Como vimos en la primera parte de este episodio, Pablo no habla en sus escritos de reconciliación por medio del arrepentimiento, sino de redención o perdón del pecado por medio de la sangre. Por ejemplo, dice en Romanos 5:9:
“Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.”
Aquí expone que es la sangre de Jesús la que nos hace justos, no el arrepentimiento de corazón. En el entendimiento religioso, ser justificado quiere decir ser perdonado de sus faltas. Y la sangre está relacionada con los sacrificios de animales y con el valor que el sacerdocio le dio a la sangre en el ritual.
Dios, sin embargo, había dado una orden simple y clara al respecto de la sangre, que vemos tanto en Génesis como en Deuteronomio:
“Solamente asegúrate de no comer la sangre, porque la sangre es la vida, y no comerás la vida con la carne” y “Pero carne con su vida, que es su sangre, no comerás.”
La frase “no comer con la sangre” significaba no comer el animal crudo. Hay dos ejemplos claros en los textos bíblicos de esta costumbre. En 1 Samuel leemos:
“El pueblo se lanzó sobre el botín, y tomaron ovejas, vacas y becerros, y los mataron en tierra; y el pueblo los comió con sangre.”
Y en Ezequiel:
“Por lo tanto, diles: “Así dice el Señor: Ustedes comen carne con sangre, adoran ídolos, cometen asesinatos, ¿y creen que van a ser dueños del país?”
Pasaron alrededor de 450 años entre la generación de Samuel y la de Ezequiel, no obstante, el pueblo continuaba con la práctica de comer carne cruda. En las culturas sumeria, babilónica y cananea también hay indicios de consumo de carne cruda, aunque no como práctica alimentaria general, sino en contextos rituales, mágicos o religiosos.
La orden de Dios tuvo, sin duda, un origen sanitario. Sin embargo, con el tiempo, esta instrucción lógica y razonable se transformó en religión, al atribuirle a la sangre derramada por la inmolación de un animal un valor redentor.
El pasaje de Romanos 5 se apoya en la lógica del ritual de los sacrificios, tal como ha sido enseñado tradicionalmente. De modo que, al seguir la lógica del perdón de faltas mediante inmolaciones y no por medio del arrepentimiento, como instrumento divino de perdón, Pablo —como el autor anónimo de hebreos— no podía hablar de simple conversión de corazón, porque de haberlo hecho habría invalidado todo su argumento basado en la sangre como pago y limpieza por el pecado. Mientras que el perdón de faltas es el arrepentimiento de corazón y cambio de camino.
La “Ley” que menciona Pablo en Romanos incluye, en parte, la que fue dada al pueblo de Israel para mostrarle lo que no debía hacer si quería mantener activo su pacto con Dios, por ejemplo, no robar o matar y practicar lo contrario en su vida. Que es vivir en integridad. Esa es la ley moral, y sobre ella Pablo llega a afirmar que quienes la practican serán justificados o declarados justos. Que a su vez quiere decir libres de pecado: Dice:
“No son justos delante de Dios los que oyen la Ley, sino los que la practican; esos serán justificados.”
Entonces, Pablo desarrolla dos tipos de justificación para la salvación: Por un lado, la del cumplimiento de la ley moral —que, si no se cumple, no somos justos ante los ojos de Dios—; y por otro, la de la aceptación por “fe” de su evangelio, es decir, la doctrina de la salvación por medio de la sangre.
No existe el arrepentimiento como limpieza y perdón de faltas en ninguna de las dos perspectivas.
Sin embargo, el equilibrio perfecto, apoyado por la voz profética (no por la levítica), es el cumplimiento de la ley moral unido al arrepentimiento, como instrumentos de perdón, limpieza de faltas y reconciliación con Dios.
