El evangelio de Pablo – Parte 3

Como expliqué en la segunda parte de este episodio, en cuanto a fechas de redacción, las cartas de Pablo son las escrituras más antiguas del Nuevo Testamento. A partir de este hecho histórico, y otros datos, podríamos concluir que Pablo, como creen algunos estudiosos del NT, fue el verdadero creador de la religión que surgió después de la muerte de Jesús. Quizás sin querer serlo.  Esto debido a la fuerte influencia que sus cartas ejercieron en sus seguidores. Por lo menos en algunos de los escritores de los libros recogidos en el canon. Esta posible conclusión se complementa con una lectura honesta del relato evangélico, donde no se ve que Jesús haya tenido, como propósito, fundar una nueva religión, sino continuar con la devoción al Dios único, pero de una forma distinta al que se enseñaba tradicionalmente. Jesús era un hijo de Adán transformado a nuestro verdadero origen espiritual, por lo menos interiormente. Eso era parte del cumplimiento de la promesa que el Creador le dio a Adán y a su descendencia, nosotros, cuando fue exiliado del Jardín del Reino a esta tierra.

Jesús no era religioso, sino espiritualista. Eso significa que distinguía con claridad entre vivir según el Espíritu y vivir según la religión. De hecho, una persona puede ser profundamente religiosa y no tener ninguna relación con Dios. Por eso, en los evangelios —no en los escritos de Pablo— vemos a un hombre que confronta abiertamente las tradiciones humanas de su época, diciendo, por ejemplo, que invalidaban el mandamiento de Dios por sus tradiciones. Esto se debía a que las costumbres de los hombres se habían entrelazado con los mandamientos divinos, desplazando la Voz del Creador y otorgando mayor autoridad a interpretaciones humanas. El resultado fue que la Voz de Dios fue silenciada. Y cuando dos voces opuestas se presentan como verdaderas —la del hombre y la de Dios—, una debería prevalecer. Si ambas se sostienen a la vez, lo que se produce es incoherencia doctrinal. Eso fue lo que ocurrió con la coexistencia de la doctrina del arrepentimiento y la doctrina de la redención por la sangre: dos enfoques irreconciliables que no pueden sostenerse sin contradicción.

También, esa incompatibilidad comenzó con la creencia de que el ritual de los sacrificios provenía de Dios. Pero cuando Dios mismo aclaró —por medio de Jeremías y otros profetas— que no fueron sus mandatos y que no formaban parte del Pacto, esa verdad fue silenciada por la voz del hombre. El sistema continuó su curso, sin ser eliminado, y llegó incluso hasta el tiempo de Pablo y del autor de la carta a los hebreos, quienes —aparentemente— seguían creyendo que el ritual venía de la Fuente divina. Así, dos creencias opuestas quedaron coexistiendo dentro del mismo cuerpo doctrinal: una, basada en la voz profética que denunciaba el sacrificio como tradición humana; la otra, que lo convertía en el eje central de la redención. Esta contradicción no solo genera incoherencia, sino que daña la credibilidad del mensaje espiritual. El resultado de mantener ambas ideas como si fueran compatibles es profundamente perjudicial, tanto para la integridad de la Palabra de Dios, como para el alma del creyente sincero, que percibe esa disonancia espiritual. Aunque se las enseñe juntas, las doctrinas del sacrificio como medio de salvación y del arrepentimiento como camino a la reconciliación no pueden convivir sin anularse mutuamente. La doctrina paulina de la redención por la sangre solo puede sostenerse si el arrepentimiento deja de ser necesario. Por eso, Pablo nunca enseñó la reconciliación con Dios por medio del perdón concedido al corazón arrepentido.

Cuando una persona aún no se ha reconciliado con la Fuente, su espíritu no ha sido transformado ni fortalecido por el Espíritu de Dios. Pero a la vez, puede percibir desde afuera el conflicto que hay dentro. Y es precisamente esa falta de coherencia lo que lo aleja. El alma percibe la contradicción, y, en lugar de acercarse a la verdad, se retrae. Porque donde debería encontrar luz y sentido, encuentra confusión.

