La mentalidad humana que analiza y trata de entender lo espiritual con la razón y la lógica puramente terrenal no terminó con las traducciones o interpretaciones griegas y latinas. Ese modo de pensar siguió vivo a lo largo de los siglos, cambiando de forma y de lenguaje, pero manteniendo la misma raíz: la idea de que lo espiritual puede comprenderse, manejarse o negarse desde la lógica estrictamente humana y reemplazar el lugar que solo le corresponde a Dios en la creación. Lo espiritual es el dominio de Dios y su justicia lo sostiene. No es la nuestra.
Podemos hablar de cosas terrenales con claridad y precisión —como del ciclo del agua, la biología o la estructura social—, pero no podemos hablar ni entender lo espiritual si no es a través del espíritu. La razón y la mente terrenal comienzan a transformarse en una aleación perfecta con el Espíritu cuando nos reconciliamos con el Creador. Sin embargo, esa asociación necesita ser desarrollada; no debería quedarse estancada. Somos seres creados, y toda criatura necesita aprendizaje, crecimiento y perfeccionamiento para alcanzar la meta de la madurez espiritual
La madurez espiritual no es un estatus emocional ni un logro intelectual o material. Ocurre cuando la naturaleza interior del ser humano ha sido renovada, afinada y alineada con la verdad. Una persona madura espiritualmente discierne lo que la carne no puede ver, reconoce la voz de Dios en medio de las muchas voces. Esa madurez espiritual es fruto de la relación con Dios, no del esfuerzo humano.
La madurez terrena, en cambio, es simplemente la capacidad de funcionar bien dentro del sistema humano. Una persona puede ser considerada madura por la sociedad si es responsable, trabaja, sostiene un hogar, cumple sus obligaciones, se adapta al mundo material y no depende de otros para vivir. Y eso no está mal; es parte de nuestra experiencia humana y necesaria para la vida cotidiana. Pero esa madurez terrena no es madurez espiritual.
La madurez terrena forma adultos funcionales; la madurez espiritual forma seres con claridad interior que pueden discernir rápido, comprender sin esfuerzo, ver con el espíritu antes que razonar, entender el fondo y no solo la forma. El espíritu se activa y reconoce la verdad. El hombre maduro espiritualmente tiene un corazón transformado. Se trata de ausencia de rencor, ausencia de culpa, ausencia de odio o envidia, capacidad de sentir sin esclavizarse. Sensibilidad a la voz del Espíritu. La madurez espiritual hace que la persona perciba lo que viene de Dios. Distinga lo que viene de la carne. Sienta lo que es falso, aunque suene correcto, y reconozca lo que es verdadero, aunque duela.
El hombre espiritual maduro tiene una humildad auténtica. La humildad espiritual es el sometimiento cariñoso a la Voz del Creador. La humildad espiritual no es debilidad. Es una gran fortaleza. Es ausencia de arrogancia y de autoengaño. De una apertura profunda a la corrección. De disposición a aprender y reconocer límites. La persona madura espiritual no necesita demostrar nada. El hombre espiritual tiene dominio propio que no nace de la fuerza de voluntad. La madurez espiritual produce un autocontrol que no es represión, no es miedo, no es máscara social, no es moralismo, no es autoexigencia, sino fruto del espíritu cambiado.
También, ama desde la generosidad, la compasión, la verdad, la claridad, no desde la necesidad, la manipulación, el control o el aferramiento. Ama sin perder su centro. Es libre de opiniones externas, patrones heredados, religiosidad, culpa impuesta, comparaciones, miedo al juicio. La madurez espiritual libera al alma de todas esas ataduras. Da estabilidad profunda. Vive en coherencia entre lo interior y lo exterior. Tiene la capacidad de soportar problemas sin quebrarse interiormente. No porque sea fuerte, sino porque su centro no está en lo terrenal. No huye, no se hunde, no se paraliza. Procesa, entiende, se adapta y crece.
Finalmente, el hombre espiritual maduro mantiene una conexión real con Dios. No es religión. No es liturgia. No es repetición de frases. No es emocionalismo. Es comunión, guía, revelación, claridad, dirección interior y luz. Es una relación y no un ritual.
