La Palabra de Dios – Aglutinando Toda la Existencia

La voz de Dios es como un aglutinante que cohesiona toda la existencia, manteniéndola estructurada y en armonía. Es como el esqueleto del universo, un compuesto de piezas interconectadas que sostienen todo lo que existe para que no caiga en el caos. Dios crea con palabras: todo lo que vemos y conocemos fue hecho por su mandato, y es por su Palabra que el cosmos permanece de pie. Su voz es como una fuerza invisible, similar a la gravedad, que lo mantiene todo en equilibrio.

Dios dijo, y se hizo. Esta misma capacidad de crear con palabras también está en nosotros, cuando nos hemos reconciliado y comenzado el proceso de la transformación. Jesús lo enseñó cuando dijo: “Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho.” Sin embargo, aunque tenemos esta habilidad, nuestro aferramiento a lo terrenal nos limita porque nos manifiesta miedo. Y el miedo te frena a moverte libremente y con confianza en el Espíritu.

El espíritu magnífico de Dios no se mueve en miedo.  El miedo simplemente no existe en su naturaleza. Nosotros tenemos un miedo natural que nos ayuda a reaccionar en casos de supervivencia como protección física, pero no estoy hablando de ese miedo. La materia se interpone, impidiendo que manifestemos esa maestría creadora que Jesús mencionaba.

Para entender mejor cómo la Palabra de Dios sostiene todo, me gustaría compararla con un concepto científico: el Bosón de Higgs, conocido también como “la partícula de Dios”. No pretendo dar una lección de física, porque no soy experta y no quiero aburrir a quienes no disfrutan del tema, pero esta analogía puede ayudarnos a comprender mejor cómo espíritu y materia se entrelazan, y cómo la ciencia y la espiritualidad pueden complementarse mutuamente.

El físico Peter Higgs propuso que existe un campo que penetra todo el espacio, y que el Bosón de Higgs es una partícula elemental que otorga masa a otras partículas del universo. La masa es lo que da forma y sustancia a todo lo que vemos: desde un árbol hasta una estrella, pasando por nosotros mismos. Sin masa, el universo sería un lugar completamente diferente; no habría materia, ni vida, ni siquiera las estructuras más básicas. Este descubrimiento es crucial para entender cómo el cosmos está organizado.

Sin embargo, desde una perspectiva espiritual, esta “partícula” opera bajo una orden divina. Según las Escrituras, todo lo que existe tiene un límite. Se nos dice que “todos los astros del cielo se desintegrarán, el cielo se enrollará como un pergamino y todas las estrellas caerán como hojas de una vid”. Este evento, que parece describir la desintegración del universo, dará lugar a “un cielo nuevo y una tierra nueva”, donde todo será transformado.

Cuando ese momento llegue, el Bosón de Higgs dejará de funcionar. No será un evento fortuito, sino el cumplimiento de un plan divino. Este cambio estará acompañado de la transformación de nuestro ser terrenal en un cuerpo espiritual, similar al que teníamos antes de la transgresión. Este es el destino al que Dios nos llama: volver a ser seres espirituales, como éramos en el principio, seres de luz. Según las Escrituras, aquellos que elijan entrar en pacto con Dios serán preservados de la desintegración del cosmos y transformados sin pasar por la muerte.

La conexión entre el Bosón de Higgs y la Palabra de Dios nos muestra cómo lo visible y lo invisible están entrelazados. Todo lo que vemos está sostenido por una Palabra divina. Y cuando entendemos esta verdad, nos damos cuenta de que el universo no solo es un lugar físico, sino también una invitación a buscar nuestro propósito eterno y a redescubrir nuestra verdadera esencia como seres espirituales.

