El Viejo Hombre – Parte 1

Al reconciliarnos con Dios y comenzar el camino hacia el ser que Él imaginó antes de crearnos, necesitamos dejar atrás todo lo que ya no pertenece al nuevo hombre nacido de esa reconciliación. Cuando uso estas palabras no las explico de manera simbólica, sino real y literal. Dios forma en nosotros un nuevo espíritu, un nuevo ser interior y de allí comienza el camino espiritual que pasa por etapas variadas de elevación o ascendencia para llegar a la compleción final del hombre espiritual. En nuestra hoja de ruta lo más importante que nosotros deberíamos ocuparnos es de nuestro viejo hombre; porque el viejo hombre nos tira hacia abajo, como la gravedad tira a la tierra, impidiendo que alcancemos la meta del nuevo ser. El viejo hombre está habituado a nuestra antigua forma de pensar, sentir, actuar e inconscientemente y automáticamente se mueve con acostumbramiento manifestando nuestras acciones fracasadas.

Si el ser humano reconciliado con Dios no permite que el Espíritu lo guíe hacia la renovación interior, permanecerá como un niño que nunca crece espiritualmente y emocionalmente. Entonces el comienzo de la transformación es la reconciliación con el creador. Cuando eso ocurre Dios perdona todas las acciones que no estaban en concordancia con su integridad y su justicia. Es el momento en que Dios nos da su espíritu para poder hacer lo que nos conviene, nos beneficia y está en correspondencia con su ley espiritual.

Voy a hacer una distinción entre el concepto de viejo hombre en los últimos textos de las Escrituras y lo que entiendo del mismo. El autor que escribió la carta a la comunidad romana intenta explicar sus ideas, pero cae en contradicciones. Hay un desacuerdo interno en su pensamiento, muy posiblemente como el producto de la tensión entre una mente griega y una hebrea. La primera, moldeada por el politeísmo y la filosofía, crea una dualidad imposible de conciliar con la visión profética del ámbito hebreo.

El autor, aunque de ascendencia hebrea, tenía una formación y una mentalidad forjada en el entorno cultural griego. Para el escritor, el viejo hombre representa la parte del ser humano dominada por el pecado. En el cuerpo mora el mal y el hombre interior o su espíritu es el que se deleita en la Ley de Dios. El interior, donde parece que el ubica la mente, le invita a rechazar el mal, pero el cuerpo a practicarlo. Entonces el autor cree que el interior del hombre, que se deleita con Dios es bueno, pero el cuerpo es malo.

En el pensamiento griego, el cuerpo era considerado como una prisión. Se decía que el alma, al descender al mundo material, quedaba encerrada en la carne, condenada a sufrir las pasiones y los deseos que la apartaban de la pureza divina. El cuerpo era visto como el obstáculo, como la causa del mal. De ahí la idea de que el hombre debía dominar, negar o incluso castigar su cuerpo para alcanzar la virtud.

Esa es la raíz del concepto de “cuerpo de muerte” que encontramos en los escritos más tardíos. Pero esa no era la forma en que los antiguos hebreos entendían al ser humano. En el pensamiento hebreo original, el cuerpo no es malo, ni es la prisión del alma. En sus escritos antiguos, la corrupción nunca fue entendida como un problema del cuerpo físico. Esa idea llegó más tarde, influenciada por corrientes filosóficas externas que veían la materia como inferior o impura.

Para los profetas, la corrupción es un problema del espíritu y de la voluntad, no de la carne como sustancia. Es decir, la corrupción ocurre cuando el ser interior se aparta de Dios, cuando se abandona la justicia, la verdad y la compasión.

Por ejemplo, Isaías no dice: “El cuerpo del pueblo está corrompido”, sino: “Su corazón está lejos de mí” (Isaías 29:13) Y en Jeremías “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso.” No dice “el cuerpo es malo”, sino que el corazón puede corromperse. En Salmo 51:10 “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.” De nuevo es transformación interna, no odio al cuerpo. En Proverbios 4:23 “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.” El corazón o el espíritu es la fuente —no la carne como materia.

