El Ritual de los Sacrificios: Divino o Humano Parte 2

Hemos visto en la primera parte del ritual de los sacrificios mandato divino o humano cómo las leyes levíticas fueron eliminadas y su significado redefinido. Pero si la Ley de Dios es inmutable, ¿cómo es posible que algo considerado ‘perpetuo’ haya sido eliminado? ¿Cómo llegaron los sacrificios a convertirse en el eje central de la religión de Israel? Para entenderlo, es necesario observar la evolución del concepto de sacrificio a lo largo del tiempo.

En el pueblo de Israel hubo una evolución litúrgica detectable en cuatro etapas. En la primera, el sacrificio de animales no era considerado un ritual sagrado. Las leyes que lo convirtieron en un acto religioso aún no habían surgido. Su propósito principal era cumplir la antigua orden de Dios de no consumir carne con sangre. Se trataba, en esencia, de un festín de comunión, y en ocasiones, se realizaba para sellar un trato comercial. Este periodo abarcó desde Noé hasta algún punto de la época de los jueces.

En la segunda etapa, el sacrificio de animales comenzó a considerarse un acto sagrado. Esto ocurrió entre la época de los jueces y el periodo monárquico. Si tomamos como fidedigna la cronología del escriba, el episodio de Elí y sus hijos—quienes cometían desórdenes al no seguir las reglas sobre la consagración de la grasa de los animales para Yahveh—indica que el proceso de convertir el sacrificio en mandato divino ya estaba en marcha. Este ejemplo se encuentra en I Samuel 2:29, donde se dice: ¿Por qué no das importancia a los sacrificios y a las ofrendas que mandé presentar en mi santuario? Tú les das más importancia a tus hijos que a mí. Ellos están cada día más gordos, porque se quedan con lo mejor de las ofrendas que el pueblo me trae.”

Pero si comparamos esta afirmación con las palabras de Dios en Jeremías, donde declara: “Cuando yo saqué a vuestros padres de Egipto, no les hablé ni les mandé nada tocante a holocaustos y sacrificios”, queda claro que estamos ante un caso de mezcla entre la voz del hombre y la voz de Dios. Esto en Jeremías 8:8 es indicado como falsificación:” ¿Cómo se atreven a decir Somos sabios la Ley del Señor nos apoya’, si la pluma engañosa de los escribas la ha falsificado? Hay una incoherencia de voces y una contradicción explícita. Una voz afirma o confirma el ritual viniendo de Dios en el libro de Samuel y la otra lo niega en Jeremías. ¿A quien creemos?

Durante los primeros años del reinado de Saúl, los sacrificios y holocaustos aún cumplían un doble propósito: cocinar el animal de acuerdo con la regla de no comerlo crudo y ofrecerlo como una ofrenda de paz.

El propósito de estos sacrificios, al igual que en muchas culturas de la época, era “apaciguar” o “calmar” a la divinidad. En el Pentateuco se encuentran expresiones que reflejan esta creencia, como en Levítico 3, donde se dice:

“De este sacrificio de reconciliación ofrecerá al Señor, como ofrenda quemada, las grasas […] El sacerdote lo quemará sobre el altar como alimento, manjar abrasado de calmante aroma para Yahveh.”

Pero Dios, a través del profeta Isaías, responde con contundencia ante esta práctica: “Oíd una palabra de Yahveh, regidores de Sodoma. Escuchad una instrucción de nuestro Dios, pueblo de Gomorra. ¿A mí qué me importa tanto sacrificio vuestro? Dice Yahveh. Harto estoy de holocaustos de carneros y de sebo de cebones; Y sangre de novillos y machos cabríos no me agrada. Cuando venís a presentaros ante mí, ¿Quién ha solicitado esa pateadura de mis atrios? No sigáis trayendo sacrificio inútil…”

Aquí se deja claro que estos sacrificios no solo no eran necesarios, sino que eran completamente irrelevantes para Dios. El entendimiento de que Dios no se complace con sacrificios, sino en la obediencia a su voz, fue evidente durante el ministerio de Samuel. Antes de la batalla contra los amalecitas, Dios ordenó a Saúl que destruyera por completo el botín, pero Saúl, confiando en su propio criterio, decidió quedarse con lo mejor de los despojos. Cuando Samuel lo confrontó, Saúl intentó justificarse diciendo:

“Del botín, el pueblo ha tomado el ganado mayor y menor, lo mejor del anatema para sacrificarlo a Yahveh tu Dios en Guigal.”

A lo que Samuel respondió:

“¿Acaso se complace Yahveh en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a su palabra? Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros. Como pecado de hechicería es la rebeldía, crimen de terafín la contumacia…” (I Samuel 15:21-23).

