En los dos episodios anteriores establecimos que la historia bíblica del Jardín de Dios fue compartida, de alguna manera, por los antiguos habitantes de la fértil luna de la Mesopotamia oriental. Según las Escrituras hebreas, estos pueblos eran descendientes de Noé, el décimo en la línea desde Adán, quien vivió alrededor del año 3300 a.C., según cálculos cronológicos tradicionales basados en los relatos bíblicos, como los del arzobispo James Ussher y otros estudios de la cronología antigua. Noé vivió 950 años, y fue testigo del Diluvio, ocurrido cuando tenía 600.
Algunos consideran las edades mencionadas en el Génesis como exageradas, pero estudios científicos sugieren que, en épocas antiguas, la atmósfera de la Tierra —era más rica en oxígeno y con un entorno más estable lo que podría haber favorecido una vida mucho más prolongada. Esta hipótesis, respaldada por estudios de fósiles e investigaciones sobre climas antiguos, da credibilidad científica a los largos años de vida que describen las Escrituras.
La zona fértil de Sinar, en la antigua Mesopotamia, era ideal para el asentamiento humano. Tenía agua abundante, vegetación y condiciones que favorecían el desarrollo de la vida. Sabemos que en esa región existieron animales grandes, como elefantes prehistóricos, toros salvajes enormes y cocodrilos de gran tamaño. Pero no se ha encontrado evidencia de dinosaurios gigantes como los del período jurásico, cuyas dimensiones colosales podrían haber impedido o dificultado la vida humana tal como la conocemos. La ciencia misma sostiene que el gigantismo de los dinosaurios fue posible gracias a la alta concentración de oxígeno en la atmósfera de aquella época. Y también se ha observado que muchos de esos animales prehistóricos vivían más años que sus equivalentes actuales.
Un ambiente más puro y equilibrado favorecía no solo el crecimiento físico, sino también una vida más larga y saludable para toda la creación. Y si aceptamos esa explicación para justificar por qué los animales vivían y crecían tanto, entonces también podemos tener la disposición —no solo a creer—, sino a inferir o deducir racionalmente que el ser humano, en ese mismo entorno, pudo haber tenido una longevidad extraordinaria. Lo que aquí se presenta no es una suposición sin base, sino una hipótesis educada que sigue la lógica de la ciencia y deduce con honestidad desde lo que ya sabemos. Estamos hablando de una realidad que, si dejamos hablar a la memoria espiritual y a la razón al mismo tiempo, no es tan difícil de aceptar.
Solo pasaron unas pocas generaciones entre Noé y el surgimiento de la civilización sumeria, que comenzó a florecer hacia el 3100 a.C., según los registros arqueológicos. Esto significa que los hijos, nietos y bisnietos de Noé fueron quienes fundaron esas ciudades, y posiblemente quienes participaron del intento de levantar la Torre de Babel.
Es decir, los habitantes de Sumer conocían perfectamente la historia del principio, porque descendían directamente de quienes la vivieron y la contaron. El autor e historiador francés Georges Roux escribió en su libro El Irak antiguo que es muy posible que los sumerios eran habitantes naturales de la Mesopotamia y que su civilización surgió de la misma prehistoria. Esta impresión del investigador apoyaría mi creencia de que los sumerios, también, eran descendiente del linaje de Noe o el Ziusudra sumerio.
En términos religiosos, podemos decir que Sumer fue la madre espiritual de Babilonia y de todas las civilizaciones subsecuentes. Cuando esta cultura más reciente conquistó la región, adoptó tanto la estructura social como la cultura espiritual de Sumer: sus creencias, sus rituales, sus símbolos y su forma de concebir el mundo. Babilonia no inventó la adoración al poder humano: la heredó.
Existía una conciencia común en la antigüedad, y el texto sumerio de la tablilla #29.16.422, hallada en Nippur y conservada en la Universidad de Pennsylvania, lo deja claro. La traducción de este poema épico, cuyo héroe gobernó la ciudad de Erec o Uruk fundada por Nemrod el bisnieto de Noe y nieto de Cam uno de sus tres hijos en el cuarto milenio a.C., afirma:
En aquellos días no había víbora,
no había escorpión,
no había hiena.
No había león,
no había perro salvaje,
no había lobo.
No había miedo, ni terror.
El hombre no tenía rival.
