¿Podemos Manifestar Nuestros Deseos?

Hay una promesa que afirma: “Ama al Señor con ternura, y él cumplirá tus deseos más profundos.” Esto significa que una relación íntima con Dios es clave para que sus favores se manifiesten en nuestras vidas. Esta relación se logra inicialmente mediante la reconciliación, como lo dijo en Isaías: “Vengan ya, vamos a discutir en serio, a ver si nos ponemos de acuerdo. Si ustedes me obedecen, yo los perdonaré […] Entonces comerán de lo mejor de la tierra.”

Cuando estamos reconciliados con Dios, nuestros deseos tienden a alinearse con su voluntad, y es ahí donde la manifestación ocurre porque su voluntad es la de hacernos bien y darnos en abundancia. La mente natural no sabe ni entiende cómo trabaja el Espíritu porque está acostumbrada a trabajar en el ambiente físico o material. Para que se manifieste la ayuda o el favor, se crea en el Espíritu, primeramente. No ocurre si no se lo pedimos a Dios.

De modo que la tangibilidad del deseo o necesidad tiene su origen en la esfera espiritual. El Creador oye nuestras peticiones. No obstante, nada que pidamos en una energía en contra de las virtudes de su Espíritu y Ley nos será otorgado por la Fuente. Cuando nos reconciliamos con la Fuente, su Espíritu en nosotros nos facilita la realización de estar en armonía con sus virtudes. Entonces, seguros de que cumplimos con esta condición elemental, recibiremos lo que hemos pedido.

De la creación espiritual al material hay un espacio de tiempo para que la visibilidad de la petición ocurra. Ese espacio de tiempo es determinado por nuestra fe. Una fe estable, es decir, la confianza segura de que nos fue otorgado o hecho lo que pedimos, puede manifestarse en el acto. Dice en Salmos: “Los que confían en el Señor son semejantes al monte Sion, que jamás se mueve, que siempre está en su lugar”. Una fe inestable es un bloqueo seguro que se forma para impedir recibir lo que hemos solicitado. Esto no significa que no se nos dio lo que pedimos, sino que nosotros mismos, o energías negativas externas, facilitamos la creación de un ambiente energético propicio para el bloqueo de la bendición. Esa interrupción se produce por nuestro propio titubeo espiritual.

En el ámbito militar, un bloqueo es una estrategia para evitar que una fuerza de oposición reciba suministros, tropas, información o ayuda. De la misma manera, es lo que nosotros y fuerzas externas hacemos debido a nuestra fluctuación en creer que Dios nos dio lo que pedimos. Este espacio de tiempo, antes de la materialización del sueño que pedimos a Dios, creado por nuestra falta de confianza estable en su Palabra, se convierte en un gran periodo de crecimiento espiritual que se refleja enla fortaleza de nuestra fe o confianza en Dios. Cuando nuestra fe es estable, materializamos lo que ya Dios nos concedió.

Todas las cosas buenas provienen de Dios, incluso si no siempre las reconocemos. Él es la Fuente de todo lo positivo, pero como seres libres, debemos invitarlo a participar en nuestras vidas con su ayuda y cuidado, porque no puede obligarnos a aceptarlo. De la misma manera que nosotros le extendemos esta invitación, Él nos llama a tener una relación cariñosa y abundante con Él.

Dios está en el negocio de salvar almas, pero también reconoce nuestras debilidades, necesidades y deseos. Estas debilidades reflejan la pérdida de capacidades espirituales que sufrimos desde la primera transgresión, cuando el cuerpo espiritual se transformó en uno físico. En su amor, Dios nos proveyó de herramientas para vencer las potestades espirituales caídas que existen en la tierra y buscan destruir la descendencia de Adán.

Entre las herramientas más grandes que Dios nos ha dado están:

• La unión con su Espíritu a través de la reconciliación, que restaura nuestra conexión directa con Él y nos permite manifestar o crear con Él.

• Las conversaciones con la Fuente, que son los vehículos principales de la manifestación creadora. Antes de la manifestación está la oración. En la oración compartimos nuestras penas, alegrías, agradecimientos y peticiones. Nuestro corazón es vulnerable con Dios porque sabemos que podemos confiar en su amor y cuidado. Las oraciones del hombre íntegro son siempre escuchadas por Dios y respondidas en el momento preciso de una forma u otra.