Como nota adicional, creo que merece un pequeño espacio en este argumento hablar sobre los siete días de la creación, un pasaje que ha sido criticado y desacreditado por incrédulos y científicos que no han conocido a Dios. Personalmente, me tiene sin cuidado si la creación se hizo en siete días, setenta años o siete mil años. Para mí, eso no cambia la realidad de que Dios existe. Los escritores bíblicos antiguos estaban tan limitados por el tiempo como lo estamos nosotros, pero Dios no. Además, ni ellos ni nosotros tenemos la capacidad de comprender cabalmente los tiempos de Dios porque Él es eterno, y nosotros no. Nuestro cuerpo físico limita el entendimiento que el Espíritu podría darnos.

Dios no tiene principio ni fin. Podríamos decir que Él es el continuo del tiempo, o mejor aún, que su tiempo no tiene límite. En el mundo espiritual, el concepto de tiempo simplemente no existe. Es en el mundo material donde el tiempo cobra sentido, porque aquí morimos. Dios estableció un límite temporal para la existencia material. A Adán le dijo: “He ordenado sobre esta tierra, días y años, y tú y tu descendencia vivirán en pie en ella, hasta que los días y años se cumplan, cuando las palabras que te crearon y las que te hicieron salir del jardín tras tu transgresión sean pronunciadas. Sí, cuando la palabra se guarde de nuevo, pasados los cinco días y medio y se vean cumplidos.”

Cuando Adán escuchó estas palabras, no pudo entender su significado. Creía que esos cinco días y medio eran literalmente eso: cinco días y medio hasta el fin del mundo. Pero ¿cómo podría haberlo entendido si recién había sido expulsado del Edén? No conocía el tiempo, ni la muerte. Lo único que podía comprender era que Dios le prometía salvarlo del castigo y llevarlo de vuelta a casa. Y así como Adán, quienes transmitieron estas memorias de manera oral tampoco comprendían plenamente el concepto de tiempo. Incluso hoy, nosotros no podemos comprenderlo por completo.

Cuando leo los relatos de la creación en las Escrituras y en el libro de Adán y Eva, me queda claro que los escritores intentaron explicar con sus mejores recursos algo que excedía su entendimiento humano. Por ejemplo, en el relato de Génesis se nos dice que, en el principio, Dios creó los cielos y la tierra, pero que la tierra estaba desordenada y vacía, con tinieblas sobre la faz del abismo. Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Esta descripción se puede entender mejor cuando la comparamos con el relato del castigo al ángel caído en el libro de Adán y Eva, donde se dice: “Cuando el ángel bueno me era obediente, una luz brillante recaía sobre él y sus anfitriones. Pero cuando transgredió mi mandamiento, lo privé de esa luz, y se convirtió en oscuridad. Y cuando cayó del cielo a la tierra, esta oscuridad vino con él.” En otras palabras, las tinieblas que cubrían la tierra provenían de los ángeles caídos. El Reino de Dios, en contraste, es un lugar de absoluta luz. Allí no hay tinieblas ni necesidad de lumbreras, porque la luz que ilumina todo es la de Dios.

Sin embargo, el relato de Génesis nos dice que Dios creó la luz en el primer día y que vio que era buena. Luego, en el cuarto día, creó las lumbreras, el sol y la luna, para separar el día de la noche. Si tomamos esta narración al pie de la letra, encontramos una aparente incoherencia: ¿cómo pudo haber luz en el primer día si las lumbreras no fueron creadas hasta el cuarto? Aquí es donde necesitamos recordar que Dios es luz. No creó la luz como algo separado de Él; la luz es su esencia.

Además, según lo que conocemos del universo, no hay luz sin fuentes luminosas como el sol, las estrellas o la luna que refleja la luz solar. Sin estas lumbreras, viviríamos en completa oscuridad. Por lo tanto, parece claro que los escritores del relato de Génesis hicieron su mejor esfuerzo por describir algo que no comprendían plenamente, usando un marco cronológico que reflejaba su perspectiva limitada del tiempo.

El libro de Adán y Eva, por su parte, no intenta describir la creación con una cronología de siete días. Solo menciona que el jardín fue colocado en el tercer día de la creación. Esto me lleva a pensar que el relato de Génesis no debe interpretarse como una descripción literal del tiempo de la creación, sino como una forma de transmitir la capacidad creadora de Dios desde una perspectiva humana.