En aquellos días la tierra de Shubur al este, el lugar de la abundancia, de los justos decretos,
Sumeria del lenguaje armonioso al sur, la tierra maravillosa de los ‘decretos del príncipe’,
Uri al norte, la tierra que tiene todo lo que es necesario,
la tierra de Martu, los amorreos al oeste, descansando en seguridad,
el universo entero, la gente al unísono,
a Enlil en una lengua dio alabanza.
Este fragmento no solo transmite el recuerdo de un tiempo en que no existía el miedo ni el peligro, sino que parece evocar un eco del Jardín de Dios. Un entorno de armonía total que se asemeja al estado original que describen los textos antiguos, antes de la transgresión. Ese ambiente pacífico, unido y seguro no fue una creación cultural: fue el reflejo de una memoria espiritual profunda, transmitida por generaciones. La civilización sumeria conservó la imagen de aquel tiempo bendecido.
El poema también revela una visión elevada del ser humano.
Dice: “el hombre no tenía rival”.
Es una frase que podría sugerir autoridad y dominio, pero, también, arrogancia. Sin embargo, esa autoridad no era nueva ni propia. Era la misma que Adán y Eva habían recibido en el principio, cuando fueron creados para gobernar la creación de Dios con su sabiduría y su justicia. Esa era la parte del Pacto que le correspondía al hombre y que desecharon. El Libro de la Vida de Adán y Eva confirma que esa gloria era tan grande que incluso los ángeles obedecían al hombre, porque su luz y su imagen eran el reflejo de la Fuente divina.
No obstante, esa gloria que Dios había dado al hombre fue malinterpretada u olvidada. El entendimiento espiritual de que el hombre la perdió por haber roto su compromiso del pacto, se borró, el hombre ya no se vio como un reflejo del Creador, sino como el origen de su propio poder.
En el episodio anterior vimos que, para los sumerios, el hombre era llamado “Galu”, una palabra que significa “dios es hombre”. Este concepto marca un cambio profundo: ya no había nadie por encima del hombre, ni siquiera Dios. La figura humana se convirtió en el centro del poder, del culto y de la alabanza. Prueba de ello es que sus ídolos de adoración eran la figura de un hombre. No se trataba solo de símbolos abstractos: el hombre se convirtió en el dios visible de su propio sistema. Esta expresión no es casual. Refleja que esa generación entendía lo que hacía: no estaban actuando en ignorancia, sino con plena conciencia espiritual de que estaban exaltando al hombre en lugar de subordinarse a Dios.
La memoria del Edén seguía viva en las civilizaciones antiguas, aunque deformada. El ambiente sin miedo ni peligro, la unidad del lenguaje, la alabanza colectiva, e incluso la figura de un hombre sin rival… todo apunta al recuerdo de un tiempo en que el ser humano vivía en comunión con su Creador. Pero ahora, en lugar de buscar volver a ese lugar por medio de la sujeción y la reconciliación, intentaban reconstruirlo a su manera, con su propio orden, y bajo su propia gloria, dios era hombre. Así, el recuerdo del Edén fue manipulado y usado como base para edificar un sistema centrado en el poder del hombre, y no en la Voz de Dios que dio origen a todo.
Sin embargo, hay algo aún más revelador: el dios al que dirigían esa alabanza unificada y en una sola lengua no era el Creador del cielo y la tierra, sino Enlil.
Según explica el estudioso Morris Jastrow, Enlil —también llamado Bel— era, en la teología babilónica, “el señor del bajo mundo” y “jefe de los espíritus caídos”. El ideograma Lil era usado para designar a un demonio en general, por lo que Enlil representa la unificación de fuerzas espirituales cuya acción se concentra en la esfera terrenal y subterránea.
Esto nos muestra que la unidad de la humanidad, antes de la torre de Babel ya había sido desviada hacia la adoración de un poder que no venía de lo alto. Así, la alabanza unánime del mundo no era a Dios, sino al líder de la conspiración en contra de Dios. La serpiente no solo había hablado, sino que ya había sido entronizada.
El antiguo poema sumerio afirma que la alabanza a Enlil se ofrecía en las cuatro regiones conocidas —Shubur, Sumer, Uri y Martu— en una sola lengua. Esta afirmación no solo es notable, sino que confirma directamente el relato de Génesis 11:1, que declara: “Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras.”
La coincidencia entre ambos registros —uno bíblico y otro sumerio— no puede ser ignorada: ambas tradiciones conservan la memoria de una humanidad unificada por el lenguaje y el origen. Según las Escrituras, estos pueblos eran los descendientes de los hijos de Noé, dispersados tras la construcción de la Torre de Babel. Desde la perspectiva del poema sumerio, “todo el mundo” era precisamente el universo conocido por esas civilizaciones antiguas, el mismo que el texto bíblico asocia con la edificación de la torre.
