Jesús Maestro de la Transformación Parte 1

Dios creó a Adán y Eva a su imagen y semejanza. Ellos no tuvieran un cuerpo como el nuestro en el principio, sino que fueron hechos como Él es: seres espirituales. La carne que hoy conocemos —con piel, órganos y mortalidad— no existía en ese principio. Lo que somos ahora es consecuencia de la alteración ocurrida tras la caída espiritual. Fuimos revestidos con un cuerpo material, destinado a la corrupción, para que a través de él pudiéramos ser salvados de la muerte eterna del espíritu, si así lo elegimos. La elección es voluntaria: era mejor la muerte del cuerpo que la pérdida definitiva del alma. El espíritu en sí no muere; los espíritus caídos siguen existiendo, pero en lugar de vivir en la luz de Dios habitan en oscuridad eterna. Nuestro Creador no quiso que esa muerte perpetua nos alcanzara, y por eso nos dio esta oportunidad de volver al origen mediante la transformación.

Y entonces surge la pregunta: ¿qué es la transformación? El comienzo de la transformación es la reconciliación con el Creador. Cuando eso ocurre, Dios nos da un espíritu nuevo, su Espíritu, para que podamos vencer la malicia cada día en nuestra vida. Con el Espíritu de la Fuente Creadora no es difícil, porque Él mismo rechaza la malicia dentro de nosotros. Aunque nuestros ojos no pueden ver ese cambio interior, ocurre. Y el cambio total, en nuestro cuerpo, se cumplirá en el tiempo señalado por Dios.

Si entendemos la historia del principio correctamente entendemos todo. Cuando el ángel caído tomando la forma de serpiente le dijo a Eva que serían como Dios en su facultad de juicio sobre el mal y el bien, le puso una semilla de rebelión en la mente sin que se diera cuenta. Nosotros, como seres creados, no poseemos por nosotros mismos un criterio perfecto sobre lo que es bueno o malo. Solo podemos aprenderlo de la Fuente Creadora. Es decir, no independientemente de Dios. Que es lo que la serpiente le hizo creer a Eva que lograría. Con respecto a ese tema nuestra dependencia es total. Por eso, cuando entramos en Pacto con Dios, ese es el único requerimiento: mantenernos fieles a su Palabra con compromiso, porque somos libres y esa decisión es siempre voluntaria. Esa sumisión a Dios nos protege del mal, así de simple. El manejo del mal no es juego de niños porque destruye como la muerte, el mal es la muerte.

Lo que hizo la serpiente fue manipular la mente de Eva. Ese fue el inicio de la manipulación y del engaño en la historia humana, y hasta el día de hoy continúa manifestándose para que no veamos ni dominemos el mal. Desde entonces, el Conspirador ha seguido usando la misma estrategia para oscurecer la verdad y mantener a la humanidad bajo su pie; cuando es la humanidad que tiene el poder para ponerlo bajo los suyos. Esa manipulación no se limita al terreno espiritual, sino que se extiende a todos los ámbitos de nuestra vida.

Un anuncio de perfume no solo te vende una fragancia, sino la idea de que con ella tendrás éxito, belleza y aceptación. Eso es manipulación, engaño e ilusión, papelitos de colores brillantes. En los discursos de poder ocurre lo mismo: se insiste en que si no apoyas a cierto candidato perderás tu seguridad o tu futuro. También una mujer en una relación de pareja o de amistad puede usar el encanto o seducción de la manipulación para conseguir el logro de sus propios intereses, lo mismo que un hombre. En todos los casos se implanta una idea falsa que parece verdad, y que lleva a actuar en contra de la propia libertad. La conducta del manipulado responde al diseño del manipulador, no a una elección autónoma. Y cuando no hay elección autónoma, porque su mente ha sido maniobrada con pensamientos que sirven a los intereses del que manipula, se pierde la libertad.

