El evangelio de Pablo – Parte 1

Muchos estudiosos bíblicos sostienen que Pablo fue, en gran medida, el verdadero artífice del cristianismo, más que Jesús mismo. ¿Por qué? Porque se entiende de los textos neotestamentarios que Jesús no vino a fundar una nueva religión.

Con el paso del tiempo, el mensaje original del Maestro fue interpretado y distorsionado— por sus seguidores. Esta distorsión surgió, en parte, de la necesidad de dar sentido a la muerte atroz que soportó. Se buscó una explicación al hecho de que un hombre justo hubiese sido entrampado de la forma en que lo hicieron y, como consecuencia, padeciera una muerte tan trágica. Encontramos esa respuesta en la interpretación de Pablo y de otros. Aunque las preguntas no se formularon de forma explícita, se pueden inferir a partir de sus respuestas: ¿Por qué murió Jesús? ¿Fue una muerte en vano? ¿Tuvo algún significado? ¿Cuál fue? ¿Estaba en las Escrituras o en los Profetas escrito algo acerca de su padecimiento?

Algunos autores del Nuevo Testamento elaboraron argumentos para responder estas preguntas. Sin embargo, en realidad, podrían resumirse con cinco palabras, sin necesidad de interpretaciones doctrinales, textos religiosos o profecías: fue por la maldad humana.

Además, Jesús no encajaba perfectamente en la expectativa tradicional del mesías salvador. El rey esperado vendría a ocupar el trono de David, literalmente, y a vencer a los enemigos de Israel. Pero Jesús fue rechazado, condenado y ejecutado. Esto exigía una explicación. Cuando Jesús murió, empezó a tomar forma la idea de un Mesías celestial que, al final de los tiempos, regresaría para someter a los enemigos de Israel y establecer su dominio sobre todas las naciones.

Pero la figura del mesías como sabemos no nació con Jesús. De hecho, su raíz se encuentra en el momento en que el pueblo pidió tener un rey “como las demás naciones”. Dios advirtió que al hacerlo estaban rechazándolo a Él como su verdadero gobernante, y les anunció claramente las consecuencias: perderían su libertad, serían oprimidos, y quedarían bajo el poder de un sistema humano que, inevitablemente, los subyugaría.

A partir de entonces, tras múltiples fracasos monárquicos, el concepto del “mesías” comenzó a transformarse: de ser un rey terrenal pasó a representarse como un libertador prometido que restauraría la gloria de Israel. Con el tiempo, surgieron distintas imágenes mesiánicas.

En los escritos de la época del Segundo Templo, algunos esperaban un Mesías real descendiente de David; otros, un Mesías sacerdotal que purificaría el templo; otros, una figura celestial que bajaría con poder al final de los tiempos. Pero todos coincidían en algo: ninguno de esos Mesías debía morir antes de cumplir su misión porque el Mesías era visto como un agente de Dios enviado para transformar la realidad presente: liberar a Israel del dominio extranjero, restaurar el reino de David, reconstruir el Templo, traer paz y justicia, y reunir a los exiliados. Estos propósitos tenían que cumplirse en vida, como señales visibles de que el Mesías venía de Dios. Su muerte prematura habría significado que no era el elegido, porque no había cumplido su designio.

La muerte del Mesías no era parte del plan o por lo menos de como se lo imaginaban. Al contrario, significaba que había fracasado. Por eso, cuando Jesús fue ejecutado, surgió la necesidad urgente de explicar ese desenlace tan opuesto a las esperanzas del pueblo. Así, comenzó a tomar forma la interpretación que daría origen a una nueva teología: la del Mesías sufriente, rechazado y, finalmente, resucitado.

El Nuevo Testamento es, en gran medida, una respuesta teológica a ese fracaso aparente. Y esto se puede comprobar fácilmente: todos sus textos giran en torno a justificar su muerte, para asegurar que no fue en vano. La figura de Jesús crucificado fue reinterpretada una y otra vez como cumplimiento de profecías, como sacrificio requerido por Dios, como victoria paradójica. Cada carta, evangelio o testimonio posterior puede leerse como un esfuerzo por afirmar que su muerte tenía sentido, y por eso se lo convirtió en el centro de la creencia naciente.

