Algunos se preguntan si es posible crear nuestra propia realidad; y de hecho sí lo es, porque forma parte de la naturaleza humana. Esta condición es inherente al poder de nuestra libertad de decisión y voluntad. Creamos realidades cada vez que, por voluntad propia, llegamos a una resolución en cualquier área de nuestra vida.
Hace muchísimo tiempo Dios nos mostró el camino que nos llevaría a la realidad que verdaderamente anhelamos. La preparó antes de crearnos. Nos creó para que fuéramos felices, pero no en esta tierra tal como está, y menos en la condición en que vive hoy la humanidad.
El conocido dicho de que no existe la felicidad sino momentos felices refleja una realidad humana: en la Tierra existe el mal. Por eso, cuando alguien dice que es feliz, lo es solo por el momento que vive. No existe el Nirvana en este planeta tal como lo conocemos. Nunca existirá mientras exista el mal. Pero ese no era el plan de Dios para nosotros. No fuimos creados para el mal, ni para conocerlo, ni para practicarlo. Sin embargo, se conoce y se practica en el mundo.
El estar en esta tierra fue consecuencia de que nuestros primeros ancestros eligieran otro camino, pasando por alto la Voz de la Fuente y creyendo que podían conseguir por sí mismos —siendo creados— lo que pertenece al Dios increado. Sin embargo, parte del plan de Dios para nosotros es que seamos como Él es. Él es Poder y nosotros estamos destinados, si queremos, a participar de ese Poder que procede de Él.
La primera pareja existía en una condición espiritual, creada e inmortal. Nuestros antepasados eran de naturaleza espiritual, no física. Pero precisamente por ser creada, esa condición dependía de permanecer en la Voz de Dios. Solo así conservarían la inmortalidad en la luz y la autoridad que les había sido delegada. La Ley del Reino espiritual se basa en escuchar y seguir la Voz del Creador para que nos vaya bien y para nuestra protección. Ese escuchar es parte del compromiso del Pacto entre Dios y el hombre: un acuerdo consciente y voluntario. Ninguno obliga a ninguno. Lo mismo aplicaba a la primera pareja, porque el mal ya existía.
Normalmente todos los seres humanos oyen. Es la capacidad física involuntaria, que tenemos de captar sonidos. Esta facultad no requiere de atención a lo que se oye. Podemos oír música y al mismo tiempo estar concentrados en otra actividad. Sin embargo, también, tenemos la capacidad de escuchar, que es una acción voluntaria de nuestra parte. Esta capacidad requiere de concentración para enfocarse en el mensaje y esfuerzo mental para procesarlo. Por lo tanto, es un acto consciente y volitivo que precisa intencionalidad. Y si la diferencia entre simplemente oír y el escuchar es un acto voluntario y de decisión, esta última acción reside en nuestra libertad.
De esta realidad física y cognitiva del ser humano procede el compromiso voluntario que el hombre debe pactar en el Acuerdo con Dios de escuchar su Voz. Este compromiso fue roto por nuestros primeros ancestros y con muchos de los hijos de Israel. Es lo que la historia espiritual nos cuenta. Entonces el obstáculo principal que tenemos, como humanidad, es que no escuchamos la Voz de Dios para nuestro bien. Porque no ponemos nuestra voluntad en ello. Es por esta actitud terca nuestra que no llegamos a salir de este ciclo de penas en que vive el mundo hasta el día de hoy. Cuando Jesús decía el “El que tiene oídos para oír, que oiga.” quería decir que no todos escuchan el mensaje con atención, para que les vaya bien, sino que lo oyen como sonidos a los que no les prestan real interés.
Nosotros salimos de Dios a través de la primera pareja creada. Nos creó de su Espíritu. Por eso el espíritu no muere. En esta condición que todos vivimos hoy el cuerpo muere, pero no nuestro espíritu.
El relato de la Vida de Adán y Eva cuenta que, recordando su creación, Eva dijo que Dios la había creado a ella del lado o costado de Adán. En el Génesis se traduce que la creó de una costilla de Adán, pero esa es una interpretación, no la traducción más literal, que sería de su lado o costado.
