemos que atender y corregir ya sea físico, emocional o espiritual.

La adversidad, en cambio, no tiene ese propósito. No enseña o advierte para corrección. La adversidad trae sufrimiento, pero sus efectos son negativos y destructivos.

Es un error común pensar que las adversidades nos hacen crecer. Pero al observar con cuidado su origen, vemos que no provienen de Dios, sino del Adversario. Por lo tanto, su propósito no es formar nuestro carácter, sino destruir nuestra confianza en Dios. Adversidad viene de la palabra adversario, del latín adversarius, que significa “contrario” o “enemigo”. Las adversidades son infortunios, desgracias, desventuras y calamidades.

El libro de Adán y Eva dice lo siguiente al respecto en una conversación entre el Adversario y Adán:

“Cayeron ustedes, y yo les he hecho caer de aquel que yo mismo caí… estás bajo mi regla y soy rey sobre ti porque me has obedecido… y no tendrán ninguna liberación de mi mano hasta el día que Dios te prometió liberarte.”

Más adelante dice:

“Multiplicaremos la guerra y el asesinato para ti y tu descendencia… porque nuestra casa está cimentada en el fuego, y no dejaremos nunca de hacer nuestro mal… así como entraste a la cueva, yo estableceré fuego sobre ti.”
Cuando Adán escuchó estas palabras, lloró amargamente y le dijo a Eva: “¿Escuchaste lo que dijo…? ¿Podrá ser cierto que será rey sobre nosotros?”


Ese pasaje no solo confirma que las adversidades no vienen de Dios, sino que revela que ni Adán, viendo cara a cara al causante de su ruina, terminaba de creer que le había entregado su propia autoridad y voluntad por desobedecer la Voz de su Creador. Es por eso que se habla de inclinaciones a hacer lo que no nos conviene en este cuerpo mortal, pero eso es una inclinación interna, del espíritu, y no del cuerpo, aunque se manifieste a través de el.

El pasaje está lleno de información acerca de la forma de actuar del mal. También es una declaración abierta de guerra espiritual no solo sobre Adán sino también sobre toda su descendencia, nosotros. Sus palabras describen una maldición que revelan un accionar destructivo que no se detendrá, casi como una manifestación del caos, la violencia y la corrupción que creará sin piedad sobre la raza humana. Nosotros no estamos protegidos de esa ofensiva si no hemos entrado en el Pacto de la Alianza.

Una nota sobre el poder de la maldición a través de las palabras
Este mismo texto que comparto arroja luz sobre ese asunto. Es cierto que las palabras tienen poder para manifestar, pero no cualquiera puede hacerlo. Debemos tener autoridad o permiso de Dios para que nuestras palabras tengan ese peso. En el caso que nos ocupa, hablamos de una maldición, es decir, del deseo de daño por parte del Adversario hacia Adán y su descendencia. Él tenía poder para hacerlo porque, por voluntad propia, Adán y Eva se sometieron a su mando y gobierno.

Dice un pasaje del texto citado:

“Y, sin embargo, el ángel no pudo maldecir al Adversario ni herirlo con sus palabras, porque no tenía autoridad sobre él, ni derecho a hacerlo. Por lo tanto, el ángel lo toleró sin decir una palabra, hasta que la Palabra de Elohim llegó y dijo: ‘Vete de aquí; una vez ya los engañaste, y ahora intentas destruirlos. Si no fuera por mi misericordia, te habría destruido a ti y a tus anfitriones, y estarías fuera de esta tierra; pero he tenido paciencia con ustedes, hasta el fin del mundo’. A continuación, huyó de la presencia del Señor.”

La mayoría de las personas no entiende que, si no fuera por el amor de Dios, ya habríamos sido destruidos. Viendo que Adán era manso y que el Conspirador intentó matarlos en varias oportunidades, Dios le dijo: “Mas yo conozco tu debilidad y no dejaré que él manifieste todo su poder sobre ustedes.” Él es nuestra única defensa real contra el mal, y su promesa de protección permanece firme mientras no nos apartemos del Pacto.

La herramienta más eficaz que tiene el Adversario sobre nosotros es su naturaleza espiritual. Como vivimos en un cuerpo de carne, no podemos percibir directamente esa dimensión del mundo invisible. Si vamos caminando y vemos que vamos a chocar contra alguien, simplemente nos detenemos o cambiamos de dirección, porque lo vemos con claridad. Pero no ocurre lo mismo con las actividades invisibles del mal hacia nosotros.

