De camino a la transformación final

Hay una intuición que viene de la experiencia, y otras sensaciones, pero es puramente humana. Hay otra que viene del espíritu del hombre. Según la definición académica, la razón es la facultad intelectual que permite al ser humano pensar, reflexionar, argumentar y formar juicios para alcanzar conclusiones lógicas o justificar una idea o un hecho. Esta capacidad se diferencia de otros animales y, en la filosofía, se explora como la virtud para cuestionar y deducir conocimiento.

En el entendimiento religioso esta facultad, dada por Dios al hombre desde su creación, ha sido mayoritariamente suprimida en los creyentes. Debido a la interpretación tradicional de la fe.

Según el NT la fe es una creencia sin pruebas tangibles. Es la certeza interior de que se recibirá lo que se espera. La convicción de lo que no se ve. En mi opinión la descripción es acertada. Sin embargo, esa definición de fe se aplica a las promesas en vida o después de ella que recibiremos de parte de Dios. Por ejemplo, creer en la vida después de la muerte o que regresaremos al Jardín de Dios. Ocurre que aplicamos esta misma definición a la lectura bíblica y allí cometemos un error grave de entendimiento porque nos impide leer y entender correctamente.

No deberíamos creer ciegamente lo que se nos dice ni lo que leemos. Aunque viniera de Dios, siempre pasa por nosotros. Y nosotros somos imperfectos. Con intenciones distintas al hablar y al escribir.” Además, nuestra vista y perspectiva humana siempre es de un ángulo o dos o tres, pero nunca de 360 grados. Siempre deberíamos probar los espíritus.

Este consejo viene de 1 de Juan 4:1 que dice según esta traducción lo siguiente:

” Queridos hermanos, no crean ustedes a todos los que dicen estar inspirados por Dios, sino pónganlos a prueba, a ver si el espíritu que hay en ellos es de Dios o no. Porque el mundo está lleno de falsos profetas o maestros.”

Por supuesto la prueba de este escritor se basa en una creencia parcial y propia de un grupo de personas. No es universal o personal, esa que su intuición le dice que puede creer o no lo que alguien les dice. En mi estimación esa debería ser la correcta medida. La advertencia de este escritor es clara: no todo lo que se presenta como “espiritual” proviene de Dios. En eso estoy de acuerdo con el 100%. El problema es que él nos da la medida de prueba, que es su opinión basada en una creencia personal.

Ustedes podrían aplicar el consejo en mí, pero no lo hacen a los libros bíblicos que nos han enseñado que son todos inspirados por Dios. La advertencia deja de lado otros, pero no al autor del libro. ¿Por qué? Él es al autor del libro y escribe para afianzar su idea o creencia con una intención clara. Pero lo que ocurre en mi caso personal es que yo no lo conozco y mi naturaleza es inquisitiva. Soy como el escritor anónimo del Evangelio de San Lucas. Que buscó diligentemente las pruebas para poder asegurarse que podía creer o no en lo que le decían. O como Pablo cuando nos aconsejó examinarlo todo cuidadosamente, retener lo bueno o lo que creemos que es bueno. Y esto es lo que hago porque me parecen consejos muy sabios.

Hay temas en lo que estoy de acuerdo con Pablo, pero en otros no concordamos en absoluto. Crease o no ustedes me conocen más a mí por, lo que digo en mis audios y comunico de mis creencias espirituales con mi nombre y apellido, que al escritor anónimo de 1 de Juan. En realidad, hemos dejado de lado esa advertencia, en la lectura bíblica, porque nos dijeron que todos esos libros son inspirados por Dios y también dijeron que, si una persona no expresa lo que cree el autor, en este ejemplo, es un falso maestro. Intención sin duda manipuladora. Por que nos encierra en un callejón sin salida que si tratamos de salir somos caídos, en este caso, de su fe.