“Costilla” encaja mejor con la creencia de que el hombre fue creado del polvo de la tierra, mientras que decir “lado” o “costado” no reforzaría esa interpretación. Al hacerlo, perdemos de vista el sentido original del relato.
Después dijo: “Oh Señor, él y yo y tú somos uno, oh Elohim, Creador nuestro.”
Con estas palabras Eva describía el circulo de unidad espiritual de su creación a través del mismo Espíritu de Dios.
Su frase indica procedencia espiritual y delimita una posición de autoridad. Dios que es Espíritu creó a Adán directamente de su Espíritu. Luego creó a Eva del espíritu de Adán, que era del mismo Dios. Dice el relato que sacó a la mujer de su lado o costado. Eso quiere decir que Eva fue creada del mismo Espíritu que lo había creado a Adán y la puso en relación de igualdad, a su lado, con respecto al poder sobre la creación de Dios.
La tradición dice que la sacó de su lado para amarla y protegerla. La reflexión es adecuada, pero había algo más: una relación de igualdad y de autoridad al sacarla de su lado. El hombre no fue creado de barro sino del Espíritu de Dios y fue en esa primera creación un ser espiritual. La creación de la primera pareja fue un acto muy íntimo y de un amor muy profundo, donde Dios hizo “nacer” a Adán de sí mismo y a Eva de Adán. Por eso la relación es tan connatural, aunque el hombre lo ignore o lo niegue. Lo que ocurrió fue una manifestación completamente espiritual.
Cuando el hombre se alejó de Dios por seguir la voz de la serpiente y el hombre es alterado de un cuerpo espiritual a uno físico la unidad cambió de completamente espiritual a una física, pero la unidad espiritual todavía continúa. Para que entendieran de alguna manera esa unión Dios, a través de los profetas, llama a Israel su esposa. Debido a qué es lo más cercano, como ejemplo, en la compresión humana para entenderlo y no es una unión mística como creen algunos. Esa idea se desarrolló con la filosofía griega, creencias medievales y orientales.
En esta tierra, debido a la materia, el hombre y la mujer muestran su unidad cuando se unen físicamente como pareja. Sin embargo, ocurre que esa unión no es solo física sino, también, espiritual. Es por eso que Jesús entendiendo muy bien la unión terrena y espiritual entre un hombre y una mujer le dijo a propósito a una mujer samaritana lo siguiente:
“Ve, llama a tu marido y vuelve acá.”
La mujer respondió: “No tengo marido.”
Jesús le dijo: “Bien has dicho: ‘No tengo marido’,
porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad.”
Este pasaje resume en un episodio de la vida real lo expliqué anteriormente. Las uniones no solo son carnales, también, son espirituales. Es por eso que Jesús llamó maridos a esos hombres con los que la mujer se unía. El Maestro sabía que no eran sus maridos, pero los llamo así para que se diera cuenta de lo que pasaba cada vez que se acostaba con un hombre. Existía una unión íntima, espiritual, más allá de la física. No eran encuentros casuales, aunque ella y esos hombres así lo veían. Y esta es una concepción muy moderna del hombre sin Dios, porque solo ve en la unión sexual algo carnal.
Jesús no trató a la mujer como si hubiera sido una prostituta que se ganaba la vida trabajando con el sexo. Sino que parecía ser una mujer que vivía su vida de una forma muy liberal y no se daba cuenta lo que ocurría cada vez que se unía a un hombre diferente. Jesús intento mostrarle la realidad que estaba creando con su actuar en su propia vida diciéndole ingeniosamente: “Ve y llama a tu marido.” Las cosas espirituales y sus efectos son reales en esta vida material, aunque se los ignore o no se los crea.
Una de las características principales de la terquedad es que no escucha. Es decir, en este caso ignora voluntariamente la Voz de Dios. Pero hay otros impedimentos que nos afectan el escuchar como por ejemplo el de la lengua. Pongamos por caso palabras que, en el hebreo, el idioma original de las Escrituras, tenían un significado claro, pero que, con el paso de los siglos, cambiaron de sentido. El obstáculo de esto es que cuando se reemplazan significados naturales de las palabras por otros, cambia también el entendimiento espiritual y la Voz de Dios se aleja.
