Se podría inferir que, en la sociedad politeísta donde vivía Abraham, Yahveh ya era conocido entre los muchos dioses del entorno. Sabemos del Patriarca y, según el relato del Génesis, aparentemente Abraham no era el único que conocía a su Dios. Génesis nos dice: “Entonces Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, sacó pan y vino; y le bendijo diciendo: bendito sea Abram del Dios Altísimo…”
En la tradición cananea, el título Dios Altísimo (El Elyon) se refería a Él, el dios supremo del panteón cananeo. Él era considerado el creador del cielo y la tierra, padre de los dioses y figura central del sistema religioso. Este nombre aparece en textos ugaríticos y también se conserva en la Biblia, donde en algunos pasajes Yahveh es identificado con ese mismo título. Esto indica que, en el contexto bíblico más antiguo, el Dios de Abraham fue asociado con una figura ya venerada en el entorno cultural y religioso de Canaán.
Que el mismo título se use para ambos no significa que fueran el mismo ser, pero sí sugiere que Yahveh no era aún un Dios exclusivo, sino uno entre varios nombres de autoridad divina en la región. Además, el hecho de que Abraham visitara santuarios politeístas muestra que su Dios podía ser reconocido dentro del marco religioso de otros pueblos. La exclusividad de un solo Dios aún no se había establecido, y se percibe en Abraham una actitud de respeto hacia los elementos de culto pagano que él también empleaba con propósitos diferentes.
La existencia de un sacerdote revelaba fieles. Es decir, había creyentes —como Abraham— que visitaban el lugar con frecuencia. No hay razón textual sólida para afirmar que este sacerdote era exclusivo del Dios de Abraham, salvo por la interpretación posterior que hace el escritor de Hebreos en el Nuevo Testamento. Sin embargo, si comprendemos la religión de aquella época dentro de su contexto histórico, podemos deducir con bastante seguridad que Melquisedec era el encargado de un santuario politeísta donde también se veneraba al Dios de Adán. La diferencia que hizo Abraham fue que lo abrazó como su único Dios.
Aun así, el monoteísmo como fe no existía aún ni se entendía como lo haríamos hoy. Dios lo establece formalmente más adelante, con el Decálogo o la Alianza. Mientras tanto, la misma familia de Abraham y sus descendientes continuaron usando formas religiosas recogidas en Sumeria hasta Canaán, e incluso hasta después de la destrucción del templo. Una prueba evidente del poder que la religión politeísta de sus ancestros tenía sobre Israel es el famoso episodio del becerro de oro, construido para adorarlo mientras Dios mismo hablaba con Moisés.
La tensión entre el monoteísmo emergente y el politeísmo dominante no desapareció con Abraham. Su descendencia continuó reflejando esa lucha interna durante generaciones. Después de la muerte de Josué, los israelitas comenzaron a adorar a los dioses cananeos, especialmente a Baal y Astarté. El rey Salomón, influenciado por sus muchas esposas extranjeras, construyó altares para deidades paganas. Jeroboam, primer rey del reino del norte (Israel), hizo dos becerros de oro para evitar que el pueblo subiera a Jerusalén. Conocía bien la inclinación religiosa del pueblo y decidió tentarlos con aquello que más deseaban.
En el reino del sur, Judá, el rey Manasés restauró los altares paganos y adoró a todos sus dioses. Incluso después de la destrucción de Jerusalén, los judíos que huyeron a Egipto continuaron adorando a la “Reina del Cielo”, una deidad que probablemente derivaba de la diosa sumeria Inanna, aunque ya entonces era conocida como Astarté. Durante el exilio en Babilonia, el profeta Ezequiel vio en visión a los ancianos de Israel adorando imágenes en secreto dentro del templo. La idolatría fue constante en la historia de Israel, desde antes de ser nación hasta mucho después de su dispersión, porque esa era la cultura religiosa en la que habían nacido.
Una de las características más notables del entendimiento espiritual que recibió Abraham fue el monoteísmo incipiente. Esa fe singular luchó por florecer en un entorno profundamente hostil a la adoración exclusiva de un solo Dios. La fe de Abraham fue canalizada a través de formas rituales heredadas del politeísmo, y así llegó hasta los tiempos del cristianismo, que finalmente reemplazó el politeísmo como el sistema dominante.
