¿Qué conexión hay entre el jardín del Edén y la torre de Babel? ¿Existe alguna? ¿Podríamos probar que de alguna forma lo que nos cuentan las Escrituras y el Libro de la Vida de Adán Y Eva, sucedió definitivamente? En los siguientes tres episodios, vamos a tratar de encontrar coincidencias entre la ciencia humana y la espiritual al respecto del tema.
Según las Escrituras, el jardín fue un lugar en el oriente donde Dios, después de haber creado al hombre, lo puso para que lo labrase y lo cuidase. Inmediatamente después de que colocó a Adán en el jardín le advirtió que no debía comer del árbol de la ciencia del bien y del mal.
El Libro de la Vida de Adán y Eva también ubica al Jardín en la parte oriental de la tierra. El relato agrega, además, un detalle impactante: tenía frontera con el cielo. Esto sugiere que el Edén tenía una conexión directa con los dominios de Dios, como si se tratara de un portal hacia el cielo o el reino divino.
Este detalle es importante de subrayar, especialmente al considerar las motivaciones detrás de la construcción de la Torre de Babel. Según muchas tradiciones, esta torre fue edificada precisamente en la región donde se creía que había estado el Jardín: en las cercanías de Babilonia, en la antigua Mesopotamia.
Al considerar esto, no podemos ignorar el hecho de que tanto las Escrituras como los antiguos textos mesopotámicos sitúan este escenario en la región oriental del mundo conocido de la época, donde nacen los grandes ríos: el Tigris y el Éufrates. Una región que más tarde sería identificada con Sumeria y, posteriormente, con Babilonia.
A lo largo del episodio veremos que la memoria del Edén nunca desapareció por completo. Los pueblos que habitaron esa región —descendientes de Noé, según la ciencia espiritual— no olvidaron del todo aquel portal celestial sellado por Dios. Por el contrario, intentaron regresar a él por sus propios medios, levantando templos, torres y sistemas religiosos que, según sus creencias, les permitirían alcanzar nuevamente ese plano espiritual perdido.
El texto de Adán y Eva informa que los hombres una vez salidos del jardín, con motivo de su transgresión, deberían nacer en la tierra. Lo cual sugiere que antes ya existía una forma distinta de generar descendencia, pero no mediante un proceso físico como el actual. Todo indica que esa procreación era espiritual, acorde a la naturaleza que poseían antes de ser transformados.
Esto nos muestra que la primera pareja fue creada en lo que hoy llamaríamos el Reino de Dios, pero que, al romper el pacto, ya no pudieron permanecer en su lugar espiritual de origen. Como consecuencia, sus cuerpos fueron transformados para poder vivir en un mundo material. Pasaron de una naturaleza espiritual a una terrenal, y así dejaron de tener acceso al Jardín espiritual de Dios.
Con esto no quiero decir que se trataba de un lugar vago, sutil o vaporoso. Así lo imaginamos nosotros desde nuestra percepción física de las cosas. Pero el mundo espiritual tiene forma, aunque su componente no sea material. A eso le llamamos espiritual.
El mismo texto nos da aún, más explicación sobre ese lugar. Dice que, al exiliar a la pareja del jardín, Dios los ubicó en la región occidental, justo por debajo del mismo:
“Hizo que nuestro padre Adán viva en la frontera occidental del jardín, porque en ese lado de la tierra hay un territorio amplio. Y Elohim los mandó a vivir allí, en una cueva, dentro de una gran roca, que se encontraba por debajo del jardín.”
También menciona que el Edén no estaba formado por un único jardín, como a veces imaginamos, sino por varios. Eso significa que el área era extensa.
“Cuando Eva escuchó estas palabras de Adán, estuvo de acuerdo con él, se levantaron y llegaron a la frontera sur del jardín, al borde del río, a poca distancia de los jardines.”
También se nos dice que, al salir del jardín:
“Caminaron la tierra con sus pies, sin saber que estaban caminando. Y cuando llegaron a la apertura de la puerta del jardín, y vieron la amplia extensión de tierra ante ellos, cubierta con piedras grandes y pequeñas, y con arena, temieron y temblaron, cayendo sobre sus rostros, por el temor que les sobrevino, y quedaron como muertos.”