Un detalle importante en este relato es que Saúl no se refiere a Yahveh como su Dios, sino como el Dios de Samuel, lo que sugiere que seguía las órdenes de manera obligada, sin verdadera convicción. Además, creía que su propio juicio era mejor que el de Dios. Esta actitud de rebelión ante la voz de Dios se remonta, según el Libro de la Vida de Adán y Eva, al ángel transgresor, quien reaccionó con furia cuando Dios otorgó a Adán la máxima autoridad sobre la creación. Según este relato, el ángel, al haber sido creado antes que Adán, consideraba que merecía esa posición de poder. Su rebeldía surgió de su rechazo a la voluntad de Dios, convencido de que el Creador se había equivocado y que él sabría tomar mejores decisiones en su lugar.

La respuesta de Samuel a Saúl no solo estableció la posición de Dios con respecto a los sacrificios en un periodo muy temprano de la historia de Israel, sino que refuerza la idea de que el sacrificio nunca fue un mandato divino. Hasta ese momento, no hay ninguna mención en la Biblia de sacrificios para la expiación de pecados. Durante la época en que se redactó el Salmo 50, muchos israelitas aún creían que con sus sacrificios alimentaban y daban de beber a Dios. Sin embargo, en los Salmos en general se refleja la creencia de que el arrepentimiento era el verdadero medio de reconciliación.

En I Reyes, cuando Salomón dedica el templo, declara repetidamente que el perdón de los pecados se obtiene a través del arrepentimiento:

“Si pecaren contra ti (porque no hay hombre que no peque), y estuvieres airado con ellos, y los entregares delante del enemigo, para que los cautive y los lleve a tierra enemiga, sea lejos o cerca, y ellos volvieren en sí en la tierra donde fueren cautivos, y se convirtieren, y oraren a ti en la tierra de los que los cautivaron, y dijeren: Pecamos, hemos hecho lo malo, hemos cometido impiedad; y si se convirtieren de todo su corazón y de toda su alma, y oraren a ti… tú oirás en los cielos, el lugar de tu morada, su oración y su súplica, y les harás justicia. Y perdonarás a tu pueblo que había pecado contra ti, y todas sus infracciones…” (I Reyes 8:33-52).

Después de estas palabras, Salomón ofreció sacrificios de paz. Esto deja en claro que, en esa época, los sacrificios y holocaustos eran un acto protocolario dentro del culto religioso, pero no estaban relacionados con el perdón de pecados.

Durante el reinado de Atalía, el sacerdote Yehoyadá restableció “los holocaustos con alegrías y cantos”, según las disposiciones de David. Esto indica que, en ese período, los sacrificios aún se realizaban con un propósito de comunión. Si la cronología del redactor es correcta, es durante el reinado de Ezequías (716-687 a.C.) cuando el sacrificio expiatorio aparece en su forma más definida (II Crónicas 29:18-36). El cronista, quien parece ser un levita, comenta en el versículo 35, después de narrar el desollamiento de 3.900 animales lo siguiente: “Así quedó restablecido el culto de la casa de Yahveh.” Sin embargo, este era el mismo culto que Dios había rechazado repetidamente y que nunca había sido parte de la Alianza establecida en el desierto.

Los israelitas nunca tuvieron problemas con el templo ni con los sacrificios; lo que les resultaba difícil era cumplir los mandamientos dados en el desierto, que excluían el ritual sacrificial. Tras el exilio en Babilonia, vemos nuevamente la continuación del culto de los holocaustos (Esdras 3:2). Se dice que Esdras era un experto en “la ley de Moisés”, que sin duda incluía el rito del sacrificio expiatorio (Esdras 6:17). Aunque se presenta como si Yahveh hubiera dado esta ley a Moisés, no se menciona en ningún momento el libro de la Alianza original. Para entonces, toda la estructura religiosa giraba en torno al templo y a los sacrificios.

No obstante, en Nehemías 9 vemos nuevamente que la expiación de pecados se realizaba por medio del arrepentimiento. Estos dos señores eran contemporáneos y trabajaron en conjunto para redificar el templo. De nuevo aquí veo la inseguridad de los israelitas en saber cuál era verdaderamente la Ley de Dios.

“La raza de Israel se separó de todos los extranjeros; y, puestos en pie, confesaron sus pecados y las culpas de sus padres… hacían confesión y se postraban ante Yahveh su Dios.”

Esto confirma que, incluso después del exilio, coexistían en Israel dos corrientes doctrinales opuestas. La expiación por sacrificios de animales, que era una práctica de origen pagano y la expiación por arrepentimiento, que era el medio de perdón establecido por Dios.

A pesar de las repetidas declaraciones de los profetas, desde Samuel en adelante, de que los sacrificios y holocaustos no eran necesarios para la limpieza del alma, ambas creencias corrieron paralelamente en Israel hasta la época de Jesús.

