Si pudiéramos comparar al mundo actual con un ejemplo físico podríamos hacerlo con cisternas o depósitos que no retienen el agua.
El profeta Jeremías confrontando a su generación les dijo hablando en el Nombre de Dios lo siguiente: […] “me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen el agua.”
Examinemos esta comparación para entenderla, no solo por el impacto de estas palabras en nuestro espíritu, sino también por el alcance de esta verdad revelada hasta el día de hoy.
Dios comparaba su Espíritu con un manantial de aguas que corrían: siempre en movimiento, limpias y con renovación propia. No dependían del trabajo ni del esfuerzo del hombre. Como comúnmente se decía en la época de Jeremías, eran “aguas vivas”.
En cambio, el agua de lluvia recogida en cisternas —que aquí representa voces y doctrinas humanas— no satisfacía la sed del espíritu del hombre. Al no ser una corriente natural que fluía constantemente, esa agua se contaminaba con facilidad.
La contaminación venía por la filtración de barro o tierra, insectos, larvas o materia orgánica en descomposición, lo cual hacía que el agua tuviera mal olor o un sabor desagradable. Y eventualmente se secaba, ya sea por las fracturas en sus paredes —por donde se escapaba el agua— o por las sequías.
Aunque no era una expresión usada en esa época, se podría decir, en contraposición al significado de “aguas vivas”, que las aguas de las cisternas eran “aguas muertas”: aguas que podían causar enfermedades, y así debilitar el cuerpo, o inclusive, al final, la muerte.
Las aguas de los manantiales, en ocasiones, pueden secarse debido a las sequías. Del mismo modo, cuando rechazamos las señales de Dios —que nos indican su cercanía—, ya sea por la terquedad de nuestro corazón o por elegir cisternas vacías que no retienen el agua, el Espíritu se aleja para dejarnos en libertad de caminar por el camino que elegimos. Entonces el Espíritu se retira con las aguas que sacian el alma, y se produce una sequía espiritual. Lo que queda es una seudoespiritualismo que se alimenta de las aguas de cisternas.
De Proverbios 1:28 e Isaías 55 conseguimos esa relación y ese entendimiento.
Proverbios
Cuando el desastre les caiga encima de repente,
cuando el miedo los golpee como una tormenta,
cuando la angustia y la desesperación los aplasten,
entonces me van a llamar,
pero no les voy a responder.
Me van a buscar con desesperación,
pero no me van a encontrar.
Porque rechazaron el entendimiento espiritual
y no quisieron respetar a YHWH,
porque despreciaron mi consejo
y no aceptaron mi corrección,
por eso tendrán que comerse las consecuencias de su propio camino
y quedar saciados de los resultados de sus propias decisiones.
El entendimiento espiritual real y de la Luz viene de Dios. No existen otras aguas que puedan dar plenitud y satisfacción al alma.
En Isaias dijo:
“Todos los que tienen sed, vengan al agua.
Aunque no tengan dinero, vengan igual.
Vengan, tomen alimento.
Vengan y reciban vino y leche,
sin pagar nada y sin costo alguno.
¿Por qué gastan su dinero en lo que no alimenta,
y su esfuerzo en lo que no satisface?
Escúchenme con atención
y comerán lo que es bueno;
su vida se alegrará con abundancia.
Presten atención y acérquense a mí.
Escuchen, y su vida vivirá.
Haré con ustedes un pacto permanente,
[…]
Busquen a YHWH mientras aún puede ser encontrado;
llámenlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino
y el injusto sus pensamientos;
que vuelva a YHWH,
y él tendrá compasión;
vuelva a nuestro Dios,
porque él perdona con generosidad.
Mis pensamientos no son los de ustedes,
ni mis caminos son los suyos —dice YHWH—.
Así como el cielo está más alto que la tierra,
así mis caminos están por encima de los suyos,
y mis pensamientos por encima de los de ustedes.”
En Jeremías Dios, también, les decía: “¿Para qué corres tanto, cambiando tus caminos?” El pueblo era inconstante en el camino de Dios y andaba cambiando de caminos a menudo en lo que creía que era espiritual.
Estas palabras son aplicables a nuestra modernidad. Y esta característica de inestabilidad e inconstancia comenzó el día que la primera pareja creada cambió de camino, escuchando otra voz que no era la de Dios. Es una característica negativa de la naturaleza humana que desaparece cuando nacemos espiritualmente de nuevo.
