En el año 2004 comencé a sentir una fuerte intuición interior: necesitaba averiguar y confirmar si lo que había recibido como fe venía realmente de Dios. Muchas cosas, no todas, que leía en los textos del NT me sonaban a pensamientos o producciones humanas, y yo sabía que Dios no es hombre. Sus pensamientos son más elevados que los nuestros. Él no razona en términos terrenos como lo hacemos nosotros, cuya vida gira alrededor de lo material. Y no hablo solo del dinero, sino de todo aquello que percibimos a través de nuestros sentidos físicos. El mundo espiritual de Dios, y Él mismo, están por encima de esas limitaciones y no están sujetos a las restricciones del cuerpo ni de la mente humana.
Dios no piensa como nosotros porque no es un ser físico. Esto no significa que Dios no tenga forma o naturaleza. Al contrario, fuimos creados a su imagen y semejanza. Según el Libro de Adán y Eva, nuestros primeros padres tenían la misma forma de cuerpo que hoy reconocemos —cabeza, brazos, piernas— pero de una constitución espiritual revestida de una “brillantez” que venía de Dios. Esa luz era reflejo de la naturaleza divina, cuya esencia es una luz propia e intensa. Tras el quebrantamiento del pacto, esa brillantez se retiró y el cuerpo espiritual fue cubierto de piel y órganos, adaptado a necesidades físicas como el alimento. Así, la forma no cambió, pero la naturaleza sí: pasamos de ser de una constitución espiritual semejante a Dios a un cuerpo material sujeto a limitaciones. La imagen del “muñeco de barro” no refleja este origen; más bien, parece una herencia de mitos sumerios donde los dioses modelaban al hombre con arcilla.
También sus caminos son más altos que los nuestros, porque los nuestros casi siempre repiten patrones heredados y superficiales: casarse a cierta edad, que el hombre sea mayor que la mujer, o tener hijos para ser considerados una familia ‘completa’. Ese modelo impuesto por la sociedad, en el fondo, es un modo fracasado de vivir, porque se actúa por obligación y no por convicción. Dios no nos creó como moneditas de un centavo, idénticos y sin diferencia. La diversidad de su creación es inmensa, y así también lo son nuestras personalidades, deseos y convicciones. Por encima de todo, nos dio libertad para vivir como queramos, con la única condición de no hacer maldad. Quien vive en equilibrio entre el Espíritu y su condición humana se convierte en cabeza de su propio destino, libre de las imposiciones sociales para decidir lo que realmente quiere y lo que más le conviene.
Relacionado con esto, personalmente creo que algunos mensajes que entregó Jesús no se han entendido correctamente, justamente por nuestra forma limitada de ver o entender las cosas, es decir, por nuestro entendimiento terrenal. Jesús dijo varias cosas que no fueron comprendidas en su verdadero sentido. Por ejemplo, afirmó: “Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.”
Nuestra mente, casi de inmediato, acomoda este pasaje a la idea de que seguir a Jesús no es un camino de prestigio ni de seguridad material, sino que implica renunciar a la comodidad y a los apoyos que incluso los animales tienen. Pero, ¿era eso lo que realmente quería decir? Jesús conocía las Escrituras de su tiempo, y en ellas el pacto de Dios con Israel que incluía la promesa de abundancia material. Sin embargo, en nuestro entendimiento terreno lo interpretamos como si enseñara que seguirlo significaba llevar una vida ascética en un mundo físico y colocando al espíritu en oposición al cuerpo.
Jesús no estaba atado a las normas ni a las tradiciones sociales de su tiempo, esas costumbres heredadas que, con el paso de las generaciones, se volvían caducas. Lo demostró en varias ocasiones y por eso fue muy criticado: conversó en público con la mujer samaritana, rompiendo barreras de género y etnia; se hospedó en casa de Zaqueo, un recaudador de impuestos; y compartió mesa con publicanos y pecadores, despreciados por la sociedad de su tiempo. Jesús ignoraba deliberadamente esas convenciones sociales.
Efectivamente, Jesús eligió otro camino: vivir en verdadera libertad, guiado por el Espíritu, lejos de los patrones humanos repetidos sin sentido. Entonces, quizás su comparación drástica no exaltaba la carencia, sino la diferencia entre una vida repetida bajo patrones humanos y una vida guiada por la libertad del Espíritu.
