La batalla más importante… no es contra el mundo exterior, sino
contra nosotros mismos.
Es una lucha interior… profunda…
contra nuestra propia naturaleza espiritual caída.
Su objetivo principal…
es impedir que trascendamos…
que nos transformemos…
en ese hombre o mujer que Dios creó…
para tener victoria en todo lo que emprende,
para tener dominio sobre la injusticia,
para vencer… incluso… la muerte.
Porque el hombre transformado…
vence la muerte.
Hay una intuición en nosotros —la del alma… la del corazón—
que nos impulsa… a entrar en razón…
a elegir lo que verdaderamente nos conviene:
subir… paso a paso… esa escalera al cielo.
La transformación… de lo terrenal… a lo espiritual…
nos devuelve el poder… con el que fuimos creados… desde el principio. Y en este proceso… la mente y el “yo” ocupan un lugar central.
Esa… es la parte que nos corresponde trabajar a nosotros.
Cuando estemos listos…
y en el tiempo de Dios…
la transformación ocurrirá también… en nuestro cuerpo.
Si permaneciéramos en este cuerpo que habitamos…
la muerte no podría ser destruida…
porque —hasta ahora— en este mundo material…
tiene poder… sobre lo físico.
Proverbios lo expresa con sabiduría:
“Guarda tu mente con diligencia… porque de ella brotan las fuentes de la vida”.
El “yo” …debe estar alerta.
Tiene el poder de decidir nuestro destino…
y, si lo permitimos… puede guiarnos hacia caminos equivocados.
Pero Dios… puede mostrarnos otro camino… uno que no termina en
error.
En la mente… se libran las batallas más determinantes.
Y según cómo las enfrentemos… así será nuestro destino…
en esta tierra… y después de ella.
La mente…
es un portal hacia el espíritu,
y también hacia el yo, o la voluntad,
que tiene el poder de la decisión:
la manifestación de la acción… de nuestra libertad.
Fue en la mente donde Eva fue seducida:
un pensamiento permaneció el tiempo suficiente…
para convencerla… de que desobedecer… era una buena idea.
Y cuando su “yo” decidió actuar…
se manifestaron las consecuencias del quebrantamiento
de la Ley de Dios.
Este dramático y perjudicial suceso…
nos enseña que debemos cuidar los pensamientos en nuestra mente,
y no permitir que los que no nos benefician…
se queden en ella.
Pero aún más importante…
es aprender a reconocer los diferentes tipos de pensamientos.
Para eso…
tenemos el poder del discernimiento de espíritus.
Hay pensamientos que son nuestros.
Hay pensamientos que vienen de Dios.
Y hay pensamientos que vienen de energías oscuras…
que no quieren que hagamos
lo que realmente nos conviene…
lo que nos haría felices.
Tal como le ocurrió… a Eva.
Nuestra voluntad… es el centro del libre albedrío.
Allí está el poder de elegir, de decidir.
Y es ahí… donde comienza todo…
incluso las acciones más pequeñas… de nuestra vida.
La trascendencia espiritual…
nos lleva más allá de esta visión limitada… del mundo físico.
Nos ayuda a romper la barrera del cuerpo…
sobre todo… de la mente terrenal.
Y nos permite empezar a ver…
quiénes somos realmente…
de dónde venimos…
y hacia dónde vamos…
si dejamos que el Espíritu… nos lo muestre.
Cuando hablamos de trascendencia…
hablamos de cruzar una frontera.
De pasar… de un lugar a otro.
De superar un límite.
Y eso… es exactamente lo que ocurre
cuando nos reconciliamos con la Fuente Creadora:
cruzamos la frontera… de lo terrenal… a lo espiritual.
Volvemos… a esa naturaleza original
que tenían, en el principio, los primeros seres formados.
Hay un pasaje en el libro La Vida de Adán y Eva,
en el que Dios les dice:
“Ustedes han transgredido por su propia y libre voluntad,
y salieron del jardín en el que yo los había colocado.”
Es a partir de este pasaje que creo
que la transgresión no ocurrió dentro del Jardín,
sino fuera de él.
Los espíritus transgresores…
no podían habitar en el Reino de la Luz,
y el Jardín era parte de los dominios de Dios.
Por eso… el Creador los lanzó a este planeta,
cuando aún estaba deshabitado.
Fue por el quebrantamiento de la Ley de Dios…
que nuestros primeros padres
fueron echados del Jardín de Dios y su portal cerrado
a los seres humanos.
Cuando Adán y Eva salieron —
aparentemente a merodear las afueras del Jardín,
que los protegía del mal ya existente —
fueron tentados…
y cayeron en la trampa.