El acuerdo de la Alianza con Adan fue escuchar su Voz. Deberían haberla escuchado porque esa era su protección espiritual, su abundancia y su bendición. Con Israel pasó lo mismo. Deberían haber escuchado la Voz del Señor, pero no lo hicieron a pesar de las advertencias. En Jeremias Dios les recordó que las condiciones del acuerdo con sus padres era que siguieran su Voz para que El pudiera cumplir su parte del trato de darles la tierra que les había prometido.
Sin embargo, los ejemplos que tuvimos de la historia de nuestra relación con Dios, con respecto al acuerdo, fue que no escucharon la Voz de Dios y lo incumplieron. Por lo que la advertencia se les cumplió. Tampoco ayudó el lenguaje de mando de muchas traducciones para entender los términos del pacto. Porque un acuerdo no se describe como una orden, sino como un compromiso.
En un acuerdo o pacto no hay una persona arriba de la otra. Eso no es un acuerdo. Este es el producto de un entendimiento entre dos partes que se comprometen cada una a poner algo con suficiente valor sobre la mesa para mantenerlo y beneficiarse mutuamente. Aunque el beneficio de este contrato es el 100% para el ser humano. Dios no necesita de nosotros. Somos nosotros que lo necesitamos a Él. Algunas traducciones dicen “si me obedecen”, pero un acuerdo no es basado en obediencia sino en compromiso que las partes cumplirán lo acordado.
Con respecto a la maldición, esta no nos toca si estamos en el camino de la luz, porque somos protegido por la Fuente. Y la forma de alcanzar esa protección comienza con la reconciliación con el Creador. No necesitamos poner sal en nuestra orina o hacer otros rituales de brujería para liberarnos de la maldición como enseñan algunos canales en YouTube. La brujería no nos libera de la brujería porque eso sería trabajar en su propia contra y destruir su propio negocio. En consecuencia, esos rituales no logran liberarlos de una maldición. Los mantiene atados.
Es el dios de este mundo el que controla, manipula y aprisiona. Abre la boca para hablar de soluciones, que aparentan libertad, pero nunca abre la puerta para que salgamos. No ofrece la salida. Porque si la ofreciera estaría destruyendo su propio reino. Y es el mismo ser humano el que se lo permite. Y aquel ser humano que dice: ¿Por qué Dios permite la injusticia y las guerras y esto y aquello? Le contesto: El Dios del Jardin no es el Dios de este mundo. El Dios del Jardin nos permite ser libres, aunque lo rechacemos y le digamos: “no queremos andar en tus caminos.”
Es el que reina aquí, el que nos mantiene en prisiones donde nunca abre la puerta y ofrece soluciones que no sirven para nada porque no tienen el poder de transformar, liberar y bendecir. Entonces, es hora de que la humanidad asuma las consecuencias de sus propias decisiones y le deje de echar la culpa a Dios.
El rompimiento del primer Pacto fue el germen de la historia de la seudoespiritualidad del hombre en el planeta tierra. Esa voz que siguieron les hizo reemplazar la Fuente de aguas vivas por cisternas que se agrietan, se rompen y se vacían. Sus “aguas” son creaciones humanas que no liberan, no sanan y no transforman. Son curitas para el alma herida.
Dice la psicología que algunas de las emociones aflictivas son por ejemplo la envidia, el rencor, los celos, el miedo y la culpa entre otros. Esta ciencia social las considera como emociones secundarias de modo que en su opinión son aprendidas por influencia o por el entorno de la sociedad. Enseñan a reconocerlas y a gestionarlas por medio del control y la regulación emocional para poder ser nosotros quienes controlemos nuestras emociones. Esto es en esencia la teoría de Jung, que enseña que las sombras se reconocen y se integran.
La liberación de las sombras no existe en la ciencia humana. Eso es porque ningún ser creado puede liberar al alma de sus tinieblas. Debido a que son por naturaleza espirituales. Solo Dios puede dar la liberación, y ya la dio. Es que muchos no quieren aceptarla. Desde la perspectiva de la ciencia espiritual esas emociones aflictivas, como les llaman, no se originaron por el aprendizaje del entorno. El aprendizaje del entorno es, por ejemplo, hablar a los gritos. Eso es una costumbre aprendida, pero no se aprende la envidia. Yo no aprendo a desear el auto sport de Juanita. La circunstancia solo la dispara, la revela y la despierta. No hay forma de aprender un deseo porque nace de adentro. Todo eso vino porque escuchamos la voz antagonista de Dios.