Cuando el espíritu crece, nuestros dones llegan a su pleno funcionamiento. La reconciliación con Dios es el primero de innumerables pasos hacia posibilidades extraordinarias que solo una mente transformada por el Espíritu puede experimentar. Podemos razonar, pensar e interpretar con las herramientas humanas que tenemos, pero jamás alcanzaríamos por nuestra propia lógica el entendimiento espiritual. La carne puede comprender, hasta cierto punto, lo material; el espíritu comprende lo espiritual, y desde allí también en un perfecto equilibrio lo material.
Hay algo sorprendente en quienes dicen no creer en Dios, lo discuten. Pelean con Él. Elaborando teorías para de alguna forma demostrar que no existe. El mismo hecho de discutir acerca de algo, que dicen, no existe demuestra duda de lo que creen. Yo no hablo una sola palabra acerca de lo que no existe porque no existe. Hablo de lo que existe, pero no de la nada. Porque si hablo de la nada, ¿cómo sabemos que no existe? El solo hecho de hablar acerca de ella me está indicando existencia. La duda se halla inclusive en el que dice no existe porque el ser humano, aunque niegue a Dios, no puede negar su origen espiritual. Hay un conflicto interior: la mente lo niega, pero el espíritu lo reconoce. En nuestro ser interior hay una marca que dice “existo” porque el espíritu procede de Él. Esa presencia interior está allí para despertarnos espiritualmente o, si uno quiere, para animarnos a reconciliarnos con Él.
Cuando el hombre rechaza o silencia esa voz interior, necesita reemplazarla por otra explicación, porque es como una pequeña llama que nunca se apaga. Y eso es exactamente lo que hicieron ciertos pensadores a lo largo de la historia: intentaron resolver lo espiritual desde la mente humana.
Así encontramos a pensadores como Descartes, que convirtió a Dios en una idea lógica; Spinoza, que lo confundió con la naturaleza; o Voltaire, que lo redujo a un principio moral distante. Tres maneras distintas de expresar la misma resistencia interior del ser humano a reconocer que lo espiritual se entiende desde el espíritu, no desde la mente y de que el que gobierna lo espiritual, es Dios y no el hombre.
Además, hay algo que deberíamos entender antes de hablar un poco de Descartes y Spinoza. Pensadores que en cierta forma crearon su propia religión filosófica y prepararon el camino de los pensadores modernos con sus reflexiones. Los mensajes distorsionados sobre el carácter de Dios, enseñados como si fueran inspiración divina, alejan al hombre inquisitivo, o desconfiado del hombre, porque ha llegado a conocer la naturaleza humana, de la verdadera espiritualidad. Estos mensajes vinieron de los mismos que trataron de enseñarnos acerca de Dios.
Cuando nuestro espíritu recibe un mensaje incoherente, la lógica reacciona y lo rechaza con la razón. Nuestro espíritu interior siempre percibe que hay “algo más”. Algunos creen que ese algo más son extraterrestres. Otros que descendemos de los monos, siendo ese un error muy común porque no es lo que enseña la ciencia humana. Para otros ese algo más es solo el hombre, su mente y su corta existencia. No es la mente que les dice en su interior de que tiene que haber algo más de este corto pasar nuestro, de lo que somos o vivimos. Es su intuición o su espíritu. Esa percepción existe porque fuimos creados del Espíritu de Dios. Y esto revela algo profundo que el hombre es espíritu, no solo cuerpo y mente. No existe persona en el mundo —ni el más escéptico, ni el más racional— que no haya sentido ese pensamiento que se siente de adentro que algunos llaman intuición, corazonada o presentimiento.
Pero ese sentimiento o sensación, que se convierte en idea, no viene de la mente. La mente no posee intuición, corazonada o presentimiento; la mente compara, analiza y deduce. En la mente se forma el entendimiento de lo que el espíritu siente. Uno puede sentir mucho amor por alguien y no tener palabras para expresar ese amor. El amor nace del interior. El cuerpo lo manifiesta en algún tipo de expresión verbal o acción como un abrazo o un beso. Esa percepción profunda viene del espíritu, porque el espíritu reconoce la verdad, aunque la mente todavía no pueda darle forma a través de los pensamientos. Por eso, cuando se presenta una idea distorsionada sobre Dios, el espíritu la percibe como ajena, y aunque la persona no lo entienda en el momento, esa percepción interior queda allí hasta que la mente finalmente la concreta en una conclusión racional que lo que oye y lee no puede venir de un Dios que dicen es perfecto.