Hay una frase en este pasaje que, aunque suena obvia para nosotros, merece ser observada con atención: “caminaron la tierra con sus pies sin saber que estaban caminando.”
¿Por qué se nos dice algo que nos parece tan natural? ¿Por qué aclarar que caminaron con los pies, y sin saber sobre que caminaban, si no hay otra forma de hacerlo en esta condición humana y todo ser humano sabe sobre que camina?
La respuesta podría estar en lo que eran antes de la transgresión. Si sus cuerpos eran espirituales —no sujetos a la gravedad ni a las leyes de este mundo físico—, entonces esa frase marca el comienzo de algo completamente nuevo para ellos: una vida limitada por el cuerpo, por el suelo, por el tiempo, por el cansancio… por lo que hoy llamamos “materia”. Una transformación total.
Y en ese nuevo contexto, la promesa de Dios a Adán de que él y su descendencia volverían al jardín, resuena con otro significado:
“Tú y tu descendencia vivirán en pie sobre la tierra… hasta que las Palabras que te crearon, y las que te hicieron salir del jardín, sean pronunciadas nuevamente.
“Vivir en pie” podría no solo referirse a estar erguido físicamente, sino a permanecer en esta nueva existencia corporal, terrenal y limitada, mientras se aprende —desde este plano más bajo a guardar la Palabra, a oír y obedecer la Voz de Dios como se hace en los dominios del cielo.
Cuando dice que la promesa del retorno al Jardín se cumplirá en el tiempo en que la Palabra se guarde de nuevo, se refiere a haber aprendido, con los pies sobre la tierra o en este cuerpo físico a sujetarse a sus mandamientos, como ocurre en sus dominios. Esto significa que, en el cuerpo espiritual semejante a Dios, nuestros padres no llegaron a aprender ni comprender la magnitud de la importancia de la sujeción a su Voz, pero en este cuerpo material tendríamos la oportunidad de lograrlo si quisiéramos. El hecho de ser creados y libres implica que tenemos que aprender de Aquel en donde reside toda la sabiduría y la inteligencia.
Además, hay un pasaje donde Adán expresa claramente que su cuerpo había sido transformado desde otra forma superior:
Después del episodio de la promesa de Dios a Adán, se relata que este volvió a la entrada del jardín y vio a un querubín con una espada de fuego en la puerta, lo cual lo espantó profundamente. Esto resulta interesante porque, según el texto, antes de la caída espiritual los ángeles reverenciaban a Adán y a Eva e inclusive se les ordenó darle culto; pero tras su transformación, en esta condición terrenal, fueron ellos quienes comenzaron a sentir temor ante los ángeles.
También el mismo libro nos cuenta de que antes del quebrantamiento de la Alianza la primera pareja podía ver las cosas del cielo y su creación celestial. Capacidad de ver el mundo espiritual que habían perdido por la transgresión. La lectura nos revela la autoridad y la potencia con que Dios los había creado y la pérdida que siguió.
En ese mismo pasaje, el ángel habla con Dios y le expresa su pena al ver a Adán en ese estado caído. También, nos informa que fue enviado a cuidar el jardín para que no cayera en abandono. Queda claro de la lectura que, aunque Adán y Eva intentaron entrar varias veces, no lo lograron. Comenzaban a darse cuenta de que la transformación física que estaban experimentando —y que aún no se había completado del todo— les impediría definitivamente volver a entrar al Jardín de Dios.
“Y el querubín que vigilaba el jardín estaba de pie en la puerta occidental, y la protegía de Adán y Eva, para que no entraran en él. Y caminaron en esa condición hasta la frontera sur del jardín; luego caminaron tanto que fueron llegando a la frontera oriental, y aún más allá, donde no había más tierras.”
El texto dice que el ángel, estando de pie, custodiaba el portal en la frontera occidental. La frase “estando de pie” sugiere que no estaba flotando ni suspendido en el aire, como pueden hacer los cuerpos espirituales, que no son materia ni están sujetos a la fuerza de gravedad como nosotros. Pero la entrada oriental había quedado sin vigilancia por un tiempo. Fue entonces cuando la pareja intentó ingresar nuevamente, pero el ángel se les apareció con la espada en llamas, y tuvieron mucho miedo.