Tratar de aceptar la oscuridad de tu envidia, o de las otras llamadas emociones conflictivas, e intentar controlarla e integrarla conscientemente a tu vida, es como correr en una caminadora: te desgastas, luchas, sudas… pero no avanzas. O como tratar de eliminar el humo sin apagar el fuego de un incendio.
Sabiendo que Dios ya nos regaló la liberación de nuestras sombras por medio de la reconciliación y que nosotros no tenemos que ni esforzarnos, considero esto una gran pérdida de tiempo en nuestras vidas. Y es un claro ejemplo de una libertad aparente porque nunca se le abre al atrapado la puerta de la celda. Eso si se hace, se llama liberación.
Cuando ocurrieron los sucesos del Jardín, la humanidad fue multiplicándose de a poco. Luego los hombres comenzaron a dejar su vida nómada para asentarse en comunidades. De la más importante, Sumeria, de donde surgió la primera civilización, salió la primera creación seudoespiritual del hombre: la idolatría.
Sumeria entendía muy bien este concepto que creó: Dios es hombre, o Dios es la imagen del hombre. Eso me resuena mucho a mí con la idea moderna de que Dios es una creación de la mente humana. Fue la primera señal de arrogancia de la humanidad separada de la Fuente.
Según las propias fuentes escritas sumerias, el creador de la civilización, incluyendo la religión, con sus rituales, sacerdocios y formas fue Enlil, el señor de las profundidades. De esta primera civilización brotó el pensamiento de que Dios fue creado por el hombre y que ese “dios” era como él. Babilonia consolidó esas ideas y las organizó en la primera religión que creó el hombre.
Hay tres tipos de espiritualidades:
la de Dios o de la Luz,
la de las tinieblas o de las sombras,
y la seudoespiritualidad del hombre.
El segundo tipo de espiritualidad es gobernado por las entidades rebeladas contra la autoridad de Dios y las Escrituras nos dicen que gobiernan la tierra. El tercer tipo es la seudoespiritualidad influenciada por las sombras y que crea el hombre.
La base de la verdadera espiritualidad es Dios. En ella, Dios es el centro y es la autoridad espiritual sobre el hombre. Dios no está diluido en la naturaleza. No ocupa un rinconcito en la mente humana. No es una idea creada por el hombre. Dios no está muerto.
El hombre no tiene la capacidad para crear lo espiritual porque es hecho de materia, y la materia solo puede crear materia en base a la observación de lo que ya está creado. Por ejemplo: el hombre inventó el avión mirando el volar de los pájaros. El ser humano inventó barcos y submarinos, pero lo hizo observando cómo flota un tronco en el agua o cómo se mueve un pez sin hundirse. La inteligencia artificial también es una imitación: el hombre la creó observando al hombre, para reproducir su lenguaje y su conducta.
El ser humano, por su propia naturaleza física, no puede crear lo que no ve. Y el mundo espiritual —y Dios— es invisible al ojo humano. Por esa razón estrictamente material, la mente humana no puede crear la idea de un Dios espíritu.
El hombre no crea lo espiritual: solo fabrica imágenes con materiales de este mundo y sus soluciones para liberación de cualquier tipo son físicas. Es por eso que sus dioses eran representados como ellos, a su imagen. Inclusive cuando hablan de seres espirituales los representan con figura humana, de alguna forma animal o mezcla de los dos.
El único que puede crear de la nada es Dios
Muéstrenme el hombre que creo la idea de un Dios espíritu. Les puedo mostrar con claridad de donde salió la idea de que el hombre creó a Dios o de que fue una idea inventada por él. ¿Cuál es la nación que creó a Dios? ¿Dónde está escrito en los anales de la humanidad? La noción de un dominio espiritual en la humanidad viene de haber percibido, intuido o experimentado un acercamiento a ese mundo. Mucho antes de que existieran las civilizaciones. Y en ese mundo espiritual están la Luz y las Sombras y las dos se reflejan y trabajan a través de la humanidad de una u otra forma. Las sombras tratan de engañar y destruirla porque ese es su objetivo. Ya Dios nos dijo que creo al hombre bueno y sin engaño. Y que el engaño nació en aquel que quiso su divinidad y su trono de gobierno en el dominio espiritual y que por su atrevimiento y transgresión fue lanzado a la tierra.