Descartes debatía en contra de muchas enseñanzas medievales que decían, como lo hacía Tomas de Aquino y Agustín de Hipona, por ejemplo, que Dios podía engañar, endurecer corazones o inclusive crear ceguera espiritual. Estas creencias fueron influenciadas por ciertos pasajes del AT. El engaño no viene de Dios sino del creador de la mentira, y creer que Dios puede endurecer corazones o crear ceguera espiritual es una interpretación errada que no tiene en cuenta la realidad de que hemos sido creados libres para elegir nuestros caminos. Es decir, si hubiéramos sido creadas máquinas, Dios podría endurecer nuestros corazones o nublarnos para que no veamos o entendamos lo espiritual como se apaga o se prende una maquina con un interruptor. Pero Él no puede hacer eso con nosotros porque somos libres. Nosotros sabemos usar muy bien esas dos palabras que expresan nuestra voluntad y libertad interior, si queremos o no queremos, el sí y el no. ¿Entonces, como es que Dios puede endurecer mi corazón, crear mi ceguera espiritual o engañarme? Si Dios, que nos dio el poder de elegir los caminos a seguir pasaría por alto ese derecho de libertad que nos dio, estaría violando su propia Ley espiritual. Porque sería una injusticia. No, Dios no engaña, ni endurece corazones, ni produce ceguera espiritual. Eso lo permitimos nosotros con nuestras propias malas elecciones.
Entonces, la lógica detecta la incoherencia de lo que se oye o lee cuando ciertas cosas que se enseñan dicen venir de un Dios justo. La mente no deja de funcionar porque una persona no esté reconciliada con Dios. La inteligencia sigue activa; la razón sigue buscando coherencia. Por eso tantos pensadores rechazaron a Dios cuando vieron que la religión enseñaba cosas incoherentes. No es incoherente usar la lógica; lo incoherente es aceptar enseñanzas que presentan a Dios como contradictorio o como a un hombre.
Hombres como Descartes y Spinoza, que nacieron y crecieron dentro de sistemas religiosos cerrados, vieron esas discordancias e inclusive absurdos. Ellos no rechazaron al Dios vivo; rechazaron la religión que decía hablar en Su nombre, pero no se dieron cuenta de eso y ese fue su mayor obstáculo. Creyeron que Dios y la religión eran lo mismo. Es por eso que inventaron sus propios andamiajes seudo-espirituales para dar alguna respuesta lógica a lo que adentro les decía, de alguna manera, eso no me pertenece. Ese no Soy Yo. Lo que su interior les decía se consolidó en sus pensamientos y mente con el sentido erróneo.
En el sistema de Descartes, Dios no es el Creador vivo ni la Fuente del espíritu humano. Es un elemento funcional dentro de su teoría. Un instrumento. En ella, el hombre le asigna a Dios un trabajo muy reducido: ser el “guardia” que garantiza que la mente humana no se equivoque por completo. Dios se convierte en un gatekeeper o cuidador de la entrada, el guardián de la razón, nada más. Para Descartes Dios no sostiene la vida. No guía al ser humano. No transforma. No ilumina el espíritu. No se relaciona. Solo cumple un rol lógico: asegurar que el pensamiento humano tenga validez. Es decir: El dios de Descartes existe para proteger la confianza del hombre en su propia mente. Es un dios funcional, mecánico, sin vínculo, sin cercanía. Un dios al servicio del pensamiento humano. Lo que Descartes hace es invertir la relación entre Dios y el hombre: No es Dios quien sostiene al hombre, es el hombre quien le atribuye a Dios la tarea de sostener su mente.
Descartes no pudo separar al Dios verdadero de la religión que le enseñaron. Y ante esa confusión, terminó reemplazando la dimensión espiritual por la lógica, creando su propia religión. Su famosa frase de “Pienso, luego existo” da a la mente el poder creador de existir. Entonces, si mi pensamiento me dio el poder de existir, yo soy eso que llamamos dios. Eso es lo que se lee detrás de esas palabras. Es completamente razonable pensar que Descartes, en su interior, veía a Dios como algo articulado por la mente humana.