Finalmente, no podemos olvidarnos que, desde los tiempos de la primera creación de la religión humana en Sumeria, esta y la política eran hermanas gemelas que actuaban tomadas de la mano. Piensen sino en la odisea de Pablo detenido en prisión en Jerusalén, en Cesárea de Palestina, dos veces en Roma y su consecuente muerte por decapitación por el Emperador Nerón, según nos dice la tradición cristiana. ¿Por qué? ¿Qué hizo Pablo que merecía la prisión y la muerte según la política y la religión de la época? ¿Sería que tanto Jesús como Pablo desafiaban el sistema religioso político poderoso que existía desde tiempos cercanos a la caída del hombre? Después de todo Jesús proclamaba que el Reino de Dios estaba cerca. ¿Y eso qué significaba? Significaba que la voluntad y gobierno de Dios iba a ser hecha en la tierra. Había muchos que se sentían amenazados por ese poder, porque simplemente entendían que perderían el que tenían.

Algunos de los seguidores de Jesús le dieron un nuevo sentido espiritual a su muerte, reinterpretándola como parte de un plan divino. Pero esa interpretación no provino de Jesús mismo, sino de quienes hablaron por él después de su muerte. Pablo fue el primero en formular esta idea con fuerza: que la muerte de Jesús tenía un valor redentor. Pablo no explicó en qué se basaba; hablaba como si el lector ya conociera el fundamento de su interpretación.

El autor de hebreos convirtió la interpretación en una teología completa. Lo comparó con los sacerdotes levitas y afirmó que su sangre sustituía todos los sacrificios anteriores. No obstante, en mi opinión, este autor tenía una intención distinta a la de Pablo —una intención interesada—: la de proteger el sistema, o, mejor dicho, encubrir el error de haber enseñado que el ritual del templo había sido ordenado por Dios, cuando en realidad había sido rechazado por Él. El sistema no fue instrucción divina, sino una construcción humana.

Más tarde, los evangelios —especialmente los más tardíos— incluyen frases atribuidas a Jesús que parecen reforzar esa misma visión. No sabemos si esas frases fueron realmente pronunciadas por él, o añadidas más tarde para sostener la nueva interpretación.

Marcos 10:45: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.”

Juan 10:17–18: “Yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la doy de mí mismo.”

Mateo 26:28: “Esta es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados.”

Estas frases, atribuidas a Jesús, son pocas y ambiguas. Y deben leerse dentro del marco más amplio del mensaje profético, que dejó en claro que Dios nunca ordenó sacrificios ni holocaustos. Si las ponemos en diálogo con los profetas, queda la pregunta abierta:

¿Realmente Jesús avaló el sacrificio o esas frases responden a otra intención?

Por ejemplo: Jeremías 7:22–23:

“Porque no hablé yo con vuestros padres, ni les mandé en el día que los saqué de la tierra de Egipto acerca de holocaustos y sacrificios…”

Amós 5:21–25:

“Aborrezco, desprecio vuestras fiestas, y no me agradan vuestras asambleas solemnes. Y si me ofrecen holocaustos y ofrendas, no los recibiré, Ni miraré a las ofrendas de paz de vuestros animales engordados.

Quita de mí la multitud de tus cantares, Pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos. Pero corra el juicio como las aguas, Y la justicia como impetuoso arroyo. ¿Me ofrecieron sacrificios y ofrendas en el desierto por cuarenta años, oh casa de Israel?”

Esta pregunta de Dios deja claro que los sacrificios no formaban parte del Pacto acordado entre Él y el pueblo. El hecho de delimitarlo específicamente a los cuarenta años en el desierto refuerza aún más que no fueron parte de la Alianza. Y esa Alianza consistía, precisamente, en escuchar su Voz y hacer todo lo que Él indicaría. Este punto es clave para comprender el tipo de relación que Dios deseaba tener con su pueblo. Dios los hubiera guiado y les hubiera dicho qué hacer a medida que avanzaban y se desarrollaban, pero en plena libertad y sin estructuras o sistemas que sí se la quitarían.

