Practicando el monoteísmo en un Sistema Politeísta Parte 1

Si leemos las Escrituras sin miedo y con honestidad espiritual, descubrimos que muchas de las verdades que nos enseñaron no eran absolutas, sino interpretaciones a medias o completamente equivocadas. Sorprendentemente, esta realidad se encuentra en las mismas Escrituras. Escrituras que se enseñan como la Palabra de Dios del Genesis al Apocalipsis, siendo la realidad de que en la Biblia hay también inspiración humana entrelazada con la Voz de Dios y en el caso específico de la autoría del ritual de los sacrificios, y su consecuente conjetura con respecto a la muerte de Jesús en algunos autores del Nuevo Testamento, esa injerencia de la voz humana puesta por encima de la de Dios es clara y pasada por alto.

Este ejemplo, crucial, la creencia de que el culto del templo en Israel con sus sacrificios, holocaustos, ofrendas y todo lo relacionado se enseña como un mandato divino. En realidad, fue una imposición de los escribas, que adoptaron prácticas religiosas comunes de su lugar de origen: Sumeria, donde había nacido la religión y la fe humana. Este punto es evidente si creemos a los profetas y a los autores de los Salmos. Sin embargo, terminamos aceptando que Dios estableció el culto de los sacrificios y holocaustos como parte del Pacto en el desierto con Israel. Más aún, durante la época de los escritores del Nuevo Testamento, surgió una innovación que modificó estos requisitos cultuales, rompiendo el supuesto mandato de ser observados eternamente, tal como se afirmaba que fueron prescritos por Dios mismo hasta el día de hoy.

Es decir, estos mandatos no solo no fueron ordenados por Dios, sino que también violaron el principio de perpetuidad establecido para las reglas de culto. Cuando llegó la época de los escritores del Nuevo Testamento, esas normas fueron modificadas, sin reparo alguno. Para aquellos que se consideran estudiosos de las Escrituras, el hecho de haber roto el mandato de perpetuidad en las leyes cultuales —que enseñaban como dictadas por Dios— debería haber sido una señal de advertencia evidente, pero no fue así. Esto debería haber sido indudable, ya que las leyes espirituales de Dios, a diferencia de las prácticas externas, son eternas y no cambian con el tiempo.

Sin embargo, las generaciones antiguas se aferraron a formas superficiales que solo eran del agrado de los seres humanos. En aquellos tiempos, esas formas se expresaban con la muerte de animales como ofrendas. Pero al romper el mandato de perpetuidad de los sacrificios, los hombres revelaron, sin quererlo, el origen humano de esas leyes. Dice el Levítico: “[…] Esta será para vosotros ley perpetua: el séptimo mes, el día diez del mes…Es en efecto, el día en que se hará el rito de absolución sobre vosotros para purificaros, seréis purificados de todos vuestros pecados delante del Señor…Será para vosotros ley perpetua; una vez al año se hará sobre los israelitas el rito de absolución por todos sus pecados”.

¿Cómo ocurrió esto? Ignoraron la Voz de Dios manifestada a través de los profetas, quienes afirmaban que Dios nunca había ordenado sacrificios. Esta ignorancia no era casual, sino que surgía del hecho de que los sacrificios formaban parte del sistema religioso creado por el hombre después de la caída espiritual en Sumeria, el lugar del nacimiento de los hebreos, y esta tradición era como un anzuelo que no dejaba escapar a los antiguos israelitas. Estos como los descendientes de Noe no solo habían nacido en la región, sino que desarrollaron su vida en torno a la cultura y sociedad que habían creado en base a sus creencias religiosas y concebidas por la mente humana de la época. Estos elementos, fueron las tradiciones culturales idolátricas y politeístas que no pudieron soltar hasta la destrucción del templo. Cuando forzados por Dios, las circunstancias y los cambios culturales de la época tuvieron que dejarlas de una vez para siempre.