El correcto entendimiento espiritual es, por lo tanto, muy importante y las palabras que usamos, también, tienen una influencia muy grande en ello. Por ejemplo, con el paso de los siglos, términos fundamentales como “pecar” y “obedecer” cambiaron de sentido. Y cuando cambian las palabras, cambia también el entendimiento espiritual. Si no regresamos al significado original, se interpreta la realidad espiritual con naturalezas que no le pertenecen y volvemos a errar en el blanco como hicieron nuestros antepasados.
Tanto en la traducción de la palabra hebrea que se traduce como “pecar” como en la que se traduce como “obedecer” encontramos un problema serio: la evolución del entendimiento hebreo hacia un marco conceptual romano. Ese cambio no fue solo lingüístico; fue mental. Y cuando el concepto cambia, también cambia la teología.
La palabra “pecar” existe en el hebreo antiguo. El verbo es jatá. Pero no significaba culpa moral ni crimen jurídico. Su sentido original era “errar”, “desviarse”, “salirse del camino”. En el marco hebreo implicaba apartarse del Camino de Dios por decisión. No era una infracción en un tribunal cósmico, sino una desviación del orden de vida.
Al pasar al latín, el término adoptado fue peccare. En su origen, esa palabra significaba cometer un error, tropezar o fallar. En ese sentido inicial todavía guardaba cierta cercanía con el hebreo jatá, que también significa desviarse del camino o errar en el blanco. No hablaba aún de una culpa permanente ni de una condición moral marcada, sino de un fallo, un desvío.
Con el tiempo, sin embargo, dentro del desarrollo de la teología cristiana en el mundo romano, el término comenzó a cargarse de un sentido más jurídico y religioso: transgredir la voluntad divina, violar una norma, cometer una falta ante la ley. Y ese desplazamiento conceptual fue transformando la manera de entender la realidad espiritual.
Entonces: ¿cuál era la meta que se erró y se sigue errando? Es evidente que existía un objetivo. No se puede hablar de “errar al blanco” si no hay un blanco. La palabra hebrea que hoy traducimos como “pecar” implica fallar un objetivo. Pero para fallar un objetivo primero debe existir una dirección clara.
La meta no era algo bajo. No era simplemente obedecer por obedecer. La meta era elevada: ser como Dios. Desde el principio fueron creados a Su imagen y semejanza. Eso indica que la dirección natural de su existencia apuntaba hacia una correspondencia real con el Creador. El deseo de parecerse a Él no es perverso; es propio de un hijo que admira a su Padre.
El problema no fue el deseo de semejanza. El problema fue el engaño acerca del camino para alcanzarla. La serpiente no destruyó la meta; la desplazó. La hizo saltar a otro camino. El suyo, no el de Dios. Les hizo creer que podían llegar a esa condición ignorando la Voz que los guiaba. Al saltar de camino se pusieron bajo su voz. El engaño sugirió que la desviación produciría elevación. Que no escuchar el consejo, la advertencia y la dirección de Dios sería el medio para alcanzar aquello que deseaban. Ahí estuvo la manipulación sutil que les causó gran confusión.
Si la Ley espiritual se basa en escuchar para crecer en semejanza, entonces apartarse de esa Voz no puede conducir a mayor plenitud. Sin embargo, el engaño consistió en invertir el orden: presentar la independencia espiritual como atajo hacia la divinidad.
Erraron el blanco no porque aspiraran demasiado alto, sino porque creyeron que podían alcanzar la meta sin permanecer en la Fuente. La meta existía. El blanco estaba claro. Lo que cambió fue el camino.
