En el primer episodio de esta serie vimos que la memoria del Edén no se borró. Tras el Diluvio, esta fue heredada por los descendientes de Noé, quienes intentaron recuperarla a su manera y sin volver al Creador.
Los pueblos que habitaron la antigua región de Sumeria eran una mezcla de descendientes de Cam y Sem conocedores la historia de Adán y Eva, la caída, el juicio del diluvio y la Voz que una vez guio a nuestros primeros ancestros. Esta memoria llegó a plasmarse incluso en su arte, en sus construcciones, en sus símbolos y en la forma en que concebían la existencia.
Según la Biblia, Sumer y Babilonia fueron fundadas por descendientes de Noé. Nimrod, nieto de Cam, levantó ciudades como Babel y Acad. Asur, descendiente de Sem, fundó la región del norte. La arqueología confirma que en estas zonas surgieron las primeras civilizaciones, lo que coincide con el relato bíblico.
Ezequiel confirma el origen geográfico de los israelitas en la tierra de Sinar, donde Noé y sus hijos se asentaron después del Diluvio.
“Y aumentó sus fornicaciones, pues cuando vio a hombres pintados en la pared, imágenes de caldeos pintadas de color, ceñidos sus lomos con talabartes, y tiaras de colores en sus cabezas, teniendo todos ellos apariencia de capitanes, a la manera de los hombres de Babilonia, de Caldea, la tierra de su nacimiento, se enamoró de ellos a primera vista…” (Ezequiel 23 Reina-Valera 1960)
Según Génesis, Noé fue el décimo desde Adán, y Abraham el vigésimo. Abraham nació en Ur de los caldeos, en Sumeria, y era descendiente de Sem, hijo de Noé. Esto demuestra que los habitantes de Babel conocían muy bien la historia de Adán, el jardín y la expulsión, porque eran descendientes directos de quienes la vivieron y la transmitieron.
En el libro Fragmentos Antiguos de Cory el autor comenta, acerca de los escritos del sacerdote e historiador babilonio Beroso, que era sorprendente encontrar una coincidencia tan estrecha entre la información de su historia con la de la Biblia respecto a las diez generaciones que habían pasado desde Adán a Noe. No estando relacionadas en nombre, sino en número. Es decir, que fuera de la creencia hebrea encontramos a un sacerdote del dios Bel que confirmaba el relato bíblico de las generaciones de Adán hasta Noe.
La Torre de Babel no fue solo una hazaña arquitectónica. Fue un acto espiritual de rebeldía. Un intento de alcanzar el Reino sin haber aprendido a guardar la Palabra. Babel intentó ser una copia humana del Jardín de Dios: una construcción de poder sin obediencia, una ciudad donde el hombre se hizo dios, y donde nació la religión como sistema de autosuficiencia espiritual. Allí se ideó una forma de comunicación con el cielo, del cual habían sido separados, por haber transgredido la primera Ley espiritual: no involucrarse con el mal.
El nombre “Babel”, en acadio, significa “puerta del cielo” (bab-ilu).
Y este significado conecta profundamente con lo que la humanidad aún recordaba en su memoria que hubo un portal entre el cielo y la tierra, una entrada a los dominios de Dios. Pero en lugar de esperar el cumplimiento de la Palabra y el camino trazado por el Creador, intentaron abrir esa puerta por su cuenta, en sus propios términos.
El zigurat de Babilonia era llamado “la casa del fundamento del cielo y de la tierra.” El nombre que los babilonios le dieron a la torre no era solo poético. Era profundamente espiritual y revelaba una concepción geomántica-sacralizada del espacio, el suelo y las piedras.
Aunque no existía la geomancia como la veríamos en desarrollo en el mundo árabe o griego, los babilonios si tenían una concepción sagrada porque el fundamento al que se refiere el nombre que le dieron, era la base donde levantaron su creencia espiritual. Este nombre no se refiere solo a un edificio físico. Está cargado de significado espiritual.
El vocablo “fundamento” usado en este contexto alude a un punto de conexión o eje cósmico, como si existiera un lugar en la tierra que sostiene el vínculo entre planos, el celestial y el terrenal. Tal como ocurrió entre el jardín de Dios y la tierra. Al usar términos como “casa” y “fundamento”, está implícita la idea de una piedra primordial o un cimiento sagrado, muy similar al concepto hebreo posterior de la piedra angular o incluso de ópalos en otras culturas.
La geomancia, en su esencia más antigua, no era superstición. Era la creencia de que ciertos lugares tienen una energía, una conexión espiritual, una alineación con el orden divino o celestial. Y los babilonios tenían ciudades diseñadas según las estrellas o los puntos cardinales. Ubicaban templos en lugares estratégicos. Asociaban piedras con deidades o con “fundamentos” del cosmos. Usaban materiales y formas en función de significados espirituales. Por eso, la torre de Babel no era solo una torre física, sino un intento de restaurar o usurpar el “centro de conexión” entre el cielo y la tierra.