Aunque Abraham conoció al Dios único verdadero, no fue sino hasta Moisés que el monoteísmo se establece como ley espiritual perpetua. Fue entonces cuando Dios eligió a un pueblo para sí, con la intención de que fuera ejemplo de su gobierno entre las naciones. Sin embargo, Israel resistió ese llamado, aferrándose a las prácticas religiosas de las naciones politeístas que tanto admiraba.
Abraham, nacido en Sumeria junto con su familia, vivía en Jarán con su padre Téraj cuando recibió el llamado de Dios de dejar su tierra y dirigirse a Canaán. Al llegar, cruzó el país hasta llegar al santuario de Siquén, donde se encontraba la encina sagrada de Moré. Genesis aclara en el pasaje que en ese tiempo los cananeos habitaban el lugar.
En la religión cananea los árboles sagrados eran símbolos de la presencia divina o del acceso al mundo espiritual. Las encinas (y otros árboles grandes como el terebinto) eran considerados árboles sagrados por los cananeos y por otros pueblos del antiguo Cercano Oriente, incluidos los fenicios y arameos. Los lugares altos con árboles sagrados eran usados como santuarios al aire libre. Por eso los profetas de Israel denunciaron en varias ocasiones el culto “debajo de todo árbol frondoso” (debajo de toda encina o árbol verde, como dicen en 2 Reyes 16:4, Jeremías 2:20, etc.). En la mayoría de los casos, los lugares altos eran altares o santuarios erigidos en colinas, montes o plataformas elevadas usados para sacrificios, adoración y ritos religiosos.
Lo primero que hace allí el patriarca, según el texto, es levantar un altar a Yahveh. Estos altares no eran templos, sino montones de piedras que marcaban lugares donde se creía que había ocurrido un encuentro con lo divino. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos de estos sitios —al ser visitados por generaciones de creyentes y asociados a experiencias sagradas— comenzaron a considerarse santuarios. Y con el crecimiento de la comunidad o la necesidad de organizar el culto, algunos de estos santuarios rudimentarios fueron transformándose en templos y administrados por sacerdotes.
Luego, el relato muestra que Abraham se desplazó hacia el Négueb, pero debido a una gran hambruna, bajó a Egipto y más tarde regresó al punto de origen mencionado, donde instaló sus tiendas junto a la encina sagrada del amorreo Manré, en Hebrón, y allí edificó otro altar a Yahveh.
Este accionar cobra más sentido si recordamos lo que dijo el historiador George Roux: que las evidencias arqueológicas de templos del período Obeid, a lo largo del Éufrates, muestran que las villas antiguas crecían alrededor de un santuario, no de un castillo, como ocurriría siglos más tarde en Europa. Los santuarios, entonces, eran centros espirituales y comunitarios. En el relato bíblico, se percibe que Abraham trataba esos lugares con gran respeto y reverencia.
Luego viene el episodio en que Dios le promete descendencia. Pero Abraham le pide una prueba, lo cual contrasta visiblemente con la imagen de fe inquebrantable que muchas veces se nos ha transmitido del patriarca. Quizás deberíamos entender que todos —inclusive el llamado Padre de la fe— debemos crecer en nuestra confianza en Dios.
Recuerdo que, cuando era una niña en la fe, también solía pedirle pruebas a Dios. Con el tiempo dejé de hacerlo, porque aprendí a confiar en su Palabra. Todo esto nos ocurre porque oímos, sentimos… pero no vemos lo que se nos prometió. A veces, sin embargo, todavía me siento tentada a pedir una señal. Pero no porque no crea en lo que Dios me dijo, sino por mí, por temor a equivocarme, a que no haya sido Él, sino mis propios pensamientos.
Dios puede hablar de muchas formas: en pensamientos, en una voz interior clara. A veces uno se da cuenta al instante de que no es algo generado por la propia mente. Pero como sé que la mente es el campo de batalla de la guerra espiritual, soy muy cautelosa y desconfiada de cualquier voz recibida de ese modo. A veces no hay otra forma, y deben hablar así porque es algo urgente. Aun así, doy gracias a Dios, que en mi caso la mayoría de las veces me habla a través de sueños.