Cuando leemos cualquier escrito, no basta con la intuición ni con el discernimiento de espíritus. También necesitamos la razón y la lógica. El discernimiento nos dice si un espíritu viene de Dios, pero la razón y la lógica son las que confirman y aseguran esa intuición. Los que creemos en el mundo espiritual hemos huido de la lógica y la razón por el entendimiento de fe incorrectamente aplicado a la lectura espiritual. En cierta forma hemos aplicado esta parte de la definición en el NT de “La convicción de lo que no se ve” en la lectura bíblica como “la convicción de lo que no se entiende por fe”. No obstante, es con la razón y la lógica que llegamos a obtener pruebas inclusive del mundo espiritual.

Hay una lógica y una razón espiritual y otra humana. Lo que quiero decir que yo como una mujer espiritual, tengo fe, razón y lógica y estas tres no son enemigas, sino que actúan en equipo para hacernos ver lo que viene de Dios y lo que no en cualquier escrito que leamos. Hablamos de los textos sagrados como si todos en realidad lo fueran. La realidad es que esos textos han sido comunicados por seres imperfectos como todos nosotros y la comunicación es un arte que si no está bien desarrollado puede traer problemas a nuestro correcto entendimiento.

¿Puede un hombre sin entrenamiento en las comunicaciones comunicar con la mayor posibilidad de certeza? Sí, lo sé. Podría aparecer un Aarón que no sabía hablar muy bien y que Dios le decía que decir, pero eso ocurre en raras ocasiones. Nosotros vivimos en este cuerpo y en esta tierra por exilio y la orden divina fue vivir con lo pies sobre la tierra, no flotando en un mundo etéreo. Aunque tenemos la capacidad espiritual en este cuerpo de quebrar la ley de la gravedad como hizo Jesús cuando camino sobre las aguas, nuestro habitad es el planeta material tierra.

Las Escrituras vienen de hombres que manejaban la lengua escrita de forma limitada. No como la usamos nosotros que a través de centurias la hemos desarrollado tratando de comunicar mas perfectamente lo que sabemos y entendemos. Pero al final de todo este procedimiento también deberíamos entender que, por la misma naturaleza de las cosas espirituales, que no se pueden alcanzar con los sentidos humanos, oler, palpar o ver, deberíamos apoyarnos en el equilibrio casi perfecto entre nuestra naturaleza material o humana y la intuición del espíritu.

No obstante, esa madurez se logra con el crecimiento y la transformación interior. Y no son muchos los que buscan y trabajan en ello. Sin ese equilibrio somos como un cuerpo que le falta una pierna para estar bien parados y apoyados en esta tierra hasta que nos vayamos de ella. Porque por la transgresión de nuestros primeros padres se nos ordenó vivir en este planeta hasta que el plan de amor de Dios hacia nosotros se cumpla y así cumplirse la promesa de Dios a Adán de que volveríamos al Jardín de Dios.

Si creemos que toda la Biblia es la Palabra de Dios la leemos por fe, siguiendo ese entendimiento y dejando la lógica y la razón a un costado. Hay muchas cosas en las Escrituras que no se entienden cuando usamos la razón y la lógica. Eso debería llamarnos la atención, porque la razón y la lógica son bendiciones de Dios. Nos las dio no solo para entender mejor, sino también para protegernos del engaño espiritual. Aceptamos a ciegas las incongruencias bíblicas por la aplicación de una doctrina que no corresponde a su lectura. Y esto nos impide aceptar simplemente que algunas no tienen sentido.

¿Por qué es tan importante entender esta diferenciación y aplicación correcta de la definición de fe del escritor de los hebreos? Porque hay poder en la lectura de un escrito venga de donde venga, y porque va directamente hacia el alma humana con una intención. Sobre el poder de la palabra escrita, el Libro de Enoc dice algo muy interesante. Pero antes conviene dar un poco de historia para poner sus textos en contexto. El llamado Libro de Enoc no fue escrito por el patriarca bíblico Enoc. En realidad, es una colección de escritos elaborados por distintos autores posiblemente entre los siglos III a.C. y I d.C., sobre todo en ambientes judíos que vivían bajo la influencia cultural de Babilonia, Persia y más tarde de Grecia. Por eso hoy los especialistas lo llaman “literatura enóquica”, no un único libro.

Existen varias secciones o “libros dentro del libro”:

El Libro de los Vigilantes posiblemente el más antiguo redactado hacia el siglo III a.C.), que relata la caída de ángeles que se unieron a las hijas de los hombres y enseñaron artes prohibidas.