Pero ese título no le pertenecía a Babel. El verdadero fundamento entre el cielo y la tierra era el Jardín de Dios, plantado por Él, donde la creación espiritual vivía en armonía con la obediencia a su Voz. El Jardín no era solo un lugar, era un acceso, un portal abierto a lo divino, sostenido por la obediencia. El punto de conexión entre el plano celestial y terrenal.
“Ya no pertenecemos a los habitantes del jardín, pues a partir de ahora somos de la tierra y el polvo… No vamos a volver al jardín hasta el día en que Elohim ha prometido salvarnos.”
Aunque la tradición hebrea interpretó la palabra Babel como “confusión”, en las Escrituras, en el idioma original, el acadio, Bab-ilu significa “la puerta de Dios”. El arqueólogo francés André Parrot explicó en su libro titulado La torre de Babel que la tradicional traducción de Babel como “confusión” presentaba una dificultad insuperable. El erudito advirtió que el narrador del pasaje: “…conectó Babel con la raíz hebrea balal, que significa confundir o mezclar. Pero en realidad, el término Babel está formado directamente del acadio bab-ilu, que significa ‘puerta de dios’.”
Ese nombre revela lo que realmente deseaban: volver al cielo, reconectar con el poder perdido, pero según sus propios términos. No con el cumplimiento de su parte del Pacto. La ciudad de Babilonia y la torre Bab-ilu fue una réplica humana que simbolizaba el Jardín de Dios, sin luz, sin mansedumbre, y sin la obediencia a las leyes espirituales de Dios que mantenía abierta la verdadera puerta y fundamento de la casa entre el cielo y la tierra.
André Parrot indica en uno de sus libros que en esa época todo era religión de una forma que hoy en día no podríamos comprender. Se la vivía y se la respiraba.
Llamaban al hombre Galu, un vocablo que significa “dios es hombre” y el doctor Hugo Radau decía que el hombre sumerio creía que dios era la imagen del hombre. De esas épocas, tan antiguas, viene el concepto humano de que dios es un invento del hombre y con razón justificada Dios llama a la sucesora de la religión creada por el hombre, Babilonia, insolencia. Estas expresiones reflejaban la idea persistente de que el ser humano podía alcanzar el poder divino y la autosuficiencia espiritual por sus propios medios, una idea que había sido sembrada desde el principio con la promesa de la serpiente: “serán como dioses”.
Un sello cilíndrico fechado hacia mediados del tercer milenio a. C., conservado hoy en el Museo Británico, muestra claramente esta memoria. En él se observa a un hombre dios, una mujer, un árbol y una serpiente, una escena que remite al momento en que nuestros antepasados eligieron otro camino, apartándose de la Voz que los formó. Los sumerios veneraban a las serpientes plasmándolas en el arte con formas humanas y con cabezas representándolas, creyendo que les proveían protección, sabiduría y fertilidad.
Con este recuerdo también se encontraba el del Jardín de Dios, cuyas entradas habían sido selladas hasta que el hombre supiera obedecer su Voz. Pero en lugar de esperar ese momento, estos pueblos buscaron una entrada alternativa. Levantaron los zigurats como escaleras al cielo, intentando alcanzar el plano divino a través de sus propias manos y la reconciliación con su Creador.
La Torre de Babel fue una expresión visible de esa decisión: una puerta construida por el hombre, no para entrar al Jardín con humildad, sino para reclamar el acceso al poder desde su autosuficiencia. Era un intento deliberado de volver a ser como dioses, pero sin Dios.
En su libro Sumer, Parrot indica que no se puede separar en esta época el arte de la historia. Estamos hablando del tercer milenio antes de Cristo justamente cuando se emprendió la construcción de Babel.
Las primeras expresiones de arte en Mesopotamia también dan testimonio de esta memoria antigua. Según los estudios de Parrot y el testimonio de Malraux en el prefacio de Sumeria, los primeros habitantes de la región comenzaron su arte imitando. Lo que imitaban era la creación misma, pues sus primeras figuras fueron humanas, animales y formas inspiradas por una religiosidad profunda que precedía la religión organizada.
Esto sitúa el origen del arte mesopotámico en la protohistoria, en una época anterior al surgimiento de los templos, los sacerdocios y las ciudades-estado. Por tanto, los relatos que más tarde escribieron en tablillas de arcilla no nacieron en ese momento, sino que provenían de una memoria ancestral: la del principio. Una memoria que fue plasmada según su propia concepción, pero que conservaba las huellas de una verdad más antigua que las civilizaciones mismas.