En cuanto al culto de los sacrificios, a pesar de que se les advirtió que no provino de Dios, el pueblo nunca lo abandonó. Lo mantuvieron hasta la destrucción del segundo templo y, más adelante a través de las interpretaciones neotestamentarias, este culto tomó otra forma: una de carácter espiritual, representada en la muerte de Jesús. Sus palabras en los libros proféticos no dejan lugar a dudas: lo que Dios quería no era ritual, sino justicia. Cualquier teología que contradiga esta voz se aleja del corazón del mensaje profético como ocurrió.

Sin embargo, incluso después de Jesús, muchos construyeron sobre su figura un sistema religioso que contradice lo que los profetas —y posiblemente el mismo Jesús— trataron de restaurar. Dios negó haber ordenado los rituales de sacrificios tal como se enseñaba. En las profecías encontramos un testimonio mucho más claro y directo sobre este punto, incluso más que los versículos usados para sostener la idea de que Jesús fue el reemplazo del animal sacrificado, porque la sangre animal no satisfacía supuestamente la justicia divina como enseñaban.

Me resulta increíble que en los libros del Nuevo Testamento se haga uso de la frase “conforme a las Escrituras”, cuando en realidad pasaron por alto mensajes tan importantes de Dios como el de la autoría del ritual.

En 2 Pedro 1:19–21 se escribió lo siguiente:

“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones. Pero ante todo entended que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.”

La palabra profética inspirada por Dios les dijo que Él no había pedido ni ordenado sacrificios y holocaustos. Sin embargo, continuó y se adaptó en el significado que le dieron a la muerte de Jesús.

Con respecto a la autoría del ritual, la más clara y contundente es la palabra de Jeremías, pero también tenemos la de Amós capítulo 5 y el 4, donde se indica con nitidez que los sacrificios eran rebeldía a la voz de Dios; la de Miqueas, la de Isaías y la de incluso en los Salmos. Pero nunca se tuvo en cuenta, a pesar de lo que se decía de las profecías.

La figura central de la teología que se convirtió en el eje del mensaje del Nuevo Testamento fue Pablo, pero no fue el único. También influyeron otros personajes como el autor de hebreos, Juan, Pedro y quienes más tarde fijaron el canon y formularon el credo cristiano. Todos ellos, en mayor o menor medida, interpretaron la vida y muerte de Jesús a la luz del sistema levítico de sacrificios que había sido rechazado por Dios mismo como parte de la Alianza.

Pablo elaboró sus interpretaciones en base al sacrificio por los pecados practicado en el ritual religioso hebreo. Sin embargo, no lo expresó de forma directa y sistemática como lo hiciera el autor de la carta a los hebreos. Pablo hablaba de Jesús como redentor, decía que fuimos justificados por su sangre y reconciliados con Dios por medio de él, pero nunca explicó con claridad cómo ocurría esa redención ni sobre qué base se producía el perdón, y sobre todo de dónde venían sus creencias.

Su lenguaje está lleno de términos teológicos —gracia, justificación, fe, sangre— pero no articula una lógica interna coherente. Es una construcción ambigua, en la que da por sentado que el sacrificio de Jesús tiene valor salvífico, pero sin explicar cómo ni por qué. Hay una palabra que no se encuentra en los escritos de Pablo: el arrepentimiento.

¿Por qué, si es lo que enseñaron los profetas, los Salmos e incluso Salomón al inaugurar el templo?