Pablo —y en gran medida el autor de hebreos— desarrollaron esta doctrina de salvación con un énfasis marcado con la fe en la sangre. Una doctrina que él mismo afirma haber recibido por revelación directa de Jesús, después de muerto. Así lo registra en su carta a los Gálatas:
“Amados hermanos, quiero que entiendan que el mensaje del evangelio que predico no se basa en un simple razonamiento humano. No recibí mi mensaje de ninguna fuente humana ni nadie me lo enseñó. En cambio, lo recibí por revelación directa de Jesucristo.”
Por supuesto, el único que puede saber si se trató de una verdadera revelación de Jesús, o del resultado de un proceso mental propio basado en un razonamiento humano, es quien la comparte como tal.
Sin embargo, como el ritual de sacrificios y holocaustos —y el valor redentor atribuido a la sangre de animales— no fue ordenado por Dios, según nos dicen Jeremías, Isaías y otros profetas respetables, afirmar que esta doctrina proviene de Jesús lo pone, inevitablemente, en contradicción con la voz profética.
Aunque no podamos saber con certeza si esa revelación provino realmente de Jesús, sí podemos, mediante un análisis libre de parcialidad, evaluar si lo que Pablo enseñó es coherente con las enseñanzas proféticas sobre el valor de la sangre.
Del evangelio de Jesús tenemos testigos, y de la palabra profética la claridad de que el ritual fue excluido del pacto con Dios.
En sus cartas a los Romanos Pablo expresa el alcance de su evangelio:
“Esto sucederá el día en que Dios juzgará los secretos de los seres humanos, conforme a mi evangelio, por medio de Jesucristo.”
Es decir, el evangelio de Pablo se presenta tan poderoso como la Palabra misma de Dios dada a Moisés en el Sinaí. Y es por estas palabras —su evangelio— que Dios juzgará, según él, los pecados de la humanidad. Pablo se pone a la cabeza de un movimiento que reemplaza el mensaje de Jesús en vida, diciendo que por revelación Jesús mismo se lo entregó.
Y en Gálatas ata a maldición al que no sigue o cree en su evangelio:
“Pero si alguno —incluso nosotros o un ángel del cielo— les anuncia un evangelio diferente del que ya les hemos anunciado, que caiga bajo maldición. Lo repito: si alguien les predica un evangelio diferente del que ya recibieron, sea maldito.”
Ocurre aquí que el evangelio de Pablo no es el mismo que predicó Jesús ni el que ordenó a sus discípulos compartir. Y de ese evangelio —el de Jesús— como dije hay muchos testigos. Jesús no maldijo a quienes no aceptaban su mensaje. Les advirtió del juicio que vendría si rechazaban el bien, pero no los condenó con palabras imprecatorias.
¿Y cuál era su mensaje para perdón de faltas?
El mensaje de Jesús sobre el perdón de faltas está claramente enfocado en la misericordia de Dios, el arrepentimiento sincero, el cambio de conducta y la reconciliación con el prójimo. Mientras que el evangelio que Pablo predicaba —y que encerraba bajo maldición al que no creyera en él— no tiene más testigo que el mismo autor que la profirió. Esa maldición se basa en el modelo levítico de los sacrificios: la sangre como medio de perdón.
La frase clave de su mensaje en Gálatas es: “les hemos anunciado”. ¿Quiénes son “nosotros”? No son Pedro, Juan o los discípulos de Jesús en vida, sino los seguidores cercanos de Pablo: Timoteo, Tito, Apolo, Silas. Ni siquiera Jesús maldijo a quienes no aceptaban su mensaje. ¿Por qué? Porque respetaba la libertad de elección dada por Dios. Cada persona es responsable del camino que elige, con sus consecuencias. Pero la maldición de Pablo parece buscar la obediencia por temor, no por convicción.
Observen el contraste entre el evangelio de Jesús y el de Pablo.
Jesús anunciaba buenas nuevas que llamaban al arrepentimiento, a la transformación interior, al perdón y al amor al prójimo. Nunca impuso su mensaje ni amenazó con maldiciones a quienes no lo aceptaban. Su llamado era una invitación libre, una apertura al Reino de Dios basada en la compasión, la justicia y la reconciliación.
