El Falseamiento de la Ley de Dios

¿Cuál fue la mentira de los sacerdotes, agregada a la Ley de Dios que alteró, según su misma Voz, su Ley?

Tengamos en cuenta, al tratar de contestar estas preguntas, que el único que puede mentir es el hombre y que, según Jesús, el Padre de Mentiras es su fuente. También deberíamos recordar que la mentira o el engaño fue lo que atrapó a Eva y a Adán, en el principio, desviándolos del propósito de Dios para sus vidas y las nuestras. Esto que vivimos en este planeta no fue la voluntad y el plan del Creador para nosotros. Esto es la consecuencia de la elección errada de nuestro padre Adán y Eva. Las elecciones tienen consecuencias.

El Creador nos advirtió a través de los profetas que su Palabra había sido falsificada, atribuyendo a su Nombre leyes que no había mandado cumplir y que fueron desvirtuadas por embustes, es decir, por palabras contrarias o compromisos innecesarios a los que habían sido acordados con los hijos de Israel en el desierto como parte de la Alianza.

El Libro de Jeremías tiene suficiente información para que lo entendamos, pero no es el único. Dice en el capítulo 9:13

Y dijo el SEÑOR: Porque dejaron mi ley, la cual di delante de ellos, y no escucharon mi voz, ni caminaron por ella”

Sin embargo, existía toda una imagen de religiosidad y obediencia a la ley de Dios a lo que les respondía:

2:8 Ni siquiera sus sacerdotes se preocuparon por mí, y sus jueces me echaron al olvido; sus dirigentes se volvieron contra mí, y sus profetas adoraron a Baal y derrocharon su tiempo en tonterías.

Este pasaje es muy iluminador. Primero al decir que sus sacerdotes no se preocupaban por Él estaba diciendo que se preocupaban por sus propios gustos e intereses. ¿Y cuáles eran los intereses y gustos de los sacerdotes de esa generación? Las tradiciones religiosas de sus padres, que era el politeísmo, y su expresión religiosa que era el ritual de los sacrificios. Dios los había llamado a ser una nación diferente de las de sus vecinos, pero esa era su zona de confort, de su apego cultural y no querían salir de el.

En Jeremías 9:13

“El Señor dice: «Ellos abandonaron la ley que yo les entregué; no me obedecieron ni vivieron conforme a ella.”

En el capítulo 11:2 Dios les dice, y lo aclaró, también, para nosotros:

“—Recuérdales a los habitantes de Judá y de Jerusalén las condiciones de mi pacto con ellos.”

En el capítulo 7:21-34 el Señor con contundencia pone fuera de la alianza a la práctica ritualista de los sacrificios y holocaustos diciendo:

“El Señor todopoderoso, el Dios de Israel, dice a su pueblo: «Ofrezcan todos los holocaustos y sacrificios que quieran, y coman de esa carne. Porque cuando yo saqué a sus antepasados de Egipto, nada les dije ni ordené acerca de holocaustos y sacrificios. Lo que sí les ordené fue que me obedecieran; pues así yo sería su Dios y ellos serían mi pueblo. Y les dije que se portaran como yo les había ordenado, para que les fuera bien. Pero no me obedecieron ni me hicieron caso, sino que tercamente se dejaron llevar por las malas inclinaciones de su corazón. En vez de volverse a mí, me volvieron la espalda. Desde que sus antepasados salieron de Egipto hasta ahora, yo les he enviado a ustedes, uno tras otro, a todos mis siervos los profetas. Pero ustedes no me obedecieron ni me hicieron caso, sino que se portaron aún más tercamente que sus antepasados.”

El Señor les decía explícitamente que no había ordenado el ritual. Es decir, el no exigió nada acerca de carnes de animales sacrificados, que es lo que hacían, pero a la misma vez que lo hacían desobedecían su Voz dándole la espalda. Lo que seguían eran sus propios términos.

Algo para tener en cuenta es que por lo menos en el libro de Jeremías no se sigue una línea de tiempo como, lamentablemente, parecería representar el orden de los capítulos.

Primero Dios aclara, en el capítulo 11, los términos de la alianza. Luego excluye la ley sacerdotal de los sacrificios y holocaustos en el 7. Cuando leen las Escrituras lo deberían hacer sin tener en cuenta sus divisiones. Aún más importante es leer sin ninguna idea preconcebida. Como por ejemplo es una doctrina, aunque sea una que se la han enseñado toda la vida. Aunque podría ser una acertada, las doctrinas no son hechos. Esas teorías van a encontrar lo que sea durante el transcurso de la lectura, para poder seguir aferrada a su mente, sobre todo si su creencia es errada e inclusive no les permitirá ver lo que tienen que ver.

