El rol de Eva en la transgresión

El prejuicio contra la mujer se remonta a los orígenes de la humanidad, debido a malentendidos sobre el libre albedrío y la responsabilidad individual, tanto del hombre como de la mujer. Sin embargo, este entendimiento desacertado que más tarde se traduce en reglas restrictivas hacia las mujeres, se intensifica durante el exilio babilónico con la formación del rabinismo en el pueblo hebreo, consolidándose luego en los textos neotestamentarios y llegando hasta nuestros días

El exilio babilónico (586-538 a.C.) fue un momento clave en la historia judía. Con la destrucción del Templo y la pérdida de los sacrificios, los judíos comenzaron a reorganizar su vida espiritual en torno a la Torá y nuevas prácticas. Esto también marcó el inicio de restricciones más estrictas hacia las mujeres, no por mandatos divinos, sino influenciadas por las costumbres de la época y el contexto babilónico.

Cuando la primera pareja perdió su estatus de autoridad y poder sobre la creación de Dios por la desobediencia a su Voz, también perdió el equilibrio en la relación de pareja, que estaba sostenido por un orden de poder armónico. Esta autoridad que perdieron se refería principalmente a la de la creación espiritual. Al ser transformados de seres espirituales a físicos, Dios les otorgó autoridad sobre los asuntos terrenales del planeta. Sin embargo, esta igualdad inicial que fue dada por mandato divino al hombre y la mujer fue inhabilitada por interpretaciones rabínicas y neotestamentarias, que distorsionaron el mandato original de Dios hacia ambos.

Un relato del Libro de la Vida de Adán y Eva ilustra este cambio de perspectiva:

Mientras oraban, Adán levantó sus ojos y vio la piedra y el techo de la cueva que les cubría. Esa cueva les impedía ver el cielo y las criaturas de Dios. (Eso mismo nos ocurre a nosotros desde entonces: nuestros ojos físicos quedaron velados, incapaces de percibir el mundo espiritual al que ya no pertenecíamos). El relato continúa: Adán comenzó a llorar al ver esto, y golpeando con fuerza su pecho, cayó al suelo como muerto. Eva, al verlo, se sentó a su lado llorando, convencida de que él había muerto. Entonces, con gran desesperación, levantó sus manos hacia Dios y suplicó misericordia y piedad, diciendo:

‘Oh Dios, perdona mi pecado, el pecado que he cometido. No te acuerdes de él ni te pongas en mi contra. Porque yo he sido la causante de que tu siervo cayera en el jardín, y de que estemos condenados en esta tierra. Hemos pasado de la luz a esta oscuridad, de la casa de alegría a esta prisión.

Estas palabras de Eva, cargadas de dolor, deben ser entendidas literalmente. Al decidir someterse a la autoridad del ángel transgresor, al seguir su voz y no la de Dios, establecieron un compromiso espiritual con el Adversario de Dios. Este compromiso se rompe al reconciliarnos con Dios. Sin embargo, Eva expresa claramente que veía la tierra como una prisión literal, opuesta al paraíso en el que vivía antes. Este mundo no es nuestro lugar natural; estamos aquí como resultado de esa transgresión.)

“Eva continúa su plegaria: ‘Oh Dios, mira a tu siervo, caído de esta manera, y llévalo de vuelta a la vida, que pueda llorar y arrepentirse de su transgresión, cometida a través mío. No te lleves su alma en este momento, permítele vivir para que pueda arrepentirse y hacer tu voluntad, como antes de su muerte.’”

Este pasaje muestra cómo Eva asume una culpa desproporcionada, creyéndose la única responsable de la transgresión de Adán. Su plegaria refleja su preocupación por su bienestar espiritual, temiendo que muera sin arrepentirse. Sin embargo, Dios corrige este malentendido, recordándoles su responsabilidad individual: ‘Ustedes han transgredido por su propia y libre voluntad, y salieron del jardín en el que yo los había colocado. Para Dios, ambos eran culpables del quebrantamiento de la alianza porque eran seres libres.

Este recordatorio de la libertad y responsabilidad personal subraya que ni Eva ni Adán estaban destinados a actuar de la manera en que lo hicieron, sino que tomaron decisiones conscientes que los llevaron a la transgresión. La disposición de Adán de seguir la voz de su mujer en lo que le proponía—que era violar el Pacto porque en sus ojos le habían propuesto un negocio mejor que el del ofrecimiento divino—fue sin objeción, en pleno ejercicio de su libre albedrío y elección personal.