No porque lo haya dicho explícitamente, no podía, sino porque: el modo en que define a Dios, el rol funcional que le asigna, y la subordinación de lo divino a la razón humana, apuntan exactamente en esa dirección. En el sistema cartesiano: Dios no es una realidad que corrige al hombre; es una idea que el hombre usa para garantizar su propio pensamiento. Esa inversión del orden —la creación poniéndose por encima del Creador— es una señal elocuente.
Cuando Descartes declara que la razón humana es el criterio supremo para aceptar o rechazar algo —incluyendo a Dios— está diciendo, sin decirlo: “Yo decido qué clase de dios puede existir. Es una arrogancia espiritual similar al gesto: “Yo te doy tu lugar; yo te asigno tu función.” Eso a mi me resuena como el hombre, en su mente, creo la idea de Dios. Es la misma actitud que aparece en Babel, en Grecia, en Roma, y en todo sistema donde el hombre intenta definir y controlar lo espiritual desde sí mismo.
Descartes mantuvo lo más necesariamente posible que podía a Dios en la ecuación de sus pensamientos con un rol de subordinado al hombre, porque no podía eliminarlo por completo debido al entorno peligroso en que vivía, donde la Inquisición, por ejemplo, tenía el poder de la vida y la muerte de la época. De esa forma Descartes, por necesidad no porque creencia interior real, mantuvo la figura de Dios en su sistema, pero asignándole un rol puramente funcional. La de garantizar la claridad del pensamiento humano. Lo que hizo fue una reconfiguración racional del concepto de Dios. “Dios era necesario como idea, no como realidad.”
Mientras Descartes le otorgo a Dios el rol de guardián de su mente, Spinoza disolvió y le dio lugar de poder a Dios en la naturaleza.
En su libro Tratado teológico-político Baruch Spinoza dijo que “por gobierno de Dios entiendo el orden fijo e inmutable de la naturaleza o el encadenamiento de las cosas naturales.” Anteriormente, dije que Dios gobierna los dominios espirituales y si, también tiene poder sobre lo material, pero los negocios sobre la tierra se los dio al hombre con plena libertad de elección. El hombre físico no puede dominar la naturaleza. Eso era obvio para Spinoza como para cualquier ser humano que la observa a través de sus capacidades físicas. El razonamiento de Spinoza estaba equivocado en la idea de que la naturaleza es inmutable porque no lo es. Siempre está en continuo cambio y eso es realidad terrena no espiritual.
El pensador observó que la naturaleza no podía ser gobernada por el hombre. Y desde esa perspectiva personal le otorgó a Dios un lugar de dominio en ella. Un poco más adelante en su texto, Spinoza ubica el dominio del hombre en el esfuerzo o trabajo fundamental de “conocer las cosas por sus causas primeras; domar nuestras pasiones o adquirir la costumbre de la virtud.” Cuando habla de: “conocer las cosas por sus causas primeras” habla de la mente, de la razón y de la lógica. Con respecto al control de las pasiones o de la adquisición de las buenas costumbres podemos ver la reminiscencia de la enseñanza griega de que el cuerpo es malo y hay que domarlo.
Controlar las pasiones de forma natural es un asunto muy difícil. Tampoco, las virtudes se consiguen por medio de la voluntad, del esfuerzo humano o por la costumbre de practicarlas. Una persona que es integra no lo logra por la práctica. Podríamos enseñar una clase de ser valientes durante un año, pero si esa virtud no está en nosotros no lograríamos el control del miedo por el esfuerzo humano y no hablo del miedo como protección física, que es natural, sino de los internos que no vienen por la protección o instinto de la supervivencia. Spinoza agrega, además, que el controlar las pasiones y adquirir virtudes es parte del trabajo humano. Es decir, Dios no tiene nada que ver con ese trabajo. Que las pasiones son parte de la naturaleza humana, sí. Sin embargo, no podemos controlar las pasiones y conseguir la integridad por la práctica. Las virtudes son regalos de Dios. El control humano para domar pasiones, como dice, sería un esfuerzo inútil. Es por eso que Dios dijo a través de Ezequiel que nos daría un corazón o espíritu nuevo inclinado al bien. ¿Por qué lo dijo? Porque la naturaleza humana que no ha pasado por el nuevo nacimiento espiritual no puede vencer lo negativo o la malo sin la ayuda del Espíritu.