Es sabido, entonces, que Jesús no se sentía sometido a muchas de las convecciones sociales. El Evangelio de Felipe, un texto antiguo descubierto en Nag Hammadi, lo presenta de un modo diferente: “La compañera del Salvador es María Magdalena. Cristo la amaba más que a todos los discípulos y la besaba a menudo”. El término usado es koinōnos, que significa consorte o compañera íntima. Dicho en palabras simples: María Magdalena era su mujer.
Según el Evangelio de Felipe, María Magdalena no era únicamente la mujer de Jesús, sino también su discípula más cercana. Esa doble condición —mujer y seguidora con un lugar de privilegio— rompía con las jerarquías religiosas de su tiempo, donde las mujeres no solían ocupar posiciones de autoridad espiritual. Es cierto que los especialistas sostienen que este evangelio no fue escrito por el apóstol Felipe. Pero eso no le quita valor, porque muchos de los escritos del Nuevo Testamento también son anónimos o pseudónimos. La Carta a los Hebreos no menciona autor; varias epístolas atribuidas a Pablo fueron escritas por otros; y los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron compuestos de forma anónima y solo más tarde se les puso ese nombre.
Es así que, pensando en mi vida espiritual, me embarqué en una búsqueda para confirmar si lo que había recibido como fe venía realmente de Dios, teniendo en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida espiritual. Estaba segura de que iba a encontrar lo que buscaba en las Escrituras. Me armé de valor, porque la religión infunde miedo, y puse toda mi confianza en que mi relación con Dios me protegería de equivocaciones inadvertidas. Lo que encontré me sorprendió muchísimo. He compartido con ustedes mis descubrimientos y reflexiones en el área de la religión, de las leyes del ritual hebreo y de su influencia en la creación de la religión que se formó después de la muerte de Jesús y otras más relacionadas. Mientras investigaba, me encontré con el fascinante mundo antiguo de la Mesopotamia y de las primeras generaciones hebreas.
Samuel Noah Kramer tituló uno de sus libros La historia comenzó en Sumeria, y los propios sumerios lo afirmaban en sus tablillas: con sus dioses se levantaron ciudades, floreció el comercio y aparecieron reyes y sacerdotes. Pero nuestra verdadera historia no comenzó en Sumeria, sino en el cielo. Uno de los escritores del Libro de Enoc lo reconoce al decir: “Yo deseaba vivir allí y mi espíritu anhelaba esa morada: esa era desde antes mi herencia, tal y como había sido establecida para mí ante el Señor de los espíritus.” Y en la Vida de Adán y Eva se lo explica con todas las letras.
Esta es la parte de nuestro origen espiritual que nuestra condición humana —a través del ego y de la mente no transformada—, junto con poderes espirituales de oposición, buscan impedir que recordemos. Pretenden que no conozcamos nuestro verdadero comienzo y que no podamos volver a él. Si lo lográramos, la voluntad de Dios se haría en la tierra como en el cielo. Si la voluntad de Dios se cumple en la tierra, no todos saldrán ganando. Hay quienes no forman parte de nuestro campo y se esfuerzan por impedirlo, porque saben que ese cumplimiento marcará el comienzo de su final.
¿Alguno de ustedes ha investigado los orígenes de su familia? Descubrir de dónde venimos y cómo vivieron quienes nos precedieron nos recuerda que nuestra historia no empieza en la pequeña realidad que nos rodea, sino que forma parte de algo mayor, con verdadera continuidad. Y esa mirada cambia la perspectiva: no es lo mismo fijarse en un arbolito que contemplar el bosque entero.
Cuando hacemos este ejercicio, comenzamos a entendernos más, a ver cómo la historia del mundo fue pasando a través de nuestros ascendientes y lo importante que es saber que en ellos nosotros también la vivimos, porque hemos nacido de sus lomos. Pero esa es la indagación de nuestras raíces terrenas. No son muchos los que se atreven a indagar sobre nuestras raíces espirituales. En cierta forma se puede hacer un paralelo entre la historia espiritual de nuestra creación y la terrena. Fuimos engendrados por amor y por la voluntad de un Ser que se considera nuestro Padre. Éramos hijos y herederos de sus grandezas. Si conocemos ese origen, la oscuridad se desvanece y entra la claridad para que veamos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, si queremos.
