En los tres episodios anteriores hablamos de la influencia decisiva del pensamiento grecolatino, y de pensadores como René Descartes y Baruch Spinoza, en la evolución de ciertas creencias que, con el tiempo, reemplazaron a las espirituales clásicas de Occidente. Las llamo seudo espirituales porque, aunque conservan un lenguaje interior y simbólico, niegan la existencia de Dios como realidad viva. Describen el interior del hombre, pero ya no lo ponen en relación con su origen espiritual. La esencia espiritual de nuestro origen viene de Dios, que es Espíritu. Por eso no hay espiritualidad verdadera sin Dios: fuimos creados para una relación espiritual con el Espíritu Creador.
No reconocer ni comprender ese origen es como caminar sin saber de dónde se viene ni hacia dónde se va: hay movimiento, pero no hay dirección. Esa falta de reconocimiento es el problema más profundo del ser humano cuando intenta involucrarse en temas interiores o espirituales sin Dios.
Hablamos un poco de la razón o causa por la cual estos dos pensadores, entre otros, llegaron a conclusiones personales que los llevaron a alejarse de la creencia en un Dios que se relacionaba y que estaba interesado en el hombre. Sus impresiones los acercaron cada vez más a la idea de que Dios era una invención humana. Estos dos últimos, sobre todo Spinoza, por ejemplo, tuvo una importancia considerable en el pensamiento de uno de los más conocidos pensadores contemporáneos, Carl Jung, aunque no fue el único.
El pensador mencionado rechazó el racionalismo cartesiano, pero heredó su antropocentrismo y Spinoza preparó el terreno para una espiritualidad sin Dios personal, exactamente el espacio donde Jung se instala. Instalado en ese espacio, el pensador hereda no solo una espiritualidad sin Dios personal, sino también el problema inevitable del mal, que ya no puede resolverse por reconciliación, sino únicamente por gestión e integración.
Cuando, por ejemplo, Spinoza define la tarea de los hombres en controlar sus pasiones, el trabajo es puramente humano. No hay intervención de Dios. Sin embargo, Spinoza como muchos otros desestimaron o desecharon las palabras de los profetas cuando dijeron de parte de Dios que les daría un corazón y espíritu nuevo para que pudieran cumplir su Ley. Es decir, Dios mismo nos liberaría de nuestras propias sombras. Este es el nudo central del tema.
Aceptar estas palabras es aceptar que Dios lo hace por nosotros y no nosotros. Es allí donde la Voz de Dios, la verdadera espiritualidad y la voz de hombre, la religión seudo espiritual, coliden. Porque la religión la creo el hombre para ocupar el lugar de Dios en donde El solo puede gobernar: el dominio espiritual. La liberación de las sombras o el mal no es algo que el hombre pueda lograr sin la ayuda espiritual de Dios. El hombre que quiere ser libre de sus sombras debería dar el salto de fe y reconciliarse con el Creador. Es allí donde se reanuda el Pacto y logramos ser libres de las sombras.
Los influenciadores del pensamiento moderno, no nacieron del vacío o descolgado de alguna rama de un árbol del bosque. Habían nacido en el occidente donde la cultura y la religión judeocristiana habían echado raíces. Dicho de otro modo, ellos y aun nosotros somos herederos de la cosmovisión producto de la unión de esas dos religiones.
El tema fue que esos pensadores comenzando por Rene Descartes comenzaron a observar incoherencias y absurdos dentro de sus propias religiones, y a estos señores les gustaba pensar. Desde Descartes hasta Jung todos estos hombres fueron influenciados por la religión que vivieron o conocieron muy de cerca. La lista de nombres que ustedes verán a continuación son la de los hombres cuyos pensamientos fueron la base donde se levantó el pensamiento actual y contemporáneo. Veremos su relación con la religión y su aporte clave al pensamiento sobre Dios de hoy en día.
1. René Descartes (1596–1650)
Su relación con la religión: Era católico y fue educado por los jesuitas. Vivió en una Europa profundamente cristiana donde el brazo de la inquisición se imponía y gobernaba.
Su aporte clave fue el siguiente: Dios ya no es la Fuente viva, sino una garantía lógica y el punto de partida ya no es Dios, sino el yo (“pienso, luego existo”)
De este pensamiento el movimiento decisivo fue creer que Dios quedó subordinado al sujeto racional, a la mente pensante. No niega a Dios, pero lo vacía de una relación personal con el hombre.