El Libro de las Parábolas o Similitudes probablemente escrito en el siglo I a.C. o I d.C.), donde aparece la figura del “Hijo del Hombre” en un tono mesiánico que más tarde influyó en tradiciones judías y cristianas. Una nota acerca de la figura de hijo del hombre.  En los profetas, como en Ezequiel, hijo de hombre era un apelativo lógico que Dios usaba para dirigirse al profeta. Simplemente significaba ser humano, un recordatorio de su condición mortal frente a la gloria divina. Pero en Daniel 7 ocurre un cambio. Allí no es Dios quien llama así a un profeta, sino Daniel relatando lo que percibe en una visión: “Y he aquí con las nubes del cielo venía uno como hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días…”.

Este ser con apariencia humana recibe algo sorprendente: acceso al trono celestial, autoridad, gloria y un reino eterno. Aquí aparece una incoherencia: Dios, por boca de los profetas, había afirmado que su gloria y su trono no los comparte con nadie, y sin embargo en Daniel se describe a un hombre exaltado hasta ese mismo lugar. Aquí, no es Dios llamando a alguien “hijo de hombre”. Es Daniel describiendo una figura que él percibe como un hombre (“como hijo de hombre” = de aspecto humano).

Hoy la mayoría de los especialistas dice que el libro de Daniel no fue escrito por el Daniel histórico del exilio, sino por un autor anónimo del siglo II a.C., en tiempos de la persecución de Antíoco Epífanes. No es una revelación de 600 años antes, sino un escrito posterior para dar esperanza a un pueblo oprimido.

Al saber esto, se entiende que Daniel está interpretando una visión en categorías humanas: describe al “Anciano de días” como un anciano con cabellos blancos, aunque Dios no envejece, y a un “hijo de hombre” como alguien que recibe la gloria que los profetas dijeron que Dios no comparte. “Cuando digo que Dios no envejece, lo afirmo con lógica y razón en un tema espiritual. El envejecimiento es parte del proceso de morir, pero Dios no muere. Por eso no puede tener la imagen de un anciano de cabellos blancos. Eso es solo una comparación, una imagen humana.

Más tarde, en el Libro de las Parábolas o Similitudes escrito posiblemente entre el (siglo I a.C. – I d.C.), la figura del “Hijo del Hombre” se convirtió en un personaje mesiánico, que influyó directamente en las tradiciones judías y cristianas. Jesús mismo usó el apelativo Hijo del Hombre para hablar de sí mismo, no para proclamarse dueño del trono de Dios, sino para recordarnos que era un hombre común, un mortal manifestando el poder de Dios, como Ezequiel en su tiempo.

La evolución muestra cómo un apelativo lógico —hijo de hombre = simple mortal— se transformó en una creencia donde un hombre se sienta en el trono de Dios. Eso contradice lo que Dios dijo por los profetas sobre su gloria y su honra. Reconocer esta incoherencia no debilita la fe, sino que enseña a usar la razón y la lógica con libertad en la lectura de los textos. Así entendemos que no todo lo que leemos es revelación divina: muchas veces es interpretación humana, y nuestra fe en Dios no debería tener miedo de aceptarlo.

Los otros tres libros de Enoc son El Libro Astronómico y el Libro de los Sueños, que reflejan un fuerte interés por el calendario, las visiones y la historia de Israel reinterpretada. Y la Epístola de Enoc, con exhortaciones morales y visiones del juicio. Algunas ideas muy conocidas en el cristianismo primitivo parecen haber nacido o, al menos, tomado forma en los escritos atribuidos a Enoc. No es casual que autores posteriores recogieran estas ideas. El escritor de la epístola de Judas cita palabra por palabra un pasaje de Enoc, y la segunda carta de Pedro recuerda el castigo de los ángeles caídos, tal como lo relata el Libro de los Vigilantes. Incluso escritos cristianos tempranos, como la Epístola de Bernabé, hacen eco de esos temas. Y si miramos otros textos de la época, como algunos hallados en Qumrán o el Apocalipsis de Abraham, vemos la misma atmósfera de ángeles rebeldes, juicios cósmicos y la esperanza de un ser celestial exaltado.