Esto cobra aún mayor relevancia cuando consideramos el papel que más tarde se atribuyó a Jesús como sustituto de los sacrificios animales. Se nos enseñó que Jesús fue la provisión humana para reemplazar la ineficacia de los sacrificios como medio de absolución de culpas, satisfaciendo así la justicia de Dios. Algunos escritores del Nuevo Testamento visualizaron una solución practica para el problema que enfrentaban: el sacrificio animal estaba perdiendo su valor como medio de perdón. Notoria y específicamente el ritual de los sacrificios como costumbre religiosa estaba perdiendo fuerza en el mundo pagano, de no haber sido así, muy posiblemente, hubiera seguido siendo relevante en el ámbito cultural judeocristiano.

Dentro de este cambio social y cultural se halló la solución de ignorar el mandato a perpetuidad, hacer caso omiso del mensaje de los profetas y establecer una nueva doctrina que es la que conocemos hasta el día de hoy. Si leen la carta a los hebreos y otros pasajes del Nuevo Testamento, encontrarán algunas de las razones que ofrecieron. Pero estas explicaciones son, en mi opinión, irreverentes y contrarias al justo carácter de Dios.

Se afirmó que la sangre de animales no satisfacía el perdón de los pecados, lo cual le llevó a la sorprendente idea de que Dios requeriría la sangre de un ser humano inocente y no la de un animal para alcanzar la redención. Esto, sin embargo, contradice el carácter de Dios y la verdad eterna de que la remisión se obtiene reconociendo nuestras faltas y pidiendo perdón de corazón. Además, ignora la enseñanza clara de que “Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su propio pecado” y de que el establecimiento de estas prácticas ritualistas fue decretadas a perpetuidad, según dicen, por Dios mismo.

Los antiguos sumerios, babilonios y cananeos ofrecían sacrificios sangrientos a sus dioses, pero no atribuían a estos rituales el poder de remisión de pecados. Esta creencia sería una innovación introducida por el sacerdocio israelita, que adoptó la costumbre de sacrificar animales, pero le otorgó un nuevo significado: la purificación del pecado. Sin embargo, con el tiempo, esta costumbre perdió su valor, ya que muchos comenzaron a cuestionar su eficacia como medio de remisión. Este problema desembocó finalmente en la reinterpretación que presenta el autor de la Epístola a los hebreos, donde el sacrificio animal es reemplazado por el sacrificio de un hombre.

Con esta modificación, hecha en base a un ritual de culto cuya autoría fue negada por Dios, se puso fin a la costumbre sacrificial para perdón de faltas. Quizás lo más grave respecto a estos mandatos cultuales fue el uso del Nombre de Dios para dar legitimidad a una falsedad. Se afirmó: “Yahvé dijo”, cuando Yahvé no había dicho nada. Después de la muerte de Jesús, el significado de los sacrificios adquirió una nueva interpretación, influenciada por el pensamiento religioso y cultural de la época. Para ese entonces, los sacrificios habían perdido gran parte de su valor, especialmente entre las clases educadas del mundo pagano, y dentro del pueblo de Israel existían opiniones divididas sobre su importancia.

No solo los cristianos, sino también muchos judíos del siglo I criticaban la corrupción del sacerdocio y el vacío formalismo de los sacrificios. Los escribas, fariseos y esenios (como los de Qumrán) tenían posturas divergentes: algunos fariseos consideraban que el estudio de la Torá era superior al sacrificio. Los esenios rechazaban el templo, considerándolo corrupto. Otros comenzaron a valorar la oración, la obediencia, la justicia y la misericordia por encima del derramamiento de sangre animal, tal como ya lo habían enseñado los profetas siglos antes. Los tiempos estaban cambiado.

