Parte de la mentalidad del viejo hombre que deberíamos renovar al nuevo es la que se desprendió del contacto con el mundo griego y romano, porque esa concepción era una comprensión humana forjada en lo material y no en lo espiritual.
Un ser humano no reconciliado con Dios permanece en su mentalidad e interpretación terrena. No puede comprender los temas del Espíritu porque su mente animal —su nivel puramente humano, psicológico e instintivo— no procesa lo espiritual correctamente. Es tal como se dijo: “El hombre natural o animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son disparates; y no las puede entender porque se descubren espiritualmente.”
Desde ese estado, uno puede crear una versión pseudo-espiritual, una imitación de espiritualidad, pero no es la del Espíritu de Dios. A la comprensión real solo se llega a través de la reconciliación con Él. Sin reconciliación, se interpreta lo espiritual con criterios terrenales: la lógica humana, los patrones de la cultura, las ideas heredadas y la imaginación terrena.
Esta mentalidad de la que hablo, trató de entender una verdad espiritual con criterios filosóficos y racionales. No era la forma original profética hebrea de ver la realidad espiritual. Mezclaron sus ideas humanas —su filosofía, su racionalismo, su politeísmo— con lo que habían recibido. Y así la esencia se desvirtuó. Es como un perfume puro al que se le añade agua: conserva el nombre, pero pierde su virtud.
La interpretación humana se mezcló con lo que originalmente era un entendimiento espiritual. Y para que entendamos lo que esto significa, pensemos en un ejemplo concreto: los hebreos veían al cuerpo y al espíritu como una unidad creada por Dios. Nunca los entendieron como enemigos.
Dios no le dio un cuerpo a la primera pareja creada como castigo por la transgresión, sino como protección dentro del ámbito material donde vivirían. La pena de la transgresión era la muerte, y en términos espirituales eso significaba la separación total de la Luz, que es Dios. El cuerpo fue abrigo, no condena: una forma de preservar la vida que aún tenían y una oportunidad de reconciliación con el Creador. Así, fueron apartados del estado de luz total, pero también preservados de quedar entregados a las tinieblas eternas, la separación absoluta de la Luz divina. Pero el pensamiento griego enseñaba que el cuerpo era la prisión del alma. Esa idea no venía del Espíritu; venía de la filosofía humana. Y cuando esa filosofía se filtró en la interpretación, lo espiritual comenzó a explicarse con ideas terrenas. En vez de ver el cuerpo como parte del propósito divino, se empezó a verlo como impedimento.
Esa distorsión cambió la esencia del mensaje. Otro ejemplo es el concepto del mal. Para los profetas hebreos, el mal era una elección: uno se aparta o vuelve. No era una naturaleza interior mala desde el nacimiento, sino una desviación del camino. Pero el pensamiento griego y romano empezó a desarrollar la idea de una “naturaleza pecaminosa”, como si el ser humano naciera malo de raíz. Esa idea tampoco venía del pensamiento profético espiritual, sino de la filosofía estoica. Y cuando ese pensamiento se mezcló en la interpretación, el mensaje se distorsionó: lo que antes era responsabilidad se transformó en culpa heredada. Lo que era acción se convirtió en condición.
Y aquí conviene hacer una aclaración esencial: El pueblo en tiempos de Ezequiel no pensaba como los griegos. Ellos no creían que uno nacía malo por naturaleza. Su error era otro: creían que sufrían por los pecados de sus padres, como si el castigo fuera heredado. Era una interpretación fatalista de su historia, no una doctrina sobre la esencia humana. Y por eso Dios interviene con tanta fuerza y les dice: “Esa frase no la repetirán más.” Porque ese pensamiento —aunque no fuera griego— los alejaba igualmente de su responsabilidad personal y distorsionaba la justicia de Dios.
Así, lo espiritual fue reducido al razonamiento. Al hacerlo, lo que era poder del Espíritu se convirtió en pensamiento doctrinal, y la experiencia viva del equilibrio interior fue reemplazada por conceptos e ideas humanas. Esa fue la herencia que el viejo hombre tomó del mundo, creyendo que podía comprender lo eterno con la mente temporal.
El camino del nuevo hombre comienza precisamente allí, cuando la mente humana deja de buscar por sí sola y aprende a razonar desde el Espíritu. No se trata de anular la razón, sino de asociarla, de alinearla con la mente divina para que piense en armonía con ella. El nuevo hombre no rechaza el conocimiento; lo ilumina con la comprensión del Espíritu. Su entendimiento ya no nace del esfuerzo intelectual, sino de la comunión interior con la Fuente. En ese estado, la razón se convierte en un instrumento del espíritu, y la mente en un canal de grandes descubrimientos.