Estas civilizaciones según el poema sumerio tenían una lengua común, una cultura compartida y una adoración unificada, no al Creador del cielo, sino a una figura poderosa ligada al bajo mundo, al control espiritual de lo terreno. El copista sumerio deja en claro que esa lengua única era el idioma sumerio, y que era el vehículo de la alabanza universal a Enlil, el mismo que Jastrow define como jefe de los espíritus caídos.
Pero fue en otro poema, aún más revelador, traducido por el investigador ingles Stephen Langdon, donde se expuso la raíz del sistema religioso que dominaría el mundo.
“Sumer, la gran montaña, enclavamiento de los cielos y la tierra. Portando un destello de esplendor, desde el levante hasta que se pone el sol, enseña los decretos de la Tierra.
Tus decretos son de lejos famosos e inmutables, tu corazón (de Sumer) es profundo, el hombre no lo ha descubierto.
Como una forma verdadera (diseñada por) la tierra y el cielo fue creada, como cielo intangible.
Hijos de un rey, vestidos sobre una forma verdadera. Descendientes de un sumo sacerdote, cuya cabeza es coronada.
Tú, el sumo sacerdote, eres el señor de las profundidades, el rey divino, que mora en el santuario del cielo.
El rey es la gran montaña, padre Enlil.” (Col. III: 11-19)
En este canto, Sumer es llamada “la gran montaña, enclavamiento de los cielos y la tierra”. Pero esta montaña no era la original, sino una imitación de la verdadera: la montaña pura donde vivieron los hijos justos de Adán, en comunión con la Voz de su Creador. Allí, en lo alto, estaba el Jardín de Dios, el verdadero punto de unión entre cielo y tierra.
“El enclavamiento” alude a ese umbral sagrado entre lo divino y lo humano, que las civilizaciones posteriores intentaron reproducir. Con el tiempo, el personaje central de ese poema y cultura fue exaltado como “dios”, y se le entregaron títulos y honores que solo pertenecen al verdadero Dios, en un acto de suplantación que dio origen a una religión basada en la memoria deformada de una verdad espiritual perdida.
Después de la caída, el acceso pleno al jardín fue cerrado, pero Dios colocó a Adán y Eva en una cueva al pie de esa montaña, justo fuera del Jardín, en su cercanía inmediata. No fue una elección humana, sino una disposición divina.
Ese lugar era más que refugio: era el punto donde la reconciliación aún era posible, donde la presencia de Dios todavía podía ser percibida y vista. No hecha de ladrillos, sino establecida por la voluntad de Dios. No buscada por el poder humano, sino ofrecida desde arriba como puerta sagrada al hombre que cumplía su parte del Pacto.
Los hijos de Caín podían ver la montaña desde lejos; sabían que allí habitaban los otros hijos de Adán, pero no podían subir. Esa montaña no era solo geográfica: era una separación espiritual, un límite trazado por la pureza y la obediencia. Solo quienes permanecían fieles podían habitar ese territorio de cercanía divina, al borde del Edén.
Según el Libro de la Vida de Adán y Eva, los hijos de Adán veían en esa montaña el dominio espiritual de Dios. Observaban a sus enviados, y sabían cuándo descendían o subían. Es decir, la conexión con lo divino no se había roto del todo: la presencia de Dios aún era visible y real. Sus ojos espirituales habían sido abiertos de nuevo, y eso nos revela algo esencial: el ser humano conserva la capacidad de ver el mundo espiritual. Esa capacidad no estaba perdida para siempre, sino dormida por la transformación del cuerpo espiritual al cuerpo físico. Pero en ese lugar, donde Dios los colocó, esa percepción fue restaurada.
Hasta los días de Noé, los hombres justos aún podían ver. Pero cuando descendieron de la montaña divina —cuando se entremezclaron con la descendencia del hijo caído— esa visión se perdió porque, eligieron otro fundamento.
Siglos más tarde, cuando esa conexión con Dios ya se había perdido, la humanidad intentó reconstruir con el zigurat de Babilonia el fundamento con sus propias manos. Los zigurats fueron construidos como montañas escalonadas, verdaderas escaleras al cielo hechas por el hombre, intentando alcanzar lo alto por sus propios medios. Pero ya no era Dios quien se manifestaba en lo alto, sino el deseo humano de ocupar ese lugar. Eran copias humanas de la montaña sagrada perdida, construidas con ladrillo y alquitrán, sin la Voz que guiaba, y sin la presencia que antes descendía.