La mayoría de las veces, esa actividad ocurre a través de personas. Sin embargo, aunque las veamos, no siempre discernimos la manipulación que hay detrás de sus acciones ni nos damos cuenta de que su intención es causarnos daño. Esa maniobra puede aparecer en cualquier área de nuestra vida: en el trabajo, en la familia, en amistades o en relaciones sentimentales. La limitación de no poder ver lo espiritual facilita que su existencia sea puesta en duda, y que incluso se ridiculice a quienes creen en ella.

El Adversario se aprovecha de esa incredulidad para ocultarse aún más. Ha sembrado la idea de que creer en él es señal de ignorancia o superstición, creando así un juicio social basado en la burla.
Para muchos, no poder verlo ya es razón suficiente para dudar de que exista. Pero, aunque no podamos ver a los seres espirituales caídos, Dios nos ha dado armas eficaces para vencerlos.

Las principales y más poderosas son la reconciliación con Dios y el compromiso mutuo del Pacto. Ese acto nos coloca de inmediato bajo su protección. Además, el discernimiento de espíritus es una herramienta valiosa para no ser engañados, especialmente cuando nuestra fe aún no está firme ni consolidada.

El Adversario no se conformó con hacer caer a Adán y Eva. Su objetivo era más amplio: establecer una línea de conflicto que se extendiera a toda su descendencia, con la intención de destruirla y apoderarse de la tierra.

¿Acaso no es posible imaginar que algo así pudiera suceder?
Pensemos en un mundo donde ya no quede nadie que viva en rectitud, donde no haya ni una sola persona íntegra, ni exista el respeto por la Ley espiritual de Dios.

¿Qué pasaría si la tierra estuviera habitada únicamente por quienes desean hacer daño?

Incluso si alguien no creyera en este relato, el sentido común nos dice que un escenario así es posible… sí lo permitimos. Porque, al fin y al cabo, todos sabemos que la maldad existe.

Con las palabras que el Adversario le dice a Adán revela su verdadera estrategia: mantener al ser humano dividido, dolido, lejos de la Fuente. Y lo más revelador es cuando dice: “Nuestra casa está cimentada en el fuego…” Como si confesara que no solo actúa desde la oscuridad, sino que la ha adoptado como hogar. Su dominio se basa en el fuego de la desgracia y en la repetición del mal. No busca redención ni se retracta: se aferra a su causa. Y cuando sentencia: “Así como entraste a la cueva, yo estableceré fuego sobre ti,” le habla a Adán como quien dice: ahora estás en mi terreno. Entraste al plano de la materia, al mundo físico, a la oscuridad del exilio. Y en este terreno, donde ya no ves con claridad, mi fuego arderá.

Es aquí donde comienza el verdadero sufrimiento humano: en el alejamiento de la Voz, en la pérdida del camino, en el abandono del jardín. No porque Dios lo haya deseado, sino porque el ser humano se abrió a una voz distinta, a una mentira que aún muchos siguen creyendo. Las palabras del Adversario parecen decir: “Tú decidiste bajar, dejarte engañar, perder la conexión con la Luz. Pues bien, en este terreno mío, yo te haré guerra. Aquí yo soy el que enciende el fuego”.

Hoy, la humanidad repite el mismo error que cometió la primera pareja. No creemos que alejarse de Dios tenga consecuencias reales. No creemos que el Pacto es lo que nos protege en esta tierra de lamentos.

El dolor es una señal; la adversidad es una emboscada. El primero puede ayudarnos a corregir. La segunda intenta rompernos para alejarnos del amor divino.

El Libro de la Vida de Adán y Eva dice que el Adversario encendió fuego en la entrada de la cueva donde vivían, con la intención de consumirlo para que Adán y Eva se debilitaran en el dolor, perdieran su confianza en Dios y lo negaran.”

Allí está revelado, sin rodeos, el origen, propósito y objetivo de las adversidades: destruir la fe, debilitar el ánimo, romper la conexión con Dios.

El sufrimiento vino por la transgresión y el rechazo al mandamiento de no participar del conocimiento del mal. Y la solución también fue dada: volver a la Voz, restaurar la Alianza, y retomar el camino de la luz.

Cuando oigo personas preguntarse por qué Dios permite el hambre en el mundo, por qué permite las guerras, las violaciones, las injusticias… me doy cuenta de que esas personas todavía no han comprendido que somos nosotros quienes tenemos el poder para cambiar el mundo. Y que somos nosotros quienes provocamos el sufrimiento en nuestras propias vidas… o nuestro semejante lo provoca en nosotros por no haber avanzado aún en el camino de la luz.

Este poder que tenemos para cambiar el mundo requiere alinearnos con el orden establecido por Dios. Sin ese orden, no hay paz verdadera ni duradera en la tierra.

Y somos nosotros quienes lo escogemos…
O no…
En base a nuestra propia elección y decisión.

¿Podemos Manifestar Nuestros Deseos?

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