Por eso, el nuevo hombre no vive dividido entre lo que cree y lo que piensa, entre el cuerpo y el alma, entre lo humano y lo divino. Vive en equilibrio. Su pensamiento ya no se apoya en las interpretaciones heredadas ni en los sistemas creados por otros, sino en la enseñanza viva que fluye del Espíritu dentro de él. Esa es la verdadera transformación: cuando la mente deja de repetir lo aprendido y comienza a escuchar desde dentro, donde habita la voz de la vida.
Todo esto tiene un fin o propósito: que se cumpla la profecía de Dios que dice:
“Este será el nuevo pacto que haré con mi pueblo: pondré mis palabras dentro de su mente y las grabaré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciéndose ‘conoce a Dios’, porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande. Yo los perdonaré y no recordaré más sus errores.” Y eso se cumplirá con la profecía que dice: “toda la tierra será llena del conocimiento de Dios.”
El nuevo hombre no rechaza el conocimiento humano porque somos terrenales. No podemos anular nuestra humanidad; ese no es el punto. Se trata de llevar nuestra humanidad a un estado espiritual, con un alcance de descubrimiento tanto espiritual como terrenal que la mente natural no puede imaginar. Es una combinación poderosísima, porque habríamos recuperado la autoridad de Dios que estaba perdida en nosotros.
Aun con la promesa de que Dios mismo nos enseñaría desde dentro, muchos siguieron razonando con la mente formada por la cultura greco-latina, intentando entender lo espiritual con las herramientas del pensamiento humano. Y al hacerlo, volvieron a caer en el mismo error: explicaron con la mente lo que solo puede comprenderse con el espíritu. Por eso el nuevo hombre abandona esa forma de pensar —no porque la razón sea mala, sino porque sin el Espíritu la razón se cierra y se limita, y termina reduciendo lo eterno a teorías humanas.
Un ejemplo claro de esta influencia es la idea de que el cuerpo y el espíritu son dos entidades separadas, cada una con su propia naturaleza. Esa separación no existía en el pensamiento hebreo original. Para la visión profética antigua, el ser humano era un solo ser: cuerpo y espíritu integrados, no dos sustancias distintas. El cuerpo no actuaba por sí solo ni tenía voluntad independiente; era la expresión visible de lo que el espíritu decidía hacer. Pero en el pensamiento griego —especialmente en Platón, los estoicos y más tarde el gnosticismo temprano— surgió la creencia de que el cuerpo y el alma pertenecen a dos realidades diferentes. Esa separación artificial creó una visión dualista que se extendió a la interpretación de lo espiritual.
Y es aquí donde se puede ver la conexión con el pensamiento paulino. El escritor adopta un lenguaje que refleja ese dualismo cultural cuando habla de su “cuerpo de muerte” por un lado y de su “hombre interior” que se deleita en la ley de Dios por el otro. Su descripción muestra una diferencia marcada entre lo físico y lo interior, lo que sugiere que está hablando desde un marco conceptual influido por el ambiente greco-romano en el que vivía. Esta manera de pensar no aparece en los profetas hebreos, que nunca describen al ser humano como dos naturalezas opuestas, sino como una unidad completa que se desvía o vuelve al camino según su elección espiritual.
En los evangelios, esta influencia es menor porque provienen de una tradición oral hebrea. Aun así, el hecho de haber sido escritos en griego permitió que se filtraran algunos conceptos del pensamiento helénico. Por ejemplo, en Juan aparece el término Logos: “El Logos, la Palabra, se hizo carne y habitó entre nosotros.” El Logos es un concepto filosófico griego utilizado por pensadores como Heráclito y Filón de Alejandría para describir la razón universal o principio ordenador. El escritor lo usa para expresar la Palabra viva de Dios (dabar), pero el matiz cambia: se introduce la idea del Logos como mediador cósmico, algo más abstracto que la voz creadora del Dios hebreo.
En Mateo y Lucas se conserva más la visión hebrea —Dios actuando dentro del mundo físico, no contra él—, mientras que Juan adopta un lenguaje más filosófico, reflejo del entorno cultural en que escribe. Ese cambio de lenguaje, del profético al filosófico, abrió la puerta a interpretaciones más mentales y doctrinales en las generaciones posteriores.