Cuando los profetas hablan de corrupción, no se refieren a la carne como materia pecaminosa, sino al espíritu que se ha apartado de Dios. Al hombre que se ha alejado del camino de la luz. Con este vocablo nos encontramos con el problema de no tener un completo entendimiento sobre el tema. Es una palabra que usamos para describir a Dios y por ende sus dominios y su camino, nuestra mente humana lo acepta, ¿pero interiormente como lo entiende? El Libro de la vida de Adán y Eva le llama brillantez y como lo que se desprende del sol es brillante usamos la palabra luz, pero esa palabra es un acercamiento material posible a la esencia de Dios, pero no es exacta porque la luz es material y Dios no lo es. Dios no es como nosotros. Dios no es hombre y Dios no es materia. Tiene una naturaleza real que le llamamos espiritual, y nosotros en el principio la teníamos; por eso se dice que éramos hijos de Dios y teníamos su imagen. El problema no está en el cuerpo, sino en el interior que lo gobierna. Por eso Dios prometió y nos hizo saber por medio de Ezequiel que nos daría un espíritu, su Espíritu, inclinado al bien. En realidad, el viejo hombre del que el escritor habla no es el cuerpo, sino la forma en que el espíritu caído gobierna la mente y las acciones. La tendencia a hacer lo que no conviene nace del interior, no de la carne.

El Maestro de Nazareth lo explicó con claridad.

“Y llamando a toda la multitud, les dijo: “Oídme todos, y entended: Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre.” […] Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la blasfemia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.”

¿Entonces que estaba diciendo? Qué es el espíritu, el corazón o el interior de hombre el que tiene que cambiar. Y las Escrituras más antiguas nos dijeron que Dios mismo lo haría. Esto quedo registrado en las profecías de Ezequiel que dice: “Les daré un corazón nuevo, y pondré en ustedes un espíritu nuevo; les quitaré el corazón de piedra que ahora tienen, y les daré un corazón sensible. Pondré mi Espíritu en ustedes, y haré que vivan según mis leyes, y que obedezcan y cumplan mis decretos.”

También en Jeremías se dice: Pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.”

El escritor de los romanos, como el de los hebreos, pasaron por alto el mensaje de Dios a través de los profetas con respecto a lo que dijo, que el mismo se encargaría del problema dándonos un espíritu nuevo. La razón fue simple no servía a su argumento o tesis. Desde joven, había aprendido la retórica griega, el razonamiento filosófico, y la estructura argumentativa dialéctica, que luego vemos reflejada en todas sus cartas. Su forma de elaborar y conectar sus pensamientos en un argumento es explicada por el mismo cuando habla de las profecías.

Cuando dice: “Examinen todo y retengan lo bueno”, está usando ese principio para filtrar la palabra profética según su propio criterio. Ese principio fue sugerido en un contexto donde hablaba de la profecía. La frase dice de forma implícita que en las profecías puede haber algo que no sirve. Por eso dice “retened lo bueno” o lo que ustedes piensan que es bueno. Eso que no sirve, el autor lo ignora. Pero ese es un procedimiento humano, no espiritual, muy parecido al que vemos en tesis modernas: se selecciona lo que apoya la idea central y se descarta lo que la contradice.

Los antiguos, sin embargo, no trataban las profecías de ese modo. Para ellos, la prueba de una profecía no era si coincidía con sus ideas, sino si se cumplía. Si no se cumplía, simplemente no venía de Dios. El pensamiento paulino ignora la profecía de Ezequiel, porque no cree en la liberación del cuerpo de muerte como resultado del Espíritu actuando directamente en nosotros, sino como un proceso físico o ritualista. Su pensamiento se queda en el nivel del razonamiento humano donde la salvación depende de un sacrificio físico, no de la obra interior del Espíritu de Dios.