El recuerdo del Edén se mantuvo, pero la relación con el Creador ya no era parte del plan humano. Sin embargo, la reconciliación sigue siendo posible. Y cuando el alma vuelve a alinearse con la Voz, cuando la intención se purifica y el corazón se vuelve hacia lo alto, esa capacidad espiritual comienza a despertar de nuevo. No todos la experimentamos de la misma manera. En algunos es una visión interna, en otros un discernimiento profundo, en otros una sensibilidad que a veces cuesta explicar con palabras, y quizás para otros podría incluso ser visual.
El hecho es que todo lo que vemos ahora, como con un velo, será visto en algún momento con la claridad del sol cuando ilumina en su punto más alto. Pero el mundo espiritual está allí, y puede ser visto, sentido o intuido por todo aquel que camina hacia la luz. La transformación sigue activa, en este mismo cuerpo que habitamos, porque el Creador no ha dejado de acercarse.
El poema dice que Sumer enseña los decretos de la Tierra. Pero estos no son los decretos del Creador. Ya habían sido rechazados, y en su lugar, se había impuesto una nueva ley, nacida de la soberbia del corazón del hombre.
“Tus decretos son de lejos famosos e inmutables…” dice el texto. Fueron tan populares que se extendieron como formas de gobierno y religión por todo el mundo conocido. Y luego añade: “Tu corazón es profundo, el hombre no lo ha descubierto.”
Esto indica que el origen de esos decretos está oculto. No son comprendidos por el pueblo, pero son aceptados y reverenciados. Están siendo descaminados, venerando una fuente que no proviene de la Luz, sino de las profundidades de la tierra, donde habita Enlil, el dios de la religión original y primaria de la humanidad.
El poema menciona: “Como una forma verdadera… fue creado.” Pero no lo es. Solo parece verdadero. Es una ilusión: una estructura de poder vestida de espiritualidad. Se nos habla de “hijos de rey” y “descendientes de un sumo sacerdote coronado”.
Esa descendencia es espiritual y su padre, rey y sumo sacerdote es Enlil. Aquí se habla directamente del origen de la creencia espiritual de la época. Y entonces, la línea más inquietante: “Tú, el sumo sacerdote, eres el señor de las profundidades, el rey divino, que mora en el santuario del cielo.”
¿Qué significa que el señor de las profundidades more en el santuario del cielo?
Significa que Enlil ha sido elevado al lugar del Dios verdadero. Este no logró sentarse por encima de las estrellas de Dios y levantar su trono, pero fundó un santuario falso en la tierra con una burda imitación del poder celestial. Esto es Babel: un trono usurpado, una espiritualidad artificial, un sistema religioso que desde las profundidades intenta alcanzar el cielo… para reemplazar al Creador con su propia versión de dios.
Los antiguos sumerios no ocultaban el orgullo que sentían por la creación de su institución político-religiosa. La Biblia nos dejó el relato de la torre de Babel para mostrar el profundo impacto que tuvo, en la historia de la humanidad, el origen de las casas-templos de los dioses y la representación del poder político-religioso a través de la montaña artificial de Babel.
En otra de sus obras, Babilonia y el Antiguo Testamento, Parrot agregó:
“La referencia más antigua de Babilonia se halla en un texto del rey Shargalisharri de la dinastía acadia (2350 a. C. aproximadamente), en la forma sumeria Ka-dingir, que quiere decir ‘puerta de dios’. Lo que los acadios traducían literalmente como Bab-ilu.” El nombre Babilonia está directamente relacionado con el término Babel. Dios llama a Babilonia “hija de Babel”.
Cuando Dios habla de Babilonia, se está refiriendo no solo a una ciudad, sino al sistema espiritual y político que continuó la obra de Sumer en su máxima expresión y tratando de llegar arriba del trono de Dios a través de un estado espiritual caído.
En la cosmovisión sumeria, la idea de ser dioses y de someter la tierra en sentido terrenal y humano era entendida como un derecho legal y hereditario. Según el poema traducido por Langdon, Sumer era hija de un dios-rey y sacerdote. El control de Nippur —la ciudad sagrada y sede del dios Enlil— era la mayor ambición de los gobernantes del valle del Éufrates. Se creía que dominar Nippur equivalía a recibir la aprobación divina para gobernar la tierra en nombre de Enlil, y por tanto, adquirir parte de su carácter divino. Era la misma imitación de la ciudad sagrada de Dios en el cielo y lo que quiso el transgresor obtener y sentarse en su trono de poder.