Algo similar ocurrió con la palabra “obedecer”. En hebreo, el verbo central es Shamá, que quiere decir escuchar. En la mentalidad hebrea, escuchar implicaba alinearse voluntariamente con la Voz. No era sumisión forzada, sino respuesta consciente a quien guía hacia la vida. Era oír, comprender, aceptar y actuar en consecuencia. Es por eso que, a través del profeta Isaías (1:18), Dios nos llama a discutir el asunto o a razonarlo con Él. La palabra que se traduce aquí como pecado es jatá y quiere decir perder el objetivo o no dar en el blanco. En el versículo 19 se traduce la palabra Shamá como obediencia: “Si aceptan ser obedientes, comerán de lo mejor que produce la tierra;” pero la versión correspondiente al hebreo debe decir: “Si están dispuestos y escuchan, comerán el bien de la tierra.” Dios no obliga; somos libres. El ser humano puede forzar, pero Dios no, porque nos creó con voluntad propia.
En latín, la palabra oboedīre se compone de ob, que quiere decir hacia, y audīre, que quiere decir escuchar. En su sentido original significaba precisamente “dar oídos”, “dar crédito” o “creer”. En ese nivel etimológico inicial, todavía conservaba una cercanía con el concepto hebreo: escuchar la Voz de Dios. Y aunque inicialmente denotaba escucha atenta, pasó a significar el cumplimiento de la voluntad de una autoridad. Dios no nos pide que renunciemos a nuestra libertad, sino que nos invita a escuchar al que más sabe.
Con el desarrollo cultural y teológico en el mundo romano, el término fue adquiriendo un matiz más jerárquico: cumplir órdenes bajo autoridad. Así, lo que originalmente significaba escuchar atentamente a Dios terminó asociándose con sumisión obligatoria.
Y cuando “escuchar” se transforma en “obedecer bajo imposición”, el entendimiento espiritual cambia. La relación se convierte en estructura de mando. El camino se convierte en ley. La respuesta voluntaria se convierte en obligación. Libertad no es sinónimo de obligación. Aunque conlleva responsabilidad social, la libertad es la capacidad de obrar por voluntad propia y sin imposición.
Así, dos palabras que en el hebreo original estaban ligadas a camino, relación y alineación, pasaron a entenderse en términos de ley, infracción y obligación. Y ahí es donde se empieza a oscurecer la comprensión verdadera de la Ley espiritual y a distorsionar el entendimiento del Pacto.
El Pacto no es una imposición. Es un Acuerdo consciente y voluntario en el que el hombre escucha la Voz del Creador por decisión propia, no por obligación. Escuchar no es someterse bajo coerción, ni obediencia ciega. En el Pacto, Dios coloca al ser humano a Su altura relacional, aunque no tiene necesidad de hacerlo. Y Él sí está por encima de nosotros en autoridad, aunque lo rechacemos, pero respeta la libertad con que nos creó. Ese acto revela el valor que Dios le otorga a la humanidad.
El Pacto es como una balanza. En uno de sus platillos está el compromiso de Dios; en el otro, el compromiso del hombre. Cuando ambos cumplen su parte, la balanza permanece en equilibrio. Cuando uno la quebranta, el equilibrio se pierde.
Dios no obliga al hombre a cumplir su parte; el hombre debe hacerlo voluntariamente. La libertad es parte esencial del Acuerdo. Dios nunca quiebra el compromiso del Pacto.
Algunos se preguntan también si tenemos un destino predestinado o si hacemos camino al andar, como decía el poeta Antonio Machado. Y es que ambas posturas pueden convertirse en realidades según lo que decidamos. Nuestra creación no fue hecha al azar. Dios la pensó, la planeó, imaginó cómo sería y nos creó. Pero no nos hizo sus títeres. Nos hizo sus hijos y nos dio la libertad que Él mismo posee.
Hay personas, como yo, que escuchan la Voz del Creador y no rechazan volver a la condición de hijos. Ese hecho nos coloca directamente en el camino de nuestro destino. Pasamos del camino de la ilusión al de la realidad: el que Él pensó para nosotros, donde están su bendición y el cumplimiento de sus promesas. Como individuos mantenemos la balanza en equilibrio cuando cumplimos nuestra parte del Acuerdo, y así el equilibrio se sostiene en nuestras vidas.
Hay otros que, por las razones que sean, ignoran el trato. Van haciendo camino al andar según su propio criterio. Pero no es el camino que Dios preparó. Y el camino que elegimos trae consigo sus propias realidades y consecuencias.