Haciendo mano de las Palabras de Dios en Isaías, Jesús les recordó a los de su generación lo que Dios había dicho: “Este pueblo de labios me honra, más su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.” Cuando aquí se usa la palabra doctrina, se está diciendo “doctrinas de Dios.” Es decir, enseñaban tradiciones de hombres como sabiduría de Dios.  Jesús sabía con claridad esa verdad y se los decía.

Las Palabras de Dios son enviadas, entre otras razones, para dividir lo carnal de lo espiritual y que haya corrección de creencias erróneas. Lo espiritual y lo carnal es como el agua y el aceite. Lo carnal lucha en el hombre que no ha sido transformado para que quede dormida su parte espiritual.  Sabemos que los dichos de Jesús resultaron muy ofensivos, porque las Palabras de Dios escandalizaron y penetraron como espada de doble filo en su orgullo religioso. La religión fue creada por la arrogancia del hombre. Tiene un origen o raíz carnal. No es espiritual. No vino de Dios. El fin de Jesús con ello era que reconocieran el error. El hombre espiritual es manso y humilde de corazón. Si se le advierte de un error, todos los cometemos porque somos creados imperfectos en este cuerpo, lo evalúa y lo cambia. El dicho de las Escrituras que dice que la arrogancia del hombre lo hace caer, es verdadero.  El primer paso para la sanación interior, de cualquier tipo, es reconocer el error o el problema. El que no lo hace no prospera. Por ejemplo, el primer paso para sanación de una persona con dependencia de alcohol o drogas es la aceptación de su escollo. O sea, tenemos que reconocer nuestra traba para poder cambiar y progresar. La generación religiosa de la época no lo reconoció.

La doctrina de la salvación por la sangre me presenta a mí un problema serio, porque según Pablo, le fue dada por revelación directa de Jesús después de su muerte y el Jesús que veo en el NT dijo lo siguiente en Mateo: “Si supieran lo que significa: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, no condenarían a los inocentes.” Esta frase viene de Oseas capitulo seis que comienza con una invitación a volverse al Señor. “Vengan todos y volvámonos al Señor. Él nos destrozó, pero también nos sanará; nos hirió, pero también nos curará. En un momento nos devolverá la salud,

nos levantará para vivir delante de él.” Volver al Señor implica que antes nos habíamos alejado de Él, tomando un camino equivocado. Lo dijo en Jeremías de otra forma: “Cuando uno se cae, se levanta; cuando pierde el camino, vuelve a él.” O traducido de otra forma: “Cuando los hombres caen, ¿acaso no se levantan? Cuando uno se desvía, ¿acaso no vuelve al camino?”. Esto no tiene nada que ver con rituales de sacrificio por el pecado sino con el reconocimiento interior de haberse equivocado en la elección del camino. Más adelante, en el mismo profeta, Dios les reprocha que su amor y fidelidad son pasajeros, y les dice lo que quiere de ellos: “Lo que quiero de ustedes es que me amen, y no que me hagan sacrificios; que me reconozcan como Dios, y no que me ofrezcan holocaustos. Pero mi pueblo, lo mismo que Adán, ha faltado a mi alianza y me ha sido infiel.” Jesús conocía muy bien las Palabras de Dios en Oseas acerca de que no quería rituales de sacrificios de animales sino de una conversión sincera interior. Además, nos enseñó la reconciliación por medio del perdón; “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. Si Jesús enseñó que el perdón, la misericordia y el amor son lo que Dios quiere —y no sacrificios—, ¿cómo podríamos creer que después de muerto le reveló a Pablo lo contrario?