En ese momento, Dios les habló con firmeza y claridad:
“¿Por qué han llegado hasta aquí? ¿Tienen la intención de entrar en el jardín, a pesar de las palabras que les fue dicha? No puede ser hoy, pero solo cuando el pacto que he hecho con ustedes se haya cumplido, recién podrán entrar.”
Este accionar de nuestros primeros padres revela una de las características más perjudiciales de nuestra naturaleza espiritual caída: la testarudez que nos lleva al autosabotaje. Su deseo de recuperar aquel pedazo de cielo en la tierra —el jardín— por sus propios medios, muestra una profunda incoherencia de entendimiento: creer que un ser creado puede ser espiritualmente autosuficiente, desligado de quien lo creó. Lo intentaron varias veces, a pesar de haber escuchado que aún no era el tiempo. Pero no lo hicieron desde la sujeción a la Voz de Dios, sino desde la resistencia y con una inmadurez espiritual que insistía en volver antes de tiempo.
Veremos más adelante que esa actitud, pero más retorcida, se reflejó en la construcción de la Torre de Babel.
Más adelante, Adán también comenta con Eva sobre la transformación física que estaban viviendo. Frente a la necesidad de beber agua para subsistir, dice:
“Si esta agua entra en nuestro interior, nos aumenta nuestras penas y las de nuestros descendientes.”
Adán percibe que la transformación a un cuerpo material implicaría dolor, y se resiste con todas sus fuerzas al cambio. Su obstinación en buscar resultados rápidos sin sujetarse con mansedumbre a la Voz se manifiesta una vez más.
Las razones primarias por las cuales deberíamos comprometernos a seguir la Voz de Dios son dos.
La primera es que somos seres creados y, como tales, necesitamos protección de nosotros mismos, ya que somos seres libres. Esa libertad puede volverse un riesgo sin dirección espiritual.
La segunda razón es la necesidad de protección frente a las artimañas de la maldad. Si Eva y Adán hubieran consultado con Dios acerca de la propuesta de la serpiente, se habrían dado cuenta de que era un engaño. Habrían sido protegidos tanto de sus decisiones equivocadas como del engaño del mal. Tristemente, creyeron que se bastaban por sí mismos, olvidando su propia condición de creados. Sin Dios, no podemos ser espiritualmente autosuficientes.
Finalmente, Adán y Eva aceptan su nuevo destino, el que ellos mismos trazaron. Dice el texto:
“Entonces Adán y Eva regresaron de nuevo a la cueva, tristes y llorando por la transformación que sufrieron sus cuerpos. Y ambos supieron, desde esa hora, que eran seres transformados, y que toda esperanza de volver al jardín ahora estaba perdida. Sabían que ya no podían entrar en él. Sus cuerpos cumplían funciones extrañas para ellos, y entendieron que toda carne necesita de alimentos y bebidas para subsistir.”
Adán concluye su lamento acerca de la pérdida de su estado espiritual diciendo:
“He aquí, nuestra esperanza está ahora perdida, y también lo está nuestra confianza para entrar en el jardín. Ya no pertenecemos a los habitantes del jardín, pues a partir de ahora somos de la tierra y el polvo, y de los habitantes de la tierra. No vamos a volver al jardín, hasta el día en que Elohim ha prometido salvarnos, y traernos de nuevo, como Él nos prometió.”
Además de los intentos de Adán y Eva por volver a la luz del Edén —por sus propios medios—, también intentaron terminar con su vida en más de una ocasión. Pero Dios les dijo que, hicieran lo que hicieran, el tiempo de la Palabra establecido por el Pacto debía cumplirse. Adán y Eva querían volver a su origen, a su hogar natal. Dios les prometió que regresaríamos, pero que antes debíamos aprender a sujetarnos a su Voz con mansedumbre, con madurez espiritual, y eso es un proceso. No se fuerza. Se aprende.
El Jardín de Dios, según este texto, tenía varias puertas de acceso desde la tierra. Parece haber habido una entrada principal y estaba compuesto por varios vergeles. El hecho de hablar de fronteras y tener entradas sugiere que era un lugar extenso y cerrado. Nos habla de una delimitación entre el territorio del Jardín de Dios, parte de sus dominios, y el territorio de la tierra. Un lugar que cualquiera no podía entrar. Las fronteras nos hablan de protección, pertenencia y orden. Además, como ya he hecho referencia anteriormente Dios les recriminó que habían salido del lugar donde los había colocado.