La trascendencia…
puede verse como ese regreso al Jardín,
pero a la manera de Dios.
A la forma inversa.
Una forma justa,
pura,
y sin tristezas.
El cruzamiento…
de lo terrenal… a lo espiritual.
Ese regreso… no es inmediato.
Es un proceso.
Un camino… que se recorre por etapas…
a través de ciclos.
Y somos nosotros… quienes decidimos el ritmo:
rápido… lento… o estancado.
Dios ya hizo su parte.
Nos dio las herramientas necesarias.
Ahora somos nosotros… quienes decidimos si las usamos… o no.
El primer paso en ese camino…
ocurre cuando nos reconciliamos con Dios.
Es ese momento… en que el Espíritu transforma lo caído…
en algo lleno de vida…
en algo nuevo.
Este suceso… no se ve con los ojos físicos…
pero es tan real… como lo que tocamos.
Nos ayuda a no caer…
a resistir…
a caminar… con firmeza.
Pero hay más…
Existe un bautismo espiritual más profundo… más poderoso…
que llena al ser de dones… y capacidades especiales.
Eso no ocurre automáticamente.
Se recibe… cuando lo pedimos.
Sí… somos libres.
Y Dios, que nunca impone… respeta nuestra libertad.
Por eso… para recibir, hay que pedir.
Cuando pedimos… estamos diciendo: “Quiero”.
Y “quiero” significa… que mi voluntad… está en armonía con la suya.
El Espíritu está en nosotros si nos hemos reconciliado con Dios
pero muchas veces… lo apagamos.
Le cerramos el paso.
¿Y por qué?
Por miedo.
Por falta de confianza.
Por el apego a lo conocido…
a lo cómodo…
a las maneras y formas de actuar
que aprendimos de una forma fracasada de vivir,
heredada de nuestras sociedades.
Nos enseñaron que debemos “ser alguien” según lo que el mundo
espera: títulos, dinero, estatus, imagen.
Y sentimos que, si no alcanzamos ciertas metas visibles,
no valemos…
o no hemos prosperado.
Pero eso no viene de Dios.
Viene de un sistema que nos aleja del propósito real.
Y no queremos soltarlo…
porque nos da una falsa sensación de seguridad.
Pero todo eso —
el miedo, el aferramiento, la costumbre —
nos distrae…
y nos detiene.
Si no lo vemos…
si no lo entendemos…
nos quedamos atrapados…
en un ciclo sin fin…
sin poder pasar… al siguiente nivel de crecimiento.
Sin poder recibir
las bendiciones que Dios quiere darnos.
Porque cuando atendemos a lo espiritual…
las bendiciones llegan también… en lo físico.
No según los estándares sociales…
ni como la sociedad dictamina que debe ser una “vida exitosa”,
sino de acuerdo a nuestra esencia…
a nuestra verdadera forma de ser,
y a la visión personal que Dios va despertando en nosotros
sobre cómo deberíamos vivir…
para realizar aquello para lo que fuimos creados.
Aun así, no todo apego es malo.
Hay vínculos sanos:
relaciones… trabajos… caminos que nos hacen crecer…
que nos llenan de alegría.
Esos vínculos… no son cadenas.
Son raíces buenas.
Pero cuando el apego nos detiene…
cuando nos impide avanzar…
entonces se vuelve un obstáculo.
Por ejemplo:
un trabajo que te hace infeliz…
pero que no dejas… por el dinero.
O una relación… en la que ya no eres feliz…
pero sigues ahí… por miedo…
por el qué dirán…
o por ideas que no vienen del Espíritu…
sino de una tradición… que te limita.
Esos aferramientos…
te impiden vivir la vida que mereces…
y también… le impiden a la otra persona…
encontrar su propia alegría.
Una relación sana… es posible cuando cada uno…
ha hecho un mínimo de trabajo interior.
Un trabajo de sanidad…
de liberación…
de revisión de las costumbres y creencias
que cargamos desde la cultura… y la sociedad y que bloquean nuestro
caminar hacia lo que verdaderamente nos hace felices.
Cuando eso no ocurre…
Nos perjudicamos.
Y, sin darnos cuenta…
perdemos tiempo valioso de nuestras vidas.
Dios nos hace saber… que hay que sanar.
Que hay que desechar… y abandonar.
Si somos mansos a la guía del Espíritu…
Él nos muestra dónde tenemos que trabajar… interiormente.
No esperen algo increíble…
como un ángel… o una voz diciéndoles:
“Debes sanar esa herida.”
Aunque podría ocurrir…
Dios suele hablar de manera sencilla:
en tu interior,
en tu espíritu,
a través de pensamientos…
que muchas veces ignoramos.