Pablo presenta una exposición muy confusa de su doctrina porque cuando habla de la ley no explica de que parte de la ley está hablando. Pablo mezcla todo en una bolsa bajo el nombre de la ley y esa ley no es la misma siempre. Cuando Pablo habla de ‘las obras de la Ley’, podría estar hablando de las obras morales como hacer justicia, decir la verdad o ayudar al prójimo. Otras veces estaría hablando de las obras de la ley en referencia a los mandatos del sistema religioso de la época. Dice: “Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados.” Esto es indudablemente la ley moral. Si embargo, se contradice cuando dice: “Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.” Contradicción clara. Aquí no habla del ritual, porque la ley que él, dice vino el conocimiento del pecado es la moral, no la ritual. El pasaje que escribió en Gálatas 2:21 “No desecho la gracia de Dios; porque si por la Ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.” ¿De qué ley habla aquí? Esta ley es la ley de los sacrificios donde el hombre retornaba a su justicia o ser justo por la inmolación de un animal y su sangre derramada. No puede estar hablando de la ley moral como no cometer perjurio o envidiar lo ajeno porque esa es la única ley que no cambia. Es la ley espiritual del Reino de Dios. Cuando el ángel transgresor y la primera pareja creada violaron esa Ley fueron echados del Reino.  Esta ley que menciona en Gálatas, sin aclararlo, es de los sacrificios y esta ley fue desautorizada por Dios en los profetas. Las doctrinas de Pablo son confusas porque mezcla la verdadera Ley de Dios, las leyes morales, y las del hombre, los sacrificios de animales como redención.

Personalmente creo que en el caso de Gálatas cuando dice: “entonces por demás murió Cristo.” es una reflexión acerca del porqué de la muerte de Jesús. No le encuentra sentido si no es por la interpretación de que él era el verdadero sacrificio por el perdón. Esto siguiendo la lógica levítica de los sacrificios. Sin embargo, su apreciación de que los hacedores de la ley serán justificados es correcta. Porque es la ley moral y eso no cambia. Dios nos perdona, pero si volvemos a recorrer el mismo camino, del cual nos alejamos, con las obras o acciones de injusticia que cometíamos nos volvemos a separar de su amor y el perdón se esfuma. Pablo tenía grandes dificultades de entender por qué Jesús murió de la forma en que ocurrió. Para el entendimiento hebreo Jesús murió como maldito. “maldito el que muere en un madero.” Esto no cabía en la mente de Pablo. Verdaderamente creo que estaba tratando de encontrar una justificación teológica.

Dios habló de forma clara, pero el ser humano complicó lo sencillo, mezclando lo divino con ideas humanas. Estas han distorsionado la imagen del carácter divino y han alejado a muchos posibles creyentes.  Una de las carencias más grande que tiene el ser humano es la falta de amor y la necesidad de ser amado. ¿Quién se acercaría a un dios que exige sangre derramada de animales para satisfacer su sed de justicia y conceder perdón? Esa imagen ritualista de Dios —exigente, sanguinaria, transaccional— contrasta completamente con la imagen que revelan los profetas: un Dios que perdona al corazón contrito, que llama al diálogo y no a la matanza. En ese marco, el Dios presentado por las leyes levíticas aparece como un juez estricto que demanda pagos específicos por las transgresiones; un ser que se aplaca con sangre y el olor a grasa quemada, donde el sacrificio de animales —y más tarde, según Pablo, el de Jesús— es visto como condición para reconciliarse con Él. Un Dios condicional, cuya misericordia depende del cumplimiento preciso de un ritual físico o el de la muerte de alguno. Cuando Él nos dijo que no quiere la muerte del malvado, sino que se reconcilie y deje de hacer lo malo. Un Dios que nos dijo que le parecían atroces los sacrificios humanos. Un Dios que dijo repetidamente que no le interesaban los sacrificios. Sin embargo, nos entregaron como amor de Dios la muerte injusta de un justo. ¿Eso es amor? ¿No es injusticia?

En el Nuevo Testamento, la influencia de Pablo fue decisiva. No solo en la doctrina de salvación posterior a la muerte de Jesús —doctrina que emergió primero de él, y luego del autor de hebreos—, sino también en las normas sobre las relaciones familiares y el comportamiento de las mujeres. Muchas de esas normas eran comunes en la cultura grecorromana de la época. Esta influencia inicial marcó el rumbo de muchas enseñanzas posteriores, como veremos a continuación.