Una vez hablando con una creyente que no creía en el bautismo del Espíritu Santo le pregunte que pensaba del pasaje en Hechos que habla del tema. Me dijo que lo leía, pero no pensaba en nada. La razón por la que no podía ver lo que decía y entenderlo es porque ella tenia una doctrina fijada en su mente que le decía que ese bautismo fue solo para los apóstoles, no aplicable a ella. Entonces, era como leer historia del pasado.

Entonces en el pasaje que acabo de leer del profeta, Dios les dice no me obedecieron si no que se dejaron llevar por las malas inclinaciones de su corazón. Estas eran conductas morales que no se ajustaban al Pacto, el seguimiento de la religión politeísta de sus padres y los rituales de los sacrificios y holocaustos.

En el capítulo 6: 13 Dios les habla de fraude:

“Todos, grandes y pequeños, sólo piensan en las ganancias mal habidas; profetas y sacerdotes, todos cometen fraudes.”

Aquí surge una pregunta clave: ¿de qué fraude está hablando el Señor?

Por el contexto, nos damos cuenta de que el fraude se cometía con su Ley o Palabra agregando exigencias que Dios nunca había pedido como parte de la alianza en el desierto. El fraude puede ser material, pero en este caso el fraude era espiritual. Ahora bien, la definición de fraude nos dice que no solo es una acción contraria a la verdad y la rectitud, sino que también perjudica a la persona contra quien se comete.

En este caso, el fraude afectaba tanto a Dios como al creyente: A Dios, porque distorsionaba su carácter y su voluntad, haciéndolo parecer semejante al hombre en su forma de exigir adoración y obediencia con formas ritualistas que no servían para el alma sino para satisfacer el ego y la arrogancia humana. Por ejemplo, las fiestas solemnes en el templo que Dios mismo desestimaba.

Al creyente le afectaba porque lo desviaba del verdadero camino de la transformación y el crecimiento espiritual, que solo la reconciliación con Dios, a través de su perdón, podía lograr y lo atrapaba en un ciclo de exigencias inútiles.

El incrédulo, también, se veía afectado porque lo que escuchaba le parecía lógicamente ridículo, así reforzando su escepticismo. Oseas también expresaba claramente la voluntad de Dios en concordancia con Jeremías:

“Misericordia quiero, y no sacrificio; y conocimiento de Dios más que holocaustos.”

El engaño se sostuvo por siglos, convirtiéndose en el pilar de una estructura religiosa que demandaba sangre como precio por la expiación de pecados. Sin embargo, como siglos después señalaría el autor de la epístola a los hebreos, esta ley era ineficaz e inútil. Lo que resulta notable es que, en lugar de reconocer que la práctica de los sacrificios provenía del hombre y no de Dios, este autor la reemplazó con otra forma de sacrificio: la sangre de un hombre justo para satisfacer la justicia de Dios sobre el hombre injusto.

¿O habrá sido que nunca leyó las palabras de los profetas diciendo de parte de Dios que nunca había exigido los sacrificios?

Aquí surge una reflexión crucial: ¿Por qué nunca se cuestionó el sistema de sacrificios en su totalidad? ¿Por qué, en vez de reconocer que era una creación humana, se decidió reemplazarlo con otra forma de sacrificio más grande? ¿Cómo es que ignoraron los mensajes de los profetas advirtiendo que el ritual no fue mandado o exigido por Dios?

La vergüenza o el orgullo, en el escritor de los hebreos, podría haber actuado como un impedimento para admitir el error. O quizás, si el escritor fue parte del sacerdocio levítico, podría haber habido un interés en proteger la imagen del sistema religioso, incluso a costa de distorsionar el carácter de Dios. En este proceso, se creó una imagen injusta de Dios, haciéndolo ver como alguien que demandaba sangre para perdonar, cuando en realidad su perdón siempre estuvo basado en la misericordia y la reconciliación, no en el derramamiento de sangre.

¿Y cómo es que nosotros no vimos esto?

En el mismo libro del profeta, Dios deja en claro que hubo una confabulación hecha de manera consciente diciendo:

“Se ha encontrado que los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén están preparando una conspiración.”

Ahora bien, ¿Qué es una conspiración? Es un acuerdo entre dos o más personas para ir contra alguien o algo, especialmente contra la autoridad. Entonces, ¿Cuál era esta conspiración? Era una desobediencia intencional, un abandono del acuerdo hecho con sus ancestros en el desierto para volver a las creencias idolátricas y rituales religiosos de sus padres. A lo cual Dios les señalaba acerca de sus prácticas:

“¿Crees acaso que los sacrificios y la carne consagrada de los animales ofrendados pueden librarte del castigo?”