Por eso, aunque el Libro de Enoc no fuera escrito por el patriarca bíblico ni aceptado en la mayoría de los cánones, su influencia fue muy real. Conservó y transmitió creencias antiguas que moldearon la imaginación espiritual de muchos creyentes de aquel tiempo, preparando el terreno para interpretaciones posteriores. El libro de Enoc es discutible, pero para este tema quiero destacar algo muy interesante que dice sobre el poder de la escritura.

Sobre esto, menciona cuando cuenta del nombre de los ángeles caídos y lo que enseñaron a hacer a la humanidad lo siguiente:

“El nombre del cuarto ángel es Panamu’el, éste mostró a los hijos de los hombres lo amargo y lo dulce y les reveló todos los secretos de su sabiduría: les enseñó a los humanos a escribir con tinta y papiros y son muchos los que se han descarriado a causa de ello, desde el comienzo hasta este día. Porque los hombres no han sido traídos al mundo con el propósito de afianzar su creencia en la tinta y el papel, sino que los humanos han sido creados con la intención de que vivieran puros y justos para que la muerte que todo lo destruye no pudiera alcanzarles. Pero por culpa de este conocimiento suyo, el poder de ella me devora.”

Cuando leí este pasaje no lo comprendí a primera instancia. No obstante, no tarde mucho en darme cuenta lo que quería decir. Es obvio por la forma en que el escritor nombra a la habilidad que era parte de un conocimiento o sabiduría que este ángel poseía desde el Reino. Cuando dice: “los hombres no han sido traídos al mundo con el propósito de afianzar su creencia en la tinta y el papel, sino que los humanos han sido creados con la intención de que vivieran puros y justos para que la muerte que todo lo destruye no pudiera alcanzarles” el texto deja entrever mucho, pero no lo explica con claridad. Creo que para que se entienda podríamos hacer uso de las palabras de Isaías 5:20-21.

“¡Ay de los que a lo malo llaman bueno; ¡y a lo bueno, malo! Consideran las tinieblas como luz, y la luz como tinieblas. Consideran lo amargo como dulce, y lo dulce como amargo. ¡Ay de los que son sabios ante sus propios ojos, y de los que son prudentes según ellos mismos!”

En este mundo como existe el conocimiento del mal “la tinta y el papiro” tienen el poder de alejar del camino al hombre, de hacerle errar al blanco o a su objetivo. Los dones de Dios en este cuerpo puestos en manos de las tinieblas tienen el objetivo de alejar al hombre del camino de la luz. Y el alejarse de la luz significa que nos acercamos a las tinieblas. La mentira o la equivocación de una creencia puede quedar escrita por siglos y hacer errar a muchos en el blanco. Creer que las Escrituras son inspiradas por Dios desde el Genesis al Apocalipsis es creer equivocadamente. Algo que se puede demostrar por las incoherencias, contradicciones y hasta con la misma Palabra de Dios dada a través de los profetas.

Hay talentos que se nos han permitido tener en este cuerpo, pero el que decide como y para que se usa es el espíritu del hombre. Si el espíritu es malo, en su cuerpo hay oscuridad. Si el espíritu es bueno, su cuerpo está lleno de luz. Lo que un escritor derrama en su escrito con su pluma tiene la intención de su espíritu. Es por eso que se nos equipó de discernimiento de espíritus también. Todos los tenemos. En muchos esta dormido. El discernimiento de espíritus nos da la capacidad de reconocer de donde viene la voz del escritor o del que habla, pero la razón y la lógica ayudan a afirmar, también, a ese reconocimiento.

El autor de este libro era un escriba. Tenía la habilidad de poder escribir y el conocimiento de su poder. La capacidad del discurso y de la escritura es un don espiritual y dependiendo del espíritu que se tenga se dirá o se escribirá de acuerdo a su naturaleza o esencia. Se resume de la abundancia del corazón o espíritu habla la boca y también se escribe. Si en tu corazón o espíritu residen las tinieblas, oscuridad es lo que manifestarás. La intención de la oscuridad es apagar la luz en nosotros y de hacernos errar al blanco en nuestros caminos.