En cambio, el evangelio de Pablo se construyó sobre la estructura del sistema sacrificial y la idea de la sangre como medio necesario para obtener justificación ante Dios. En ese sistema, el hombre pecó y debía morir. La misericordia del ritual no consistía en el regreso al camino de la luz ni en el arrepentimiento sincero, sino en la sustitución del culpable por otro ser —un animal— que moría en su lugar. Eso significaba que la deuda debía pagarse con la muerte. No existía una redención espiritual, interior, sino una compensación física. Esa era la “misericordia” del ritual de los sacrificios.
En las cartas de Pablo, el eje no está en el cambio del corazón ni en abandonar la conducta injusta, que era el eje de los profetas y del mismo Jesús, sino en creer que Jesús murió como sacrificio por los pecados. Y no creerlo acarrea juicio y maldición, según las propias palabras que él escribió.
Para Jesús, para los profetas, como así también para los escritores de los Salmos y el mismo rey Salomón, el perdón estaba al alcance de quien se volviera sinceramente a Dios. Para Pablo, el perdón dependía de aceptar una fórmula de fe centrada en la muerte y la sangre de Jesús. Esa diferencia no es menor. Es el contraste entre un evangelio que libera —y uno que condiciona. Entre uno que invita al cambio —y otro que impone una creencia bajo maldición.
Un detalle que es importante de tener en consideración cuando se analiza el evangelio de Pablo es la antigüedad de sus escritos en el Nuevo Testamento. Cuando se analizan los textos neotestamentarios, es importante entender cómo llegaron a estar organizados de la manera en que los leemos hoy. Esto nos da el contexto necesario para interpretar frases como la que aparece en el Evangelio de Juan:
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
A simple vista, esta afirmación parece confirmar la doctrina paulina de la redención por medio de la sangre de Jesús. Sin embargo, lo que muchos lectores no saben es que las cartas de Pablo fueron los primeros escritos del Nuevo Testamento, y su mensaje teológico —centrado en la muerte expiatoria de Jesús como sustituto sacrificial— influyó profundamente en los textos que vinieron después, incluyendo los evangelios.
Los cuatro evangelios del Nuevo Testamento —Mateo, Marcos, Lucas y Juan— fueron originalmente escritos de forma anónima. Ninguno de estos textos incluye el nombre de su autor dentro del cuerpo del escrito, como ocurría con muchas obras antiguas. Los títulos como “Evangelio según Mateo” o “Evangelio según Lucas” fueron añadidos más tarde, probablemente a fines del siglo II, cuando la iglesia comenzó a recopilar, clasificar y dar autoridad a ciertos textos para formar lo que hoy conocemos como el canon del Nuevo Testamento.
En cuanto a Lucas, aunque se le atribuye también el libro de los Hechos, el autor nunca se identifica por nombre. La atribución a “Lucas, el médico compañero de Pablo” se basa en tradiciones posteriores y en suposiciones hechas por escritores cristianos del siglo II, como Ireneo. Esta influencia temprana de Pablo sobre la narrativa y el mensaje de los evangelios refuerza la necesidad de leer el Nuevo Testamento con una mirada reflexiva, considerando también lo que dijeron los profetas: que el ritual de los sacrificios no fue ordenado por Dios. Con esta clave profética en mano, muchas afirmaciones que parecen tener respaldo divino pueden ser reevaluadas. Por eso, los textos del Nuevo Testamento deberían leerse también a la luz de las advertencias proféticas que denuncian el sacrificio ritual como una práctica no ordenada por Dios, y no como la base legítima de una espiritualidad auténtica.
Sigamos examinando el pensamiento de Pablo: cuando habla de salvación por la fe y justificación no lograda por las obras, utiliza como ejemplo la fe de Abraham, quien creyó en la promesa de Dios aun sin verla cumplida. Sin embargo, en esa misma carta, cambia el enfoque del mensaje: ahora la salvación y la justificación ya no dependen de esa clase de fe, sino en la sangre de Jesús. Esto constituye un claro ejemplo de justificación por la obra de un hombre —Jesús—, y la “fe” de la que habla en otro pasaje ya no se centra en confiar en la palabra de Dios, como Abraham, sino en creer en lo que él, Pablo, enseña, en su evangelio.