Un dominio ofrece liberación, sanidad y transformación. El otro no puede ofrecerlo porque no la tiene. Por lo tanto, sugiere seguir como estamos. O crea sistemas que mortifican el cuerpo y no ayuda al alma. Por ejemplo, Dios dijo a Israel cuando el pueblo seguía las prácticas tediosas de los ayunos:
“¿Es ese el ayuno que yo escogí: un día para afligir el cuerpo, inclinar la cabeza como junco, ¿ponerse ropa áspera y cubrirse de ceniza? ¿A eso le llaman ayuno y día aceptable al Señor?”
Y lo más impresionante es esto:
Dios estaba denunciando un sistema religioso que parecía espiritual, pero no transformaba. Y ese mismo patrón sigue vivo hoy. Solo cambió de forma.
Porque en nuestra modernidad también tenemos nuestros sistemas sin Dios.
No son los mismos rituales antiguos, pero cumplen la misma función: aparentar cambio, aparentar sanidad, aparentar liberación, sin tocar el corazón.
Y muchas veces ni siquiera es que no mencionen a Dios. A veces lo mencionan, pero usan su Nombre como una herramienta: como si Dios estuviera en el negocio de hacer trabajos para el hombre.
Porque si alguien usa el Nombre de Dios, pero no los conduce a la reconciliación con la Fuente como el primer paso a una verdadera sanidad, liberación o transformación interior, ese no es el Espíritu del Dios de la Luz. Porque las voces que engañan jamás les dirían que para romper las cadenas de las sombras deben hacer las paces con el Creador. Si lo dijeran estarían destruyendo su propio reino. Porque la reconciliación es la salvación del hombre y del mundo entero y en ese cuadro solo entra la luz y las tinieblas desaparecen.
Los antiguos hacían sacrificios porque creían que los dioses existían. El hombre moderno hace rituales para probarse que él es dios.
Y así, el hombre reemplazó los sistemas antiguos por otros nuevos: sistemas psicológicos, ideológicos o espirituales fabricados, que prometen algún tipo de cambio deseado, pero solo ofrecen alivio temporal.
El hombre no crea la espiritualidad. Alguien se la da. La humanidad ha ido de cisterna vacía a cisterna vacía. Parecían haber encontrado las aguas verdaderas que sacian, pero terminaban desilusionados, al final, de sus propias creencias.
El hombre inventa creencias para poder llenar de alguna forma su vacío existencial. No obstante, ese vacío solo lo llena el Espíritu de Dios. Porque ese vacío se creó cuando la primera pareja creada decidió seguir otra voz que no era la del Creador. Y el Creador les quitó la porción de su Espíritu que vivía en ellos. Cuando eso ocurrió la Alianza y la relación espiritual se rompió creando el vacío existencial que sentimos, porque perdimos el rumbo al saltar a otro camino. Perdimos la dirección, y un mundo sin rumbo es como un barco perdido en un mar infinito. El barco nunca llega al puerto ni puede anclar.
Desde entonces el Señor ha estado llamando a su hijo, la humanidad y el hijo siempre le ha dado la espalda. Al contrario de lo que enseñan que hay elegidos la humanidad entera es elegida por Dios. Lo que pasa que son pocos, en comparación con la cantidad de seres humanos que vivimos en el planeta, los que elegimos el camino de la Luz. Cuando perdemos la dirección la mente no encuentra el norte. El vacío existencial es una sensación interior de estar por dentro apagado, sentir que nada tiene peso, hacer cosas, pero sin sentir propósito, vivir en automático, sentir que la vida “no está conectada”, sentir que todo da igual, sentir que falta algo, pero no saber qué, una especie de hueco silencioso. Ese vacío no lo llenan las mejores terapias del mundo ni ninguna cisterna que ha juntado agua de la lluvia.
Cuando el Espíritu de la Fuente hace nido en nuestro corazón todo ese sentir existencial cambia y el vacío deja de existir. Porque sabemos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Aunque, todavía, la muerte del cuerpo nos alcance. Entonces, es allí cuando sus aguas, siempre vivas, llenan nuestras almas.