• El poder de la alabanza, el canto, que levanta nuestros espíritus, fortalece nuestra fe y aleja las energías oscuras que podrían estar tratando de perturbarnos. Las tinieblas no pueden residir en la alabanza. Si cantas alabando a Dios, se retirarán, y con ello, todos los malestares anímicos que puedan estar infligiéndote externamente. Ustedes tendrán que encontrar la mejor manera de levantar esa atmósfera que algunas veces se crea sobre nosotros, traducida en decaimiento u otras sensaciones negativas. A veces escucho música de flauta nativa y la energía que trata de oprimirme desaparece. Mi ánimo se levanta y siento mi espíritu con fuerza.

• La protección de los ángeles, enviados por Dios para cuidarnos de tropezar y caer.

• La guía de un consejo espiritual, compuesto por ángeles, arcángeles y ancestros que han ascendido, a los cuales les tenemos que pedir ayuda porque no pueden intervenir en nuestra vida si no lo hacemos.

• El discernimiento de espíritus, que nos permite identificar lo que es de Dios y lo que no, tanto en el ámbito oral como en el escrito.

• El poder de la oración, como un canal de comunicación constante y directo con el Creador y la confesión de las promesas de Dios, como esta poderosa declaración:

“Ningún arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se alce contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos del Señor, y su justificación viene de mí —declara el Señor.”

Personalmente, la declaro en primera persona, adaptándola a mi relación con Dios como hija, no sierva. Entender que las “armas forjadas” son medios destinados a destruirnos nos ayuda a reconocer que esta promesa es nuestra defensa. Asimismo, la parte que dice “y condenarás toda lengua que se alce contra ti en juicio” es especialmente poderosa para casos de calumnias, mentiras, chismes o cualquier forma de juicio injusto provocado por la falta de integridad de otros.

Estas herramientas son un recordatorio del cuidado constante de Dios y de que, al vivir en reconciliación con Él, estamos protegidos y capacitados para enfrentar cualquier adversidad.

Otra promesa que me gusta mucho confesar para manifestación en mi vida es la del Salmo 1, que afirma:

Qué alegría para los que no siguen el consejo de malos, ni andan con pecadores, ni se juntan con burlones, sino que se deleitan en la ley del Señor meditando en ella día y noche. Son como árboles plantados a la orilla de un río, que siempre dan fruto en su tiempo. Sus hojas nunca se marchitan, y prosperan en todo lo que hacen.

Este Salmo no solo nos inspira, sino que también nos promete fortaleza física y lozanía. El envejecimiento es un proceso físico, pero nuestra relación con la Fuente, que es espiritual e interna, nos renueva desde dentro. Así como las raíces de un árbol conectadas al agua nutren y fortalecen todo el árbol, nuestra unión con Dios fortalece tanto nuestro ser interior como nuestro cuerpo físico.

La afirmación “las hojas siempre verdes” es un símbolo poderoso de fortaleza física y juventud renovada. Las hojas reflejan la vitalidad del árbol, su apariencia saludable y su belleza, pero esta apariencia depende de lo que no se ve: raíces profundamente conectadas al agua. De la misma manera, nuestra apariencia física puede reflejar la vitalidad interna que surge de nuestra conexión espiritual con Dios.

Además, el Salmo nos garantiza prosperidad en todo lo que emprendemos. Así como el árbol da fruto en su tiempo, nuestra conexión con Dios asegura que lo que hacemos y vivimos en esta dimensión se manifestará a su debido tiempo, como un fruto maduro. Es una promesa de plenitud, belleza y propósito que fluye en armonía con nuestra vida. Al estar espiritualmente arraigados en la Fuente de vida, experimentamos no solo una renovación interna, sino también una prosperidad externa que refleja la obra de Dios en nosotros.

Cuando no entramos en pacto con Dios, por medio de la reconciliación, puede haber manifestaciones, pero estas no provienen del Espíritu de Dios. Un ejemplo claro de esto es la tentación de Jesús, donde el Adversario le ofreció todas las naciones del mundo si lo adoraba. Este ser tiene poder para entregar muchas cosas si le obedecen o siguen sus consejos, pero su propósito es desviarnos y destruirnos.

Otro ejemplo se encuentra en el enfrentamiento entre Moisés, Aaron y los magos del faraón:

“Entonces Moisés y Aarón fueron a ver al faraón e hicieron lo que el Señor les había ordenado. Aarón tiró su vara al suelo delante del faraón y de sus funcionarios, ¡y la vara se convirtió en una serpiente! Entonces el faraón llamó a sus sabios y a sus hechiceros, y los magos egipcios hicieron lo mismo con sus artes mágicas: tiraron sus varas al suelo, ¡y las varas también se convirtieron en serpientes! Pero la vara de Aarón se tragó las varas de ellos.”