Después de la muerte de Jesús y ante el creciente descrédito de los sacrificios, comenzó a formarse una nueva religión más acorde con las creencias de la época. Este desvío del mensaje original de Dios no fue exclusivo de los escribas hebreos. Con la formación del cristianismo, ocurrió algo similar: se instituyó un “nuevo pacto” que supuestamente reemplazaba al anterior, dejando obsoletas partes de las Escrituras hebreas. Fue un giro ingenioso, especialmente si consideramos que el sacrificio de los animales había perdido su valor. Así, se rompió aún más el vínculo con la enseñanza espiritual original acerca de cómo limpiar nuestras faltas. Sin embargo, desde Adán hasta hoy, el Pacto entre Dios y el hombre sigue intacto y vigente para quien así lo desee, a través de la reconciliación con su Creador. Dios ya nos dijo lo que es bueno y lo que pide de nosotros: hacer justicia, amar la misericordia y caminar con mansedumbre junto a Él.

En términos de organización religiosa y culto, el sistema hebreo se basó en el mesopotámico, el egipcio y el cananeo. La cultura sumeria, establecida en el valle del Éufrates, fue la primera en la historia en institucionalizar la religión dentro de un sistema gubernamental. Según el autor francés George Roux, los templos del período Obeid, descubiertos a lo largo del Éufrates, demuestran que las construcciones más grandes y mejor elaboradas eran siempre los templos. De estas villas surgieron las principales ciudades de Sumer. El trazado urbano seguía un diseño geomántico, es decir, basado en la geometría, entendida como la “medida de la tierra”. Según Roux: “Pareciera ser que las futuras ciudades de Sumer crecieron no alrededor de un palacio o castillo, sino alrededor de un santuario…”.

Sobre estos sitios considerados especiales —lugares donde se creía que ocurrían manifestaciones sobrenaturales— se levantaron las torres-templos sumerias. Fue alrededor de estos templos donde crecieron las ciudades. Este es el contexto cultural y religioso en el que nació y floreció Abraham y su familia.

La historia religiosa del mundo comienza a registrarse en los textos cuneiformes cuando el hombre se asienta en conglomeraciones urbanas. En la Biblia, Babilonia es descrita como la “hechicera de las naciones”, pero esta influencia solo fue posible gracias a que la cultura sumeria estableció el sistema político-religioso que luego se expandió.

Cuando Hammurabi consolidó bajo un solo mandato las ciudades-estado de Sumer y Acad, el sistema político-religioso ya llevaba siglos en funcionamiento. Aunque Sumer fue la cuna de este sistema, sus creencias religiosas provenían de una época prehistórica. El historiador George Roux señala que: “Otra conclusión inescapable desprendida de los templos de Eridu es que la misma tradición religiosa fue pasada de centuria a centuria, sobre el mismo lugar, desde la mitad del sexto milenio a.C. hasta tiempos históricos” (Roux, 69). Esto evidencia la continuidad de una tradición que influyó no solo en Babilonia, sino también en las culturas posteriores.

Esta herencia religiosa también pasó a Abraham y a sus descendientes. La organización sacerdotal sumeria, que comenzó con simples porteros cuidando santuarios donde la gente imploraba a sus dioses, evolucionó en templos administrados por un cuerpo sacerdotal. Esta misma estructura se reflejó en Israel. Incluso el rey David asumió funciones sacerdotales, organizando el culto en el templo y combinando autoridad religiosa y política.

El hecho de que David y sus hijos desempeñaran funciones sacerdotales contradice la idea de que el sacerdocio israelita fue instituido por mandato divino en el desierto. La evidencia bíblica lo demuestra: “Y David danzó ante el Señor con todas sus fuerzas, vestido con una vestidura sacerdotal.” (2 Samuel 6:14). Más adelante, se menciona: “Y Benaías, hijo de Joiadá, estaba al mando de la guardia de quereteos y peleteos. Los hijos de David eran sacerdotes.” (2 Samuel 8:18).

Sin embargo, cuando Salomón llegó al poder, la situación cambió. A diferencia de su padre, Salomón no mostró interés en ejercer funciones sacerdotales. En su lugar, delegó el control del culto y el sacerdocio en Sadoc, un levita descendiente de Aarón. Esto marcó un punto de inflexión, ya que el poder sacerdotal comenzó a concentrarse en manos de la familia levítica, especialmente bajo el control de Sadoc y sus descendientes.