El autor escribe lo siguiente:
¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; más al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.
Estoy de acuerdo con la línea de su pensamiento aquí. No somos perdonados y, consecuentemente, libres del castigo final —que es la separación definitiva de la Luz y el Amor de Dios— por algo que hagamos nosotros mismos, sino por regalo, gracia y misericordia del amor de Dios. En ese sentido, si creemos el mensaje de Dios —eso es fe—, somos salvos.
¿Por qué? Porque le pedimos perdón y cambiamos de camino. Como se explicó, esa es la forma de limpieza y reconciliación con el Creador. Pero esa acción u obra es interna, espiritual y personal. Y Pablo lo dice: “Dios atribuye justicia sin obras.” Sin embargo, contradictoriamente desarrolla su idea de que es por la obra de Jesús en la cruz y su sangre que obtenemos la salvación, por lo que creía del ritual.
Es posible que, debido a este tipo de pensamientos enredados y desordenados, el escritor de II Pedro haya dicho que Pablo hablaba de “asuntos difíciles de entender”. Por supuesto, este autor no ve esos asuntos como los veo yo —incoherentes—, sino como producto de una sabiduría inaccesible para el hombre común o ignorante, como él mismo les llama.
Esta parte de su pensamiento, en este específico texto de Romanos, que dice que Dios nos atribuye justicia no por obras que hagamos, no es compartido por el escritor de Santiago, que dice:
“Así también la fe, si no tiene obras, está muerta por sí sola.” Y agrega, además: “¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe obró con sus obras, y que la fe fue perfecta por las obras? Y fue cumplida la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue imputado a justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.”
El escritor de este pasaje une dos eventos muy diferentes y separados en el tiempo por un período estimado de entre 37 a 45 años. Es decir, según su interpretación, Dios habría tardado más de tres décadas en justificar a Abraham. Sin embargo, Génesis 15:6 declara con claridad que Abraham creyó en la promesa de Dios y le fue contado por justicia, es decir, fue considerado justo en ese mismo momento, sin mediación de ninguna obra externa. Que se le “contó por justicia” significa, en este contexto, que fue perdonado o declarado justo delante de Dios.
Por tanto, la interpretación personal del escritor de Santiago no concuerda con lo que afirma el texto original en Génesis: Dios no justificó a Abraham por haber estado dispuesto a ofrecer a su hijo en sacrificio, sino por haberle creído de corazón que cumpliría la palabra o promesa que le dio. La justificación fue resultado de una respuesta espiritual, creerle con el corazón a Dios, no fue el resultado de un acto físico extremo.
¿Y a qué se refiere el escritor de Santiago con “justificado por las obras”?
Al leer su ejemplo, está hablando literalmente de demostrar la fe a través de una acción concreta. En términos actuales diríamos: “No me lo digas con palabras, muéstramelo con hechos o acciones.” Es decir, no basta con creer internamente; hay que evidenciar esa fe con acciones visibles. Es por eso que presentó el ejemplo de una acción extrema de parte del patriarca: tomar a su hijo, ponerlo sobre una piedra y, si fuera necesario, matarlo por obedecer a Dios.
Según el entendimiento de Pablo, esto que Santiago pone como ejemplo colocaría a Abraham en posición de gloriarse por lo que hizo —aunque no para con Dios—, y además implicaría que Dios le debe algo por esa obra. Como dice: “Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda.” Esto es un claro choque de ideas entre dos autores, sin mencionar la confusión que crea al decir que todos estos libros fueron inspirados por Dios.
Después Pablo usa el Salmo 32 para apoyar su creencia de que somos perdonados por la gracia de Dios sin necesidad de hacer algo físico de nuestra parte. Cita:
“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño.”
Pero omite otra parte clave del salmo, donde se dice:
“Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.”