La palabra escrita tiene poder para hacernos sabios o tontos dependiendo del espíritu del que maneja la pluma y de nuestra de decisión de creerles o no. La razón dada de que el hombre no debería haber sido enseñado a escribir, era por su estado caído porque hay poder en ello de afianzar su creencia corruptora y engañadora.  Esto nos deja entender que el hombre afianzó su creencia sin Dios, basándose en la arrogancia de su propia opinión sobre lo espiritual. Eso fue lo que hicieron Adán y Eva.

Dios lo creo todo bueno, pero hubo alguien en el Reino que se le había otorgado gran poder. Sin embargo, por la envidia de los hijos de Dios fue concebida la maldad en el y fue echado a tierra con los que los siguieron. Desde entonces la malicia reina aquí. No queriendo permitir la herencia por derecho divino de la primera pareja creada que el Creador les había otorgado, la potestad de ser hijos y herederos, planeó quitarles la gracias por medio de la manipulación de pensamientos.

Nuestros primeros antecesores sufrieron una transformación real: de seres espirituales se convirtieron en seres animales. Incluso los científicos que no creen en Dios nos ubican en el reino animal. Es el Espíritu en nosotros que nos eleva de esa naturaleza, ahora terrena, pero no fue así en el principio. Cuando el hombre cayó y fue despojado de su naturaleza espiritual recibió como herencia la malicia y la muerte del que por la manipulación de pensamientos los engaño. Porque esa es la consecuencia y el juicio de la infidelidad al Pacto con Dios. Desde entonces, el hombre tiene la capacidad de hacer de lo malo lo bueno y de lo bueno malo. Tenemos ante nosotros el camino del contentamiento y de la desolación para elegir. Es nuestro derecho por haber sido creados libres. La transformación espiritual nos eleva del ser animal al espiritual, pero mientras vivimos en este cuerpo se debería alcanzar un equilibrio.

Adán y Eva fueron los primeros llamados en su creación para vivir en la imagen y forma espiritual de Dios. Su vida estaba en relación perfecta con el Creador, hasta que la desobediencia a las leyes espirituales abrió la puerta al mal y, con él, a la muerte. Desde entonces, todo ser humano necesita reconciliarse con Dios para volver a esa forma original. La vida de Adán y Eva era sin problemas, porque estaban en el Jardín de Dios, donde no hay muerte, ni dolor, ni mal. Pero no es la “vida” como la imaginamos aquí. Creemos que morimos y el alma se va a descansar con Dios. La cual es una creencia absurda porque el que necesita descanso es nuestro cuerpo y muere. Nuestros primeros progenitores no estaban muertos. Era una vida real, con un cuerpo real. Pero de una materia que no era la que tenemos nosotros. Dios les había dado un hogar para trabajar y vivir en la forma original que fueron creados.

Si escuchan la frase no somos de este mundo es cierta. No sabemos todo. No entendemos todo, pero sabemos y entendemos unas cuantas cosas. Que son las necesarias para nuestra salvación y nuestra vida terrena. Más tarde de la caída, Dios llamó a Abraham y de sus lomos a Israel como pueblo. Dios llamó a Israel para mostrar cómo se vive bajo su gobierno. Pero mezclaron la voz de Dios con tradiciones humanas y dejaron de ser luz para las naciones. Lo que hicieron es igual a echar agua a un perfume fino y exquisito haciéndole perder su virtud. En lugar de ser luz para las naciones, oscurecieron la voluntad de Dios y su verdadera naturaleza. Y Él se los advirtió;

“Ustedes, que se creen importantes, ¿hasta cuándo convertirán mi honor en deshonra? ¿Hasta cuándo seguirán con falsedades, buscando mentiras?”

A pesar de eso la Voz de Dios que es libre y nadie ni nada puede silenciarla abrió su camino entre las tinieblas para que llegara a nosotros cumpliendo la promesa a su amigo Abraham. Ya no como pueblo sino como individuos. Con diligencia los copiadores de la verdadera ley, fieles al Pacto con Dios, protegieron las promesas, los profetas, los individuos que amaron a Dios y el mismo Jesús. Pero no fue ya como nación.