Según entiendo del texto la comúnmente llamada tentación se dio en la salida de la puerta occidental. Ya no en el territorio de Dios, sino en el dónde su Ley no era obedecida, porque Dios ya había echado a los ángeles transgresores a esta tierra. El jardín era territorio de luz y los espíritus caídos no podían entrar en el. Además, pareciera ser que la salida occidental daba a un territorio grande de la tierra y es allí en una cueva abajo del jardín que los mandó a vivir después de la expulsión.
Todo esto tiene un simbolismo increíble. Adán y Eva rompen la Alianza y Dios, aunque los manda afuera de sus dominios, aun los mantiene cerca, bajo su sombra, bajo su protección. La cueva donde vivirían es considerada por Adán como una prisión. Es la antítesis de la luz del Jardín. Un lugar cerrado, oscuro y sin los lujos, que, según el texto, tenían en su hogar del jardín. Sin embargo, a medida que la humanidad se multiplica se aleja cada vez mas de ese círculo de protección y relación con el Creador.
Primero sale del Jardín y luego de la montaña protectora donde habitaban, todavía, bajo el cuidado de Dios. De allí se entremezclan con la descendencia de Caín violando la orden de Dios y de sus ancestros de no hacerlo. Hay un pasaje muy iluminador que muestra que Adán y sus hijos, hasta Noé, habían vuelto a una relación fluida con el Creador. Aunque no era, todavía, el momento de volver al jardín.
Dice el pasaje:
“Por eso oían ellos en todo momento las voces de enviados, exaltando y honrando a Yavé (YHVH) desde adentro del jardín, o cuando ellos fueron enviados por Yavé (YHVH) en una tarea, o cuando ellos se subían al cielo. Porque Shëth (Set) y sus hijos, por motivo de su propia pureza, oían y veían a esos enviados.
La entrada al Jardín había sido sellada, y el acceso restringido a quienes habían roto el pacto de la Alianza. Sin embargo, estaba a muy poca distancia espiritual, perceptible para quienes vivían en pureza, como Set y sus hijos.
El detalle de los “quince cúbitos espirituales” no habla de una distancia geográfica, sino de una distancia espiritual. Es decir, el plano divino seguía estando cerca, pero solo visible para quienes conservaban la conexión con la Voz por medio del cumplimiento del Pacto de la Alianza.
Leyendo este libro, que a menudo menciono, se puede observar con claridad que los descendientes de la primera pareja se quedaron en esa montaña, donde estaba la cueva que Dios los mandó a vivir, desde Adán hasta Noé.
Cuenta la historia del libro que Adán habitaba con sus hijos sobre la montaña debajo del jardín y que no sembraban, ni cosechaban. Comían de la fruta y de árboles bien favorecidos que crecían sobre la montaña donde ellos vivían. Set el tercer hijo de Adán, después de Abel, a menudo ayunaba cada cuarenta días, como también lo hacían sus hijos mayores. La familia de Set podía sentir el olor de los árboles del jardín de Dios, cuando el viento soplaba desde ahí. Estaban felices, inocentes, sin temor repentino; No había celosía, ni acción mala, y ningún odio entre ellos.
Según las Escrituras, Dios desterró a Caín de su hogar, enviándolo como un errante y vagabundo por la tierra. El Libro de la Vida de Adán y Eva cuenta que, cuando murió Adán, Set con sus hijos se separaron de la progenie de Caín, y que estos últimos se fueron a vivir al oeste, hacia la llanura baja donde siglos después se construiría la ciudad de Babel, que según Génesis era el lado opuesto del jardín, ubicado al oriente. Durante esta época paradisíaca de la generación de Set y de sus hijos, Set les prohibió que hicieran compañerismo alguno con Caín. Adán, en su lecho de muerte, ya les había prohibido involucrarse con los hijos de Caín, porque entre sus descendientes había mucho robo, matanza y maldad.