Lo que realmente les hubiera librado era la conversión sincera, dejar atrás el mal que cometían. Quedó registrada en 2 Crónicas la forma de reconciliación que acepta Dios:

Si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla y ora, y me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré su caída y restauraré su tierra.”

Y en Jeremías 8:4 pregunta:

“Cuando una persona se cae, ¿acaso no vuelve a levantarse? Cuando descubre que está en un camino equivocado, ¿acaso no da la vuelta?”

Dios les estaba mostrando que el verdadero arrepentimiento no estaba en los sacrificios, sino en corregir el rumbo.

En Jeremías 8:8 habla con claridad acerca del falseamiento de su Palabra:

“¿Cómo pueden decir: ‘¿Somos sabios y poseemos la Ley de Yahveh’, cuando en realidad el cálamo mentiroso de los escribas la ha cambiado por una mentira?”

También Sofonías confirma la mentira entremezclada con la Palabra de Dios:

Sus profetas son livianos, hombres delincuentes, sus sacerdotes contaminaron el santuario, falsearon la ley.”

Valga la pregunta de nuevo aquí: ¿En donde falsearon la Ley de Dios?

La Ley de Dios fue alterada cuando el sacerdocio levítico agregó mandamientos en su nombre que Dios nunca ordenó. Son esos mismos “mandamientos humanos” de los que habla Isaías:

“Este pueblo se acerca a mí con su boca y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí. Su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado.”

Aquí surge otra pregunta:

¿Cómo es que llegamos a este punto en nuestra creencia espiritual?

La iglesia primitiva cristiana, en su propio celo religioso, decidió separar los textos que consideraba “divinamente inspirados” de los que no lo eran, según su propio criterio. Pero al hacerlo, encerró los textos seleccionados dentro de un marco que los convirtió en incuestionables, como si todos fueran inspirados directamente por Dios.

Uno de los mayores ejemplos de esta interferencia es la epístola a los hebreos. El autor de esta carta construyó toda su doctrina en la idea de que el ritual de sacrificios fue ordenado por Dios a través del sacerdocio levítico. Pero Dios mismo contradice esta afirmación en los profetas. A pesar de este error fundamental, la epístola a los hebreos fue aceptada como divinamente inspirada y a pesar de haber estado fundamentada en el entendimiento de un ritual de sacrificios que nunca fue ordenado por Dios.

Sobre esta carta y las enseñanzas de Pablo se construyó gran parte del cristianismo, aunque Jesús nunca vino a fundar una nueva religión.

Analizando la epístola a los hebreos veamos una de sus afirmaciones:

“Si, pues, la perfección fuera por el sacerdocio levítico (porque bajo él recibió el pueblo la ley), ¿Qué necesidad habría aún de que se levantase otro sacerdote, según el orden de Melquisedec, y que no fuese llamado según el orden de Aarón?”

Aquí el autor de hebreos está diciendo que el sacerdocio levítico no podía traer perfección y, por lo tanto, debía ser reemplazado. Pero para comenzar hay un error en su argumento. Cuando dice: “bajo él recibió el pueblo la ley”, está hablando de la ley de los sacrificios y holocaustos, no de la Ley de Dios. La Ley de Dios fue dada en el Monte Sinaí antes de que Aarón y sus hijos fueran establecidos como sacerdotes.

Como Jeremías y Sofonías afirman, Dios no les dio ninguna ley sobre sacrificios en el desierto. El sacerdocio levítico fue instituido después de los sucesos en el Sinaí según se entiende del mensaje profético. Por lo tanto, la ley dada “bajo el sacerdocio levítico” no era la Ley de Dios, sino la de los sacrificios.

El concepto de perfección usado en hebreos no es algo que Dios haya declarado, sino una construcción del autor para justificar su argumento. En otras palabras, el sistema levítico no era “imperfecto” porque Dios lo dijera, sino porque el autor de hebreos necesitaba justificar un cambio en la estructura religiosa. Cuando el escritor critica el sistema levítico, en realidad está hablando del ritual de sacrificios, no del propósito original del sacerdocio en Israel.

Lo irónico es que, aunque él mismo reconoce que la sangre de animales no podía limpiar el pecado, en lugar de cuestionar el sistema en su totalidad, lo reemplazó con otro sacrificio: la sangre de un justo.

Y aquí está la gran pregunta:

Si Dios nunca pidió sacrificios, ¿por qué se estableció este sistema y se le atribuyó falsamente a su voluntad?