En Ezequiel, Dios promete: darnos su propio Espíritu para que caminemos en sus estatutos y sus estatutos son no caminar en malicia por la vida. Esa profecía no requiere sacrificios ni muerte, sino reconciliación y obediencia interior al Espíritu. Es el Espíritu de Dios en nosotros que nos facilita el respeto a su voluntad de no hacer mal. La palabra profética habla de una renovación espiritual y de un cambio que proviene directamente de Dios, destinado a restaurar en nosotros la imagen divina, el ser espiritual, que habíamos perdido.

El viejo hombre no es el espíritu caído, porque si así fuera, no habría necesidad de trabajo interior, sanación, liberación ni cambio de mentalidad porque por medio de la reconciliación Dios nos da un espíritu ascendido. Si, es exactamente lo que nos da cuando nos reconciliamos con Él. Cuando hablo de un espíritu ascendido, no repito una expresión de otros. Lo uso porque define con exactitud lo que ocurre después de la reconciliación con el Creador. Si el espíritu antes estaba caído —separado, tirado hacia abajo por su propia desalineación con la Fuente— al reconciliarse, deja de ser caído. Decir espíritu ascendido significa elevación y un cambio de dirección. El espíritu es elevado en dignidad y propósito. Vuelve a su estado natural con Dios. Ya no se inclina hacia abajo, hacia la materia o el error, sino hacia arriba, hacia la verdad y la luz. Esta es parte no material de nosotros. En una metáfora se podría encapsular en la idea de que nuestro espíritu deja de besar el suelo para besar el cielo. Esta primera elevación o ascendencia del espíritu pasa por varias etapas con el propósito de llegar al objetivo del ser espiritual, como nos creó Dios al principio de todo.

El espíritu caído se inclina naturalmente hacia lo terrenal, porque la parte física domina todo. No solo el cuerpo está sujeto a la gravedad: también el ser interior, ya que el espíritu caído vibra en la misma frecuencia que la materia. Es una realidad espiritual con efecto físico. Jesús pudo caminar sobre las aguas porque su espíritu no estaba sometido, por algún momento, a la gravedad de la materia. Su conciencia y su espíritu estaba completamente alineada con la Fuente, y la materia respondía a esa nueva forma de vivir. De la misma manera, cuando Dios nos da un espíritu ascendido, ese cambio interior altera nuestra condición espiritual y material. El cuerpo, aunque siga siendo físico, comienza a responder a una ley más alta: la del Espíritu. Es un proceso real, no figurado. El espíritu ascendido ya no se inclina hacia abajo, porque la fuerza que antes lo arrastraba —la densidad del estado caído— ha sido reemplazada por la energía viva del Espíritu de Dios, que lo eleva y lo sostiene.

Entonces el espíritu cambia, sí, pero no dejamos de ser quienes somos. El viejo hombre no es el espíritu caído (porque ese ya fue reemplazado o ascendido), sino lo que queda del modo de ser del espíritu caído: su mentalidad, hábitos, memorias, creencias, heridas y emociones deformadas. El viejo hombre es el remanente que queda en la memoria después de que Dios cambia el espíritu viejo por el nuevo. Ese nuevo y ascendido espíritu está inclinado naturalmente a actuar con integridad y justicia, porque proviene de Él. Pero la memoria antigua del viejo hombre permanece intacta. Los que hemos pasado por lo que comúnmente se le llama el nuevo nacimiento sabemos que nuestra memoria no se borró. Supongamos que ustedes pasaron por un evento traumático cuando eran muy niños. Su memoria consciente lo pone en el olvido, como protección porque no se gestionó, sanó o liberó. De modo que la vida continua sin memorias conscientes, pero todavía el dolor y la falta de entendimiento esta allí, ejerciendo peso sobre ella sin que se den cuenta. Es en la mente pensante donde todavía puede ocurrir un impulso de volver a creer que somos como antes, debido a la memoria inconsciente que aparece de alguna forma.