Al omitir la parte que habla de confesión personal, Pablo puede integrar en otra sección del libro su idea de que la sangre derramada es la verdadera fuente de salvación. En el pensamiento de Pablo, la redención en la sangre de Jesús se refiere claramente a su muerte en la cruz. Es decir, no se reconoce la muerte de Jesús como una injusticia atroz causada por la maldad humana, sino que se reviste de un significado espiritual impuesto por la necesidad de justificar doctrinalmente lo ocurrido. Esta reinterpretación surgió de una mezcla de ideas: el ritual de sacrificios y la dificultad de comprender por qué, siendo el mesías esperado, Jesús terminó su vida sin cumplir las expectativas mesiánicas.
¿Y de dónde saco yo esta conclusión?
De dos fuentes. Primero, de la voz profética que, en nombre de Dios, niega haber mandado sacrificios y holocaustos, y declara que lo que Él deseaba era obediencia, justicia y un corazón arrepentido.
Segundo, del análisis de la realidad histórica: el pueblo de Israel esperaba un mesías con poder terrenal, capaz de liberar y gobernar. Al no cumplirse esa expectativa, se elaboró naturalmente una interpretación que convirtió su muerte en un sacrificio real por los pecados. Pero eso no fue dicho ni por Jesús ni por los profetas, sino por Pablo y el escritor de los hebreos.
Entonces, según el proceso mental de Pablo, la sangre de Jesús nos salva y justifica. La Ley que menciona Pablo —aunque no lo diga abiertamente— abarca tanto el Decálogo como las leyes rituales. Esto se confirma cuando enseña que somos redimidos por la sangre de Jesús. Aunque no lo explica con claridad, se infiere por lo que dice que está comparando esa sangre con la del animal sacrificado, en el ritual, como sustituto del ser humano en falta. Porque, según el entendimiento de la época, la paga del pecado era la muerte. Esto, en parte, es verdad. Pero el razonamiento de Pablo tropieza con la creencia errónea de que el ritual había sido establecido por Dios, dejando de lado la aclaración profética que niega esa autoría.
Cuando la primera pareja creada rompió la alianza, la muerte literalmente entró en ellos y en su descendencia: nosotros. Esa es la razón por la cual, todavía, todos morimos. Entonces, sí: la paga del pecado es la muerte. Pero el entendimiento posterior, en el antiguo Israel, transformó esa verdad espiritual en una deuda literal, como si fuera necesario pagar algo concreto para corregir lo hecho.
Esta forma de interpretar la muerte como una deuda que debía saldarse dio origen a todo un sistema de sacrificios en Israel y es una interpretación puramente humana de restauración. Sin embargo, su estructura o el sistema sobre el cual la práctica sacrificial se realizaba no fue original de Israel sino de los pueblos paganos conocidos en la edad antigua. Lo que si fue un ingrediente original de este pueblo fue la de los sacrificios como forma de restitución o reconciliación con Dios.
A pesar de la conjetura de Pablo en algún momento de la historia de Israel Dios corrige directamente la idea de que el pecado debía pagarse con muerte a través de un sustituto animal. Durante el período profético, declara a viva voz que no quiere que el malvado muera, sino que se convierta, se aparte de su mal camino y viva y que Él no había ordenado ningún sacrificio.
Sin embargo, su Voz no se escuchó como quedó escrito en Jeremías, en el mismo libro profético donde se aclara los términos del pacto y donde queda fuera de la alianza el ritual.
“Pero no quisieron escucharme. Continuaron haciendo lo que querían, siguiendo los tercos deseos de su malvado corazón. Retrocedieron en vez de ir hacia adelante.”
Esta corrección profética desmantela la lógica del sacrificio como pago. Dios insiste en que, si alguien se arrepiente sinceramente, ni siquiera recordará sus pecados pasados, y que Él mismo dará un espíritu nuevo para que esa persona pueda dejar de practicar el mal y vivir conforme a su voluntad. Que es conducir su vida en integridad. No se exige sangre, ni ofrenda, ni castigo, sino un cambio de corazón que Dios promete facilitar, si hay retorno genuino a Él, con su mismo Espíritu en nosotros. Esa es la reconciliación verdadera.