El fraude de los escribas y sacerdotes convirtió la relación con Dios en un sistema de transacciones, alejando al ser humano de su verdadero propósito: la transformación espiritual basada en la obediencia y el arrepentimiento genuino, no en rituales externos.

El autor de hebreos dice:

“Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios.”

La ley de la cual habla el escritor diciendo que nada perfeccionó es la ley de los sacrificios, porque la Ley de Dios es perfecta, eterna, tiene el poder de limpiar el alma del hombre y transformarla a su propósito original.

Pero su idea de que se necesitaba otro sacerdocio, según el orden de Melquisedec, no tiene fundamento en la Torá. Es una interpretación teológica. Además, sabemos bien que Melquisedec era un príncipe sacerdote cananeo de una tradición politeísta, no un sacerdote del Dios de Israel. No sería extraño que en el panteón de dioses que cuidaba Melquisedec hubiera habido una estatuilla representando a Yahveh. Porque la religión politeísta así lo hubiera permitido, un Dios mas entre otros.

En su exegesis el autor asocia el sacerdocio levítico con las leyes del ritual de los sacrificios, como si fueran lo mismo. En su razonamiento hace que sacerdocio y sacrificios sean una sola cosa, cuando en realidad no lo eran. Además, introduce un concepto de “perfección” en el sacerdocio levítico que no existe en el Antiguo Testamento.

Cuando habla de “debilidad e ineficacia” y de la necesidad de “perfección”, se está refiriendo a lo que los sacrificios producían en el alma del ser humano. Que era nada, porque los sacrificios de animales eran alimentos que terminaban en los estómagos de los sacerdotes. Las partes que no se podían comer eran quemadas en “agradable aroma” para Yahveh. Pero sabemos lo que Yahveh pensaba del agradable aroma. En Isaías dice:

“¿A mí qué me importa tanto sacrificio vuestro? Y no sigan trayendo sacrificio inútil…”

La intención del escritor es usar la figura aparentemente misteriosa de Melquisedec para justificar un nuevo sacerdocio, aunque el Antiguo Testamento nunca sugirió reemplazar el sistema levítico. De hecho, el sistema levítico del que habla y que incluía los rituales de sacrificios y holocaustos, había sido ordenado a perpetuidad. Aquí vemos claramente cómo el autor de hebreos está remodelando la Ley y la historia judía para adaptarlas a una nueva narrativa, en lugar de seguir lo que realmente se escribió. Si lo hubiera hecho se hubiera dado cuenta que el sistema fue creado a perpetuidad, según la tradición sacerdotal, por Dios y no lo hubiera podido tocar.

El autor de hebreos parece estar repitiendo la narrativa de la tradición sacerdotal sin darse cuenta de que su propia afirmación contradice la historia. Al decir que “la Ley fue dada bajo el sacerdocio levítico”, está confirmando indirectamente que las leyes de sacrificios y holocaustos no eran parte de la Ley original de Dios, sino una adición posterior hecha por los sacerdotes.

Dios solo le dio a la familia de Leví la tarea de cuidar el tabernáculo y el arca de la Ley. El sistema de sacrificios y expiaciones sacerdotales no fue ordenado por Dios. Jeremías lo confirma: Dios nunca ordenó holocaustos ni sacrificios. Entonces, sin darse cuenta, el autor de hebreos está argumentando en contra de una falsificación posterior de la Ley de Yahveh creada por el hombre y no en contra de la verdadera Ley dada por Dios a Moisés.

Dios rechazó como suyo el sistema levítico de los sacrificios y holocaustos. Por lo tanto, toda la interpretación del autor de hebreos se desmorona. Cuando creemos en una mentira, esa mentira actúa como un encantamiento. Nos adormece, nos impide razonar con claridad. Nos hace incapaces de conectar ideas de manera lógica para llegar a la verdad y es la verdad que cuando la conocemos nos hace libre de la mentira.

Y aquí surge la pregunta clave: Si la expiación a través de sacrificios nunca fue ordenada por Dios, ¿Cómo es que llegamos a creer que Él quiso que el justo muriera por el injusto?

¿Quién es ese “dios” que exige la muerte de un inocente para salvar a los culpables?  Porque, ¿Quién es capaz de sacrificar un hombre bueno por uno malo?

Solo el hombre, no mi Dios.