Sabemos por el escritor de II Pedro que había muchos, como dejo escrito, que no entendían lo que Pablo quería decir con sus doctrinas y que, por lo que dice, muchos habían leído las cartas de Pablo al momento que este autor escribe, sin entender lo que quería decir. La falta d entendimiento, de algunos, a las doctrinas paulinas, son para el escritor, que las expresa con un dejo de arrogancia, sabiduría inaccesible para el ignorante, para mi es simple incoherencia y contradicción.

Cabe aquí un poco de contexto histórico acerca de la autenticidad de la carta. Aunque el encabezado de la misma dice: “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo”, la Segunda Carta de Pedro es una de las más discutidas del Nuevo Testamento. Aunque afirma haber sido escrita por el apóstol, testigo de la transfiguración y siervo de Jesús, la mayoría de los estudiosos bíblicos coinciden en que probablemente fue redactada por otra persona décadas después, usando el nombre de Pedro para dar autoridad al mensaje.

Investigadores como Ehrman, Bauckham y Metzger han señalado que su estilo, vocabulario y contenido reflejan una época y una teología posterior a la de Pedro. Por ejemplo, Ehrman clasifica 2 Pedro como una seudoepigrafía, es decir, una obra escrita por alguien que se hace pasar por otro. Y Metzger afirma que fue la carta más debatida y tardíamente aceptada del canon, y que sus marcadas diferencias con 1 Pedro hacen muy improbable que ambas vengan del mismo autor. Pero esto no es solo una conclusión moderna. Ya en la antigüedad el silencio de Ireneo (siglo II) —quien nunca la menciona, a pesar de citar muchas otras cartas— sugiere que no era conocida o no era aceptada en su entorno. Más adelante, Orígenes (siglo III) reconoce directamente la duda en su tiempo: “Pedro… dejó una sola carta reconocida. Tal vez también una segunda, porque no es aceptada por todos como auténtica”. Y el propio Eusebio de Cesárea, en el siglo IV, escribió: “De las llamadas cartas universales, la que se llama segunda de Pedro no ha sido aceptada como auténtica por muchos.”

Esta práctica puede considerarse una forma de suplantación de identidad espiritual, ya que el autor no solo adopta el nombre de Pedro, sino que afirma haber estado presente en momentos íntimos con Jesús para respaldar lo que escribe. El autor dice explícitamente: “Nosotros fuimos testigos de su majestad… cuando estábamos con él en el monte santo”. Eso es adjudicarse experiencias vividas por Pedro, como la transfiguración, y presentarlas como propias para legitimar su mensaje.

Este tipo de afirmación no deja dudas: el texto pretende que el lector crea que está escuchando al verdadero apóstol, aunque todo indica que no fue así. Es interesante notar que el escritor de II de Pedro, aunque ha leído las cartas de Pablo, se aleja del tema de la salvación al no hablar de arrepentimiento o redención por la sangre. Lo único que menciona es la purificación de antiguos pecados al respecto. No hay: Ninguna mención del sacrificio de Jesús como base de redención. Ninguna enseñanza sobre la cruz como sustitución. Ninguna exposición sobre la fe en la sangre como el medio de salvación. Rechaza a los falsos maestros que viven en desenfreno, pero no ofrece como solución la sangre de Cristo, sino la piedad y el conocimiento. ¿Qué nos dice esto? Que el autor, aunque ya vive en un cristianismo donde Pablo es influyente, no adopta su teología sacrificial, y mantiene un mensaje más afín a una ética del comportamiento. Eso puede indicar que: O bien pertenece a una comunidad cristiana que conocía a Pablo, pero no lo seguía ciegamente, o que el concepto de “salvación por la sangre” aún no estaba universalizado, incluso ya bien entrado el siglo II.