El texto continúa diciendo que Dios responde a Abraham, respecto a su pedido de prueba, mediante un ritual conocido en el mundo antiguo: el pacto por corte de animales, una práctica común en Sumeria, Babilonia, Egipto y Canaán. Más adelante, ese pacto se confirma con la circuncisión, otra costumbre preexistente en muchas culturas semitas, egipcias y árabes.
En el capítulo 18, se menciona que Yahveh se le aparece a Abraham en la encina de Manré, un lugar que ya había sido usado como santuario. Más adelante, en Berseba, Abraham planta un tamarisco —un árbol considerado sagrado también — e invoca allí el nombre de Dios. Todo esto muestra que Abraham establecía sus tiendas cerca de santuarios conocidos o árboles sagrados, y usaba estos espacios como puntos de conexión con lo divino.
Incluso sus entierros reflejan esta lógica. Sara es sepultada en la cueva de Macpela, ubicada cerca de la encina sagrada de Mambré. No fue una elección al azar. Estaba situada en un entorno que ya tenía un carácter sagrado. Allí mismo Abraham había levantado un altar, y allí eligió enterrar a su esposa. Más que práctico, fue un acto simbólico: unir el lugar de adoración con el descanso final, apropiarse espiritualmente del territorio, y resignificarlo para su Dios.
Jacob entierra a Raquel junto al camino, cerca de Belén, y levanta sobre su tumba un pilar. Aunque no se menciona un santuario, el uso del pilar —común en los cultos antiguos— y la cercanía a una ciudad simbólica sugiere que ese lugar se convirtió en punto de memoria espiritual.
Débora, la nodriza de Rebeca, es sepultada bajo una encina cerca de Betel, y el árbol recibe el nombre de Alón-bacut, que quiere decir “la Encina del Llanto”. En una cultura donde los árboles eran sagrados y los espacios naturales adquirían significado espiritual, este acto no fue casual: fue una forma de inscribir la pérdida en el paisaje sagrado, como ya lo habían hecho con piedras, altares y pilares.
Estos hombres antiguos conservaron el único sistema religioso que conocían: uno creado por el hombre para honrar a sus dioses.
Abraham no inventó nuevas formas; usó las existentes para dejar constancia de su Dios. Aunque no se aclara si en esos altares ofrecía sacrificios, es evidente que, con sus actos, Abraham dejaba marcas deliberadas en lugares sagrados del politeísmo, como testimonio del Dios al que servía. El patriarca sabía lo que hacía.
En el relato bíblico, no se registra que Abraham ofreciera sacrificios a Dios, con excepción del episodio donde se relata el sacrificio de Isaac. Pero este pasaje es cuestionable por varias razones. Según la Alta Crítica, el relato del sacrificio de Isaac no pertenece al texto original del Génesis, sino que es una adición tardía, posiblemente proveniente de las tribus del norte de Israel, asociada a la fuente Elohista. Más importante aún, la idea de que Dios pidiera el sacrificio de un hijo humano contradice profundamente su carácter.
Si tomamos en cuenta la voz de los profetas, veremos que no solo se pone en duda el mandato del sacrificio de Isaac, sino que se afirma con claridad que Dios nunca ordenó sacrificios humanos, ni siquiera los imaginó. El ministerio profético surgió precisamente para confrontar las creencias espirituales erradas del pueblo, creencias que los llevaban a realizar prácticas que Dios consideraba abominables.
En tiempos del profeta Jeremías, Dios denuncia con firmeza: “Y han edificado altos lugares a Baal, que está en el valle de Ben Hinón, para hacer pasar por el fuego a sus hijos en holocausto a Moloc; lo cual no les mandé, ni subió en mi pensamiento que hiciesen esta abominación para hacer pecar a Judá.” (Jeremías 32:35)
Este Baal —según estudios de las religiones antiguas— era en sus orígenes el dios sumerio Enlil, aunque con otro nombre.