Investigar nuestras raíces espirituales nos recuerda nuestra verdadera identidad como seres que proceden de Dios y no solo de la carne; nos da dirección y propósito para no errar al blanco; abre los ojos para discernir entre lo que viene de Dios y lo que son invenciones humanas; fortalece nuestro espíritu frente a las fuerzas antagónicas que intentan desviarnos; produce transformación interior al alejarnos del ego y acercarnos al plan divino; y nos llena de esperanza al confirmar que nuestro destino no termina en la tierra, sino en el cumplimiento de todas las promesas de Dios: regresar al jardín y participar de aquello que Él preparó para nosotros, cosas tan maravillosas que nuestros ojos nunca han visto ni nuestra mente ha imaginado. Finalmente, nos capacita para cumplir el propósito de hacer la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo, que es la meta final del plan divino.
El linaje de Israel nos transmitió los orígenes de la raza humana. Otras culturas antiguas también tienen relatos de creación semejantes al Génesis, pero la mayoría están envueltos en mitos muy adornados y fantasiosos. En cambio, la tradición hebrea nos dejó una versión más sobria y clara, aunque incompleta, sobre nuestro origen. Y nosotros, herederos de la cosmovisión judeocristiana, tenemos además eso que muchos llaman locura: la fe, la convicción segura de que las promesas de Dios se cumplirán.
No nacemos al azar. Dios imagina y piensa nuestro nacer, nuestras virtudes y nuestra existencia. ¿Entonces nuestra vida está predestinada? En cierta forma sí, pero aquí hay un punto clave: el plan de Dios puede resultar difícil de cumplir si no estamos en sintonía con Él. Esa “sintonía” es su voluntad. Cuando Adán y Eva fueron exiliados del Jardín del Reino por su rompimiento con el Pacto, Dios advirtió a Adán que viviría en una tierra llena de dificultades, porque ellos no estarían solos aquí. Había otros que tratarían de alejarlos del amor de Dios, de impedir que se cumpliera su propósito y, si pudieran, de destruirlos. Lo mismo sucede con nosotros. Si no nos ponemos de acuerdo en hacer lo que Dios diseñó para nuestras vidas, entonces estamos desalineados, no tenemos protección y su plan no se cumple.
Si Dios nos dio un talento claro, como para los negocios, pero lo dejamos de lado solo por seguir a alguien más, nos salimos de su plan. La bendición no está en modas ni en compromisos sociales, sino en vivir lo que Él pensó para nosotros. Podemos elegir otra cosa —somos libres para hacerlo—, pero esa libertad no siempre conduce a lo mejor. La verdadera prosperidad, material y espiritual, se manifiesta cuando permanecemos en la dirección que Dios trazó y seguimos unidos a la Fuente.
Si no nos reconciliamos con el Creador, las fuerzas que existen en la tierra y que no vienen de Dios harán todo lo posible para que erremos en el blanco, para que no cumplamos nuestro destino y para que no recibamos las bendiciones que El preparó para cada uno de nosotros. Una mala elección también trae problemas que no deberían estar en nuestra vida. En cambio, si somos mansos a la guía de Dios, tenemos protección de no tomar decisiones equivocadas.
Venimos a esta tierra con un objetivo y con una meta. El objetivo primero es que seamos salvos. Nuestro verdadero yo es espiritual, y el habernos dado un cuerpo físico nos permite alcanzar esa salvación, si así la aceptamos y lo permitimos. Toda esta vuelta que tiene que hacer Dios es consecuencia de nuestra testarudez y de nuestro orgullo desmedido al no querer aceptar la realidad de lo que somos: seres creados que necesitamos de nuestra relación con Él para alcanzar la madurez espiritual. La madurez de nuestro cuerpo físico se alcanza con elementos naturales, pero la del espíritu solo con el Espíritu de Dios. Por eso Él nos prometió que nos lo daría cuando nos reconciliáramos con Él, aunque eso es recién el comienzo del recorrido.
El propósito, entonces, es volver a nuestra naturaleza espiritual. Ese es el proceso de la transformación, a la inversa de lo que les ocurrió a Adán y Eva. Ellos pasaron de la grandeza espiritual a la limitación de un cuerpo físico. Su caída fue un descenso: de la vida en el jardín a la vida en el exilio, de la plenitud espiritual a la condición humana sujeta al dolor, al cansancio y a la muerte. Ese fue el camino hacia abajo.