Después hablando acerca de los profetas dice: “todos los profetas que escribieron leyes en nombre de Dios, (y aclaró) no concebían sus decretos como verdades eternas, (y explica su pensamiento al decir) no poseían de El un conocimiento adecuado”. ¿Qué me dice esto? Que no estaba hablando de los Profetas mayores o Menores sino de Moisés. Literalmente está diciendo que sus decretos fueron creados por él y no como verdades eternas sino como terrenas. Luego lo toma como ejemplo y dice: Moisés ordena a los judíos no robar y no matar, no a título de doctor ni de profeta, sino como legislador y soberano. Al hacerlo pone toda la ley del AT bajo la creación humana y dice que Moisés lo hizo exclusivamente como hombre. Dios no tuvo intervención en estos decretos.
Puedo ver lo que su lectura le indicaba. Particularmente, en el tema específico de las leyes rituales. Que fueron atribuidas a Moisés y a ser practicadas a perpetuidad en Nombre de Dios. No sé si Spinoza se dio cuenta que lo que decía ponía bajo el termino de fraude esos escritos antiguos. Si fueron redactadas a cumplir a perpetuidad, por orden de Dios, las prácticas de esas leyes deberían continuar para siempre. Entonces, desde mi perspectiva, el haber enseñado en Nombre de Dios decretos que fueron escritos por el hombre pone en una dificultad sin salida a un Dios que se lo considera perfecto y lo sabe todo. Consecuentemente, la gente de mente inquisitiva lo oye y deja de creer porque como Descartes mezclan a Dios con la religión. Y la religión es la creación de leyes u ordenes que crea el hombre, las pone a la altura de la Voz de Dios y las enseña diciendo: Dios dijo cuando Dios no había dicho. Crear leyes en Nombre de Dios sin haber venido de Dios crea religión. No obstante, no estoy acuerdo con el ejemplo que dio diciendo que Moisés estableció decretos como no robar o matar como legislador. Las leyes morales son leyes espirituales, como el hecho de no robar o matar, la inferencia directa a sus palabras es que no fue Dios sino el hombre que las enseñó y por lo tanto esas leyes son creación humana. Su pensamiento entra, entonces, en un área peligrosa por asociación de ideas. Dios es hombre o Dios fue inventado por el hombre.
También Spinoza dijo que los libros del Pentateuco no fueron escritos por Moisés. Por ejemplo, cuando se lee la parte de la muerte de Moisés que dice: “Así murió allí Moisés, siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme a la palabra de Jehová. Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy.” Su pensamiento, en mi opinión, tiene lógica y sentido común. Si estaba muerto y sepultado era imposible que hubiera estado escribiendo de su muerte y de su sepultura. Spinoza destrozaba así la creencia de que los libros del Pentateuco fueron todos escritos por Moisés.
Spinoza comete el mismo error que Descartes; los dos deciden cuál es el dominio de Dios: uno, la mente, y el otro, la naturaleza. Ninguno de los dos ve a Dios actuando y teniendo una relación con el hombre que no sea el rol o trabajo que le asignaron. El Dios vivo desaparece quedando reemplazado por una “función” que le dio la mente del hombre. Si el hombre define el rol de Dios, el hombre está por encima de Dios. Si el hombre decide dónde actúa Dios, el hombre está limitando a Dios. Si el hombre prescribe el “trabajo” de Dios, el hombre está creando esa idea de Dios. Si yo determino el ámbito de trabajo de Dios, quiere decir que yo lo he creado. Y, como dije, entra en un territorio peligroso al hacerlo, porque el que no entienda correctamente esos pensamientos puede concebir como consecuencia directa de la lectura la idea de que Dios es un invento del hombre. Más aún si se lee lo que dice de Moisés. Spinoza afirma que Moisés actuó como legislador humano. Que la ley no vino del Espíritu sino del poder político. Que los mandamientos no fueron revelados sino útiles. La consecuencia de seguir el hilo de esos pensamientos son los siguientes. Si la ley divina es humana, Dios no habló. Si Dios no habló, Dios no se relaciona con el hombre. Si Dios no se relaciona, Dios es una construcción. Por lo tanto, ese es el problema filosófico que ambos generan.