2. Baruch Spinoza (1632–1677)
Su relación con la religión: Nació en una familia judía y fue excomulgado de su comunidad. Spinoza rechazó el Dios personal.
Su aporte clave fueron: Dios = Naturaleza (Deus sive Natura) Dios no habla, no ama, no juzga, no se relaciona. Y una de las funciones del hombre es domar sus pasiones. Son las sombras que denomina Jung, pero en este las sombras deben integrarse no liberarse.
De este pensamiento el movimiento decisivo fue: Dios deja de ser alguien y se vuelve una estructura impersonal. Aquí Dios ya no es realmente Dios.
3. David Hume (1711–1776)
Su relación con la religión: Fue criado en un contexto cristiano protestante. Escéptico radical
Su aporte clave: Niega que podamos conocer a Dios racionalmente. Que es verdad. A Dios se lo conoce por medio del espíritu. Cree que la religión nace del miedo humano y la imaginación humana.
De este pensamiento el movimiento decisivo fue: Dios es explicado como producto psicológico y cultural.
4. Immanuel Kant (1724–1804)
Su relación con la religión: Fue criado en un hogar pietista protestante (muy rígido). No rompió con el lenguaje religioso.
Su Aporte clave fue la creencia de que Dios es un postulado ético, no un Ser activo. La moral nace de la razón humana. En esto coincide con Spinoza. Moises entregó la ley moral al pueblo como hombre, como legislador no como profeta o enviado de Dios.
De este pensamiento el movimiento decisivo fue: Dios es necesario solo como idea, no como realidad relacional. Aquí el hombre se convierte en legislador moral.
5. Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770–1831)
Su relación con la religión: Contexto luterano. Estudió religión recibiendo un certificado teológico destinado a formar pastores, maestros y funcionarios eclesiásticos. Usó lenguaje cristiano.
Su Aporte clave fue la creencia de que Dios se forma en la conciencia humana y se desarrolla en la historia.
De este pensamiento el movimiento decisivo fue: Dios se identifica con el proceso humano. Es una construcción mental humana que acompaña al hombre en su desarrollo histórico, como el osito de peluche que acompaña al niño mientras crece.
6. Ludwig Feuerbach (1804–1872)
Su relación con la religión: Hijo de una familia protestante. Rompe explícitamente con el cristianismo
Su aporte clave fue la creencia de que Dios es una proyección de las cualidades humanas. El hombre crea a Dios a su imagen. Una idea sumeria muy antigua, puesta en práctica por primera vez con la adoración del hombre en la primera civilización humana conocida hasta ahora. Dios es galu, o Dios es hombre. En este aspecto, el filósofo estaba en lo correcto. Pero su pensamiento mostraba algo más. Feuerbach veía al Dios que le enseñaban como un hombre, es decir, con características humanas. Yo también vi al Dios que me enseñó la religión con características humanas. Porque las tiene. Y pensé: no puede ser. Este Dios se parece a un hombre y no es el Dios que conozco. Es una descripción errada y no la propia de Dios.
A Dios no se lo puede comparar ni hacer actuar como un hombre, porque Dios no es hombre. Esa fue la razón por la cual comencé una investigación en las Escrituras que duró más de una década. Si una persona las lee sin permitir que las doctrinas enseñadas le indiquen lo que debe creer, ve otra cosa. Porque su discernimiento, dormido por doctrinas humanas, se despierta y ve la injerencia de la voz del hombre en ellas. Y estas doctrinas pueden ser tanto religiosas como filosóficas. Las filosóficas actúan de forma inversa a las religiosas, pero ambas duermen nuestro discernimiento espiritual porque son humanas.
Como Feuerbach era ateo y no se había reconciliado con Dios, no pudo ver la diferencia entre la Voz de Dios y la voz del hombre.
De este pensamiento el movimiento decisivo fue que Dios es una invención psicológica del hombre. Aquí se dice abiertamente lo que otros insinuaban.
7. Karl Marx (1818–1883)
Su relación con la religión: Padre de origen judío, convertido al protestantismo por razones políticas. Abiertamente ateo.
Su aporte clave: La creencia de que la religión es opio del pueblo y que Dios es un instrumento de control social.
De este pensamiento el movimiento decisivo fue la creencia de que Dios es una creación ideológica para dominar.
8. Friedrich Nietzsche (1844–1900)
Su relación con la religión: Padre pastor protestante y una infancia profundamente religiosa
Su aporte clave fue la creencia de que “Dios ha muerto”. Dios es una construcción moral o idea creada por el hombre que colapsó.