Nuestro trabajo, en cambio, es recorrer el camino opuesto: volver a lo que fuimos en el principio y recuperar nuestra verdadera naturaleza. La transformación que necesitamos es a la inversa de la que ellos vivieron; de la oscuridad que nubla nuestra identidad a la claridad que nos recuerda quiénes somos realmente. proceso no es automático ni forzado. Dios no nos obliga. Es un camino de elección, de mansedumbre, de reconocer que solos no podemos alcanzar lo que se perdió en el Jardín. Y es también un proceso de maduración: aprender a vivir como seres espirituales dentro de una condición humana, hasta que la espiritualidad venza definitivamente sobre la fragilidad de la carne.
Dios creó a nuestros primeros padres en los cielos y los puso en un jardín que era una extensión de su reino. Allí estableció con ellos un pacto: no involucrarse con el mal, un compromiso que aún permanece. Pero al salir a merodear fuera del jardín, el Transgresor, usando a una serpiente, engañó a Eva y los llevó a perder el poder con el que habían sido creados.
Hay mucha enseñanza acerca de nuestra naturaleza humana en los sucesos del principio. Muchos de nuestros comportamientos tienen su raíz en el génesis. El ángel caído usó la Palabra de Dios de manera torcida, como si escondiera un sentido oculto que él venía a revelar, y así engañó a Eva. Ella, a su vez, fue manipulada y luego manipuló a Adán. Y él, en lugar de mantenerse firme y decir “eso no lo haremos”, eligió seguirla, mostrando una completa falta de firmeza. De allí nacen actitudes humanas que siguen presentes como la manipulación, la evasión de responsabilidad y la debilidad frente a la presión.
La manipulación actúa como una influencia que viene de afuera. Puede presentarse como pensamientos en nuestra mente o a través de seres reales que siembran ideas en nosotros. Toda operación espiritual busca que hagas lo que el otro quiere. Es una forma de control mental sutil, nunca forzada. Eso fue lo que ocurrió con Adán y Eva: la serpiente no mandó, solo insinuó, sembrando como al pasar la idea de que desobedecer traería beneficios. Eva aceptó esa insinuación como si fuera algo bueno, y terminó arrastrando a Adán, cuando en realidad todo resultó en dolor. Y como no lo hicieron en pleno control de su libre albedrío, Dios decidió salvarlos de la misma suerte eterna del transgresor.
El manejo de pensamientos funciona como una encantación: nubla la verdad y hace ver como deseable lo que destruye. Desde los primeros momentos de la humanidad quedamos marcados con esa tendencia, en mayor o menor medida, muchas veces sin darnos cuenta. Esa inclinación tendría que ser eliminada de nosotros. La reconciliación con Dios nos limpia de esas tendencias negativas y nos devuelve un corazón capaz de elegir lo que realmente es bueno y nos beneficia.
Sin embargo, no siempre la confusión viene de afuera. A veces nosotros mismos malinterpretamos la Escritura y, por ende, no entendemos lo que el autor está diciendo en realidad. A veces tomamos como literal lo que fue escrito sin darnos cuenta de que no corresponde hacerlo textualmente. Otras veces interpretamos lo que debería leerse de forma directa. Un ejemplo claro de esta costumbre es Isaías 7:14: la señal de que una ‘almá’ (una joven) daría a luz era para el rey Acaz, como prueba inmediata de que Dios estaba con Judá. Más tarde se le dio una interpretación forzada para sostener la creencia en el nacimiento virginal de Jesús. El texto original, sin embargo, hablaba simplemente de una joven.
Un caso ilustrativo de la confusión que surge al tomar literalmente un texto cuando no corresponde es el Salmo 51:5. David habla con profunda pena después de cometer adulterio con Betsabé y ordenar la muerte de su esposo Urías. Cuando dice: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”, está justificando el mal que hizo, presentándolo como producto de su condición humana: un pecador que nació en pecado y por eso peca. Se trata de una justificación personal. El problema fue que esa confesión individual se tomó como doctrina literal, y de allí muy posiblemente se levantó la enseñanza de que todos nacimos en pecado. Esa interpretación se transformó en la creencia de que todos nacemos manchados por la culpa de Adán.
Según esta visión, al nacer en pecado el cuerpo mismo pasó a ser visto como portador del mal. Se pensó que había que castigarlo, humillarlo o negarlo para “purificar el alma”. Esto llevó a prácticas como ayunos extremos, flagelación del cuerpo —golpearse o azotarse—, ascetismo radical —negarse comida, placer o incluso higiene—, y el desarrollo de monasterios con votos de pobreza, celibato y penitencias físicas.