Es posible que Salomón, al concentrarse en la construcción del templo y en su rol como monarca, haya dejado el sacerdocio en manos de los levitas sin prever las consecuencias. Al carecer de interés en su función sacerdotal, abrió el camino para que los levitas consolidaran su poder. Una vez obtenido, estos no quisieron soltarlo. Lo que comenzó como una delegación práctica se convirtió en una estructura de poder.

Pero lo más revelador es que, para asegurar su control, los levitas afirmaron que Dios mismo había dado estas instrucciones a Moisés en el desierto. Los escribas sacerdotales redactaron leyes atribuidas a Moisés, donde se establecía que el sacerdocio y el sistema ritual eran órdenes divinas, y las declararon “a perpetuidad”. Esta afirmación era una invención, diseñada para asegurar su poder religioso y evitar que otros cuestionaran su autoridad.

Los profetas denunciaron esta falsedad. Jeremías 7:22 declara: “Porque no hablé yo con vuestros padres, ni les mandé, el día que los saqué de la tierra de Egipto, acerca de holocaustos y sacrificios” Amos dice: Detesto y aborrezco las fiestas de ustedes, me disgustan sus asambleas. Me presentan sus holocaustos, sus ofrendas que no acepto; me sacrifican novillos cebados, pero yo los aparto de mi vista. Alejen de mí el ruido de los cánticos; me molesta la melodía de sus arpas. Que fluya el derecho como agua y la justicia como un río inagotable. ¿Me presentaron acaso, israelitas, ofrendas y sacrificios en el desierto, los cuarenta años que estuvieron en él? Y Sofonías es aún más claro: “Sus profetas son livianos, hombres prevaricadores; sus sacerdotes contaminaron el santuario, falsearon la ley.”

Estos textos dejan en claro que los profetas auténticos denunciaron el sistema sacrificial y ritualista como una falsificación de la voluntad divina. Sin embargo, los sacerdotes levíticos se aseguraron de establecer sus leyes y su autoridad afirmando que provenían de Dios. El control del templo y del sistema de culto se convirtió en un medio de poder.

Así, lo que inicialmente fue una función sacerdotal dinástica, vinculada al rey David y sus hijos, se transformó en un sacerdocio formalizado, controlado por una élite levítica. Esta clase sacerdotal se aseguró el poder interpretando las Escrituras a su favor y afirmando que Dios había instituido el sistema ritual que ellos administraban. En realidad, el poder sacerdotal no surgió de una revelación divina, sino de un desarrollo gradual que se consolidó con el tiempo.

Estos pasajes revelan que el sacerdocio levítico no fue el primero en Israel, sino que fue una institución posterior a las funciones sacerdotales de David y sus hijos. Esto sugiere que el sacerdocio israelita, tal como se desarrolló más tarde, fue una adaptación y formalización de un sistema preexistente que no fue ordenado por Dios. La conexión entre culto y sacerdocio era inseparable, lo que también confirma, de manera indirecta, las palabras de los profetas: los sacrificios no eran parte del pacto original en el desierto.

Este modelo de sacerdocio dinástico y político en Israel del rey David guarda mayor relación con las tradiciones sumerias que con un sacerdocio exclusivamente levítico supuestamente establecido por Dios en el desierto. La historia revela que las prácticas religiosas de Israel no surgieron de una revelación divina en el Sinaí, sino que fueron heredadas de las tradiciones ancestrales que se remontan a los templos de Eridu.

En Sumeria, el dios Enlil era considerado el fundador de la religión y llevaba los títulos de “rey” y “sacerdote”. Cuando Sargón conquistó la región, se proclamó a sí mismo “rey de Akkad y del reino de Enlil”, en una clara afirmación de poder espiritual y político en oposición al reino de Dios y de sus decretos. Según la traducción de Langdon en el poema sumerio, se describe a Enlil como: “Descendiente de un sumo sacerdote, cuya cabeza es coronada. Tú, el sumo sacerdote, eres el señor de las profundidades, el rey divino, que mora en el santuario del cielo.”