Dentro de ese contexto cultural aparece también la idea de que el ser humano está dividido en dos niveles: un “interior” y un “exterior”, cada uno con su propio modo de ser. Algunos escritores adoptaron ese lenguaje dualista, propio del pensamiento griego, y lo usaron para describir la experiencia espiritual humana. Pero esa no era la comprensión original. En la visión profética antigua, el ser humano fue creado como un ser integrado: cuerpo y espíritu formando una sola vida. El equilibrio entre ambos era necesario para mantener una existencia espiritual dentro del mundo terrenal.
Esa armonía no era un concepto filosófico, sino una realidad viva: el cuerpo podía fortalecerse, renovarse y sanar a través del espíritu que mora en él. Por eso las promesas de Dios sobre fortaleza, vitalidad o renovación no dependían de la materia, sino de la conexión interior con el Espíritu de Dios. Cuando el ser humano se desconecta de esa fuente, el cuerpo se debilita y el alma se apaga. Los antiguos intentaron explicar esta realidad desde la mente racional y terrenal, y al hacerlo separaron lo que en el principio era uno solo. Fue un intento humano de explicar lo espiritual con lógica material. El error fue convertir esas interpretaciones en doctrina, como si todas vinieran directamente de Dios, cuando muchas surgían simplemente del esfuerzo del hombre por comprender lo espiritual desde la razón humana.
La buena noticia que recibimos de que el reino se había acercado— llegó a nosotros filtrada por un entendimiento que no era hebreo. Esa no era la cosmovisión original, ni la más pura, ni la que sostenía Jesús cuando anunció el Reino. El anuncio fue claro: “El Reino se ha acercado.” Significaba que comenzaba la restauración espiritual. Comenzaba el proceso para volver a la Luz. Entre el momento en que se pronunciaron esas palabras y el cierre completo del ciclo de la caída, hay un camino que la humanidad debía recorrer. Y ese camino —esa porción que falta— no es pasividad, ni espera, ni resignación. Es dominar la maldad por medio de una vida integra porque es precisamente allí donde la voluntad de Dios se hace en la tierra como en el cielo. Cuando eso ocurra, el Reino de Dios habrá llegado. Lo que Adán y Eva describieron —la pérdida de la visión espiritual y la transformación de un cuerpo luminoso a un cuerpo de carne— se revertirá. Ellos decían: “Nuestros ojos se han vuelto de carne; ya no vemos como veíamos antes… nuestro cuerpo hoy no se parece a lo que fue en los días antiguos, cuando vivíamos en el Jardín.” El velo que cubrió los ojos de nuestros primeros padres será levantado. Veremos lo espiritual tal como es. Lo que fue ocultado por la materia se manifestará. Y nuestro cuerpo —ya no limitado por la condición de carne corruptible— volverá a su naturaleza espiritual, tal como fue en el principio.
Ese era el propósito: no huir del mundo, no declararlo perdido, no esperar un rescate externo, sino vencer aquello que nos venció. Pero cuando la creencia pasó por la mente griega y latina, el sentido se desvió. Los griegos transformaron la vida espiritual en filosofía y evasión del cuerpo. Los romanos volvieron la fe un sistema legal. Así, el enfoque cambió: de responsabilidad a culpa heredada; de transformación a miedo; de madurez espiritual a espera pasiva; de victoria a escapismo.
La misión original no era sobrevivir hasta ser liberados de aquí. Era derrotar la maldad, restaurar la autoridad espiritual perdida. Por eso el Reino se acercó en Jesús: no para sacarnos del mundo, sino para encender nuevamente la luz dentro de nosotros y conducirnos hacia la restauración completa.
Un poco más sobre esto: las palabras “pecado” e “infierno”, tal como hoy las entendemos, no existían en el mundo hebreo antiguo. Sí existía la palabra jatá, pero significaba otra cosa: “errar el blanco”, “fallar el camino”, “equivocarse de rumbo”. No hablaba de que alguien “es malo”, sino de que alguien tomó un camino equivocado. Y la consecuencia no era un castigo eterno en un infierno, sino perder la comunión con Dios, perder la Luz, vivir espiritualmente separado.
Para los hebreos, pecar no era una identidad. No nacemos culpables. Pecar era una acción: apartarse del camino de Dios. Por eso ellos no hablaban de pecado como una condición que uno trae desde el nacimiento, sino como una desviación que ocurre en el camino de la vida. Y siempre existía la posibilidad de regresar.
