La transformación espiritual es una evolución interior en nuestra alma o espíritu. Es el proceso invertido de lo que les ocurrió a Adán y Eva. Que fueron transfigurados de seres de luz a seres terrenales perdiendo sus cuerpos glorificados. Esto es lo que significa en el Nuevo Testamento: “el cuerpo de la humillación” o que Dios transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para ser semejante al cuerpo (espiritual) de su gloria.
Fue una conversión destinada a evitar la muerte eterna, ya que el castigo de la transgresión espiritual es la “muerte”. Este término, “muerte”, la usamos en sentido figurado porque el espíritu no muere. No existe la muerte en los dominios de la luz regidos por la Fuente creadora. La muerte del espíritu es las tinieblas eternas y existe en los dominios del ángel caído.
La transformación espiritual es un regreso al origen, un retorno al estado perdido, que implica un desarrollo asombroso del espíritu y una reconexión con Dios si así lo queremos. Cuando el espíritu del hombre caído es reemplazado por el Espíritu reparador de Dios es reducado en su manera de vivir. Recuperar lo perdido es el designio de Dios y depende de nuestra transformación. Es lo que el Nuevo Testamento explica de alguna manera con la expresión de despojarse del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.
El hombre que no ha iniciado su transformación vive bajo el control de su ego terrenal y se inclina hacia la tierra, mientras que el espiritual busca las cosas del cielo. Se nos dice que miremos hacia arriba no solo porque Dios nos ha prometido cosas increíbles, sino porque mirar hacia arriba es buscar la plenitud, el desarrollo y la transformación espiritual.
En los momentos de abatimiento, levantar la mirada hacia el cielo cambia nuestra perspectiva. Personalmente, cuando me siento decaída, miro hacia arriba de manera literal porque yo sé que mi ayuda viene de lo alto. La transformación espiritual es el objetivo de Dios para la humanidad, un camino de regreso a casa a nuestra naturaleza original si así lo deseamos. Jesús es un ejemplo tangible de esta transformación. Las manifestaciones de poder espiritual que realizó son muestras de nuestra verdadera esencia viviendo aun en este cuerpo que perdió su glorificación por ahora.
No se trata simplemente de un cambio de conducta, sino de una transformación profunda que ocurre cuando Dios nos da un nuevo espíritu. Este espíritu nuevo nos capacita para cumplir su ley espiritual, superando las inclinaciones terrenales en este cuerpo de manera equilibrada. El profeta Ezequiel lo expresó así:
“Os daré también un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis ordenanzas, y las pongáis por obra.”
Este pasaje refleja un cambio espiritual y biológico que ocurre cuando nos reconciliamos con Dios.
En biología, la transformación se refiere al cambio que ocurre cuando una célula adquiere material genético de otra. De manera similar, cuando recibimos el Espíritu de Dios, experimentamos una transformación que cambia nuestra naturaleza interior, nuestro cuerpo físico y nuestras acciones externas. Además, Este cambio espiritual tiene un impacto tangible en nuestra vida, equilibrando lo físico y lo espiritual. Cuando no ha ocurrido, existe un desequilibrio espiritual, emocional y hasta físico en nosotros.
Desde niña tuve una relación con Dios, pero debido a una tragedia que ocurrió cuando todavía estaba en los años de mi infancia, quebré esa relación porque lo consideré culpable de mi dolor. Pasaron varios años hasta mi reconciliación con Dios. El día que ocurrió tuve una experiencia increíble y maravillosa con El. En eso momentos solía visitar a una hermana católica para hablar de mis penas. De modo que fui a contarle de mi reencuentro con Dios. La hermana mirándome sorprendida me dijo: “hasta tu cuerpo ha cambiado”. No quiso decir que había dejado, en imagen, de ser lo que era, pero el impacto de la transformación espiritual en mi había hecho efecto en mi cuerpo también, y otra persona al verme lo notaba.