La historia también muestra cómo esa manipulación alcanzó dimensiones masivas. Durante el régimen nazi, Hitler y su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, perfeccionaron el arte de controlar a las multitudes. A través de la repetición constante, el uso del miedo y la exaltación de símbolos, lograron convencer a un pueblo entero de aceptar la mentira como verdad. Pero conviene recordar: ellos no inventaron esa técnica, solo la perfeccionaron. El verdadero origen está en el principio, cuando la serpiente engañó a Eva sembrando en su mente la ilusión de que podía alcanzar algo más alto sin depender de Dios. Hoy esas mismas técnicas siguen presentes en muchos ámbitos de la vida. Reconocer su verdadero origen nos invita a reflexionar sobre qué voces escuchamos, qué mensajes creemos y qué semillas dejamos crecer en nuestra mente y en nuestro corazón; porque con ello creamos nuestra realidad y podríamos perder nuestra libertad si no nos damos cuenta.

Eva no se dio cuenta, ignoró o rechazó la posible alarma de peligro de su discernimiento avisándole de ese pensamiento que al pasar el Conspirador depositó en su mente. Su mente estaba siendo trabajada. La semilla no debería haber caído en tierra fértil para que no echara raíces. Eva tuvo la oportunidad de abortar la idea, pero no lo hizo porque su discernimiento estaba inactivo. La dejo crecer creyendo en su corazón que la palabra de la serpiente era cierta y se consumó la trasgresión. Ese pensamiento no rechazado, creció hasta convencerla de que sería como Dios, pero sin su dependencia con respecto al juicio de lo que es malo y bueno, y se separó de Él rompiendo el Pacto de fidelidad a la Palabra de Dios. En este caso no ligarnos con el mal porque no fuimos creados para ello. Fuimos creados para tener comunión con el bien o la Luz que es Dios. Podemos llegar a ser como Él es, pero nunca seremos Dios que tiene atributos inherentes porque no fue creado. Cierto es que, por ser sus hijos, participamos de su divinidad, pero esa participación no es automática. Por lo que ocurrió en el principio requiere del proceso de la transformación que tiene su inicio cuando nos reconciliamos con el Padre.

Un ser humano que vive únicamente en lo animal no participa de esa divinidad. Mientras permanezca en esa condición, no ha comenzado ni siquiera el camino, porque todavía no se ha puesto de acuerdo con su Creador. Es verdad que los seres humanos tenemos características que los animales no poseen —lenguaje, conciencia, capacidad moral—, pero lo que nos introduce en el reino de Dios no son esas diferencias naturales, sino la reconciliación y la transformación interior.

Mientras ese proceso no comience, seguimos viviendo en el orden inferior, sujetos a lo material y a sus limitaciones. Hasta que esa transformación empiece, permanecemos en la condición humana común, regida por lo visible y lo pasajero. Sin ese inicio, seguimos viviendo en lo terrenal, sin participar aún de lo que viene de arriba.

La transformación no elimina el cuerpo, sino que lo hace partícipe de otra realidad: ya no estamos sujetos a las mismas limitaciones, porque el Espíritu abre en nosotros otra manera de existir. Este cuerpo en el cual vivimos ahora va a ser, también, transformado cuando se finalice el plan de Dios, en el cual nosotros tenemos participación activa si así lo deseamos y la participación activa es porque somos seres libres. En un pasaje donde Dios le habla a Adán le dice: “… si siguen endureciendo su corazón, en su transgresión, estarán bajo maldición para siempre.” De modo que sí, nosotros tenemos parte activa en el cumplimiento del plan de Dios. Si no lo entendemos y reconocemos este ciclo no se cierra. Tenemos el poder junto con Dios de cerrarlo. El día que la humanidad guarde la Palabra, que es no hacer maldad, dominamos el mal o pisamos la cabeza de la serpiente, y ¡Bingo! Nuevo ciclo espiritual. La tierra restaurada, no destruida, el Jardín abierto y nosotros con cuerpos espirituales que no mueren, sufren o se cansan.