En el relato del Génesis y en el Libro de la Vida de Adán y Eva, no se menciona de manera explícita la responsabilidad personal de Adán en la transgresión. Sin embargo, ambos textos destacan su actitud pasiva frente a los eventos que ocurrieron al principio, así como su tendencia a culpar a Eva de la caída. Esta postura es evidente en el Libro de la Vida de Adán y Eva, donde se describe su reacción tras ser expulsados del jardín: ‘Y lloraba Adán amargamente, y golpeó su pecho, por haber sido echado del jardín, y dijo a Eva: ¿Por qué has traído sobre mí, sobre ti y principalmente sobre nuestros descendientes, estas plagas y castigos?’

Este fragmento refleja una visión en la que Adán evita asumir plenamente su responsabilidad en los eventos, trasladándola casi exclusivamente a Eva.

En el Nuevo Testamento aparece una visión diferente a la de los escritos más antiguos de la Biblia sobre la culpabilidad de la transgresión; que recae principalmente sobre el hombre, Adán en vez de Eva. Según la interpretación de este análisis, por un hombre entró el pecado y la muerte en el mundo y porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque, así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.

En esta exegesis Eva está fuera de la escena como responsable por la transgresión. Porque si fuera responsable, también por ella tendría que venir todo lo que cree el autor de Adán en Jesús. No obstante, en la época del autor, la mujer vivía bajo la interpretación de la maldición de su accionar en el Génesis y continúa así hasta nuestros días en los escritos neotestamentarios.

La mujer es reprobada y restringida de roles que el hombre hacía porque el entendimiento infería que por ella entró el pecado y la muerte al mundo al darle de comer el fruto de la desobediencia a su pareja. Para el pensador, la mujer es un ser relegado a un segundo plano de obediencia al hombre y sin participación en los destinos de la humanidad porque su cabeza es el hombre y la cabeza del hombre es Cristo y las restricciones sociales, como el comportamiento en la iglesia o los negocios de la vida, fuera de la relación de pareja, son vedados para ella por su interpretación de los sucesos primeros en el Genesis.

De modo que la mujer casada está debajo de dos cabezas según su exégesis. Pero esto no es lo que Dios dijo después de la caída. Le dijo al hombre y a la mujer que llenaran la tierra, que la sometieran y que ejercieran dominio en ella. También, les dijo a los dos: “Ustedes han transgredido por su propia y libre voluntad, y salieron del jardín en el que yo los había colocado.”

La responsabilidad de la transgresión y sus consecuencias fue individualmente de los dos. Fue por las acciones de los dos que entró la maldad y la muerte en nosotros. También, los destinos del mundo pertenecen al hombre y a la mujer. Para eso Dios creó a Eva para que fuera una ayuda idónea al hombre, su complemento como pareja, pero también en los negocios de la vida.

Aquí, la palabra “idónea” (del hebreo original transliterado como ezer kenegdo) tiene un significado profundo. Ezer se traduce como “ayuda” o “auxilio”, pero no implica inferioridad; en muchos casos en el Antiguo Testamento, se utiliza para referirse a la ayuda de Dios hacia los seres humanos, lo que implica fortaleza y soporte como columna o puntal. Kenegdo literalmente significa “enfrente de él” o “correspondiente a él”, sugiriendo una relación entre los dos de igualdad, complemento y reciprocidad.

Así pues, la narrativa de Génesis muestra cómo Adán culpó a Eva y Eva culpó a la serpiente, evitando asumir la responsabilidad directa. En Génesis se relata: “El hombre contestó a Dios: ‘La mujer que me distes para que me acompañara me dio del fruto de ese árbol, y yo lo comí.’ Entonces Dios el Señor le preguntó a la mujer: ‘¿Qué es lo que has hecho?’ Ella respondió: ‘La serpiente me engañó, y por eso comí de ese fruto.’” Este comportamiento de evasión de culpa es algo que se observa aún en la naturaleza humana.

Cuando ocurrió la transgresión, Dios le explicó a la mujer que por lo que había hecho: “Tu deseo te llevará a tu marido, y él se enseñoreará de ti.” Algunas versiones dicen: “Querrás controlar a tu marido, pero él te controlará a ti.” De la interpretación de estas palabras surgieron problemas adicionales para las mujeres.

En hebreo, la palabra teshuqah se traduce como “deseo” o “anhelo” y aparece también en Génesis 4:7, donde se describe el deseo del pecado de dominar a Caín. Esto ha llevado a interpretaciones que sugieren un conflicto de poder en la relación entre el hombre y la mujer tras la transgresión. Por otro lado, la palabra yimshol proviene de mashal, que significa “gobernar” o “tener dominio”.

El análisis del texto hebreo revela que estas expresiones no representan un mandato divino, sino una descripción de las consecuencias naturales de la desobediencia. La frase “él se enseñoreará de ti” no implica que Dios aprobara o deseara este cambio en la relación hombre-mujer, sino que señala cómo la elección errada introdujo un desequilibrio en lo que originalmente era una relación de igualdad y colaboración armoniosa.