Cuando se lee a Spinoza se observa algunas contradicciones. Como por ejemplo no niega que las leyes de Moisés sean de revelación divina, pero después lo hace. Estas contradicciones o incoherencias resultan como consecuencia de la enseñanza que había recibido. Eso era el producto, de la acción, de mezclar la voz profética con palabras humanas y presentarlas a todas como “inspiración divina”. La confusión o duda de lo que se lee se genera al instante porque la Voz de Dios no es la del hombre y esta confusión no la creo Spinoza. Es esto exactamente lo que no pudo ver. Spinoza heredó la confusión y trató de darle algún orden y sentido lógico en su mente. Vio la luz al final del túnel, pero no la alcanzó porque creyó directamente que los decretos o leyes todos habían sido creados por el hombre Moisés. Como consecuencia lógica, no creía ni veía a Dios con una relación personal con el hombre porque Dios es una construcción humana. De modo que siguió otro camino. Así es como terminó ubicándolo a Dios en la naturaleza y lo hizo de materia. Pero esa no era la enseñanza espiritual. Dios es espíritu. Según Spinoza, Dios es materia.
Spinoza afirmó que Dios y la Naturaleza son una misma cosa (Deus sive Natura). Pero no lo son. La naturaleza y nosotros, en esta forma humana, somos materia. Dependemos de condiciones físicas —temperatura, agua, energía, composición del entorno— y podemos desaparecer por completo de la existencia si ocurre un cataclismo. Dios, en cambio, si es Dios, no puede desaparecer. Dios vive para siempre porque es Espíritu.
Al identificar a Dios con la naturaleza, Baruch Spinoza le otorgó a Dios una existencia limitada, dependiente y condicionada. Para sostener esa equivalencia, asumió que la naturaleza es inmutable y eterna. Entiendo ese razonamiento como un intento de explicar la eternidad divina a través de una continuidad que siempre permanece. Sin embargo, esa continuidad no es verdadera eternidad.
Si los elementos que mantienen viva a la naturaleza dejaran de existir, la naturaleza también desaparecería. Y con ella, ese “dios”. Entonces surge la pregunta inevitable: si ese dios puede dejar de existir, ¿quién lo creó?
Spinoza —al igual que René Descartes— llegó finalmente a la misma conclusión: fue la mente humana. Ambos redujeron a Dios a una idea, a una construcción racional necesaria para el sistema, pero no a una Presencia viva y trascendente.
Ninguno de los dos logró distinguir entre la Voz de Dios y la voz del hombre en las Escrituras. Solo escucharon la del hombre. Y al no reconocer esa diferencia, terminaron negando la posibilidad misma de una revelación espiritual real.
Todo este recorrido revela que el problema central no fue la falta de inteligencia, observación o capacidad crítica, sino el lugar desde el cual se intentó comprender lo espiritual. El viejo hombre —religioso o filósofo— intenta entender a Dios desde la mente no renovada. Asigna funciones, delimita dominios, define alcances y construye sistemas para explicar lo que solo puede ser recibido desde el espíritu. Eso es exactamente lo que vemos tanto en la religión como en la filosofía: el mismo patrón con distinto lenguaje.
El viejo hombre busca controlar lo espiritual desde lo humano. Cuando no puede comprender a Dios por relación, lo reemplaza por estructura; cuando no puede oír la Voz, la sustituye por ley; cuando no puede recibir revelación, la transforma en doctrina; cuando no puede vivir la comunión, crea ritual. Así, lo espiritual es reducido a un sistema manejable por la mente. Y cuando eso ocurre, Dios deja de ser el Creador vivo para convertirse en una idea funcional al servicio del pensamiento humano.
La renovación de la mente no consiste en pensar mejor ni en razonar más profundamente. No es un esfuerzo intelectual ni una disciplina moral. La mente se renueva como consecuencia de una transformación interior previa. Cuando el espíritu es reconciliado, la mente se ordena; cuando la raíz es restaurada, el entendimiento se alinea. Por eso, lo espiritual no puede ser comprendido por el viejo hombre, sino por el hombre nuevo, cuya mente ya no gobierna sola, sino que responde a una vida interior transformada por el Espíritu.
El viejo hombre analiza, debate y construye teorías sobre Dios. El hombre nuevo escucha, discierne y vive desde la relación. El primero intenta explicar a Dios; el segundo lo conoce. Y esa es la diferencia esencial entre una espiritualidad auténtica y cualquier sistema —religioso o filosófico— creado por la mente humana.