Este concepto de un líder que combina funciones religiosas y políticas fue el que desempeño David y perduró hasta la época de Jesús, de alguna manera, donde se le describe como “rey y sacerdote”, según la teología sumeria, y a la manera del rey y sacerdote politeísta Melquisedec. Enlil era el dios creador de la civilización, de la religión y del sacerdocio, como se expresa en el poema citado por George Roux:

“Sin Enlil, la Gran Montaña, ninguna ciudad hubiera sido construida, ninguna colonia fundada, ningún puesto (en un mercado) establecido, ningún corral de ovejas creado, ningún rey se hubiera levantado, ningún sumo sacerdote nacido…”

Aunque Abraham es reconocido como el inicio del entendimiento monoteísta, no fue sino hasta la estadía del pueblo de Israel en el desierto que este concepto se consolidó directamente de parte de Dios. No obstante Abraham recibe el entendimiento de la existencia de un solo Dios, aparentemente olvidada, porque desde Adán hasta Noe la humanidad existente era monoteísta y creía en el Dios del Jardín. Durante el período en el desierto, se establecieron mandatos claros que enfatizaban la exclusividad de la adoración única a Dios. Entre ellos destacan: “No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les rendirás culto.”

Estas palabras no solo establecen el monoteísmo al prohibir la adoración de otros dioses, sino que también condenan la idolatría, que era común en las culturas circundantes. La prohibición de hacer imágenes y postrarse ante ellas se opone directamente a la creencia sumeria de que “dios es hombre” y al sistema de culto donde los dioses eran creados a imagen del ser humano.

¿Y cuál era ese culto? Incluía sacrificios, ofrendas, libaciones, panes, inciensos, animales puros e impuros, templos y sacerdocio. Sin embargo, a diferencia de las prácticas paganas, los decretos de Dios no establecieron un ritual específico ni una liturgia obligatoria. En lugar de eso, la relación espiritual debía basarse en la justicia, en la misericordia y en seguir su voz con mansedumbre.

Pero lo que ocurrió en la práctica fue diferente porque se levantó un sistema ritual a la manera del politeísta existente. La parte ritual del culto hebreo —sus sacrificios y su organización sacerdotal— fue una réplica de la liturgia pagana aprendida y heredada de las costumbres y creencias de sus antiguos ancestros y del entorno cultural donde residían y eso ocurrió, también, en todas las sociedades vecinas y aun las de más allá. Si creemos por lo que nos contaron que fue Moisés quien instauró este sistema, entonces lo hizo tomando como modelo las tradiciones religiosas de la época. Si, por otro lado, esta afirmación es incorrecta y algún “dios” realmente demandó ese sistema litúrgico para los hebreos, ese “dios” solo estaría copiando prácticas ya establecidas en el mundo antiguo. Porque el ritual y el sacerdocio no eran nada nuevo en el mundo anterior a la fundación de Israel como nación. Y Dios aclaró a través de los profetas que Él nunca había ordenado ese tipo de culto y sacrificio, revelando que las formas externas de adoración no le interesaban.

Los sumerios poseían encantamientos especialmente diseñados para quebrantar o inutilizar los maleficios. Uno de estos conjuros fue traducido por Stephen Langdon y publicado en Textos litúrgicos sumerios.

El conjuro relataba que la maldición que afligía al rey había sido provocada por el dios, Nu-dimmud, y se le conocía como “La maldición del pájaro”. Según el texto, el rey creía que la maldición lo había llevado a consumir alimentos impuros, como un perro, un pájaro, cierto tipo de pescado y un cerdo, todos considerados impuros por los sumerios.

Estos animales poseían una doble naturaleza: eran considerados sagrados, pero también impuros. La sangre del cerdo, por ejemplo, se derramaba como oblación, tal como se menciona en Isaías 66:3 con respecto a los sacrificios que se hacían. “Se sacrifica un toro, se mata a un hombre, se inmola una oveja, se estrangula un perro, se ofrece sangre de cerdo, se quema incienso, adorando a un ídolo.”