Y también…
Podría hablar a través de otros.
Y no siempre lo notamos.
Dios quiere que seamos felices.
Y aunque a veces… nos permite pasar por momentos incómodos…
es solo para que despertemos.
Para que veamos… lo que no estamos viendo…
y necesitamos cambiar. Todo eso… es parte del crecimiento.
Muchos llegan a las relaciones…
sin preparación emocional… ni espiritual.
Nos preparamos para trabajar…
para ganar dinero…
pero no… para amar bien.
Y la madurez emocional…
no llega con la edad.
Llega con el trabajo interior.
Cuando comenzamos una relación con Dios…
todo empieza desde cero.
Y como toda relación…
necesita tiempo…
confianza…
y conocimiento mutuo.
Dios sabe… que pedirnos confianza total…
es un acto casi heroico.
Porque vivimos… en cuerpos de barro.
Porque no vemos… con claridad.
Pero Él… nos ayuda.
Solo quiere… que demos el primer paso.
Muchas personas… no entienden que todo lo que buscan —
la paz…
la justicia…
la prosperidad sin tristeza—
está en el Espíritu.
Y eso explica…
por qué se resisten… a entrar en esa relación.
La lucha entre la naturaleza caída… y el Espíritu…
está ahí para despertarnos.
Para que reaccionemos.
Para que volvamos a Dios.
Cuando entramos en relación con la Fuente de Aguas Vivas
el Espíritu nos ayuda a liberarnos de lo que quedó de esa naturaleza.
Solo en Él… hay paz.
Porque Él… es la Fuente.
La reconciliación con Él…
nos devuelve el poder que perdimos.
Y con ese poder… resistimos y vencemos la maldad.
Esta lucha… también es colectiva.
Como humanidad…
fuimos llamados a subyugar el mal.
Y esa guerra… ya fue ganada… en la Palabra.
Dios lo dijo… cuando todo comenzó.
la Voz declaró que la descendencia de la mujer
aplastaría la cabeza de la serpiente.
Y ese aplastamiento…
es una victoria.
Es una sentencia.
Pero muchas traducciones…
dicen “herir” … no “aplastar”.
Y al cambiar esa palabra…
se pierde el poder… que Dios nos entregó.
Pisar la cabeza del enemigo…
era, en las culturas antiguas…
una señal de victoria total.
De dominio absoluto.
Cada vez que nos reconciliamos con Dios…
ese acto… es un golpe directo al mal.
No se trata de un solo “descendiente”.
La palabra original… zera…
significa “descendencia” en sentido colectivo.
Es toda la humanidad…
la que fue llamada a esta lucha espiritual.
No somos espectadores…
esperando a que alguien nos salve.
Somos parte activa.
Somos portadores del poder para vencer.
Ese entendimiento…
lo cambia todo.
Y nos devuelve la autoridad
que nos fue dada… desde el principio.
Este proceso… es personal…
pero también colectivo.
Porque cuando cada uno… hace su parte…
como humanidad…damos un paso… hacia el triunfo definitivo.
Y ese día… llegará.
Cuando la Palabra… vuelva a guardarse en la descendencia…
como en el Edén… antes de la caída.
Entonces… se cumplirá lo que Isaías profetizó:
“Porque he aquí que yo crearé cielos nuevos y tierra nueva;
y de lo primero no habrá memoria,
ni más vendrá al pensamiento.”
El fin del mundo…
será el fin de la vida puramente física.
El comienzo… de una existencia espiritual plena.
¿Habrá desastres… como muchos dicen?
No lo sé.
Lo que sí sé…
es que el mundo… no podrá seguir igual.
El cuerpo físico…
no puede contener para siempre… al espíritu transformado.
Y también sé que:
los que estamos con el Señor…
estamos protegidos.
Podrá herirnos… en el talón…
pero nosotros…
le aplastamos la cabeza.
Estamos en esta forma física…
por causa de la caída.
Pero volveremos… a nuestro origen.
A la luz.
Al Espíritu.
Isaías habló de una renovación.
No de destrucción.
Una nueva creación…
donde no habrá memoria del dolor.
Muchos de los que escribieron en la Biblia…
lo hicieron desde la luz que tenían… en su tiempo.
Una luz real, sí…
pero parcial.
Porque la humanidad… después de la caída…
no estaba en condiciones de comprenderlo todo.
Y como Jesús mismo lo dijo:
“Aún tengo muchas cosas que decirles…
pero ahora… no pueden soportarlas.”
El problema vino después…
cuando palabras humanas —
nacidas de una comprensión limitada…
o incluso de intereses personales —
fueron presentadas como si fueran
la misma Voz de Dios.