El profeta Miqueas, quien ejerció su ministerio durante los reinados de Jotam, Acaz y Ezequías de Judá, dejó en claro cuál era la voluntad de Dios respecto a los sacrificios:

“¿Con qué me presentaré ante Yahveh? ¿Me inclinaré ante el Dios de lo alto? ¿Me presentaré con holocaustos y becerros añales? ¿Aceptará Yahveh miles de carneros y miríadas de torrentes de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi delito, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma? Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que Yahveh de ti reclama: tan solo practicar la justicia, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios.” (Miqueas 6:7-8)

Por esta declaración, sabemos que en la época de estos tres reyes ya se practicaban sacrificios como medio de expiación por los pecados, e incluso existía la creencia de que el primogénito podía sustituir al culpable en un sacrificio humano. Sin embargo, mucho antes, en el reinado de Amasías, Dios ya había establecido el principio de la responsabilidad individual por el pecado.

Está claro que Yahveh jamás aceptaría el sacrificio de un hijo primogénito para expiar pecados, porque es un acto injusto. Lo único que Dios dispuso para la limpieza del alma fue y sigue siendo el arrepentimiento de corazón. Sin embargo, esto no es lo que enseñaron algunos autores del Nuevo Testamento. Se nos dice que Dios, en su bondad, entregó a su propio Hijo para expiar el pecado de toda la humanidad, anulando así el principio de justicia que él mismo había establecido.

Si Dios enseñó que nadie puede pagar por el pecado de otro, ¿cómo puede entonces entregarnos a su Hijo para pagar por los pecados de todos? Esto convierte a Dios en un legislador que impone normas a los hombres que él mismo no está dispuesto a cumplir. Pero Yahveh no es como los hombres, que dicen “hecha la ley, hecha la trampa”. Sus mandamientos son inmutables porque son principios de justicia.

Las normas humanas cambian porque el hombre no es perfecto. Esto incluye las regulaciones religiosas, que no son más que costumbres culturales y no una expresión de la voluntad divina.

El sacrificio de primogénitos no solo era una práctica común en contextos paganos, sino que también se registró dentro de Israel en ciertas épocas. En I Reyes 16:34 se menciona que, durante el reinado de Acab, un hombre llamado Jiel de Betel reconstruyó Jericó “a precio de la vida de su primogénito Abirón, para los cimientos, y a precio de su hijo menor Segub, para las puertas.” Este tipo de ritual, conocido como sacrificio de fundación, era una práctica ancestral en muchas culturas del Cercano Oriente. En Sumeria, por ejemplo, en lugar de ofrecer sacrificios humanos, se colocaban figurillas debajo de los umbrales de los edificios, como una forma simbólica de protección y consagración.

En la cuarta etapa de la evolución ritualista, surge la idea de que Jesús fue el reemplazo definitivo de los sacrificios. Con la destrucción del templo y el fin de estos rituales, ciertos autores del Nuevo Testamento presentaron su muerte como una expiación única y final. Esta creencia se consolidó después de su muerte y sigue vigente hasta hoy.

El ritual hebreo comenzó con los altares, montículos de piedra donde los patriarcas invocaban el nombre de Yahveh, y evolucionó hasta convertirse en un sistema de sacrificios institucionalizado. La lectura bíblica indica que este ritual fue traído de Sumeria por Abraham y su familia. La práctica de marcar un lugar de aparición divina con un altar tiene un origen geomántico y pagano. Sin embargo, las leyes rituales no se consolidaron en un código legislativo hasta la llegada de Israel a Canaán.

La Biblia de Jerusalén confirma que “en su forma actual, el Levítico representa el código sacrificial del Segundo Templo.” Además, no hay evidencia histórica de que los israelitas practicaran sacrificios expiatorios en el desierto e incluso la Biblia de Jerusalén menciona que no hay prueba de que los sacrificios descritos en el Levítico se hicieran en tiempos de Moisés. Los textos más antiguos apenas mencionan rituales específicos, aparte del sacrificio pascual, que era una comida conmemorativa de la salvación de Egipto:

“Este día os será en memoria, y lo celebrarán como fiesta solemne para Yahveh durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebrarán.” (Éxodo 12:14)

No obstante, en el Nuevo Testamento, este significado se transforma:

“Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.” (I Corintios 5:7)

Aquí se cambia el propósito original de la Pascua: de un acto conmemorativo a una supuesta expiación por el pecado.

Como ocurrió en Sumeria, el sistema religioso hebreo fue creado por el hombre y no por Dios. Se estructuró en torno al templo y los sacrificios, una práctica común en el mundo antiguo. Israel proclamaba monoteísmo con palabras, pero en la práctica reflejaba un politeísmo latente.

Cuando el templo fue destruido, Israel fue forzado a desprenderse de sus sacrificios y carnes sagradas, pero en el cristianismo, el ritual tomó una nueva forma: la sustitución del animal por un hombre.

La batalla contra nosotros mismos

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