Para ilustrarlo con un ejemplo biológico: en la transformación bacteriana, una bacteria puede adquirir ADN del entorno y cambiar sus propiedades. Al igual que la bacteria, recibimos algo externo (el Espíritu de Dios) que cambia nuestra esencia. El “corazón de piedra” se transforma en un “corazón de carne”, representando una sensibilidad y conexión renovada con Dios.
La transformación espiritual no es un evento único, sino un proceso continuo que exige sanación interior, liberación de patrones de pensamientos, de condicionamientos creados por interpretaciones o entendimientos erróneos de la vida espiritual y de una relación constante con Dios. Cada paso implica superar las barreras del ego y someterse a la voz de Dios. Un ego arrogante no se somete; el que humildemente lo hace, emprende el camino hacia la transformación.
Dios nos ha provisto de las herramientas necesarias para vivir una vida plena en este cuerpo hasta que llegue el tiempo prometido de la restauración total. Si nos reconciliamos con El somos seres espirituales que vivimos con los pies sobre la tierra. Esto indica la necesidad de equilibrio entre el espíritu y la materia.
Esta transformación comienza aquí, pero alcanzará su plenitud en el tiempo designado por Dios, que es cuando los hijos de Eva guarden su Palabra de nuevo. Será en ese momento cuando recibamos un cuerpo espiritual o glorificado y entremos en una nueva creación, llena de luz y conocimiento. Mientras tanto vivimos en un cuerpo material que requiere de un equilibrio con el espíritu para poder vivir en desarrollo y plenitud nuestra vida terrenal.
El proceso de transformación es personal y único; sin embargo, compartimos una responsabilidad colectiva de respetar y guardar la Palabra de Dios, permitiendo que su Espíritu opere en nosotros. Si bien trabajamos en nuestra sanidad, por ejemplo, reconociendo heridas, es el Espíritu Creador quien realiza la transformación.
Quisiera compartir una visión nocturna que ilustra este proceso. En mi sueño, vi un hermoso terreno cubierto de pasto muy verde, bajo un cálido sol de verano. Había un grifo alto con forma de pico de loro, del cual fluía incesantemente una abundante corriente de agua que llenaba un reservorio sin desbordarse. El jardín, aunque bello, no tenía plantas ni flores, por lo que decidí regresar al próximo día para preparar la tierra y sembrar.
Cuando volví al día siguiente, lista para trabajar la tierra, me sorprendí al ver que Dios la había preparado mientras yo dormía. Había removido y acondicionado el terreno, dejando huecos listos para plantar. Mi única tarea era sembrar.
Esta preparación divina de la tierra fue un acto de amor, cuidado y colaboración. Dios realizó Su parte, dejando en mis manos el acto de plantar y sembrar. El depósito de agua que nunca se desbordaba representa las fuentes de aguas vivas dentro de nosotros, que nunca se agotan ni se secan. El trabajo en la “tierra interior” mientras descansaba simboliza el proceso divino de transformación interna, que ocurre en niveles profundos y constantes, muchas veces sin que seamos conscientes. La Fuente trabaja en nosotros mientras dormimos o descansamos de nuestras propias luchas. Nuestro papel es sembrar, cultivar y usar los dones y habilidades que se nos han dado para nuestro bienestar y el de los demás.
Cada peldaño que subes en la escalera de la transformación y transcendencia es un ciclo en tu vida donde el Espíritu actúa en ti, sanando heridas, ya sean olvidadas o aún frescas en tu memoria, especialmente las de la infancia, que desencadenan comportamientos no deseados y afectan negativamente tus relaciones. Este proceso también te libera de los condicionamientos de un pasado que ya no existe. Los condicionamientos pueden ser sociales, familiares, personales y religiosos.
El condicionamiento es un tipo de aprendizaje que puede ser consciente o inconsciente, y representa el proceso de influir en el comportamiento, las cualidades o las condiciones para satisfacer necesidades o alcanzar objetivos. Estos condicionamientos, a menudo, son influencias negativas que limitan o restringen tu crecimiento espiritual, así como otras áreas de tu vida terrenal. Esto es, en esencia, parte de lo que el Nuevo Testamento describe como la “manera fracasada de vivir heredada de nuestros padres”. Personalmente, creo que esta expresión alude a las consecuencias que nuestros primeros padres desencadenaron tras la transgresión.