“Dios mío, todos somos pecadores, y si tu pueblo llega a pecar contra ti, a lo mejor te vas a enojar tanto que lo entregarás a sus enemigos, y ellos se llevarán a tu pueblo a otro lugar, lejano o cercano. Pero si allí donde estén prisioneros, tu pueblo se acerca a ti de nuevo, con toda sinceridad, atiéndelo. Si reconoce que ha pecado y actuado mal, y te lo dice, óyelo. Si tu pueblo ora a ti y te ruega, mirando hacia este país que les distes a sus antepasados, hacia esta ciudad de Jerusalén, y hacia este templo, escucha desde el cielo sus oraciones y ruegos, y ayúdalo; perdónale a tu pueblo todos los pecados que haya cometido contra ti.”

En los Salmos:

“Pues no te agrada el sacrificio, si te ofrezco un holocausto no lo aceptas. El sacrificio a Dios es un corazón arrepentido y humillado, oh Dios no lo desprecias” (Salmo 51:18-19).

Y en Ezequiel 18:

“Y si el malvado se aparta de todos los pecados que cometía, y cumple todas mis leyes y hace lo que es recto y justo, ciertamente vivirá y no morirá. Yo no volveré a acordarme de todo lo malo que hizo, y él vivirá por hacer lo que es recto. Yo no quiero que el malvado muera, sino que cambie de conducta y viva. Yo, Yahvé el Señor, lo afirmo.”

Estos son solo algunos pasajes donde se nos enseñó que el perdón viene por la reconciliación con Dios a través del arrepentimiento.

En contraste, Pablo nos dice en Romanos:

“…porque todos pecaron y están privados de la gloria de Dios; ahora son justificados gratuitamente por su gracia mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios ha propuesto, para que mediante la fe se obtenga por su sangre el perdón de los pecados.”

Aquí no hay arrepentimiento o conversión de corazón, sino sangre derramada por medio de un sacrificio humano. Es la creencia de que el perdón venía por el derramamiento de sangre de un animal a través de su sacrificio.

Así, se construyó una doctrina de salvación basada en un sistema que los mismos profetas habían declarado, de parte de Dios, que no pertenecía a su Ley, y dejando de lado partes fundamentales de la enseñanza divina, como el simple arrepentimiento de corazón para limpieza de faltas.

Pablo pertenecía a la secta farisea y, por lo tanto, su construcción dogmática fue influenciada por lo que aprendió dentro de esa hermandad religiosa. Según esa visión, Dios perdonaba los pecados a través del derramamiento de sangre animal. Bajo ese esquema, la sangre de Jesús pasaba a ocupar el lugar central en la redención, desplazando al arrepentimiento como condición fundamental. De modo que, el enfoque dejó de estar en el cambio interior del ser humano, y se trasladó al acto externo del sacrificio.

No obstante, los fariseos en tiempos del Nuevo Testamento ya sostenían que los sacrificios solo eran válidos si se ofrecían con un corazón contrito. Esta creencia pone en evidencia una contradicción:

Si hay arrepentimiento verdadero, ¿para qué seguir necesitando un sacrificio? Es decir, ¿no bastaba con arrepentirse? ¿Era realmente necesaria la muerte de un animal como sustituto?

Según la voz profética era una costumbre cultural que a Dios no le agradaba.

Los sacrificios en el ritual hebreo no eran simples ofrendas. Se realizaban para obtener expiación por el pecado. Existían varios tipos: por el pecado del sacerdote, de la comunidad, de un gobernante, o de un miembro del pueblo. En este último caso, el individuo debía presentar una cabra sin defecto. La llevaba al lugar designado para los sacrificios, colocaba su mano sobre la cabeza del animal y lo mataba. Luego el sacerdote mojaba su dedo en sangre, la untaba en los cuernos del altar y derramaba el resto al pie del mismo. A continuación, extraía la grasa del animal —como en la ofrenda de acción de gracias— y la quemaba en el altar como sacrificio de grato olor al Señor. Así, el sacerdote hacía expiación por la persona, y esta era declarada perdonada.

En todo este ritual no se requería una expresión verbal de arrepentimiento. El acto de colocar la mano sobre el animal y matarlo representaba simbólicamente la transferencia del pecado. Este mismo modelo fue adoptado en el Nuevo Testamento al afirmar que Jesús, como cordero sacrificado, llevó sobre sí el pecado del mundo.