Dios está en el negocio de salvar almas de las tinieblas. Con respecto a nosotros es su interés número uno. En el Espíritu, el cuerpo físico no desaparece, pero ya no gobierna. Con ello quiero decir que la mente y el yo animal deja lugar a la mente y el yo espiritual con su increíble poder. Que va más allá de lo físico.  Comienza a reflejar la naturaleza espiritual de luz que lo habita creando un equilibrio entre el espíritu y la materia donde vivimos y nos movemos a diario. Se respetan mutuamente para vivir en armonía para que tengamos paz y contentamiento con los pies, todavía, sobre la tierra.

La transformación, entonces, ocurre aquí mismo, en este cuerpo. No se trata de “dominarlo” o “manejarlo”, sino de que el cuerpo se armonice y se equilibre con el Espíritu y refleje la vida de arriba, aunque todavía continue con los pies sobre la tierra. Jesús lo mostró de manera extraordinaria, por ejemplo, cuando caminó sobre las aguas: no era un espíritu, estaba en su cuerpo físico, y sin embargo la gravedad no lo hundía. ¿Por qué no lo hizo constantemente? Porque no era cuestión de vivir flotando, sino de mostrarnos que esa capacidad existe cuando el cuerpo y el Espíritu están en plena unidad y armonía. Y Él mismo dijo que quienes crean en Dios podrán hacer las mismas obras y aún mayores.  Vivimos en un cuerpo y sobre la tierra, y la tierra está equipada con la fuerza de gravedad para que lo material no ande errante en el universo. Pero cuando vivimos una vida en el Espíritu, hay momentos en que podemos soltarnos de esas limitaciones, como lo hizo Jesús.

A nuestros primeros padres, después de la transgresión, se les ordenó salir del jardín y vivir en la tierra. “Y Elohim dijo a Adán, ‘he ordenado sobre esta tierra, días y años, y tú y tu descendencia vivirán en pie, en ella, hasta que los días y años se cumplan, cuando las Palabras que te crearon, y las que te hicieron salir del jardín, tras tu transgresión, sean pronunciadas, Sí, cuando la Palabra se guarde de nuevo, pasados los cinco días y medio y se vean cumplidos.’”

Este pasaje nos muestra algo clave: Dios creó un marco temporal para dar la oportunidad a la descendencia de Adán de elegir la salvación y la luz… o no. Y la compleción de esa orden llegará cuando la humanidad, que así lo haya querido, guarde la Palabra. Eso significa aprender a dominar el mal, no obedeciéndole más. Los días de la tierra como la vemos están contados, pero le espera una renovación gloriosa cuando los hijos de Dios cierren el ciclo del tiempo establecido. El día que esto suceda saldremos con alegría y seremos guiados en paz. A nuestro paso, las montañas y las colinas prorrumpirán en gritos de júbilo y todos los árboles del bosque aplaudirán. En vez de zarzas, crecerán cipreses; mirtos, en lugar de ortigas. Esto dará renombre al Señor; será una señal que durará para siempre».

El Jardín era el estado de unidad con Dios. Al transgredir, se rompe esa unidad y son revestidos de piel y carne. Expulsados, viven de pie en la tierra sujetos al tiempo y a la muerte. Aquí conviene notar que el castigo no fue solo “salir del jardín”, sino quedar sujetos al adamah o la tierra. Antes, Adán estaba en un estado espiritual, luminoso, no regido por la gravedad ni por limitaciones físicas. Después de la transgresión, se le impuso vivir “de pie”, es decir, en un cuerpo pesado, erguido sobre la tierra. Ya no como ser ligero del Edén, sino como ser de barro, sostenido por pies que pisan el polvo, bajo la ley del tiempo y de la gravedad.

Dios ya lo había dicho: el día que desobedecieran rompiendo el pacto, morirían. Y esa muerte no es la que sufrimos en este cuerpo, sino la muerte del espíritu en las tinieblas eternas. Aquí aparece la misericordia: para que fuéramos salvos de las tinieblas, Dios nos dio un cuerpo material. Fue la primera encarnación. Por eso, cuando Adán vio la transformación de su cuerpo espiritual en uno cubierto de piel, dijo a Eva con tristeza: “¿Cuál es nuestro cuerpo el día de hoy, en comparación con lo que fue en los antiguos días, cuando vivíamos en el jardín? Nuestros ojos antes miraban ángeles alabando en el cielo, y ellos también a nosotros, sin cesar. Pero ahora nuestros ojos se han vuelto de carne y no pueden ver como antes.”