Como ya sabemos Enlil era considerado el creador mismo del sistema religioso, incluyendo los sacrificios, el sacerdocio y la liturgia en los lugares altos, como indican los registros cuneiformes de la primera civilización humana. Estas creencias, adoptadas por los pueblos vecinos y heredadas por los israelitas, modelaron un sistema que se distanció del Dios verdadero, cuya voz los profetas trataron de restaurar. Las palabras de Jeremías dejan en claro que Dios no solo rechazaba los sacrificios humanos, sino que los consideraba una repulsión.
Hay que notar, además, que cuando Dios dice: “lo cual no les mandé, ni subió en mi pensamiento que hiciesen esta abominación para hacer pecar a Judá”, está dejando en claro que no incita al pecado ni ordena actos perversos. De sus propias palabras se infiere que tampoco probaría la fidelidad de alguien pidiéndole cometer una abominación, porque Él conoce el corazón del ser humano. Entonces, ¿cómo se concilia este carácter con la historia de Abraham e Isaac, donde se presenta a Dios pidiendo algo que Él mismo condena?
El Nuevo Testamento elabora esa escena como una prueba de fe. Dice que Dios quiso probar a Abraham pidiéndole que ofreciera en holocausto a su hijo. Pero, ¿acaso necesita Dios, que conoce los corazones, llevar al extremo de pedir un asesinato a un hombre para probar su fidelidad? ¿Tiene Dios que tentar al ser humano con una acción que luego Él mismo condena como una “abominación”?
La lógica espiritual de los profetas choca con esta idea. El mensaje de Jeremías y otros profetas no solo niega la legitimidad espiritual de los sacrificios humanos, sino que nos muestra a un Dios que aborrece esa práctica y la atribuye a la corrupción de las creencias del pueblo.
El mismo Nuevo Testamento dice con claridad, en la carta de Santiago que:
“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie.”
Este versículo es directo: Dios no tienta a nadie. Y el texto incluso aclara que ni siquiera puede ser tentado por el mal, estableciendo una distancia absoluta entre Dios y cualquier tipo de prueba maliciosa.
Sin embargo, esto entra en tensión directa con Génesis 22:1, que dice:
“Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham…” (algunas traducciones dicen tentó en lugar de probó) Y aún más con la teología del Nuevo Testamento, que interpreta ese episodio como modelo de obediencia suprema y lo compara con el sacrificio de Jesús, como si Dios necesitara una muestra de obediencia basada en la disposición a matar o cualquier otra acción que considera una maldad. ¿Cómo puede el mismo Dios que dice “nunca imaginé que se hiciera tal abominación” en Jeremías y que “no tienta a nadie” en Santiago, haberle pedido a Abraham que matara a su hijo como muestra de fe?
El texto de Santiago también deja implícito que, si alguien tienta, no es Dios. En ese contexto, la tentación proviene del mal deseo o del maligno, como se interpreta en otros pasajes. Esto da más peso a la sospecha de que la narración del sacrificio de Isaac no refleja la verdadera voz de Dios, sino una construcción influenciada por religiones que sí practicaban los sacrificios humanos.
Algunas interpretaciones neotestamentarias y los textos levíticos trastornaron la imagen y el carácter de Dios, presentándolo como un ser que exige derramamiento de sangre para satisfacer su justicia, aromas de grasas asadas para calmar su enojo, y animales sacrificados como alimento. Esta visión ritualista influyó en el desarrollo de la doctrina cristiana del sacrificio expiatorio, que presenta a Jesús como la víctima definitiva.
Sin embargo, esta perspectiva distorsiona la esencia de un Dios justo y misericordioso. Un Dios verdaderamente justo no exige la muerte de un inocente para ejercer su justicia. ¿Quién de nosotros, siendo imperfectos, pediría la muerte de un justo como precio para reparar el daño? Esa es una lógica contraria al amor y a la justicia. Reemplaza la misericordia por el ritualismo, y transforma a Dios en una representación que no es.
Como mencioné en El falseamiento de la Voz de Dios, el autor de la carta a los hebreos no reconoció el sistema de sacrificios como un error humano, sino que lo reemplazó por una figura aún más radical: el sacrificio de un hombre. Sin embargo, esta no fue una simple reinterpretación espiritual, sino una maniobra doctrinal que encaja con el pensamiento de ciertos sectores religiosos de su época.