Sin embargo, conviene recordar que la idea de un sacrificio para la remisión de pecados fue una doctrina introducida por los escribas —como denuncia el profeta Jeremías— y no una instrucción divina original. En las culturas paganas, los sacrificios no estaban ligados a una noción moral del pecado, como ocurrió después en Israel. Las interpretaciones neotestamentarias fueron una mezcla de conceptos rituales heredados del sistema levítico y una nueva doctrina centrada en la muerte de Jesús.

Según Pablo, la salvación se obtiene por la fe en la sangre de Jesús, sin necesidad de obras. Pero acto seguido, se espera que el creyente se arrepienta. Esto plantea una incoherencia fundamental: si la deuda ya fue saldada por otro, ¿por qué el deudor debe cambiar de actitud? ¿Quizás el perdón no se produce por sustitución, sino por transformación?

Esta tensión entre el sacrificio ritual y el arrepentimiento personal revela una incompatibilidad en la base teológica del Nuevo Testamento. Pero la contradicción no es nueva. En tiempos del Segundo Templo, la corriente farisea enseñaba que los sacrificios solo eran válidos si iban acompañados de un corazón sinceramente arrepentido. Ni el sacrificio ni el arrepentimiento, por sí solos, eran suficientes. ¿Por qué? Porque se había enseñado que el ritual había sido ordenado por Dios y, llegado a ese punto, ya no se lo podía descartar.

Sin embargo, el autor de la carta a los hebreos se atrevió a dejar de lado esa ley que se decía perpetua. La visión farisea exigía una disposición interior adecuada porque creía que eso determinaba la eficacia espiritual del rito. Pero esta noción no estaba en las reglas originales del sistema levítico. Si el arrepentimiento hubiera sido suficiente desde el principio, habría hecho innecesario el sacrificio, invalidando así el propio sistema.

El sistema sacrificial, en su raíz, no partía de una transformación interior, sino de una transacción ritual. Fue, de hecho, una lógica pagana que dejó a un lado la responsabilidad moral y la conversión como vía de perdón. La idea de que el sacrificio debía ir acompañado de arrepentimiento fue una evolución posterior del pensamiento religioso, que probablemente se consolidó entre los siglos IV y I a. C., durante el período persa y helenístico, cuando el énfasis profético en la justicia y la conversión del corazón comenzó a influir cada vez más en ciertos sectores de Israel. Es decir, fue una adaptación tardía, no parte del sistema original.

Al incorporar el arrepentimiento, se intentó dar un valor espiritual a un acto que había nacido como mero ritual externo. Esa evolución, sin embargo, revela el carácter humano de tales leyes. Porque si hubieran sido dictadas por Dios, no habrían necesitado evolucionar: las leyes divinas son perfectas desde su origen y no cambian con el tiempo.

Y si no se quiere creer a la voz profética que denunció esos rituales como una rebelión contra la voluntad divina, al menos debería bastar el hecho de que hayan necesitado reinterpretación y corrección para reconocer que no provenían de una instrucción divina original sino humana.

El mensaje del Nuevo Testamento —especialmente a partir de Pablo y de los que vinieron después— trasladó esta misma lógica al sacrificio de Jesús. Se lo presenta como el sacrificio perfecto, el sustituto final. Pero, aun así, se sigue enseñando que el arrepentimiento es necesario para que su sacrificio tenga efecto en cada creyente. Es decir, se mantiene la misma contradicción: si el sacrificio fue suficiente, el arrepentimiento no debería ser requerido. Pero si el arrepentimiento es indispensable, entonces el sacrificio no fue suficiente. Es la misma tensión no resuelta, heredada sin cuestionamiento del sistema que, según los profetas, Dios había rechazado.