Según esta tradición el Señor los había hecho aptos para vivir en el jardín y cuando tuvieron que salir por el quebrantamiento del Pacto los tuvo que alterar para hacerlos aptos para vivir en un mundo material; porque el jardín era un pedazo del Reino o dominio de Dios en la tierra y eso es espiritual. Para hacerlo aptos cubrió su ser con piel. Dice el texto: “Pero cuando me enteré de tu transgresión, te privé de esta luz brillante. Sin embargo, por Mi misericordia, Yo no te convertiré en oscuridad, pero te he hecho un cuerpo de carne, y te di una piel que pueda soportar el frío y el calor.” Esto quiere decir que Dios estaba saliendo en su ayuda para que no se convirtieran en oscuridad eterna.

La tradición que recogió la versión de que estaban desnudos y Dios los cubrió con pieles se puede entender correctamente con lo que acabo de decir. En una ocasión Dios les dijo que habían descendido al mundo animal. Dios les cubrió con piel y su cuerpo espiritual se alteró a carne y en esta tradición antigua eso quería decir animal. Estaban desnudos de la luz o la brillantez de Dios con que estaban cubiertos y les dio la piel y la carne.

Cuando la Escritura habla de su desnudez, no se trata de que les faltara ropa como pensamos hoy. La desnudez significaba que la cobertura de luz divina que los rodeaba se había retirado. Antes estaban vestidos de la gloria de Dios, y al transgredir, esa luz se apartó y quedaron desnudos. No fue que Dios matara a unos animales para darles pieles como vestimenta, sino que ocurrió una alteración de su forma corpórea: pasaron de un cuerpo espiritual, no biológico, a un cuerpo animal, material, sujeto al hambre, al cansancio y a la gravedad. En otras palabras, pasaron del dominio espiritual al dominio terrenal o animal.

Cundo ocurrió la violación de la ley espiritual, les quedó una forma, pero la “brillantes” o luz que los iluminaba se les fue sacada. Esa era la luz o Espíritu de Dios en ellos. Al ocurrir la transgresión de los ángeles caídos sus cuerpos se convirtieron en oscuridad porque la luz de Dios se apartó de ellos. Dice el texto acerca del tema: “Pero él ángel transgredió, y le hice caer del cielo a la tierra, y esta oscuridad es la que venía con él.” Pero a Adán y Eva les dijo: “Si yo hubiera dejado que toda mi ira caiga sobre ti y sobre Eva, entonces los hubiera destruido convirtiéndolos en oscuridad y hubiera sido como si los hubiese matado.”

Si no hubieran sido transformados a una condición física, habrían recibido la muerte eterna de los ángeles caídos. Ellos no están muertos en el sentido literal de nuestra mortalidad; viven una condenación espiritual eterna, sin la presencia y la luz de Dios. En cambio, en este cuerpo tenemos la oportunidad de volver al Creador y lograr la transformación espiritual. Volver a nuestro origen. A la forma que fuimos creados y a obtener de nuevo el poder grandísimo que perdimos.

Nuestra vida puede alcanzar niveles impensados en el poder del Espíritu, pero para eso debemos dominar el mal en lo cotidiano. Y eso no es imposible, porque Dios nos da un espíritu nuevo, con poder y voluntad de no hacernos daño ni a nosotros mismos ni a otros cuando hacemos las paces con Él.

