El desafío y la bendición mayor del ser humano es el de nacer libre. Desafío porque deberíamos saber cómo usar correctamente nuestro poder para evitar caer en trampas y yerros que nosotros mismos manifestamos por no saber escoger bien.
Como somos seres creados, somos imperfectos. Consecuentemente, podemos elegir mal. La rendición mansa y voluntaria a la Ley espiritual de Dios, nos provee lo que nos falta en nuestra imperfección humana en cuanto a las elecciones se refiere, porque nos permite ver el mundo espiritual que nuestros ojos físicos no ve. Es decir, nos ayuda a elegir lo que nos conviene y beneficia, además, de tener una relación directa con Dios.
De esa manera somo protegidos de todo y en todo. Cuando somos transformados volvemos a recuperar el poder perdido y el poder de las tinieblas se rinde ante nosotros. Podrán molestarnos. Podrán poner piedras en nuestro camino. Podrán momentáneamente poner palos en la rueda para detener nuestro destino, pero no podrán ganar a no ser que se lo permitamos. La Palabra de Dios ya ordenó que pisaríamos la cabeza de la serpiente. Eso significa victoria otorgada.
Cuando sufrimos la transformación de espíritu a materia en nuestros primeros padres fuimos completamente disminuidos de las impresionantes capacidades de poder del Espíritu. Los seres espirituales caídos podrían destruirnos completamente sin la protección divina. Pero somos protegidos por el Pacto.
“El que habita a la sombra del Altísimo, se acoge a la protección del Todopoderoso.”
La Alianza es como la Sombra del Altísimo. Continua la promesa del salmo diciendo que:
“Porque tú confiaste en el SEÑOR e hiciste que el Altísimo fuera tu protección. Nada malo te sucederá, no ocurrirá ningún desastre en tu casa; porque él dará orden a sus ángeles para que te protejan a dondequiera que vayas. Ellos te levantarán con sus manos para que ninguna piedra te lastime el pie.”
Y aun mas dice:
“«Yo lo salvaré, porque me ama; lo protegeré, porque reconoce mi nombre. Me llamará y yo le responderé; estaré con él cuando se encuentre en dificultades; lo rescataré y haré que le rindan honores. Haré que disfrute de una larga vida y le mostraré mi salvación».
Esto es parte de tu herencia. Esto es lo que te corresponde. Tu tienes un poder insuperable en Dios. Eres su descendencia. Formas parte de la genealogía de Dios.
Nosotros podemos hacer mal uso de la libertad que tenemos cuando elegimos lo que no nos conviene. Volvamos al principio. Nuestros primeros padres hicieron el uso incorrecto de su libertad. Eligieron lo que no les beneficiaba e involucraron a su descendencia en un problema muy, muy grande. No es el mundo material que nos rige, aunque así muchos lo creen. Es el mundo que no se ve físicamente.
La ley de Dios nos provee con la vista que nos hace falta para verlo, sus trampas, sus ardides, sus engaños, sus falsedades y todo lo que corresponde al trabajo de las sombras. Nosotros somos mansos como las palomas en nuestra sujeción a la voz de Dios, pero astutos como la serpiente en reconocer y vencer sus juegos. El que voluntariamente decide acatar la Voz de Dios tiene una ventaja muy grande sobre el que no lo hace porque puede ver lo que realmente mueve los hilos del drama humano. Por lo consiguiente se protege al amparo de la Luz. Donde hay Luz, las tinieblas no pueden entrar.
El ejercicio de nuestra libertad se completa al elegir voluntariamente someternos a la Voz de Dios, expresada a través de mandamientos espirituales que no limitan nuestra libertad, sino que la encauzan hacia el bien y el propósito. Una vez que nos rendimos a esta Voz, podemos actuar con plena libertad de acción en nuestra vida y en la Tierra, sabiendo que nuestras decisiones están en sintonía con lo que es verdaderamente bueno para nosotros y la sociedad en donde vivimos. El único ser libre o autónomo es ese ser que llamamos Dios. Hubiera sido injusto de su parte hacer una creación con libertad de elegir sin haber recibido la ayuda de su Ley como guía para poder elegir lo que nos conviene. Su Ley nos da lo que nos falta por ser creados.
Es una bendición porque esa libertad nos hace autónomos de subyugaciones indebidas. El libre albedrío puede darnos una sensación ilusoria de que somos dioses sin serlo. En la escala de autoridad no hay nadie arriba de Dios, pero arriba de nosotros está Él, nos guste o no nos guste, creamos o no. Esta fue la ilusión que engañó a Eva, creyendo que podía ser como Dios, sin Dios.