Desde Adán hasta Noé los hijos de Adán vivieron en la montaña donde estaba la cueva, cerca del jardín de Dios con sus entradas selladas. En la época de Jared bisnieto de Enós, que era el hijo de Set decidieron bajar de la montaña y divertirse con los hijos de Caín olvidándose de la Ley de Dios y quebrando el Pacto de la Alianza. Jared les advirtió que si se iban de su residencia en la montaña no podrían volver. Los únicos que quedaron en la montaña de pureza como le llamaban eran algunos hijos de Enoc su hijo mayor, los de Matusalén el hijo de Enoc, Lamec el hijo de Matusalén y Noé el hijo de Lamec. Jared era el tataranieto de Adán.
Jared muere de tristeza al ver que casi todos sus hijos habían abandonado a Dios y en sus últimos días les dice:
“Yavé le llevará a ustedes a una tierra extraña, y ustedes nunca regresarán de nuevo para mirar con vuestros ojos este jardín y esta montaña pura.”
El alejamiento de la humanidad del Jardín y Dios, en ese ciclo, estaba consumado. Después de la muerte de Jared, Enoc sirvió en lugar de su padre en la cueva. De todos los descendientes de Adán solo quedaron en la montaña tres, Matusalén, Lamec y Noé. El resto bajaron de la montaña y se entrelazaron con los hijos de Caín.
Después de estos sucesos el mundo conocido entró en un periodo de mucha corrupción. Es allí donde emerge la historia de Noé que todos conocemos. Algo interesante de notar es que resumiendo lo sucesos familiares desde Adán a Noé todos estos personajes, tanto como los que se quedaron en la montaña cerca del jardín hasta los que se fueron con Caín, eran primos y hermanos. Cuando ocurren los eventos del diluvio relatados en las Escrituras estos son protagonizados por los descendientes de Adán que se involucraron con las maldades de los hijos de Caín. Ese era el mundo conocido de los hijos de Adán.
La arqueología ha podido probar que una gran inundación ocurrió en el área mencionada del diluvio. Quizás para esos hombres antiguos una gran inundación pudiera haber sido parecida a un diluvio. Si estas aguas caídas del cielo no pararon en cuarenta días, las consecuencias debieron ser devastadoras.
El suelo, saturado desde los primeros días, ya no podría absorber más agua. Los ríos y canales naturales habrían comenzado a desbordarse, arrastrando todo a su paso. En una región tan llana como la de Mesopotamia, lo que comenzó como una gran inundación se habría convertido rápidamente en una masa de agua que lo cubría todo. No era necesario que toda la tierra del planeta estuviera bajo agua. Para los descendientes de Adán, que habitaban esa zona y formaban el único mundo conocido hasta entonces, ese evento fue, sin duda, un diluvio total.
Entonces, tanto el descubrimiento de la arqueología, como la literatura sumeria y las Escrituras coinciden en la veracidad de un suceso significativo que podría haber acabado con la humanidad de esa generación.
Tal vez no podamos conocer con exactitud la magnitud geográfica de aquel evento visto como un diluvio, pero lo que sí podemos reconocer es que fue lo suficientemente profundo como para marcar la memoria de los pueblos, las tablillas antiguas y los textos sagrados.
Ya en un episodio anterior mencioné la relación que veía entre el jardín y la construcción de la Torre de Babel. Creo que la torre fue un intento de encontrar, por medios humanos, la entrada al jardín y a los dominios de Dios.
Las Escrituras nos dicen que, después del diluvio, la familia de Noé se desplazó hacia el oriente y se instaló en una llanura llamada Sinar (o Sumeria). Desde Adán hasta Noé habían pasado diez generaciones, según el relato bíblico. Aunque para la ciencia esos períodos son simbólicos, para quienes heredaron esos relatos, eran parte de su historia. Lo que había ocurrido con la primera pareja, la expulsión del Jardín, la promesa del regreso y el contacto con lo divino, se transmitió hasta quedar grabado como una memoria viva.
Desde esta perspectiva, la torre de Babel no fue solo una obra ambiciosa: fue un intento deliberado de alcanzar aquello que sabían que se había perdido. Nadie construye una torre al cielo si no cree que hay algo real allá arriba que vale la pena recuperar. Si no hubiera existido esa memoria de que en la conexión con lo alto estaba el poder verdadero o la vida original, no habrían tenido motivo alguno para intentarlo. La torre representa, entonces, ese deseo de volver a obtener ese poder sin haber aprendido aún a guardar la Voz de Dios.