Y con el tiempo…
esa mezcla entre verdad espiritual,
percepción humana
y hasta falsificación deliberada,
se volvió peligrosa.
Tan peligrosa…
que durante siglos…
se usó para imponer temor,
para controlar,
y para silenciar
a quienes veían más allá.
Y yo me pregunto…
si yo hubiera vivido en la Edad Media…
siendo mujer…
y hubiera escrito el episodio del Falseamiento de la Ley de Dios…
¿qué hubiera hecho la Inquisición conmigo?
Probablemente… me habrían llamado hereje.
Me habrían mandado a callar…
o algo peor.
A pesar de la resistencia de algunos…
en esta era…
se pueden decir cosas que no encajan con la enseñanza
del establecimiento religioso…
sin recibir la pena física que recibieron algunos
que se atrevieron a poner el pie…
fuera de la creencia ortodoxa.
Por más que vinieran de Dios las cosas que digo…
todavía habrá quienes me tilden de hereje.
Algunos incluso… formarán cadenas de oración…
creyendo que la verdad que comparto…
es una mentira del anticristo.
Pero eso… solo reflejaría su ignorancia espiritual.
No la realidad… del Espíritu.
Hay verdades… que no se ocultaron por voluntad divina…
sino porque el ser humano…
al elevar sus propias interpretaciones…
tapó la luz con capas de tradición…
enseñando que lo que interpretaban…
era lo que había que creer.
Pero hoy…
hoy quizás estemos más preparados.
Tal vez ahora sí…
podamos recibir… lo que antes no podíamos soportar.
Dios está hablando otra vez…
de formas diferentes…
y que no son las tradicionales.
Es por eso que las palabras de Dios en Isaías hoy resuenan más que nunca:
“Busquen al Señor mientras puedan encontrarlo,
llámenlo mientras está cerca.
Que el malvado deje su camino,
que el perverso deje sus ideas;
vuélvanse al Señor, y él tendrá compasión de ustedes;
vuélvanse a nuestro Dios, que es generoso para perdonar.”
El Espíritu…
que es como una corriente de aguas cristalinas,
que corre con un propósito
determinado por la misma Fuente Creadora,
no se lo puede encerrar…
en la caja de la tradición,
o de la arrogancia religiosa,
ni en la de los condicionamientos humanos,
propios de una sociedad
que no tienen correspondencia
con su plan individual para cada uno de nosotros y como sociedad.
Ni en ninguna otra forma…
que no sea aceptable para Él.
Los que creen que pueden hacerlo…
no entienden la libertad
y el poder del Espíritu.
Y es aquí donde entramos nosotros,
los que creemos en la Fuente Creadora.
Porque la luz… nunca dejó de brillar.
Siempre hubo quienes escucharon la Voz verdadera…
aunque no tuvieran el respaldo de las instituciones.
Hoy… somos nosotros quienes la escuchamos.
Quienes respondemos.
Y por eso… somos llamados a ser luz.
Se nos ha dicho… que la luz vence a las tinieblas…
¿Y cuál es esa luz?
Somos nosotros.
Los que hicimos las paces con Dios…
los que vivimos desde la verdad…
los que damos testimonio… de su bondad.
Somos esa lámpara que no se esconde.
Esa luz… que alumbra toda la casa.
Y cuando hay luz en el alma…
todo el cuerpo se ilumina.
La presencia sola de la luz…
hace que las tinieblas se retiren.
No hay esfuerzo en ello.
¿Y cuál es la verdad?
Dios es la verdad. Y nosotros…
somos la verdad manifestada por Él en la Tierra.
Somos mensajeros de libertad.
Anunciadores de buenas noticias…
portadores de esperanza.
Y en la batalla diaria… contra nosotros mismos…
demostramos que el triunfo… está cada vez más cerca.
No porque seamos perfectos…
sino porque hemos decidido escuchar…
la Voz del que nos llama.
Si la batalla es interna…
también lo es la victoria.
Y cada paso hacia la transformación…
es un paso… hacia la luz.
Nuestra batalla… no es contra el mundo…
sino contra lo que aún queda en nosotros…
de ese viejo mundo… que se resiste a desaparecer.
Pero hemos sido llamados a vencerlo.
No por la fuerza…
sino por la transformación.
Porque quien vuelve a su origen espiritual…
pisa la cabeza del mal… cada día…
simplemente… por caminar en la luz.
Y cuando esa luz…
se encienda en toda la descendencia…
entonces habrá cielos nuevos y tierra nueva.
No porque el mundo haya terminado…
sino porque nosotros —
los que elegimos la reconciliación—
seremos hechos de nuevo…
como al principio…
seres de luz.