Jesús no fue el único que vivió una vida transformada por el Espíritu; también Moisés, Elías, Eliseo, Débora y otros mostraron señales claras de esa transformación y del poder del Espíritu de Dios. Sin embargo, Jesús recibió la tarea especial de enseñarnos cómo vivirla y de mostrarnos que nosotros también podríamos experimentarla. Por eso, cuando decía: “Yo y el Padre uno somos”, no proclamaba ser Dios, sino señalaba la unidad espiritual que todo ser humano puede recuperar al reconciliarse con Él. Algo parecido aparece en el Libro de la Vida de Adán y Eva, donde Eva, al recordar su creación, dice: “Oh Señor, él y yo somos uno, y tú, oh Elohim, Creador nuestro.” No significa que ella o Adán fueran Dios, sino que compartían la unidad espiritual con la que fueron creados. Dios nos creó de su Espíritu para que participáramos de su naturaleza única. Y así como sacó de su Espíritu a su hijo, también sacó a Eva del espíritu de Adán para que juntos experimentaran una unión única y plena. La creación de nuestros primeros progenitores fue producto del amor inmenso de Dios.

Ustedes, posiblemente, hayan oído de la creencia de las almas y de las llamas gemelas. Esta creencia moderna viene de Platón. La primera formulación conocida viene de su escrito el “Banquete” donde el personaje Aristófanes cuenta un mito simbólico: Al principio, dice, existían seres humanos esféricos, con dos rostros, cuatro brazos y cuatro piernas. Eran tan poderosos que los dioses los dividieron en dos mitades. Desde entonces, cada mitad busca a su otra mitad perdida: su “alma gemela”. Este mito no era literal: Platón lo usó como metáfora del anhelo humano de unidad y plenitud interior, no de una pareja predestinada. Sin embargo, con el tiempo fue interpretado de forma romántica o espiritual. Después hubo otras influencias en la creencia como la oriental, la gnóstica, el esoterismo cristiano, el romanticismo, ocultismo y la Nueva Era. Es decir, con el correr del tiempo la imaginación humana fue agregándole nuevos matices a la exposición interesante y llamativa del filosofo griego. Sin embargo, soy de la opinión que esa creencia viene de alguna forma tergiversada de recuerdos antiguos. Tan antiguos como de la creación de la primera pareja formada por Dios.

Hace seis años atrás no había oído jamás acerca de la idea de las llamas gemelas. Es decir, este tema se me hizo conocido no hace mucho tiempo atrás. Si ustedes han odio la introducción del canal, quizás recuerden que les dije que lo que oirían aquí son mis propias experiencias y estudios en este camino sorprendente del Espíritu. No creo en las llamas gemelas o en el mito que creo Platón como verdad, sino como fantasía. Sin embargo, creo en las uniones espirituales hechas por Dios. Y esto lo creo por lo que Dios me mostró en una visión nocturna. Esto es por lo tanto una creencia mía personal, pero creo que por el tema de la unidad que estamos desarrollando podría traer luz a algunos. Lo que vi en ese sueño fue maravilloso, tanto, que no quería que acabara. Dios me mostró el mismo instante en que yo me unía al ser que había creado para mi y por ende que yo había sido creado para él. Las uniones espirituales no son como las físicas. Es una unión espiritual. Estábamos uno frente al otro, muy cerca mirándonos cara a cara. Dios me hizo sentir las sensaciones de amor intensas que teníamos. No tengo palabras para describirlas, pero eran maravillosas. ¿Qué saqué yo de ese sueño tan hermoso? Primero supe quien era esa persona. También, que las uniones espirituales son reales y que son hechas directamente por Dios. Esas uniones espirituales se describen en la expresión de Eva cuando dijo: ““Oh Señor, él y yo somos uno, y tú, oh Elohim, Creador nuestro.” La frase de “lo que Dios unió no lo separe el hombre” es aplicable a lo que, como acabo de explicar, unió Dios. No se refiere a la gran mayoría de las uniones terrenales que como tal se pueden acabar.

Estas uniones que son las más comunes en la tierra suelen responder a impulsos humanos, no espirituales. La mayoría de las uniones en este mundo nacen de motivaciones naturales, por ejemplo: Atracción física o sexual: lo que primero llama la atención y despierta deseo; es un impulso biológico y emocional. La necesidad de compañía o afecto: el miedo a la soledad o la necesidad de sentirse querido empuja a muchas personas a unirse. La conveniencia o seguridad: hay quienes buscan estabilidad económica, social o emocional más que una conexión profunda. La costumbre o presión social: la idea de que “hay que tener pareja” o “formar una familia” lleva a uniones que no nacen del alma sino del entorno. Estas uniones no son necesariamente malas, pero se sostienen en lo transitorio, en lo que cambia con el tiempo y el amor que se creyó tener se esfuma.