Este impulso por registrar la creación y lo vivido a través del arte no fue exclusivo de Mesopotamia. Las civilizaciones antiguas en distintas partes del mundo también dejaron testimonio de su mundo interior mucho antes de desarrollar un sistema de escritura. Las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira en España, o las de la Patagonia en América del Sur, muestran que el ser humano, incluso en sus etapas más tempranas, sentía la necesidad de dejar huellas de su existencia, de su vínculo con lo trascendente, y quizás de aquello que recordaba o intuía del principio. Estas manifestaciones indican que la memoria espiritual no nació con las religiones organizadas, sino que estaba presente desde la prehistoria. Era una memoria profunda, que luego las civilizaciones comenzaron a moldear según su propio entendimiento, cultura y aspiraciones.
El arte en estas culturas antiguas no era solo decorativo — era sagrado y mágico. Las imágenes tenían poder. Eran portales espirituales, representaciones vivas de deidades o fuerzas invisibles. Pintar, esculpir o modelar una figura era invocar una presencia, y muchas veces se le ofrecía culto, incienso o palabras mágicas.
Esta forma de arte se extendía también a la arquitectura. La Torre de Babel no fue solo una construcción monumental: fue una obra de arte sagrado, un proyecto espiritual colectivo. Querían volver al jardín, no con humildad ni obediencia, sino por medio de una ilusión, un arte mágico que prometía devolverles el acceso al Edén.
Por eso, cuando Dios le muestra a Ezequiel a los sacerdotes adorando imágenes pintadas en las paredes del templo, no le está revelando simplemente una traición, sino una sustitución profunda: la Voz viva había sido reemplazada por la imagen encantada.
Beroso, historiador y sacerdote de Bel en Babilonia, conocía de cerca las tradiciones espirituales de su cultura. Lo que escribió sobre ella fue la memoria colectiva guardada en templos, símbolos y paredes pintadas con historia sagrada. Como sacerdote, tuvo acceso directo a esos relatos visuales —porque en Babilonia, como en Sumeria, la historia se transmitía a través del arte.
El arte, los mitos y los zigurats fueron intentos de conservar y reinterpretar esa memoria original, pero desde una autosuficiencia espiritual que rechazaba a su Creador y Fuente de vida.
Tal vez por eso el único mandamiento que Dios dio específicamente sobre el culto fue claro y directo: “No te harás imagen”. Una orden que no necesita explicación… pero que, al ver todo esto, encuentra su razón de ser: Dios sabía que la imagen sustituiría su Voz, y que el arte sin su Espíritu volvería a levantar torres en lugar de abrir corazones.
La ciencia, por su parte, también ha intentado comprender el origen de estos pueblos antiguos. Aunque no puede hablar de linajes espirituales como lo hace la Biblia, ha descubierto que sumerios, acadios, babilonios y hebreos compartieron territorio, cultura, y en muchos casos, una raíz común.
La lengua sumeria es un enigma: no se parece a ninguna otra conocida. Pero el acadio —que luego dominó Babilonia— es una lengua semítica, emparentada con el hebreo, el idioma de los descendientes de Abraham. Esto no es casual. Según las Escrituras, todos estos pueblos descendían de los hijos de Noé que se establecieron en la llanura de Sinar, exactamente donde se levantaron las primeras ciudades sumerias.
La arqueología ha revelado una red de tradiciones compartidas: listas de reyes antediluvianos, relatos de una creación, una caída y un gran diluvio, todo ello conservado en tablillas, inscripciones y muros. Esas historias no nacieron en un solo pueblo, sino que parecen surgir de una memoria espiritual común, que cada cultura de alguna forma emparentada interpretó a su manera.
Por eso, cuando algunos afirman que los hebreos copiaron la historia del diluvio o la del jardín de otras culturas antiguas, no comprenden que no se trata de plagio, sino de ecos divergentes de una misma raíz ancestral. Lo que distingue al relato bíblico no es solo su antigüedad, sino su enfoque: una historia centrada en la Voz de Dios y no en dioses múltiples, en la obediencia espiritual y no en el poder del hombre. A la luz de todo esto, el mandamiento de no hacerse imagen cobra aún más sentido. Fue una advertencia para no caer en los mismos caminos.
El hombre antiguo del valle del Éufrates creó su propio dios, hecho a su imagen y semejanza. Ignoró al Creador verdadero y estableció su propio culto de adoración, que incluía santuarios, sacerdocios y estructuras religiosas y trato de llegar a los dominios de Dios por la fuerza. Esta autosuficiencia espiritual fue definida por Dios como una insolencia a través del profeta Jeremías:
“Te puse lazo y quedaste atrapada, Babilonia, sin darte cuenta, se dio contigo y fuiste capturada, porque contra Yahvé te sublevaste… Heme aquí contra ti, ‘Insolencia’, —oráculo del Señor Yahveh Sebaot— porque ha llegado tu día, la hora en que yo te castigué. Tropezará ‘Insolencia’, caerá, sin tener quien la levante. Prenderé fuego a sus ciudades, y devorará a todos sus contornos.”
Esta insolencia era espiritual porque rechazaron al verdadero Dios por la Adoración del hombre mismo.