Quedan residuos, recuerdos, heridas y comportamientos aprendidos que aún necesitan ser sanados o liberados. Cuando Dios nos da un espíritu nuevo, comienza algo parecido a una reprogramación espiritual, guiada por Su propio Espíritu. Por eso es tan importante ser sensibles y dóciles a Su voz, porque es Él quien nos ayuda a soltar las viejas formas de pensar, sentir, reaccionar y también de sanar. El proceso de la transformación interior busca entre otras cosas que alcancemos el equilibrio entre mente y espíritu. Cuando lo logramos todo nuestro ser esta en equilibrio armonioso.

Cuando me reconcilié con Dios, el cambio de espíritu fue instantáneo. Recibí un espíritu que no es de temor ni de cobardía, sino de amor, poder y dominio propio. Esas características del Espíritu de Dios me dieron la fuerza para hacer cosas que antes no podría haber hecho por miedo. Sin embargo, aun permaneciendo en Su Espíritu, Dios tuvo que sanar heridas muy profundas y olvidadas de mi memoria consciente que afectaban mi forma de ser y reaccionar sin que supiera por qué. El viejo hombre tiene la memoria de nuestro pasado, consciente o inconsciente, que debería ser sanada y restaurada por el Espíritu de Dios que es nuevo en nosotros; porque nos motiva a quedarnos como éramos y cuando Dios viene a nuestras vidas ya no podemos ser como fuimos. Marca un antes y un después.

Este ser antiguo nuestro está acostumbrado a liderar nuestras vidas y teme morir definitivamente porque es lo que conoce, pero debe perecer porque de lo contrario no llegaríamos al cambio total que es la meta espiritual. Ese temor se traduce en nuestra mentalidad, porque no se entiende bien el cambio que debería ocurrir o que hacer. El proceso es guiado por el Espíritu, que lo hace, si somos mansos o dóciles a su guía.

Les voy a dar un ejemplo personal. Soy muy independiente y me cuesta seguir a otros; confío mucho en mí misma y poco en terceros. Sin embargo, soy dócil a la guía del Espíritu, aun cuando a veces no entienda por qué debo seguirla. Esa docilidad a la guía y dirección en nuestra vida fortalece y solidifica nuestra confianza en Él. Y es esa confianza la que puede mover obstáculos por grandes que parezcan, atraer prosperidad, sanidad emocional o física, y manifestar sus promesas de bendición en nuestra vida. La confianza firme y segura en Dios es la que abre paso a sus bendiciones. Durante años, aun estando ya en armonía con Él, temía decir “que se haga tu voluntad en mi vida”, porque no confiaba en que Su voluntad coincidiera con mis más profundos anhelos. Debido a que tenía un entendimiento distorsionado de lo que era la voluntad de Dios. Por eso Jesús dijo que la fe es como un grano de mostaza que va creciendo. Se refería al crecimiento de la confianza que tenemos en Dios. Y ese crecimiento es un proceso; si no somos dóciles a la guía del Espíritu, permanece estancado.

Cuando se habla de tierra o terreno, al respecto de la transformación espiritual, no quiere decir que dejaríamos de ser terrenales o perteneciente al planeta tierra porque lo somos. Si no a ese cambio de actitud, de mentalidad y de ver las cosas no como las hemos visto hasta ahora. La mentalidad y forma de ver nuestra vida se debe al entorno familiar y social de manera general; y eso es aprender todas las cosas como se hace en la tierra, que es natural, pero no es espiritual. Y cuando se dice espiritual todos piensan en la religión o en una institución religiosa, pero eso es también creación terrenal y yo no estoy hablando de eso.

Jesús nos demostró que hay otra forma de vivir en la tierra y esa es la manera espiritual o el objetivo que deberíamos alcanzar. No era un hombre religioso. Era un hombre respetuoso de las tradiciones de su pueblo, que conformaban la religiosidad de ellos, pero no les daba valor como Palabra de Dios. Creía que eran un estorbo para el desarrollo espiritual. De modo que Jesús entendía muy bien la diferencia entre hombre espiritual y hombre religioso.