La unión que hace el Espíritu, sin embargo, no es transitoria sino para siempre. Aunque el hombre quisiera romperla no podría porque esta hecha con los lazos del amor de Dios que perduran para siempre. Por eso Dios nos dijo que no tratáramos de romper esa unión, porque, aunque de cuerpos estaríamos separados no podríamos dejar nunca de sentir el amor intenso que Dios nos dio por esa persona. Es como dijo Eva. Dios creo a Adán de su Espíritu y luego sacó de un costado del espíritu de Adán a Eva. Eva podía decir con confianza, Adán y yo y el creador somos uno en unión perfecta de amor. El que cree en Dios y todavía no ha encontrado el amor de su vida debería pedirle con confianza que le traiga a esa pareja que creo para él o ella, porque existe.

Una palabra más acerca de lo que vi en este sueño. Los cuerpos espirituales tienen forma como la nuestra, pero no son de carne. Vi mi cuerpo y el de mi pareja espiritual relleno de algo, que Eva llama en el libro de su vida carne, pero no es carne. Es de una naturaleza translucida. No es como un vidrio limpio que se puede ver todo a través de él, pero tampoco es denso y opaco como nuestro cuerpo. Entiendo porque el Libro de la Vida de Adán y Eva usa la palabra brillantez, pero ese vocablo del lenguaje humano no alcanza a describir de forma completa como es el cuerpo espiritual, aunque nos da alguna idea. Así comprendí que el verdadero amor espiritual no se busca, se revela, porque fue concebido por Dios desde el principio.

Cuando comienza el proceso de la transformación, el cuerpo deja de ser un obstáculo. En lugar de bloquear lo espiritual, se abre y lo deja pasar. Es como un vidrio: si está opaco, la luz no atraviesa; si está limpio y transparente, la luz fluye. Así pasa con el cuerpo: sin el Espíritu, vivimos solo en lo material; con la transformación, el cuerpo refleja la vida de arriba y, que es espiritual y la deja manifestarse.

Algunos versículos, como el de Juan o el de Filipenses que dicen: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse”, se usaron más tarde para enseñar que Jesús era Dios. Sin embargo, si seguimos la historia desde el principio, vemos que Jesús recuperó lo que Adán perdió: la unidad con el Padre. Estos pasajes dicen una verdad a media y por eso no se entienden con claridad. Porque cuando Adam y Eva fueron creados, se puede decir, eran en forma de Dios. Por eso no es extraño que el Salmo 82 diga: “Yo les he dicho: ustedes son dioses; todos vosotros sois hijos del Altísimo. Pero moriréis como cualquier mortal; caeréis como cualquier otro gobernante.” En pocas palabras, ese salmo resume la historia del principio: Dios nos creó de su Espíritu, pero al ceder a la manipulación de las tinieblas, perdimos nuestra condición de hijos legítimos en ese sentido como Dios.

En tiempos de Jesús, este entendimiento todavía estaba claro. Pero con el tiempo, a las palabras de Jesús se les dio otro significado. Jesús pudo decir con toda claridad “el Padre y yo somos uno” porque había recuperado la unidad que nos pertenecía desde el origen. Lo mismo que Eva había dicho en relación con Adán: ser uno en el sentido espiritual y original, no en el de ser Dios. Recordemos que la transformación no es un milagro reservado a unos pocos, sino el camino de regreso que Dios trazó para todos. La encarnación de Jesús no fue la única ni la primera, pues esa comenzó con nuestros primeros padres. Lo único verdaderamente excepcional en la vida de Jesús, como ejemplo para nosotros, fue su transformación espiritual y la manera en que la condujo durante su paso material por este mundo.

Jesús Maestro de la Transformación Parte 2

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