Pablo había sido instruido en la tradición sacerdotal que consideraba al ritual la médula del perdón divino. Aunque en su época esta corriente parecía dominar, en la Biblia encontramos otra tradición que denunciaba el ritual y los sacrificios como invención humana en Israel, no como instrucción divina. Esta fuente es la voz profética. De esta corriente, tenemos al llamado verdadero Isaías, capítulo 1, donde Yahveh habla con firmeza: no quiere más sacrificios, está hastiado de sangre de animales, y declara que nadie le pidió esas ofrendas. Llama a dejar de hacer el mal, aprender a hacer el bien, y promete bendición si se escucha su voz. El mensaje es claro: Dios no pidió rituales, sino justicia. Esta denuncia categórica contra el ritual es suavizada en la teología del Nuevo Testamento, que alega que Dios no rechazaba el ritual, sino la hipocresía del oferente.

Pero esa es una interpretación ajena al texto. Yahveh fue claro al decir: “¿Quién ha solicitado de vosotros esa pateadura de mis atrios?”. Y “no me traigan más ofrenda inútil”. Lo que más adelante el autor de hebreos descubre —que los sacrificios eran ineficaces e inútiles — ya había sido advertido por Dios mismo, según el profeta Isaías.

A la par de este rechazo, Dios ofrecía una alternativa espiritual clara: “Lavaos y limpiaos… dejad de hacer lo malo, aprended a hacer el bien…”, culminando con la promesa: “si queréis y escucháis, comeréis de lo mejor de la tierra.”

Así, mientras los profetas llamaban a una transformación moral, la teología posterior volvió a poner el énfasis en la sangre. El capítulo 33 de Ezequiel no denuncia el ritual como tal, pero desarrolla el concepto de justicia individual y la responsabilidad personal frente al pecado. Allí se presenta con claridad que la conversión del corazón es lo que salva, no un sacrificio. Y, sin embargo, en el capítulo 40 al 48 de Ezequiel aparece una sección posterior, una inserción de origen sacerdotal, que contradice lo anterior al describir la restauración del templo y los sacrificios. Esto no solo contradice la enseñanza anterior del mismo libro, sino que invalida el mensaje espiritual del arrepentimiento como única vía de redención.

Muchos estudiosos coinciden en que esta sección refleja una adición posterior, proveniente del entorno sacerdotal.

También el profeta Amos denuncia la validez del ritual cuando afirma que el pueblo mantenía las costumbres ritualistas —sacrificios, diezmos, ofrendas voluntarias—, pero era acusado por Yahveh de rebelarse contra su Ley diciendo:

“¡Id a Betel y pecad! ¡Aumentad en Gilgal la rebelión!”, no los está animando al pecado, sino denunciando irónicamente que su sistema ritual era en sí mismo una transgresión, porque ya les había dicho que no era su Ley ni lo que Él les había mandado hacer, y aun así lo seguían practicando sin escuchar su Voz. El ritual, sin obediencia a la Voz, se volvió rebelión en nombre de la religión.

Toda esta descripción ritualista —que Dios rechaza abiertamente en los profetas— coincide con las prácticas religiosas heredadas de Sumeria y de las culturas vecinas de Israel, como ya desarrollé con más profundidad en mis episodios El Ritual de los Sacrificios Mandato divino o humano, El falseamiento de la Ley de Dios y Practicando el monoteísmo en el sistema politeísta.

Fue un tropiezo tan grave que, según los profetas, Dios permitió la destrucción del templo en el que habían puesto su confianza. Y uno se pregunta si Pablo, al haber profundizado en los profetas, habría llegado a otra conclusión sobre el valor del sacrificio. Ocurrió que, a pesar de las advertencias divinas, se perpetuó lo que Dios llamó rebelión: seguir presentando las leyes del ritual como mandato suyo, cuando les había advertido que no las eran. En el mensaje del Nuevo Testamento, esa rebelión tomó una nueva forma. Así, el verdadero camino —el arrepentimiento sincero para alcanzar el perdón y la reconciliación— fue atado a un antiguo error, revestido ahora con un lenguaje nuevo.

El evangelio de Pablo – Parte 2

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