El adormecimiento de la conciencia, por la mentira creída, bloquea nuestra acción y nos impide avanzar espiritualmente. Por eso alguien dijo que la religión es el opio de los pueblos. Porque cuando la religión no es solo una tradición, sino que se adueña de los temas espirituales que le pertenecen solo a Dios, se convierte en un mecanismo de control ordenado. Pero aquí las palabras de Jesús siguen siendo vigentes:

“De este modo, con esas tradiciones de ustedes que se pasan de unos a otros, anulan lo que Dios había dispuesto. Además, hacen otras muchas cosas parecidas a estas.”

Aquí se anuló la Palabra de Dios, que enseñaba la reconciliación a través del arrepentimiento sincero. Se sustituyó por una tradición inspirada en antiguas prácticas paganas, donde los sacrificios eran comunes, pero con una nueva interpretación: la creencia de que la expiación de los pecados se lograba mediante la sangre del sacrificio de animales. Con el autor de los hebreos y después de la muerte de Jesús se volvió a modificar el entendimiento del sacrificio diciendo que el cambio había sido por obra del amor de Dios.

Cuando aceptamos una mentira sin cuestionarla, captura nuestra mente. Todo lo que percibimos lo vemos a través del lente de ese error. Así leímos las Escrituras por siglos creyendo cosas que no vinieron de Dios, sino del hombre.

Hay convicciones de Pablo con las cuales no estoy de acuerdo, pero hay un principio suyo que adopté en mi vida espiritual: “Examinen todo cuidadosamente; retengan lo bueno.” Aunque Pablo aquí hablaba de profecías, este consejo es aplicable a todo.  Esta aplicación literal a las profecías es algo que también habría que reflexionar, pero no viene al tema.

La otra base que tomé fue la del evangelio de Lucas: “Yo también he estudiado con mucho cuidado todo lo sucedido, y creo conveniente ponerlo por escrito, tal y como sucedió.” Lucas investiga y ordena los relatos sobre Jesús. Yo tome esa misma actitud para poner en orden mi propia creencia espiritual con respecto a lo se me había enseñado. Porque mi intuición me decía que no todo era de Dios.

Para recapitular, la “Ley de Moisés” tal como la conocemos hoy fue, en realidad, una construcción tardía del sacerdocio y no un código entregado directamente por Dios en el Sinaí. Esto es lo que hoy identificamos como la ley levítica, que incluye el ritual de sacrificios y holocaustos. Estas leyes no fueron ordenadas por Dios ni pertenecen a la Alianza pactada en el desierto, como quedó escrito y demostrado en los profetas:

“Si quieren, sigan juntando las ofrendas y los animales que presentan en mi honor, y empáchense con la carne. Porque lo cierto es que, cuando yo saqué de Egipto a sus antepasados, no les mandé presentarme ofrendas ni animales.”

Aquí queda claro que Dios mismo desmiente haber establecido el sistema de sacrificios. Esta es una prueba directa del falseamiento de su Ley.

El agregado de estas leyes como si fueran parte de la voluntad de Dios fue lo que el Señor advirtió como mentira a través del profeta:

“¿Cómo pueden decir: ‘¿Somos sabios y poseemos la Ley de Yahveh’, cuando en realidad el cálamo mentiroso de los escribas la ha cambiado por una mentira?”

Y también nos previno Sofonías:

“Sus profetas son livianos, hombres delincuentes, sus sacerdotes contaminaron el santuario y falsearon la ley.”

Con estos textos se confirma, sin lugar a dudas, que los propios escribas y sacerdotes falsearon la Ley, añadiendo preceptos humanos que distorsionaron el carácter de Dios.

Al explicar la epístola a los Hebreos y la contradicción que presenta, aparece otra evidencia del error: en lugar de eliminar el sistema de sacrificios como una invención humana, se lo reemplazó por otro sacrificio mayor, perpetuando la mentira inicial. Esta es la consecuencia directa de siglos sosteniendo un engaño: terminamos aceptando como voluntad divina algo que nació del hombre.

Entonces, si el error fue perpetuado durante siglos, si se falseó la Ley y se distorsionó la imagen del Dios verdadero, quizás ha llegado el tiempo de revisar lo que creímos sin preguntar. Si Dios nunca exigió sacrificios de sangre, ni de animales ni de hombres, ¿Qué espera hoy de nosotros?

Tal vez, como en los días de Jeremías, solo espera que regresemos a su Voz. Que dejemos atrás las tradiciones heredadas sin raíz en su Palabra, y volvamos a la fuente original: la reconciliación sincera, la sujeción humilde y la transformación interior.

Y ahora la pregunta es inevitable: ¿seguiremos creyendo en la tradición levítica que atribuyó a Dios los sacrificios, o elegiremos escuchar la voz profética que lo niega en Nombre de Dios?

La Elección que Nos Conviene

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