Cuando las Escrituras hebreas fueron traducidas al griego, jatá se tradujo como hamartía. Allí el significado cambió: hamartía en el mundo griego se entendía como “falta”, “culpa” o “error trágico”. Y cuando pasó al latín como peccatum, la palabra se cargó con la idea de “culpa moral” y “ofensa”. Así, un concepto que antes significaba “te equivocaste de camino” se transformó en “eres culpable y mereces castigo”. En la frase “te equivocaste de camino” hay misericordia y apertura amorosa para volver; en peccatum, hay juicio y condena.
En las tradiciones antiguas, Adán era manso, benigno y dócil. Eso demuestra que no era malo desde el principio. ¿Cuál fue su error? No dominar el mal cuando debía hacerlo. Fue vencido por algo que debía vencer. Ese fue el fallo: abrir un espacio para la maldad en su descendencia. Pero eso no significa que la humanidad nazca mala. Si Dios nos da vida, y Dios es puro, no podemos nacer malos. Nos volvemos malos por las decisiones equivocadas que tomamos, no por naturaleza heredada.
En la visión hebrea original, Dios creó al ser humano con capacidad de pensar, razonar, discernir y elegir. Cuando el ser humano se dejó engañar por palabras torcidas, se desvió del propósito. Pero la solución no era castigo infernal, sino volver al camino correcto. Ese retorno se llama teshuvá. Es “regresar a la casa” o “volver al origen”.
Jesús explicó lo mismo en la parábola del hijo perdido. La traducción dice: “He pecado contra el cielo y contra ti.” Pero el sentido hebreo es más claro: “Me desvié del camino delante del cielo y de ti.” No dice “soy malo por naturaleza.” Dice “perdí la dirección.” Por eso la solución no es condena, sino volver.
En el libro legalista por excelencia de las Escrituras —escrito desde la perspectiva sacerdotal— todo giraba en torno al orden del santuario. Allí, el pecado no era entendido como “falta moral”, sino como una ruptura en el equilibrio entre el pueblo y la Presencia divina que habitaba entre ellos. En ese contexto, jatá no era un mal moral universal; era una impureza ritual o una falla dentro del sistema sagrado. Se reparaba mediante una acción simbólica de restitución: ofrenda, confesión o compensación.
Si alguien “pecaba”, significaba que había introducido una impureza que debía ser corregida para restaurar la comunión con Dios y con la comunidad. El propósito del sistema antiguo era mantener el campamento en estado de pureza para que la Presencia divina permaneciera allí. Si la impureza —por error, descuido o contaminación— no se trataba, la Presencia se alejaba y el orden se rompía. Alejarse del camino no era moralidad individual, era introducir desorden en el sistema —una especie de “ruptura energética” entre lo humano y lo divino.
Con la adopción del latín, el término peccare comenzó a adquirir un tono moral y religioso. Ya no significaba “errar” o “desviarse”, sino “ofender a Dios” o “violar la ley divina”. Esto ocurrió porque jatá (errar el blanco) y hamartía (fallar en el propósito) fueron traducidas como una sola palabra: peccatum. Un término que significaba tropiezo terminó significando culpa espiritual. Ese cambio lingüístico llevó a la interpretación de que el ser humano nace malo, pero esa idea no procede de las antiguas Escrituras hebreas, sino de los escritos más tardíos, influenciados por otras culturas.
El Salmo 51 se ha usado durante siglos como base de la idea del pecado original: “En pecado me concibió mi madre.” Pero el texto hebreo no dice eso. Las palabras avón y jatá significan distorsión y errar el blanco, no “pecado” en el sentido moral. El sentido real sería: “Fui concebido en un mundo torcido, en medio de la distorsión humana.” David no afirmaba haber nacido malo ni acusaba a su madre; hablaba en lenguaje de justificación de su culpa. Más tarde, los intérpretes grecolatinos tomaron esa la traducción de pecado literalmente y, creyendo que el cuerpo era corrupto, la convirtieron en doctrina. Así, un lamento personal se transformó en la idea de que el ser humano nace moralmente corrompido dentro de un cuerpo malo, algo ajeno al pensamiento hebreo, que veía al hombre recto, capaz de desviarse o de volver al camino. Esa interpretación también distorsionó la imagen de Dios, convirtiendo el nacimiento —el acto más puro— en un hecho de culpa. Un Dios que hace nacer culpable a quien nada hizo sería injusto, igual que en tiempos de Ezequiel, cuando el pueblo decía: “Los padres comieron uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera.” Por eso Dios corrigió esa idea equivocada: cada uno responderá por su propio camino.