Con respecto a los autores que parecen adoptar la doctrina paulina de redención por la sangre y no por la reconciliación a través del arrepentimiento, se encuentran: el autor de la carta a los hebreos, la primera carta atribuida a Pedro, el autor del Apocalipsis, y el autor de la primera carta de Juan. Todos ellos expresan, en distintos tonos, la idea de que la muerte de Jesús fue un sacrificio necesario para la expiación de los pecados, alineándose con el pensamiento sacrificial que Pablo impulsó en sus escritos.

Los demás escritos del Nuevo Testamento no desarrollan ni sostienen abiertamente esta doctrina. Los Evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) y el Evangelio de Juan no presentan la cruz como un sacrificio por los pecados, sino como el trágico final de una confrontación con las autoridades religiosas y políticas de su tiempo.

– En Marcos 14:24, Jesús dice: “Esto es mi sangre del pacto, que por muchos es derramada.” Esta frase podría interpretarse como una referencia sacrificial, pero no dice que se trata de un sacrificio por el pecado, ni menciona expiación. Además, muchos manuscritos antiguos ni siquiera incluyen la frase “para remisión de los pecados”, lo que sugiere que podría haber sido una adición posterior con tintes litúrgicos o teológicos.

Los evangelios no construyen una doctrina de la sangre como redención, al estilo paulino. Si bien algunas frases fueron luego utilizadas por los teólogos para apoyar esa doctrina, su contenido original y contexto no justifican una lectura sacrificial sin forzar el texto. Esto se ve con claridad en el caso de Marcos. No se explica en qué consiste ese pacto ni qué relación tendría con su sangre. La frase parece descolgada, y su interpretación fue moldeada, más tarde, por la teología de Pablo. Si se entiende como una referencia a un sacrificio expiatorio, reemplazando al animal ritual, entonces encajaría con la doctrina de redención por sangre que Pablo desarrolló. Pero esa doctrina es de origen humano, no divino. Según Jeremías, Isaías, Oseas y otros profetas, Dios nunca ordenó sacrificios ni los incluyó como parte de su pacto con el pueblo. Por lo tanto, unir esta frase a la lógica sacrificial no solo no aclara el mensaje de Jesús, sino que lo contamina con ideas que los profetas ya habían denunciado como falsas.

– En Lucas 22:20 se encuentra la frase “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” tampoco desarrolla una teología sacrificial explícita, y se enmarca más en el lenguaje simbólico de alianza, no de sustitución penal.

– En Juan, no hay ninguna declaración donde Jesús afirme que su muerte sea para expiar pecados. Al contrario, el evangelio enfatiza la revelación de la verdad, la obediencia al Padre y el testimonio de la luz frente a las tinieblas.

Además, como los evangelios de Mateo y Lucas están construidos en gran parte sobre el texto de Marcos, es lógico que presenten versiones similares o adaptadas de esta frase. Pero ninguna de ellas desarrolla o explica el contenido de ese supuesto pacto “en su sangre”, lo que refuerza la idea de que esta teología no proviene de Jesús sino de una elaboración doctrinal posterior.

No obstante, analizando solo el contenido de I Juan, el autor, aunque adopta la idea de la redención por la sangre, no deja de lado el arrepentimiento. En su carta afirma: “pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” A la misma vez que habla de la redención por la sangre, mostrando la influencia del evangelio de Pablo, también exhorta al arrepentimiento de pecados. Esto es la combinación de dos doctrinas. Una es la sacrificial del levítico, denunciada por Dios a través de Jeremías como fuera de la Alianza, y la otra la doctrina de la salvación por medio del arrepentimiento de la voz profética. Esa es la contradicción evidente. Si nos tenemos que arrepentir la redención en la sangre no tiene valor. Si la sangre tiene valor redentor no necesitamos arrepentirnos. Entonces, cuando Pablo dice: “entonces Jesús murió en vano” está diciendo que si su interpretación no es real Jesús murió en vano, exteriorizando así que no entendería su muerte. Debido a que en el contexto de la época los que creyeron que él era el mesías esperado no entendían como murió sin cumplir lo que los escritos decían de él. La mayoría de los religiosos de la época esperaban un Mesías humano, descendiente de David, que restauraría el Reino de Israel, derrotaría a los opresores y reinaría como líder político en Jerusalén. No se lo veía como una figura divina ni como un salvador que debía morir por los pecados del pueblo.