La lección más importante aquí es que existen otras fuerzas espirituales que no provienen de Dios y son capaces de realizar portentos o manifestaciones tan poderosas como tratar de ponerte el mundo a tus pies, pero a un precio muy alto que se paga después de que nos fuimos de este cuerpo, a veces en esta dimensión.

La victoria de la serpiente de Aaron sobre las de los magos del faraón demuestra que el poder de Dios es incomparablemente superior a cualquier otro. Esto subraya la ventaja única de manifestar en su poder: al entrar en su pacto, no solo obtenemos protección espiritual y física, sino también la certeza de que nuestras manifestaciones estén alineadas con el buen propósito de bien para nuestras vidas.

El rompimiento del pacto entre la primera pareja creada y Dios trajo consigo el envejecimiento, la muerte, el dolor y la miseria. El Libro de la Vida de Adán y Eva llama a estas consecuencias “plagas o pestes” refiriéndose a las enfermedades y todo tipo de aflicción física y espiritual. Al violar el pacto, la humanidad se puso bajo una maldición y quedó atada al dominio del mal, alejándose de la alianza con Dios que se basaba en la obediencia.

Al escuchar la voz del Adversario, la primera pareja se subordinó a él en su molde caído. Esta subordinación generó una “aleación espiritual” que se ha transmitido como una especie de ADN espiritual en nosotros, afectando nuestra naturaleza interior. Esta transmisión manifiesta una reacción espiritual que también involucra a nuestro cuerpo. Sin embargo, el cuerpo no es malo en sí mismo.

Algunas personas, al malinterpretar ciertas partes del Nuevo Testamento, ya sea porque los textos no fueron escritos con suficiente claridad o porque estaban adaptados a una comprensión cultural específica, han llegado a creer que el cuerpo es intrínsecamente malo. No lo es. El cuerpo no puede manifestar por sí mismo acciones como la traición o el robo si nuestro interior no lo permite por medio de nuestro libre albedrío. Es nuestro interior, no el cuerpo, lo que impulsa las malas acciones. Si tu espíritu es bueno tu cuerpo lo es también.

El cuerpo es, en realidad, un vehículo que Dios nos ha dado para regresar a la luz. Si no lo hubiera hecho, habríamos perecido en las tinieblas eternas, como ocurrió con los ángeles transgresores. Cuando hablo de tinieblas, no lo digo en un sentido metafórico; la muerte eterna del espíritu es la ausencia absoluta de la Luz de Dios. Podría interpretarse como separación también. Para ilustrar esto, podemos usar una analogía: el cuerpo es como el capullo que alberga a la mariposa. Es temporal y necesario para que el espíritu, como la mariposa, madure y vuele hacia su propósito final. Así, aunque nuestro cuerpo es transitorio, su papel en la evolución espiritual es esencial, pues nos permite avanzar hacia la reconciliación con Dios y la plenitud de la Luz.

La mención de la fracasada manera heredada de sus padres en el NT si bien se puede entender literalmente en los hijos de Israel con respecto al paganismo o idolatría hereda de sus ancestros, también nos habla del molde caído espiritual y fracasado que heredamos de nuestros primeros padres. Eva, manipulada por el pensamiento que el Transgresor inyectó en su mente, llevó a cabo la acción que rompió la relación perfecta con Dios, arrastrando consigo a toda la humanidad, y perdiendo su estado espiritual.

Cuando hablo de aflicción espiritual, me refiero a la reacción en nuestro espíritu de sentir la pérdida de nuestra relación con el espíritu creador que la llevamos en nuestro ADN espiritual sin darnos cuenta.

Era tal la aflicción de Adán y Eva cuando perdieron esa relación que intentaron matarse varias veces. Rota esa relación espiritual las personas se olvidan de Dios al punto de creer que no existe. Nosotros fuimos creados con la intención de tener una relación unida y fluida con Dios. La fragmentación de la misma causa aflicción al espíritu porque su naturaleza es la de estar fusionado al Espíritu de Dios. Algo similar ocurre cuando hemos encontrado a lo que comúnmente llamamos el amor de nuestra vida. El rompimiento de esa relación, tan unida en el alma, causa consternación y desdicha. Es necesario la iluminación del Espíritu para darnos cuenta del porqué de ese desconsuelo, vacío o insatisfacción interna.