De este pensamiento el movimiento decisivo fue la creencia de que el hombre debe crear valores porque Dios no existe. De nuevo vemos la idea de Spinoza aquí. Moises dio la ley moral como hombre. Nietzsche dice lo que los otros disfrazan.
9. Sigmund Freud (1856–1939)
Su relación con la religión: Nacido en familia judía y abiertamente ateo.
Su aporte clave fue la idea de que: Dios es una proyección del padre y la religión es una ilusión infantil. En este pensamiento encontramos la idea resumida de Hegel. Freud la catapulta y la consolida. Dios se identifica con el proceso humano. Es una construcción mental humana que acompaña al hombre en su desarrollo histórico y actúa como un acompañante que ampara mentalmente al niño mientras crece.
De este pensamiento el movimiento decisivo fue la creencia de que: Dios nace de una necesidad psíquica.
10. Carl Gustav Jung (1875–1961)
Su relación con la religión: Padre pastor protestante. Crisis profunda con el cristianismo. Rechaza la doctrina, conserva el lenguaje.
Su aporte clave: Dios como arquetipo y lo divino como contenido del inconsciente.
Como Spinoza, Jung reconoció la maldad del ser humano, pero rechazó la respuesta antigua a esa maldad, el de su origen, el de sus consecuencias y el de su liberación. No aceptó ser liberado de esas sombras porque no creía en la existencia de un Dios fuera de su propio yo. De modo que crea su propio sistema liberador. Las pasiones de Spinoza o sus sombras deben aceptarse e integrarse. Aceptar la liberación implicaba aceptar a Dios. Y esa proposición no encajaba en su ecuación. El aceptarlas o integrarlas significaba que no existe la salvación para el hombre y que no hay nada fuera de él que puede salvarlo de sus propias sombras o destino desconsolado.
La modernidad, a través de pensadores como Descartes, Spinoza y Voltaire, reformuló la creencia en Dios. En sus épocas, la afirmación dominante era la existencia de Dios y su relación con el hombre, aunque esa relación no se vivía en la práctica. El vínculo con Dios estaba mediado por la Iglesia, la doctrina y los sacramentos. Por su parte, en la religión de Spinoza Dios tampoco era concebido como un ser cercano, sino principalmente como trascendente y conocido a través de la Ley. Sin embargo, Dios es un ser vivo y real fuera del hombre. La reformulación que estos pensadores introdujeron condujo, en términos prácticos, a una conclusión distinta: no hay Dios fuera del hombre. Solo queda el hombre, y nada más que el hombre.
No obstante, ninguno de los dos se atrevió a negar por completo la existencia de Dios, como lo harían después Ludwig Feuerbach y Friedrich Nietzsche.
Descartes le asigna a Dios el papel de cuidador de la mente humana, y Spinoza lo disuelve en la naturaleza.
Sin embargo, entre Feuerbach y Nietzsche existe una diferencia fundamental que debe mencionarse. Para Feuerbach, Dios no existe. Punto. No se habla más del tema.
Para Nietzsche, en cambio, la frase Dios ha muerto significaba que al hombre común le habían quitado el osito que le daba consuelo, o como si se le hubiera arrancado —antes de tiempo— la creencia en Santa Claus. Este pensamiento está en sintonía con la idea de Sigmund Freud, para quien Dios es una ilusión infantil.
Nietzsche escribe en su poema con un sentimiento trágico y con un profundo dolor intelectual ante lo que cree que es un hecho. Dice en su poema El loco, de La gaya ciencia.
¿No habéis oído hablar de aquel loco
que en pleno día encendía una linterna
y corría por el mercado gritando sin cesar:
«¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!»
Como allí se encontraban muchos de los que no creían en Dios,
provocó una gran risa.
«¿Es que se ha perdido?» —decía uno—.
«¿Se ha extraviado como un niño?» —decía otro—.
«¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros?
¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado?»
—gritaban y reían todos juntos.
El loco se lanzó en medio de ellos
y los atravesó con su mirada.
«¿Dónde está Dios?» —gritó—
«¡Os lo diré!
¡Nosotros lo hemos matado —vosotros y yo!
¡Todos nosotros somos sus asesinos!»
«¿Cómo hemos podido hacer esto?
¿Cómo hemos podido vaciar el mar?
¿Quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte?
¿Qué hicimos cuando desencadenamos esta tierra
de su sol?»