La idea de un sacrificio implica pérdida o costo de algo y Dios nunca pidió a Israel o a nosotros sacrificios. Es por eso que en las culturas paganas inclusive en la hebrea se daba algo a cambio de un favor a sus deidades en forma de un animal sacrificado o diferentes tipos de ofrendas para conseguir lo que se deseaba de la deidad. Creían y tenían un entendimiento muy terreno de que debían hacer algo para restaurar una situación a su estado original lo más pronto posible.
La conciencia de la humanidad antigua sentía algo así como una obligación legal o moral de reparar un perjuicio muy grande que había sido constituido en los comienzos. Todas esas ideas y sentido de infracción y necesidad de reparación no salieron de la nada en la humanidad. El libro de la vida de la primera pareja creada nos explica que intentaron quitarse la vida varias veces por el dolor, la culpabilidad de la transgresión, por su deseo de volver a tener la unión con su Creador y volver al lugar donde habían nacido.
En una de esas veces Dios dijo a Adán que nada de lo que hiciera, o de su propio accionar, modificaría lo que le había dicho. Que había un tiempo determinado que alcanzar para que se volvieran a restaurar las cosas como al principio, antes de la transgresión. Y que la salvación vendría de El mismo y no del esfuerzo humano. Eso implica espera, confianza en El y no accionar físico. Algo que le costaba entender a Adán porque había perdido su cuerpo y naturaleza espiritual y estaba en una terrenal donde las condiciones de como tenía que conducir su vida habían cambiado radicalmente. Entonces el Señor les dijo que continuaran su vida, que poblaran la tierra y trataran de hacer lo mejor de ella y que en el tiempo fijado por El, ocurriría lo que querían.
También, este libro pone la autoría de la ofrenda de la sangre en un hombre, Adán. No en Dios. Adán adoptó esta práctica como una costumbre personal de regalar algo al Creador, que, por inferencia, fue transmitida a sus descendientes y se convirtió en una tradición humana que persistió a lo largo de generaciones. La intención de Adán era restaurar la relación perdida por medio de una obra, derramando su sangre sobre un altar. Algo parecido a extender una rama de olivo, como símbolo de paz o reconciliación. Y eso es exactamente lo que representó la práctica del ritual de los sacrificios: un esfuerzo humano por alcanzar la reconciliación. No entendiendo —o no queriendo entender— que la salvación y el perdón de Dios no vienen por un sacrificio ni por el esfuerzo humano. Vemos entonces que esta necesidad de hacer algo para remediar una falta tan grave cometida en el principio, obrada a través de sacrificios, nació del hombre mismo.
La acción de Adán reflejó la inclinación natural de nuestra esencia física: actuar, tratar de reparar por medio del esfuerzo propio, en lugar de descansar en Dios y confiar en que Él hará lo que le pedimos. Esa actitud hubiera sido apropiada si se tratara de corregir un daño material, como una ofensa física a alguien; pero no sirve para reparar el daño espiritual causado al romper el Pacto con Dios por haber rechazado su Voz y escuchado otra que lo engañó. La reparación que Dios espera es interna. Es una obra espiritual, no material. Es una actitud de descanso, de humildad, de confianza. Lo opuesto al impulso físico de hacer.
El verdadero remedio y la restauración son espirituales y vienen de Dios, que es Espíritu y no carne, a través de la reconciliación con el Creador mediante el reconocimiento sincero de nuestras faltas. Con el paso del tiempo, esa culpabilidad original se volvió inconsciente, pero siguió pasando de generación en generación. En lugar de transformarse en búsqueda interior, se institucionalizó como un sistema de reparación física. El patrón fue: yo te doy algo, y tú me perdonas. Pero eso no es lo que Dios quería. Y al hacerlo a nuestro modo, le damos la espalda a la Voz de Dios.