En última instancia, el tiempo es algo que pertenece a nosotros, no a Dios. Como dice la Escritura, “mil años delante de sus ojos son como el día de ayer que pasó, y como una vela de la noche.” No podemos medir el tiempo de Dios ni el tiempo de su creación, porque Él está más allá de esas limitaciones.

Volviendo al tema principal, entendemos que el descubrimiento del Bosón de Higgs explica cómo el universo se mantiene cohesivo gracias a una partícula elemental cuya función es dar forma y sostén a todo lo que existe. Esto es válido en el orden completamente físico. Sin embargo, en el orden espiritual, es la orden de Dios la que permite que esta partícula exista y cumpla su propósito. Ahora, el incrédulo podría decir: “Sí, pero no hay prueba física o tangible de lo que afirmas.” No estoy tratando de probar que Dios existe con este argumento, sino de mostrar cómo su orden divina sostiene todo lo que vemos, comparándola con esta partícula elemental que hace posible la existencia material.

Podemos observar que hay un componente físico que se mantiene gracias a un componente espiritual: la orden de Dios. No hay una respuesta física sobre el origen de esta partícula que forma todo lo que conocemos, porque su origen no es físico, sino espiritual. Aquí enfrentamos la misma barrera insuperable que tiene el argumento de que el universo se originó a partir de una explosión de una partícula llamada “inflatón.” Si preguntamos de dónde provino esa partícula o qué causó esa explosión, la respuesta sería que surgió de la nada. Pero la nada, por definición, es inexistencia. Tendríamos que prescindir de la razón y la lógica para aceptar ese argumento. Entonces en ese punto la ciencia y la religión se tocarían en un punto en común con lo que las instituciones religiosas llaman fe.

La religión es creación humana. En realidad, sin entender lo que la espiritualidad entiende por ello. Solo Dios, el creador, tiene el poder de hacer algo de la nada, sin embargo, en El nosotros también. Hay alguien que conocemos por la historia que pudo sacar de la nada una moneda de oro de la boca de un pez y que se cansó de repetir que era humano o hijo de un hombre para inspirar y animar a otros a creer en sus propias capacidades espirituales.

Dios y el mundo espiritual no son visibles al ojo humano porque no están constituidos de materia, pero eso no significa que no existan. Un ejemplo sencillo son los gérmenes: sabemos que existen, aunque no podemos verlos sin instrumentos especiales. De manera similar, el Espíritu de Dios se compara a veces con el viento, para ayudarnos a visualizarlo. Nadie puede ver el viento, pero lo sentimos en la piel y vemos sus efectos cuando mueve las hojas de los árboles. Así, aunque el Espíritu de Dios sea invisible, podemos ver sus obras en todo lo que nos rodea.

El científico analiza el bosque árbol por árbol, mientras que el ser espiritual puede ver el bosque en su totalidad antes de enfocarse en los detalles. Entender los detalles es interesante y valioso, pero más importante aún es comprender el Todo, que es Dios. Cuando nos perdemos en los detalles del universo buscando respuestas, olvidamos la pregunta más importante: ¿quién lo originó? Muchos buscan el “cómo” y no el “quién”, porque aceptar la existencia de un “quién” implicaría reconocer que ese ser es superior y poderoso. Para algunos, aceptar esto es un obstáculo que su ego terrenal no puede superar, y terminan encerrándose en un círculo de preguntas que nunca los llevará al origen que es espiritual.

El arduo trabajo de los científicos es encomiable, pero sin fe, es decir en la creencia de las potestades espirituales, nunca encontrarán el Génesis del universo, porque el originador no es materia, sino espíritu. Quienes conocen a Dios saben que todo está mantenido y sostenido por la orden y el poder de su Palabra. Esto no es algo físico, es espiritual.

¿Existen los ángeles?

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