«¿Hacia dónde se mueve ahora?
¿Hacia dónde nos movemos nosotros?
¿Lejos de todos los soles?
¿No caemos continuamente?
¿Hacia atrás, hacia los lados, hacia adelante, en todas direcciones?
¿Existe aún un arriba y un abajo?»
«¿No erramos como a través de una nada infinita?
¿No sentimos el aliento del espacio vacío?
¿No hace más frío?
¿No llega continuamente la noche, cada vez más noche?»
«¿No es necesario encender linternas por la mañana?
¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros
que entierran a Dios?»
«Dios ha muerto.
Dios permanece muerto.
Y nosotros lo hemos matado.»
«¿Cómo nos consolaremos, asesinos entre los asesinos?
Lo más sagrado y poderoso que el mundo poseía
se ha desangrado bajo nuestros cuchillos…»
«¿No deberemos convertirnos nosotros mismos en dioses
solo para parecer dignos de ello?»
El loco calló y volvió a mirar a sus oyentes.
También ellos callaron, mirándolo con asombro.
Finalmente arrojó su linterna al suelo,
y se rompió en pedazos y se apagó.
«Llego demasiado pronto» —dijo entonces—
«mi tiempo aún no ha llegado.»
Es un poema hermoso y profundo, atravesado por la tristeza. Esta confesión revela algo que casi nadie ha puesto en evidencia hasta ahora, porque es fuerte y profundamente incómodo.
El loco —el personaje de Nietzsche— no acusa solo a quienes no creen en Dios. Se incluye a sí mismo entre los asesinos. En ese “nosotros” están tanto los que dejaron de creer como aquellos que dicen creer y representar a Dios. Este personaje es quizás el único quien todavía busca a Dios en un mundo donde ya no existe. Y en un momento de lucidez dice una verdad perturbadora: que también la religión ha sido cómplice de su asesinato.
Por eso pregunta:
«¿Cómo nos consolaremos, asesinos entre los asesinos?
Lo más sagrado y poderoso que el mundo poseía
se ha desangrado bajo nuestros cuchillos…»
Nietzsche no escribe esto como una celebración ni como una victoria intelectual. Lo escribe desde el dolor. La muerte de Dios es para él una realidad trágica. Algo que se ha perdido, y cuya pérdida deja al hombre sin consuelo. El poema muestra con claridad lo que Nietzsche veía. Conocía muy bien su religión y sabía que lo que la modernidad había llegado a creer sobre Dios no provenía solo de quienes nunca creyeron, sino también de aquellos que decían creer y hablar en su nombre.
Los pensamientos y las teorías de Descartes y Spinoza comenzaron el embrión de ideas que luego se desarrollarían y repercutirían en la filosofía contemporánea. Estas ideas se basaron en la creencia de que la religión y Dios eran lo mismo, porque se enseñaba que quienes estaban a cargo de las religiones representaban a Dios.
La cosmovisión occidental es estructuralmente judeocristiana, y lo que hoy se cree de Dios en el mundo secular se desprendió, en gran medida, de la religión que estos hombres conocieron. Esa religión produjo en ellos una decepción profunda frente a quienes decían creer y representar a Dios. No es que el hombre pensante no quisiera encontrar a Dios. Es que la misma religión bloquea el camino cuando pone su voz a la altura de Dios. Cuando esto ocurre, hombres perspicaces lo notan y dan media vuelta, rechazando el carácter de ese dios que se les muestra, porque se parece demasiado al hombre que dice representarlo.
Aquí es donde aparece con claridad El Viejo Hombre.
El viejo hombre no es espiritual. No puede serlo. Es terrenal, y el yo humano es el centro de su vida. Quiere ser dios sin Dios. Intenta salvarse a sí mismo, integrando sus sombras, gestionando su oscuridad o aceptando su destino sombrío. Pero no puede liberarse. No puede transformarse. Solo puede aceptar que no hay nada más frente a él que el hombre mismo.
El nuevo hombre es distinto. El nuevo hombre es verdaderamente espiritual, porque Dios es el centro de su vida. No nace de la religión ni de la filosofía. Es enseñado por Dios mismo. Y es Dios, por su Espíritu en su interior, quien tiene la capacidad de liberarlo de sus sombras y heridas, y de conducirlo a la verdadera transformación espiritual. La religión, por ser humana, jamás podría hacer esto. Solo el Espíritu de Dios en nosotros puede devolvernos lo que una vez nos fue quitado, su semejanza divina.