La transformación espiritual comienza cuando Dios nos da un espíritu nuevo, inclinado naturalmente hacia lo íntegro y lo justo —esa es Su voluntad. No es un logro nuestro ni una conquista espiritual, sino un regalo divino que ocurre cuando nos reconciliamos con la Fuente Creadora. Lo único que debemos hacer es aceptarlo conscientemente; ese acto de aceptación es voluntario, no forzado. A partir de ese momento comienza el proceso de transformación, que es el camino inverso al que siguieron nuestros primeros padres.

El Espíritu nuevo empieza a renovar, cambiar y liberar lo que fue formado bajo el viejo orden, y ahí surge la tarea de soltar al viejo hombre. Este representa nuestra forma antigua de pensar y reaccionar: el yo acostumbrado a sobrevivir con miedo, a justificarse, a buscar afuera lo que solo puede venir de Dios. Soltarlo no significa rechazar nuestra humanidad, sino liberarnos del modo caído de existir que nos mantiene atados a lo terrenal sin salida. El Espíritu nuevo nos guía a vivir desde otra frecuencia —la del cielo—, sin dejar de estar en la tierra. El cambio no es un esfuerzo humano, sino una rendición interior. Dejamos que el Espíritu haga lo que nosotros no podíamos: reemplazar lo viejo, sanar lo dañado y conducirnos a la integridad que siempre fue Su propósito.

Jesús decía que nadie cortaba un pedazo de un vestido nuevo para remendar un vestido viejo; porque si lo hacía, rompía el nuevo, y el remiendo sacado de él no armonizaría con el viejo. También, les enseñaba que nadie echaba vino nuevo en odres viejos; de otra manera el vino nuevo rompería los odres, y el vino se derramaría y los odres se perderían. Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conserva. Jesús usó esta imagen para enseñarnos algo esencial sobre la transformación espiritual. El vestido viejo representa nuestra naturaleza antigua: la mente formada en la separación, en el miedo, en la lucha por sobrevivir desde la fuerza humana. El vestido nuevo representa el nuevo ser que Dios comienza a formar en nosotros cuando nos reconciliamos con Él.

El Maestro explicó que nadie toma un pedazo de un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque ese remiendo no solo arruina lo nuevo, sino que tampoco encaja con la tela envejecida. Así también, el nuevo espíritu que Dios forma en nosotros no viene para “arreglar” el viejo hombre, sino para reemplazarlo. No estamos siendo remendados; estamos siendo renovados desde adentro y lo viejo se debe botar.

De igual modo, el vino nuevo simboliza la vida del Espíritu: viva, expansiva, en movimiento. Los odres viejos simbolizan la antigua estructura interior: rígida, limitada, incapaz de contener lo que viene del cielo. Si tratamos de meter la vida nueva en los moldes del viejo ser —sus hábitos, su forma de pensar, su necesidad de control y justificación— la transformación se rompe y la persona pierde el sentido espiritual. Por eso el Espíritu opera formando un “odre nuevo”: una mente renovada, un corazón listo para recibir lo que desciende de lo alto.

Este proceso no es humano, sino divino. No es nuestra fuerza la que cambia lo viejo: es el Espíritu en nosotros quien crea la capacidad de soltar lo antiguo para abrazar lo eterno. No intentamos reparar el viejo hombre; lo dejamos ir. No intentamos adaptar la vida espiritual a los patrones viejos; nos rendimos para que el Espíritu forme en nosotros la estructura nueva capaz de contener Su vida. Lo que Jesús mostró es que lo nuevo no funciona dentro de lo viejo. No se trata de mejorar al hombre terrenal, sino de permitir que nazca y crezca el hombre espiritual. El traje nuevo pertenece al nuevo ser; el vino nuevo requiere un recipiente nuevo. La transformación no es un parche: es un nacimiento.

No estamos en esta tierra por una razón fortuita ni por el azar, porque el azar no tiene propósito; y donde no hay propósito, no hay origen. Pero todo en la vida nos muestra lo contrario: que hay principio y orden en todo lo que existe. Si hablamos de números, sabemos que, para llegar al cien, primero debió existir el uno. Ningún número aparece de la nada; todos proceden de una secuencia anterior. Si hablamos de la vida humana, sabemos que un adulto vino de una célula materna y otra paterna.