La humanidad perdió el rumbo desde sus principios y se convirtió en una gran familia disfuncional. Y cuando una familia es disfuncional, las consecuencias no tardan en manifestarse. Se rompe la confianza. Se normaliza el engaño. Se aprende a vivir desconfiando. Los hijos crecen sin guía clara y repiten patrones de violencia, manipulación o abandono. Aparecen adicciones para llenar vacíos, relaciones marcadas por el control o la dependencia, ansiedad constante y una búsqueda desesperada de identidad.
La sociedad entera refleja esa ruptura interior: corrupción, abuso de poder, fragmentación familiar, aislamiento, guerras y sistemas que oprimen en lugar de proteger. No es un castigo externo; es el resultado de un desequilibrio profundo que comenzó cuando se dejó de escuchar la Voz que sostenía el orden y que lo hacemos realidad nosotros mismos por nuestras propias elecciones.
Algunos, dentro de esa gran familia, eligieron la reconciliación y, por decisión propia, volvieron a escuchar la Voz y seguir su guía. Otros continúan caminando según sus propios criterios y no con los juicios espirituales de Dios y el desequilibrio persiste.
Creamos realidad todo el tiempo, muchas veces sin prestarle atención. En la línea limitada de la humanidad, el pasado ya no existe y el futuro aún no ha llegado. Solo tenemos el presente. Y en ese presente decidimos qué realidad estamos construyendo.
Deberíamos tratar al tiempo, mientras exista, como tránsito hacia una vida mejor y usarlo para crear una vida superior en este planeta. Esa perspectiva cambiaría el enfoque de la existencia humana. No veríamos el tiempo como algo que nos conduce a la muerte, sino como paso hacia otra dimensión donde Dios tiene preparadas cosas maravillosas para nosotros. Es el regreso al Jardín.
Sin embargo, sin el control del mal nunca viviremos una vida mejor en esta tierra. Dios le dijo a Adán que, si no reconocía su transgresión —no haber oído su Voz—, quedaría atrapado en un ciclo sin fin, sin poder regresar al Jardín de Dios. Y esto puede revertirse viviendo una vida íntegra y escuchando su Voz.
Cuando nuestros primeros ancestros decidieron escuchar otra voz, aparecieron el mal, la muerte y el tiempo. Si no existiera la muerte, tampoco existiría el tiempo; y si la primera pareja hubiera prestado atención a la advertencia de Dios, no tendríamos contacto con la maldad. El tiempo actúa como un reloj que va marcando nuestra mortalidad. Es un llamado constante para que pongamos atención a cómo conducimos nuestra vida y aceptemos la reconciliación, si así lo queremos, para alcanzar todo lo bueno que Dios tiene preparado para nosotros.
Fuimos creados para ser como Dios en imagen y semejanza. El tiempo apareció como consecuencia del desvío que tomaron nuestros ancestros al creer que podían alcanzar esa semejanza por otro camino. Fue una trampa del Enemigo: manipular lo que Dios había dicho para sacarnos del único camino que realmente nos lleva a ser como es Él.
Desde entonces, el Creador sigue llamando a su hijo para que vuelva al camino que conduce a su destino y verdadera plenitud. Dios creó un camino para que lo sigamos. Ese camino es nuestro destino. Está lleno de bien. Cuando caminamos en él, las bendiciones llegan. Pero como tenemos libre albedrío, siempre debemos decidir por dónde seguir. Lo que elijamos creará nuestra realidad. Hay un camino que conduce al destino y otro que lo pierde. ¿Voy por aquí o voy por allá? El camino que elijas creará tu realidad.
Cuando la humanidad dejó de oír la Voz de Dios a las puertas del Jardín creó la realidad que hemos estado viviendo hasta el día de hoy. Todos somos partícipes y responsables de esa realidad. Ha habido muchos reyes, emperadores y gobernadores, pero ellos nunca han tenido realmente el poder. El poder se lo dio, a las puertas del Jardín, la primera pareja creada, padres de la humanidad, a la voz que decidieron escuchar. No existe otra forma de recuperar ese poder, que nos pertenece por nacimiento y derecho divino, sino el de oír y seguir la Voz del Creador.