En las cartas de Pablo vemos reminiscencias de esa misma mentalidad. En Romanos dice: “Yo sé que, en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien.” En 1 Corintios afirma: “Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre…” Y en Gálatas: “La carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne.” Aunque Pablo no enseña literalmente a flagelarse, sus palabras pudieron haber sido interpretadas como una invitación a domar el cuerpo porque se lo veía inclinado al mal. Unido al concepto de pecado original, esto alimentó siglos de prácticas de mortificación física.
Recuerdo una vez que una de mis hijas, cuando era pequeña, hizo unos garabatos en la pared con una crayola. Le pregunté por qué lo había hecho y me contestó: “La mano se me fue, mami.” Era gracioso, pero demuestra algo profundo: hasta un niño puede intentar justificar lo que sabe que no debería haber hecho, echándole la culpa a una parte de su cuerpo en lugar de asumir su responsabilidad. Ella no tenía control, según decía, sobre lo que hacía su mano. Lo mismo hace David: culpa a su nacimiento y a su condición humana, en vez de reconocer que lo que hizo fue una decisión personal de su voluntad.
La doctrina más común resultante de esa interpretación fue que el hombre nace corrupto. La vida debía vivirse como lucha constante contra la carne, a veces con violencia contra uno mismo. La santidad se asoció a la negación del cuerpo y al sufrimiento. Creer que nacemos en pecado llevó a ver el cuerpo como enemigo, convertir la espiritualidad en penitencia física y construir toda una tradición ascética como el monacato, la flagelación y el celibato obligatorio. En resumen, se dejó en segundo plano lo que los profetas habían dicho: que lo que Dios quiere es un corazón arrepentido, nada más.
Aquí está la incoherencia con esas doctrinas que nacieron del entendimiento literal que David expresa en ese Salmo. Si naciéramos en pecado, entonces el espíritu o soplo de vida que entra en nuestro cuerpo sería malo. Y esa vida viene del Espíritu de Dios, que es bueno. Por lo tanto, todos nacemos buenos. El problema aparece en el caminar de la vida, cuando elegimos caminos equivocados. Eso nos lleva a la ignorancia de los temas espirituales y hasta al alejamiento de Dios, al punto de dudar de su existencia.
La experiencia lo confirma: desde muy pequeño un niño puede distinguir lo correcto de lo incorrecto. A los cinco años, por ejemplo, entiende que robar un juguete a un amigo está mal. El niño no nace malo, sino que aprende a hacer el mal si decide hacerlo. Podríamos tener inclinaciones o tendencias a obrar de manera indebida, pero también tenemos voluntad propia. Esa libertad de decisión puede llevarnos a la reconciliación con el Creador. La reconciliación, a su vez, nos da su Espíritu para vencer con firmeza cualquier tipo de mal en nosotros si lo tuviéramos. Nuestro poder de decisión es inmenso: cada decisión que tomamos trae una consecuencia y nos lleva en una dirección específica.
En cuanto al cuerpo, es solo un instrumento donde vive nuestro yo o espíritu. Ese cuerpo no se mueve por sí mismo; está inactivo hasta que lo dirigimos. Podemos usarlo para el bien o para el mal, para amarnos o para dañarnos. El mal se manifiesta en acciones, y esas acciones nacen de una decisión interior. Todo comienza en un pensamiento, se afirma en la voluntad y se manifiesta a través del cuerpo. Pero el cuerpo no es malo. Podemos usarlo para hacer el mal, que es distinto.
Todo lo que hemos visto nos recuerda que no somos simplemente cuerpos que nacen, crecen y mueren como cualquier ser del reino animal. Nuestro cuerpo es solo un instrumento, pero nuestra verdadera identidad es espiritual. Y si todo comenzó en el cielo, allí también está nuestro destino. El propósito de nuestra vida en la tierra no es repetir patrones heredados ni dejarnos arrastrar por manipulaciones de todo tipo, sino desarrollar nuestra espiritualidad, reconciliarnos con Dios y recuperar la grandeza con la que fuimos creados. Ese camino nos eleva más allá de nuestra condición humana limitada, porque el plan de Dios no es que vivamos como bestias sujetas a instinto, sino como hijos que saben quiénes son y hacia dónde van. En la medida en que elegimos vivir así, la voluntad de Dios empieza a cumplirse en la tierra como en el cielo.