Necesitamos de la fuente divina para alcanzar la semejanza con Dios y la capacidad de elegir bien para nuestra propia ganancia o interés porque somos seres creados. No obstante, somos libres de rechazarlo. Podemos influir en nuestro destino, pero solo si permanecemos en obediencia a sus mandamientos espirituales. Esos mandamientos señalan el bien y apartan del mal, y no debemos ignorarlos si entramos en su Pacto por medio de la reconciliación voluntaria.
Resistir u oponerse a los preceptos de Dios, aun ejerciendo el derecho a la libertad, lleva a una forma de atadura espiritual. Esta atadura es comparable a la de un adicto que no puede liberarse de su adicción porque lo somete. No es libre, ya que ha cedido su voluntad a algo externo que lo domina: la droga. Desde el principio de la transgresión, y siguiendo las reglas de guerra antiguas, la humanidad cayó en poder de aquel que la venció. De manera similar, la adicción vence y domina al adicto. Con Dios, sin embargo, tenemos la libertad de alcanzar nuestros propósitos, siempre que nuestros deseos estén alineados con el bien. Esta libertad tiene un límite claro: Vivir en integridad. Dios nos bendecirá abundantemente, mucho más de lo que imaginamos, si somos mansos con Él. Somos seres libres, pero creados para no perecer en el error.
El tema principal de la libertad radica en elegir el camino correcto. Para guiarnos, Dios nos dio su Palabra, que ilumina nuestro camino y evita que tropecemos. Es un faro en medio de las tormentas, asegurándonos que, si confiamos en Él, llegaremos al puerto deseado. La Palabra de Dios es el apoyo al que el náufrago se aferra para no perecer en el vasto mar de la vida humana. La maldad ya existía antes de la creación del ser humano, y sus mandamientos nos guían para elegir correctamente.
El poeta español Antonio Machado escribió: “Caminante, no hay camino; se hace camino al andar.” Esta frase refleja la realidad de que nuestras decisiones y acciones construyen el sendero que recorremos. Sin embargo, más importante que crear el camino es saber hacia dónde nos dirigimos. La dirección que tomamos define nuestro destino, y un camino sin un propósito claro puede ser un sendero vacío. Con Dios, hacemos camino al andar, pero lo hacemos con un propósito: ser colmados de bendiciones y avanzar con libertad hacia nuestras metas espirituales, materiales y cumplir nuestro destino. Aunque tenemos un destino colectivo en común el de dominar el mal y colaborar en que la voluntad de Dios se haga aquí en la tierra como en el cielo, cada uno de nosotros tiene un destino de plenitud y de bendiciones diferente.
Cuando Dios creó al ser humano, le otorgó el don de la libertad, un regalo que debe manejarse con sabiduría. Esta libertad requiere madurez espiritual y emocional para tomar decisiones que nos lleven a la prosperidad espiritual y material. Nuestros primeros padres violaron el mandamiento dado para su protección y cruzaron al terreno del conocimiento del mal. Desde entonces, nacemos con la libertad de elegir entre dos caminos. Dios se preocupa por salvar nuestras almas porque conoce el terrible destino que nos espera si tomamos el camino equivocado. La dirección que elegimos en el camino que andamos determina nuestra vida en la tierra y nuestro destino después de ella.
Existen dos caminos espirituales con destinos opuestos. Uno es claro y está expuesto a la luz, sin manipulación divina; el otro, una burda imitación, engaña nuestros sentidos y lleva a la dominación. Aunque puede parecer atractivo y dar una ilusión de libertad, es solo un engaño que nos subyuga.
La elección que hacemos le da poder al creador del camino que elegimos. Si entregamos nuestra sumisión a Dios, sabemos que estamos en buenas manos y que seremos abundantemente recompensados. Pero si elegimos el camino contrario, seremos retribuidos de una manera muy diferente. Las reglas de Dios son ligeras y su dominio es suave, mientras que el camino de las tinieblas es una carga pesada de la que no podemos liberarnos sin elegir la luz.
Las leyes, tanto en el reino espiritual como en el terrenal, existen para imponer orden y protección. El reino de las tinieblas no tiene reglas protectoras; es caos y anarquía. Elegir ese camino lleva inevitablemente a la servidumbre espiritual, mientras que el camino de Dios afirma nuestra libertad. Aun así, somos libres de elegir la servidumbre o la libertad.