La reconciliación con Dios es el primer paso en el camino de la transformación. Este cambio comienza en nuestra mente, moldeando nuestra manera de pensar y cómo enfrentamos la vida en la Tierra. A medida que avanzamos, nuestras prácticas, pensamientos y comportamientos evolucionan. Es un proceso de restauración de nuestro ser espiritual. Dios ya ha revelado lo que muchos compartimos: “Yo les daré nueva vida. Haré que cambien su manera de pensar. Entonces dejarán de ser tercos y testarudos, pues yo haré que sean leales y obedientes. Les daré un corazón que esté en sintonía con mi voluntad. Serán mi pueblo y yo seré su Dios, porque con gran alegría volverán a mí.”
Para que Dios nos permita regresar al Edén y cumpla la promesa hecha a nuestros padres Adán y Eva, necesitamos transformarnos y regresar a nuestro principio espiritual. La restauración espiritual debe ocurrir aquí en la Tierra. El Edén es un lugar real, y Dios ha mantenido sus entradas selladas hasta que la humanidad aprenda a respetar y seguir la guía de Su Voz. Con Dios, todo es nuevo, porque Su salvación representa una segunda oportunidad. Es como limpiar un disco duro para hacer espacio a cosas nuevas. Confíen en Dios y en el plan que ha diseñado para sus vidas. El pasado está muerto; suéltenlo y sanen cualquier herida, trauma o aquello que obstaculice su crecimiento para recibir las promesas de bendición del Altísimo.
El Señor observa tu dedicación hacia Él y hacia tu vida. El refrán “el obrero es digno de su paga” cobra especial sentido cuando trabajamos espiritualmente. Por eso se dice: “Deléitate en tu Dios y Él te dará los deseos de tu corazón.” Reflexionen: si la paga de la desobediencia es la muerte, ¡cuánto más grandiosa será la recompensa por obedecer la Voz de Dios!
El Señor aprecia a quienes tienen fe, pues sabe que nuestros ojos físicos no pueden percibir los dominios espirituales. Por eso se dice: “A Dios no le agrada que no confiemos en Él. Para ser amigos de Dios, hay que creer que Él existe y que recompensa a quienes buscan Su amistad.” He sido testigo del cumplimiento de estas palabras: Dios premia a quienes respetan Su Voz y retribuye a quienes lo buscan, aun cuando tengan dudas, porque buscarlo es el primer paso hacia la fe.
El viejo hombre ya no vive en ti, pero intentará mantenerte estancado, haciéndote creer que sigue presente. Como dice el refrán: “Si el pasado llama a tu puerta, no le abras; no tiene nada nuevo que ofrecerte.” Si le das entrada, te quedarás atascado en él. El pasado intentará volver para detener tu presente y tu futuro. Si hay algo del pasado que necesitas sanar o liberar, identifícalo, sana y déjalo atrás. Ve el pasado como un ciclo de aprendizaje que ya terminó.
Jesús enseñó: “Nadie que mira hacia atrás, después de poner la mano en el arado, es apto para el reino de Dios.” Quien decide avanzar hacia el futuro no debe ser detenido por el pasado. Así como un conductor que aparta la vista de la carretera puede desviarse, no debemos mirar atrás, sino enfocarnos en el trabajo y el futuro.
Si has puesto tu mano en el arado, no puedes mirar a otro lado, porque tu surco se torcerá. Un surco torcido al arar dificulta la siembra y afecta los resultados. Esta metáfora enseña que si te distraes o desvías mientras trabajas en un propósito importante, el resultado puede no ser el esperado. Poner “la mano en el arado” y no mirar a otro lado implica compromiso total, enfoque y perseverancia, evitando distracciones para que tu camino sea recto y fructífero.
Es una enseñanza sobre la dedicación y la constancia en el camino espiritual, recordando que cualquier desvío puede afectar el resultado final.