El entendimiento hebreo más antiguo dice lo contrario. Eclesiastés declara: “Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.” Y los textos que hablan de los niños que aún no distinguen entre lo bueno y lo malo en las Escrituras muestran claramente que el ser humano no nace corrupto. Nace inocente, sin inclinación moral definida, y va formando su camino porque nace libre.
Convendría aclarar algo esencial: los textos más tardíos que presentan al ser humano como “malo de nacimiento” no consideraron su origen espiritual, sino únicamente su condición terrenal. Para esa visión, el hombre era carne y hueso, y al caer de la gracia su naturaleza se habría vuelto corrupta. Pero el pensamiento hebreo más antiguo no hablaba de una herencia biológica del mal, sino de una herencia de consecuencias: se creía que los hijos sufrían por las faltas de sus padres. Era una forma primitiva de entender la justicia divina como continuidad del castigo, no como transmisión de naturaleza. Esa idea tenía su raíz en ciertos pasajes del Pentateuco donde se decía que Dios “castigaría la maldad de los padres hasta la tercera y cuarta generación”.
Sin embargo, el libro de Ezequiel muestra una corrección directa a esa creencia: Dios declara que cada persona muere por su propio desvío del camino, no por los actos de otros. Esto revela que aquellas expresiones antiguas reflejaban una comprensión humana limitada de lo espiritual, especialmente de cómo ocurrió la transgresión original, que fue un acto del espíritu y no de la carne —porque la carne aún no existía en nuestros primeros ancestros. En Ezequiel, Dios restaura el principio espiritual original que es la responsabilidad individual y la justicia verdadera, donde cada uno responde por sí mismo ante el bien o el mal que elige.
Nacemos libres, con capacidad de elegir. No podemos culpar a Dios por las consecuencias de nuestras malas decisiones. Es cierto que hay tragedias que no dependen de nuestras elecciones conscientes, pero tampoco provienen de Dios. Quien vive bajo Su protección no vive bajo el dominio de la desgracia. Puede enfrentar dificultades, pero la promesa es liberación. Por eso no nacemos en deuda: nacemos buenos. Podríamos permanecer en la luz si quisiéramos. Nos desviamos del camino por nuestras propias elecciones. Los antiguos hebreos lo decían así: “errar el blanco” o “apartarse del camino.” Y la buena noticia es que siempre podemos volver.
El infierno es otra creencia que sería mejor quitar de nuestra mente, porque crea una imagen de Dios que no le pertenece. Los hebreos antiguos no tenían la noción de un lugar de tormento eterno; esa idea surgió de influencias persas, grecorromanas y de la teología cristiana posterior. En la raíz hebrea, la justicia divina no tortura: restaura o destruye el mal. Dios destruirá el origen del mal. Los profetas anunciaron la erradicación final del poder espiritual rebelde que llevó al hombre a transgredir la Palabra. Aunque el ser humano, por su voluntad, se aparte del camino de la luz, no es el autor del mal. Por eso Dios decidió salvarlo si acepta su salvación.
En el entendimiento hebreo, el fuego simboliza purificación, no tortura perpetua. En los evangelios hay un pasaje donde la palabra Gehenna se tradujo erróneamente como infierno, alterando el sentido de lo que Jesús quiso decir: “Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti, porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado a la Gehenna .”
El término original Gehenna no se refería a un lugar espiritual, sino a un valle real cerca de Jerusalén —el Valle de Hinón, donde se quemaban residuos y cadáveres. Ese valle había sido símbolo de idolatría y destrucción, y con el tiempo los profetas lo usaron como metáfora del juicio divino. No representaba un castigo eterno, sino la destrucción del mal, un “basurero cósmico” de lo que ya no sirve.
Cuando Jesús habló de la Gehenna, usó una imagen simbólica y severa: es mejor cortar de raíz lo que te destruye espiritualmente que terminar completamente arruinado. No hablaba de tortura eterna, sino de perder el propósito de la existencia. Su lenguaje buscaba mostrar la gravedad de apartarse del camino de la Luz. Jesús cerró la incertidumbre sobre lo que ocurre después de la muerte cuando se manifestó a María Magdalena y a sus colaboradores cercanos, confirmando sus palabras: “Iré a prepararles moradas para que donde Yo esté, ustedes también estén.” Con esa manifestación mostró que el Reino es real y continuo, no ilusión ni promesa simbólica, sino vida verdadera en el Espíritu.
Como pueden ver, hay mucho que renovar, eliminar y transformar del viejo hombre —no solo lo que permanece en nuestra memoria del antiguo espíritu, sino también lo que vino desde fuera y, sin discernir, aceptamos como si fuera inspiración divina.