El autor del Eclesiastés escribió:
“Aún hay esperanza para todo aquel que está entre los vivos; porque mejor es perro vivo que león muerto. Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido.”
Este sabio, aunque muy sabio, no encontró respuesta sobre la vida después de la muerte. Es decir, no creía que había vida después de ella. Escribió:
“Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría.”
Su sabiduría no lo llevó a comprender la esperanza de la inmortalidad y la razón del por qué estaba vivo. Tampoco entendió que el camino infeliz del hombre no era obra de Dios, sino resultado de sus propias elecciones.
Me gustaría compartir un sueño que tuve tras la muerte de mi madre. Ella vivía en mi país de origen y yo en los Estados Unidos. Conversábamos mucho por teléfono sobre temas espirituales, y aunque yo siempre he creído que la muerte física no es el fin, no tenía claridad sobre cómo sería después. En una conversación, le expresé mi temor de perder mi identidad tras la muerte.
Cuando mi madre falleció, tuve un sueño en el que la vi junto a mi padrino, su hermano, ambos jóvenes y muy felices. Estaban en la cocina de una casa. Mi tío sentado al lado de la mesa y mi mamá parada y apoyada en contra de la pileta de la cocina. Hablaban muy alegres y entusiasmados. Se los veía llenos de vida y felicidad. Al despertar, supe que Dios me había mostrado que hay algo tangible después de la muerte. Recordé las palabras de Jesús:
“En el Reino hay muchas viviendas, y yo voy a prepararlas para que ustedes las habiten.”
La inmortalidad ya existe en nuestro espíritu, porque lo que es nacido del espíritu no muere. Nuestro cuerpo terrenal, en cambio, es una cobertura temporal para que nuestro espíritu sea redimido. Dios explicó a Adán que, por su misericordia, no lo convirtió en oscuridad eterna tras la transgresión, sino que le dio un cuerpo de carne para vivir en la Tierra hasta el cumplimiento de la promesa de redención
El propósito de Dios al darnos un cuerpo material fue permitir que nuestros espíritus alcanzaran la redención mientras habitamos en este mundo. La conversión de luz a oscuridad hubiera sido la muerte espiritual definitiva. En cambio, Dios nos otorgó la oportunidad de redimirnos, recordándonos que nuestro verdadero yo, el espíritu, no muere. Esto debería preocuparnos, pues la eternidad de nuestro espíritu depende de las elecciones que hacemos.
La elección de caminar en los caminos de Dios y practicar la rectitud nos lleva a la inmortalidad espiritual cuando estemos fuera de este cuerpo mortal. La llama de la eternidad ya está en nuestro espíritu, pero la redención de nuestro ser depende de la sujeción a Dios. Si nuestros primeros padres no hubieran transgredido, seríamos luz perpetua, pero por su misericordia, aún tenemos la oportunidad de elegir la luz.
Cuando Dios decidió crear al hombre con libertad, sabía que sería un riesgo. La desobediencia de la humanidad creó un desequilibrio, pero también abrió el camino para su redención. En términos espirituales, hay dos caminos, y debemos elegir uno.
La humanidad escuchó la voz de las tinieblas, y por ello nacemos bajo la tiranía de lo que no nos conviene y que nos hace sufrir. Pero Dios, en su amor por nosotros, nos ofrece la liberación mediante el perdón y la transformación de nuestra naturaleza. La salvación es un regalo del Creador que se recibe si la aceptamos. La decisión es nuestra.
La elección que nos conviene es aquella que nos lleva a depender voluntariamente de la Voz de Dios, permitiéndonos vivir con plenitud espiritual y material en el mundo que habitamos. Nuestras decisiones espirituales determinan no solo el lugar al que nos dirigiremos después de la muerte física del cuerpo sino también el destino que viviremos en esta vida. Al alinearnos con su Ley espiritual, encontramos un camino de abundancia aquí y ahora, donde el propósito, la justicia y la paz guían nuestras acciones diarias.
Dios no nos invita a una vida de privación, sino a una vida plena, donde la dependencia de su guía espiritual abre las puertas para vivir con propósito y disfrutar tanto de la riqueza del espíritu como de las bendiciones materiales que vienen al caminar con Él. Nuestra libertad alcanza su máximo potencial cuando elegimos lo que verdaderamente nos conviene: seguir el camino que nos conecta con la fuente divina de vida y bienestar.