Después tenemos la aflicción mental en la que muchos seres humanos se encuentran atrapados. Es en la mente donde los pensamientos negativos se cruzan a veces de manera agitada con la intención de desviarnos del camino que nos conviene y al fracaso. La mente es el campo de batalla en la guerra espiritual, y aunque todos podemos vencerla al reconciliarnos con el Creador, esto no significa que los ataques cesen. La razón directa es porque el mal todavía merodea el planeta.

Estas luchas nos ayudan a crecer en la fe, y con ella, aumenta nuestro poder espiritual. Es como trabajar el metal: el temple lo endurece, y el revenido equilibra esa dureza con flexibilidad. De igual manera, los sinsabores moldean virtudes esenciales como resiliencia, paciencia, empatía, humildad, perdón y gratitud. Estas virtudes son nuestra fortaleza para enfrentar un mundo donde el mal sigue activo y moviéndose entre nosotros.

Estas aflicciones no existirían si nuestros ancestros no hubieran quebrado la Alianza. A medida que crecemos y nos transformamos espiritualmente las luchas mentales disminuyen porque hemos aprendido a vencerlas. Cuando llegamos a la maestría de distinguir y controlar los pensamientos en nuestra mente hemos vencido. Eso significa que si aparecen no les hacemos caso. Los ignoramos. Actitud que debería haber tenido Eva.

Las semillas en nuestra mente son pensamientos intrusos cuyo único propósito es destruirnos y separarnos del amor de Dios. Cuando esos pensamientos negativos se manifiestan o materializan, causan heridas profundas y un dolor que puede llevarnos a la amargura. La amargura le echa la culpa a Dios por nuestras desdichas, porque su intención es separarnos del amor de Dios. Por eso perdonamos: para que el dolor no crezca en nosotros ni nuble nuestro entendimiento, que es precisamente lo que la maldad busca para alejarnos de la Fuente de vida.

Dios nos habla internamente porque una porción de su Espíritu está fundida en nosotros. Esta unión espiritual nos permite recibir mensajes que nacen del Espíritu y se manifiestan en pensamientos comprensibles. Sin embargo, todos los pensamientos negativos son intrusos; no provienen de Dios. Si no tienes el Espíritu de Dios, esos pensamientos pueden dominarte fácilmente.

Eva es un ejemplo de cómo los pensamientos intrusos pueden desviarnos. En lugar de rechazar los pensamientos ajenos que el Adversario sembró en su mente, jugó con ellos, los aceptó y los creyó. Esa fe en lo negativo los materializó, aunque no de la manera que ella esperaba. Su actuar contrasta con el de Jesús, quien, al enfrentar al Adversario en el desierto, lo rechazó de inmediato diciendo: “¡Vete, Satanás!” Jesús no dio cabida a esos pensamientos y los venció.

La mente es el campo de batalla donde germinan todo tipo de pensamientos con el potencial de manifestar o crear en nuestras vidas de maneras positivas o negativas. Es también la parte más activa de nuestro cuerpo, pues en ella se generan los pensamientos que moldean nuestra realidad.

Todo el drama de la separación con Dios comenzó con los pensamientos que el Antagonista puso en la mente de Eva. Si rechazamos esos pensamientos negativos, no tienen poder sobre nosotros, porque no les damos lugar ni tiempo para desarrollarse. Pero si los creemos, ejercemos fe en ellos. Esta fe, ya sea negativa o positiva, determina lo que manifestamos.

Cuando Dios crea algo, lo piensa, lo imagina, lo concibe en su corazón, y finalmente lo confiesa a través de sus palabras, haciendo que exista. Este es el modelo del poder creador que proviene del Espíritu de la luz, y que también puede manifestarse en nosotros cuando vivimos en su Espíritu.

Las religiones orientales como el hinduismo y el budismo también reconocen la importancia del control de los pensamientos. Enseñan que, al dominar la mente, se puede alcanzar la paz y el control sobre la vida. Aunque no comparto su creencia en la liberación a través de la meditación, es evidente que comprenden la influencia de los pensamientos sobre la vida humana. En mi opinión, técnicas como la respiración son útiles para calmar la ansiedad y el nerviosismo, pero la mente terrenal por sí sola no puede llegar a la raíz de los pensamientos que producen sufrimiento y desequilibrio. El ego no redimido tiene una función que es la de bloquear la trascendencia y la transformación espiritual, impidiendo que ocurra.

El poder de la manifestación, cuando proviene del Espíritu de la luz, es una bendición para nuestras vidas. Pero para que ocurra, requiere un carácter íntegro. Solo un espíritu alineado con el carácter divino puede ser un vehículo para el poder creador de Dios.

La Transformación Espiritual

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