La vida no surge del vacío, sino del encuentro de dos principios que se complementan. Si hablamos de una planta, entendemos que la semilla fue primero que el fruto. El árbol crece, da sombra y alimento, pero su existencia entera descansa en ese principio diminuto, casi invisible, que la contiene en potencia. Si hablamos de la palabra, también hay origen: cada palabra nace de una idea, y cada idea de una comprensión interior. Y si miramos al cielo, incluso las estrellas nos revelan el mismo principio: su luz que hoy vemos viajó millones de años desde un punto de origen. Nada existe sin haber comenzado en algún lugar. Todo en el universo —desde los números hasta las galaxias— obedece a la ley del principio. Por eso, negar el origen espiritual del ser humano es negar la coherencia del universo entero.

Cuando un ser humano ignora su origen, se corta de la raíz que lo sostiene. Vive, pero sin dirección. Busca, pero no sabe qué busca. Sin un sentido de procedencia, la vida se vuelve un intento constante de llenar un vacío invisible. Se intenta llenar con cosas, relaciones, ideas o logros, pero nada satisface, porque el vacío no está afuera: está en el alma desconectada de su fuente. Esa desconexión genera confusión, falta de propósito y una sensación profunda de soledad espiritual. El ser humano comienza a creer que su existencia es casual o accidental, y al perder el sentido de origen, pierde también el sentido de destino. Todos esos sentimientos en el hombre ocurren porque no conoce su origen o porque lo negó.

Si piensan en su propia vida, ustedes son hijos de sus padres y sus padres de sus padres y así sigue la conexión entre unos y otros hasta llegar a un primer padre y a una madre. Aquí en la tierra con nuestra mente limitada terrenal llegamos a ese primer padre y madre como creencia lógica porque todos sabemos cómo nacimos. Tuvo que existir uno primero, pero ahí nos quedamos si no creemos en una realidad espiritual. Para los que creemos, ese principio de todos es ese ser que llamamos Dios, Fuente o Padre. Él es nuestro origen y el origen de todo lo creado. Nos creó por amor y para compartir sus grandezas y su autoridad.

Cuando Dios creó a nuestros primeros padres, concertó con ellos un pacto. No tenía por qué hacerlo, porque Él es Todopoderoso, pero lo hizo para protegernos del mal uso del don más grande que nos dio: la libertad. Por eso el que cree que someterse a Dios con docilidad significa la pérdida de su libertad se equivoca grandemente porque, por el contrario, la recupera. Dios no obliga o manipula para que nos acérquenos a Él. Estar fuera de Dios significa en realidad ser cautivos y no seres libres. Ese Pacto fue incumplido por nuestros primeros padres, y se nos ordenó vivir en esta tierra hasta que aprendiéramos a ser fieles a su Palabra y su voluntad es que caminemos en honradez.

Antes de crearnos, Dios nos imagina: cómo seremos y hasta dónde llegaremos. Los atributos de nuestro carácter y personalidad son las herramientas que Él nos dio para alcanzar la meta que pensó para nosotros. Ese carácter y personalidad que nos dio en nuestra creación inicial es cambiada o alterada a medida que vamos creciendo porque se ajusta a una vida creada solo en lo terreno. Por eso algunos nos llaman absurdos cuando hablamos de lo espiritual; no porque lo espiritual no exista, sino porque se les volvió desconocido. No dejaron espacio para lo verdaderamente espiritual —y no hablo de lo religioso— en el transcurso de su vida. Ese objetivo es contentamiento y satisfacción interna porque es por lo cual fuimos creados. Por esa razón nos conviene grandemente seguir su camino porque nos trae lo que nosotros en nuestro corazón deseamos. No obstante, seguir ese camino de vida requiere mansedumbre a su Voz. Su voz es gentil, pero muchas veces la apagamos por orgullo, creyendo que sabemos más que Él. Esa mentalidad del viejo hombre dirige nuestra vida hacia un destino que no fue el que Dios imaginó para nosotros.

El Viejo Hombre – Parte 2

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