El historiador Jastrow explicó: “La consideración de sagrados presentaba dos caras. Por un lado, un animal sagrado podía ser tabú, es decir, tan sagrado que no podía ser tocado, mucho menos ser matado o comido. Por el otro, su santidad original lo convertía en un animal desechable o impuro para el consumo humano” (Jastrow, 397). Es decir, estos animales eran tan sagrados que se consideraban alimento para los dioses, por lo tanto, impuros para el hombre común.

El rey mencionado en el conjuro de Langdon, al haber consumido alimentos considerados impuros —un perro, un pájaro y un cerdo— se encontraba en una gran dificultad. Para liberarse del maleficio, se realizaba un ritual de purificación que incluía la creación y destrucción de quince figuras de demonios y espíritus que supuestamente lo afligían. Estas figuras eran elaboradas con diversos materiales como madera de tamarisco, cedro, sebo, miel, betún, masa o arcilla. Cada figura representaba al rey y se colocaba en lugares estratégicos: en la falda de un cadáver, en un hueco en la pared, en las orillas de los dos ríos, o en la casa de la diosa del grano. El objetivo era deshacer la maldición.

El ritual también incluía una ofrenda ante el dios Shamash. En una mesa se colocaban panes de “encantamiento” y un contenedor de ciprés con incienso. Luego se derramaba el mejor vino y se sacrificaban un cerdo y un pájaro. Estos elementos —panes, libaciones, inciensos y sacrificios— también aparecen en la liturgia hebrea, donde los “panes de encantamiento” eran conocidos como “los panes de la proposición”:

“Tomarás flor de harina, cocerás con ella doce panes de ocho kilos cada uno, y los colocarás en dos hileras, seis panes en cada hilera, sobre la mesa pura delante del Señor. Pondrás incienso sobre cada una de las hileras, servirá de memorial en lugar de pan; será una ofrenda quemada en honor del Señor” (Levítico 23:5-7).

Estos paralelismos demuestran que el sistema religioso sumerio-babilonio fue precursor del hebreo. No fue dado por Yahveh, sino que se originó en las antiguas tradiciones de la región, donde el dios Enlil era considerado el creador de la religión y del sacerdocio. Si Yahveh hubiera diseñado y ordenado esta liturgia, no debería haber existido dentro del ámbito de sus enemigos antes de la creación de Israel como pueblo. Además, si un dios necesita copiar las prácticas religiosas de otros, entonces ese dios es simplemente una creación humana.

A la luz de esto, no resulta sorprendente la orden del Pentateuco de no comer carne de cerdo. Esta prohibición podría haber surgido de la antigua concepción pagana que consideraba al cerdo como alimento reservado para los dioses, por lo tanto, impuro para el hombre común. Alternativamente, podría haberse establecido para marcar una diferencia entre el ritual politeísta y el culto monoteísta, que, en esencia, compartía muchos de los mismos elementos. En ambos casos, el cerdo se consideraba un animal impuro para el hombre común.

Estas correspondencias, entre las prácticas sumerias y el sistema ritual israelita, son demasiado evidentes como para ser ignorados. El ritual del templo, su culto y sacerdocio no fueron una revelación original dada por Dios en el desierto, sino adaptaciones de un sistema mucho más antiguo. Israel no creó su sistema religioso, sino que lo heredó y lo modificó, presentándolo como un mandato divino. Sin embargo, hubo alguien, un personaje antiguo que caminó por esas mismas tierras sin ser esclavo de esas prácticas. Que usó altares y piedras, pero para señalar el camino al único Dios verdadero. Ese hombre fue Abraham. Y su viaje desde Harán hasta Canaán será la clave para entender cómo la fe en el Dios verdadero sobrevivió en medio de un mundo dominado por los rituales y las imágenes inclusive en sus propios descendientes.

Practicando el monoteísmo en un Sistema Politeísta Parte 2

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