Después de la destrucción del templo, varios grupos dentro del judaísmo —como los fariseos y los escribas— comenzaron a apartarse del ritual de los sacrificios, priorizando el estudio, la oración y la justicia. Esta transición revela que incluso quienes habían copiado, enseñado y defendido el sistema, ya no lo consideraban válido ni necesario.
Es razonable pensar que el autor de hebreos pertenecía al círculo de los escribas o del sacerdocio, debido al conocimiento técnico que demuestra sobre las leyes levíticas. Su intento de justificar el fin de los sacrificios apelando a una nueva alianza con un sacrificio “superior” no fue un simple acto de fe, sino una maniobra consciente de quienes, una vez más, manipularon la Ley de Dios para adaptarla al nuevo contexto.
Después del año 70, con el templo destruido y el sistema de sacrificios interrumpido, los grupos religiosos enfrentaron una crisis de identidad: ¿cómo relacionarse con Dios sin templo, sin altar, sin sacerdocio, sin sangre? Ya en el siglo VI a.C., durante una crisis similar, Dios había confrontado la falsa seguridad del pueblo que creía que su templo y sus rituales los protegerían, sin importar su desobediencia.
En ese contexto, Dios declaró por medio de Jeremías:
No confíen en palabras de mentira, diciendo: ‘¡Templo de Yavé, templo de Yavé, templo de Yavé es éste! […]” Vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtáis, matáis, adulteráis, juráis en falso, quemáis incienso a Baal y vais tras dioses extraños que no habíais conocido, ¿y ahora venís y os presentáis delante de mí en esta Casa sobre la cual es invocado mi nombre, y decís: ‘¿Somos libres’, para seguir haciendo todas estas abominaciones? ¿Es cueva de ladrones delante de vuestros ojos esta Casa, sobre la cual es invocado mi nombre? Esto también yo lo veo, dice Yavé. (Jeremías 7:4,11)
Con estas palabras, denunció la confianza puesta en un edificio mientras el pueblo vivía en injusticia. El templo, en lugar de ser un lugar de encuentro con lo divino, se había convertido en refugio de hipocresía y mentiras. Aun así, siglos después de esta advertencia, tras la destrucción del segundo templo, algunos eligieron levantar una nueva doctrina sobre los mismos cimientos: un sacrificio más “perfecto”, ofrecido en lugar del antiguo sistema, pero con la misma lógica ritual que Dios ya había rechazado.
Algunos, como los fariseos, optaron por preservar su identidad mediante el estudio de la Ley, la oración y la ética. Pero otros, como el autor de hebreos, buscaron una salida teológica para evitar reconocer una verdad que los profetas ya habían declarado siglos antes: que el sistema sacrificial no fue instituido por Dios, sino creado por los hombres, y que en Israel su redacción fue obra de los escribas. Para sostener esa estructura, algunos reinterpretaron la muerte de Jesús como un sacrificio único y eterno. Esta fórmula resolvía dos necesidades al mismo tiempo: sustituir el ritual perdido y desvalorizado, y justificar la continuidad de su creencia en el sistema religioso de los sacrificios dentro de un nuevo marco. Sin embargo, esta respuesta doctrinal no reconoce que el verdadero problema no era la ausencia del templo, sino el fundamento mismo del sistema sacrificial, cuya legitimidad ya había sido denunciada por los profetas.
La misma casta de escribas que escribió en nombre de Dios que los sacrificios eran “estatuto perpetuo”, vuelve ahora a declarar —también en su nombre— que han caducado. Pero Dios ya había advertido contra este falseamiento: “Porque falsificaron mi Ley los escribas mentirosos” (Jeremías 8:8), y como dice también en la misma profecía, que Él nunca ordenó ni pidió sacrificios ni holocaustos. La carta a los hebreos se convierte así en la cara doctrinal de una decisión silenciosa que se venía gestando: la de abandonar un sistema ya en decadencia sin admitir su origen humano.
Esta es la historia de un sistema religioso que se mantuvo, se adaptó y finalmente se disfrazó bajo nuevas formas, pero nunca fue reconocido por lo que realmente fue: una invención humana atribuida a Dios. En la tercera parte veremos cómo este sistema no solo sobrevivió, sino que sigue vigente hasta nuestros días.