Los profetas fueron enviados para recordar al pueblo el camino perdido. Ellos anunciaron que vendría un tiempo nuevo, un pacto ya no escrito en tablas de piedra, sino en el corazón: un corazón sensible, dispuesto a obedecer, y reconciliado con el Creador. Esto era parte fundamental del plan de Dios para que recuperáramos nuestra naturaleza espiritual. Entonces apareció Jesús. No como parte de una secta religiosa, ni como un líder de rituales, sino como un hombre común, carpintero de profesión, que vivió su espiritualidad libre de ataduras humanas y de tradiciones religiosas.

También nos mostró el poder que tenemos cuando nos reconciliamos con el Creador y volvemos a nuestra forma espiritual, por ahora interior y no completa en el cuerpo. Que es cuando tendremos el cuerpo espiritual que tenían adán y Eva y es cuando la muerte será vencida por nosotros y Dios la eliminará para siempre.

En el Reino o los dominios de Dios la obediencia a su Palabra o leyes espirituales es lo que mantiene, el orden y la paz. No existe el dolor, ni la muerte solo contentamiento y satisfacción total, juntamente con una capacidad de desarrollo no conocido o imposible de imaginar en esta tierra.  Muchos imaginaron el Reino como un lugar de descanso para los muertos, sin entender que el espíritu no necesita descanso, solo el cuerpo. En el Reino de Dios la vida nunca se detiene, porque allí no existe la muerte. Es como la plenitud de la primavera o el verdor del verano: todo florece, todo crece, todo permanece vivo. De modo que cuando lleguemos allá nos espera el crecimiento y el desarrollo espiritual a pleno.

Muchos que dicen creer en Jesús por sus acciones demuestran que no han creído en los mensajes más importantes que nos dejó. Cuando Jesús fue bautizado en el Jordán y recibió el Espíritu Santo, ocurrió en Él lo que los profetas habían anunciado: el paso de un corazón de piedra a un corazón de carne. Jesús, como todo ser humano, tuvo que reconciliarse con Dios. Por eso se llamaba a sí mismo “el hijo del hombre”, hijo de Adán, para recordarnos que era tan humano como cualquiera de nosotros. Con su vida demostró cómo es el gobierno de Dios en un solo individuo, cómo la voluntad de Dios se cumple en la tierra como en el cielo.

Si Jesús no hubiera existido no sabríamos de nuestro potencial en el espíritu renovado y de su poder. “El poder humano es como una gota frente al poder que Dios nos dio al crearnos. Ese poder se manifestó en Jesús: caminar sobre el agua, multiplicar alimentos, devolver la vida. No lo hacía para impresionar, sino para mostrarnos lo que ocurre cuando estamos reconciliados con la Fuente. Y Jesús lo dijo sin rodeos: “Las obras que yo hago, ustedes también las harán, y aún mayores.”

Entonces sabemos cuál es el camino hacia la transformación espiritual: comienza con la reconciliación con la Fuente Creadora y con el deseo intenso de alcanzar la cima. Porque es allí donde recibiremos todas las promesas cumplidas de parte de Dios. Así como en la vida terrenal aspiramos a crecer y llegar a lo más alto, en la vida espiritual aspiramos a la cima de la trascendencia y a la transformación completa. La transformación no la produce el esfuerzo humano, sino Dios mismo.

Nosotros somos como el campesino alegre que pone la semilla en la tierra con la esperanza de que dé fruto. Pero no es un trabajo solitario ni pesado: la preparación de la tierra, su alimento y el crecimiento de la semilla lo da el Señor, con su labor paciente y tierna, Él prepara la tierra de nuestra alma para que nuestro espíritu se desarrolle con su poder. La semilla es la entrega sencilla y humilde de nuestra voluntad a Dios, para que Él sane, libere y transforme. Después, el trabajo lo hace Él, mientras estamos despiertos o dormidos. Cuando el cuerpo descansa, el espíritu sigue activo con Él. Y así entendemos que no es tan difícil: basta con rendirse a Dios y dejar que Él haga lo imposible en nosotros.

Todo comenzó en el cielo

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