Jesús, también, a su manera puso el ritual de los sacrificios fuera de la Ley de Dios y de los Profetas cuando dijo que anulan la Ley de Dios por sus tradiciones. Además, afirmó que no vino a anular “la Ley y los Profetas”, lo cual muchos interpretan como una afirmación de toda la Torá. Pero si creemos que el sistema de sacrificios pertenecía realmente a esa Ley de Dios, que él decía no anular, entonces el ritual de los sacrificios debería continuar; porque el libro de Levítico enseñaba con claridad que esas leyes sacrificiales eran “estatuto perpetuo” para Israel. Es decir, no eran provisionales ni simbólicas, sino mandamientos establecidos para siempre, según el texto mismo. De modo que la anulación de los sacrificios conllevaría haber anulado la Ley de Dios. Y eso plantea una contradicción: Jesús afirmó que no vino a abrogar la Ley. Pablo y el autor de hebreos sostenían que las leyes sacrificiales eran parte de esa misma Ley divina. Sin embargo, fueron abolidas por el sacrificio perfecto de la cruz. Ya no había necesidad de sacrificios por el pecado. Y deja en evidencia que Jesús, que dijo no haber venido a abrogar la Ley, no podía haber enseñado la eliminación del sistema sacrificial si ese sistema era parte de esa Ley que hablaba.

No se nos cuenta que Jesús ofreció sacrificios ni ordenó hacerlo, ni siquiera en las múltiples ocasiones que estuvo en el Templo. Además, tenemos evidencia clara en Marcos 7 de que Jesús enseñaba que ese sistema de sacrificios era parte de la tradición humana, no de la verdadera voluntad de Dios. En el siguiente pasaje de Marcos, critica a los líderes religiosos por permitir que alguien se excuse de ayudar a sus padres si declaraba sus bienes como corbán —es decir, como ofrenda dedicada a Dios. Jesús responde diciendo: “Así invalidáis el mandamiento de Dios con vuestra tradición”. El término corbán no se refería solo a dinero, sino también a bienes materiales y animales consagrados como sacrificio en el sistema del Templo. Al llamar esa práctica una tradición de hombres, Jesús estaba despojando al sistema sacrificial de toda autoridad divina. Lo que el pueblo consideraba sagrado y “mandato de Dios” por estar en la Torá, Jesús lo identificaba como una práctica humana, incluso como una excusa para evadir la verdadera obediencia.

Este acto —poner el sistema de sacrificios fuera de la Ley de Dios— no fue declarado con trompetas, pero sí expresado con hechos y palabras. Jesús no anuló la Ley; la depuró. Separó lo que era realmente de Dios de lo que el pueblo había adoptado como sagrado, sin serlo. Pablo, en cambio, tiene un problema inconexo entre lo que Jesús enseñó en vida y lo que él dice que le fue revelado después de muerto.

La redención en la sangre, que Pablo presenta como el centro de su evangelio, no fue enseñada por Jesús durante su ministerio. Al contrario, Jesús se apartó del sistema de sacrificios y lo calificó como tradición humana. Pero Pablo afirma haber recibido directamente de Jesús una teología post mortem en la que su sangre reemplaza los sacrificios del Templo. Esto representa una clara oposición: lo que Jesús enseñó en vida, y lo que, según Pablo, le mandó enseñar después de su muerte, no concuerdan. Pablo no continuó el mensaje de Jesús, sino que lo reemplazó con uno nuevo, centrado en una teología ritual que el Maestro nunca enseñó.

De camino a la transformación final

Este contenido está protegido por derechos de autor. No está permitido copiar y pegar.

This content is protected by copyright. Copying and pasting is not allowed.

© 2026 La Escalera al Cielo. Todos los derechos reservados.
© 2026 The Stairway to Heaven. All rights reserved.