El templo de Babel fue la expresión visible de una religión institucionalizada: un gobierno humano que pretendía elevar su propia gloria —no la de Dios— hasta el cielo. En aquel tiempo, el hombre creía que no había nadie más grande que él. Tal como lo sugiere el poema sumerio: “el hombre no tenía rival”, idea que se resume perfectamente en la expresión “dios es hombre o dios es la imagen del hombre.
Este pensamiento marca el nacimiento del politeísmo como creencia espiritual organizada y el inicio de la primera religión creada por el hombre. El zigurat de Babel representaba esa religión legitimada, ese gobierno autoerigido, que pretendía llevar su propia gloria —y no la de Dios— hasta el cielo:
“Aunque suba Babilonia hasta el cielo, y encastille en lo alto su poder, de mi parte llegarán saqueadores hasta ella” (Jeremías 51:53).
Esto habla de la intención insolente de la Babilonia espiritual de sentarse en el mismo trono de Dios.
Esta estructura político-religiosa no solo organizaba el poder, también, moldeaba el relato del principio, transmitiéndolo con símbolos, mitos y arte. Así comenzó una memoria reinterpretada, alejada de la Voz original… pero todavía guiada por el eco del Edén perdido.
Entonces, volviendo a las preguntas del principio de la parte primera de este episodio:
¿Qué conexión hay entre el jardín del Edén y la torre de Babel?
La conexión es profunda y directa. El Jardín del Edén fue el portal real entre cielo y tierra, y tras la caída del hombre esa entrada quedó sellada. Sin embargo, la memoria de ese acceso fue conservada, como lo prueban tanto las Escrituras hebreas como las tablillas sumerias.
Después del Diluvio, los descendientes de Noé heredaron ese recuerdo, y fue en la llanura de Sinar donde surgió el intento humano de recuperar el acceso perdido a través de la Torre de Babel, y de desafiar la autoridad de Dios, creando una religión basada en la adoración del hombre —enseñando que no solo el hombre era dios, sino que era su propio creador, diciendo que la imagen del hombre es Dios.
Así, la torre representa la memoria distorsionada del Jardín y el deseo de alcanzar el Reino, no a través de la obediencia, sino de la autosuficiencia y la usurpación espiritual.
¿Existe alguna conexión real entre ambos eventos?
Sí. No solo espiritual, sino también cultural e histórica. Los constructores de la torre se asentaron en la región donde la tradición ubicaba el Edén. El término Bab-ilu significa “puerta de dios”, y los zigurats fueron diseñados como escaleras hacia el cielo y como montañas superficiales imitando la montaña donde vivieron Adán y su descendencia hasta Noe. Además, el poema sumerio que citamos habla de un solo lenguaje en toda la tierra, tal como lo menciona Génesis. Incluso su dios, Enlil, al que todos alababan, no era el Creador, sino el jefe de espíritus malignos según los estudios del erudito y orientalista Morris Jastrow. Todo esto nos muestra que la humanidad recordaba algo que había ocurrido de gran poder y buscaba obtenerlo a su manera.
¿Podríamos probar de alguna forma que lo que nos cuentan las Escrituras y el Libro de la Vida de Adán y Eva sucedió definitivamente?
Depende de lo que entendamos por “probar”. No podemos probarlo, hasta ahora, como un dato arqueológico cerrado, pero sí podemos reconocer que muchas civilizaciones actuaron como si lo que cuentan las Escrituras hubiera sido cierto. Lo conservaron en su arte, como el sello sumerio con un hombre, una mujer, un árbol y una serpiente. Lo escribieron en sus mitos, donde “el hombre no tenía rival” y “dios es hombre”. Y lo intentaron reconstruir con sus propios templos y sacerdocios. Todo eso no parece surgir del azar, sino de una memoria espiritual compartida, aunque distorsionada.
Y para quienes estamos conectados con el mundo espiritual, la pregunta no es si se puede probar… sino si se puede recordar. Porque todo lo que hemos visto, todo lo que dejaron escrito y construido, confirma que la historia del principio sigue viva en nuestra memoria espiritual. Y todavía hoy, muchos —consciente o inconscientemente— siguen intentando volver al Jardín.
Pero el camino de regreso no se construye, primeramente, como quisieron los constructores de Babel haciendo escaleras de ladrillos de barro al cielo sino a través de cambios en nuestra vida, hacia adentro. Y el Jardín solo se abrirá para todos nosotros cuando hayamos aprendido, nuevamente, a guardar su Voz.