Asimismo, la expresión ‘tu deseo será para tu marido’ sugiere una inclinación emocional o una forma de dependencia que no existía antes de la caída, lo que hoy podríamos describir como un apego insano caracterizado por inseguridad o dependencia excesiva. Esta dependencia también puede interpretarse como el origen de una lucha por el control dentro de la relación, marcando el inicio de una dinámica de poder y competencia entre el hombre y la mujer. Esto ilustra cómo la transgresión alteró el equilibrio inicial de la relación, transformando lo que estaba destinado a ser una unión basada en la cooperación y la igualdad en una marcada por el conflicto y el dominio. De este modo, el texto no describe una maldición impuesta por Dios, sino las consecuencias naturales de nuestras malas elecciones en las relaciones humanas.

Esto que se observa en Génesis, como un castigo de parte de Dios por la transgresión, implicaría una relación de competencia entre la pareja. Los causales de este forcejeo serían varios y negativos en el vínculo como, por ejemplo, roles desbalanceados o malentendidos, ego y orgullo, expectativas culturales y sociales, confusión sobre el propósito de la conexión y algunas más. Esta negatividad que recayó sobre la pareja nada tiene que ver con la posición de autoridad de la mujer en los negocios y el gobierno del mundo.

Sin embargo, en el Nuevo Testamento, esto se interpreta como dominio del hombre sobre la mujer, no solo en la relación de pareja, sino en todos los aspectos de la vida social, económica y gubernamental. En esa mentalidad, las restricciones y condicionamientos son escarmientos o sanciones por la acción de la mujer, puesto en las palabras de Adán: “¿Por qué has traído sobre mí, sobre ti y principalmente sobre nuestros descendientes, estas plagas y castigos?”

En el libro de Genesis con respecto a Eva, lo que encontramos no es un acto de maldición por parte de Dios, sino una descripción de las consecuencias naturales de la transgresión humana. La desconexión de la humanidad con Dios trajo consigo sufrimiento, desbalance y distorsión en las relaciones, pero esto no fue porque Dios lo impusiera como un castigo deliberado. Fue una consecuencia intensificada de la condición en que la humanidad cayó al desobedecer. Este sufrimiento no es el deseo de Dios, sino el resultado de la desconexión con su diseño perfecto. Es fundamental aclarar esto para no atribuir a Dios acciones o intenciones contrarias a su naturaleza amorosa y justa.

Además, es importante resaltar que ni Adán ni Eva fueron maldecidos directamente por Dios. La “maldición” explícita se dirige únicamente a la serpiente y Dios le dice a Adán que la tierra sería maldita a causa de su elección. Esto refuerza la idea de que Dios no maldice a sus criaturas humanas, creadas a su imagen, sino que describe las condiciones bajo las cuales ahora vivirán debido a sus decisiones. Dios no es la causa del sufrimiento humano, sino el recurso para superarlo.

La Biblia, al estar compuesta por libros escritos por humanos, refleja tanto inspiración espiritual como terrenal. Por ‘inspiración terrenal’ me refiero a elementos como las costumbres culturales y tradiciones humanas que, aunque registradas en las Escrituras, fueron erróneamente elevadas al estatus de Palabra o Ley de Dios. Estas tradiciones no representan la voluntad ni la Ley divina, sino las prácticas y normas de los hombres. Un ejemplo de esta dualidad es la descripción de la mujer virtuosa o ideal en la Biblia, la cual está impregnada tanto de principios espirituales como de influencias culturales de su tiempo.

En el Antiguo Testamento, encontramos una descripción detallada de la mujer virtuosa que refleja un modelo de equilibrio y responsabilidad compartida en la sociedad de esa época. Esta descripción no solo resalta sus cualidades espirituales, sino también su papel activo en la economía familiar y comunitaria. No obstante, al avanzar hacia el Nuevo Testamento, observamos un cambio significativo en la manera en que se percibe y se limita el rol de la mujer, marcando una transformación cultural y teológica influenciada por las tradiciones de su tiempo. Esta comparación nos ayuda a reflexionar sobre cómo las circunstancias históricas y culturales han moldeado las narrativas sobre la mujer.

De hecho, la mujer virtuosa de los textos antiguos de la Biblia la describen como una mujer de negocios que cuida no solo de ellos sino también de su casa y familia. “Inspecciona un terreno y lo compra, y con sus ganancias planta viñedos. Cuida de que el negocio marche bien y también de la marcha de su casa. Es generosa con sus ganancias, ayudando a los necesitados. Se reviste de fortaleza y dignidad, y jamás come lo que no ha ganado.”

Este retrato podría ser la de una mujer moderna: fuerte, trabajadora e independiente. Su relación con Dios y su dedicación al trabajo le dan tranquilidad frente al futuro. Ya sea casada o soltera, es una mujer capaz de sostenerse por sí misma, celebrada por su fortaleza, dignidad y liderazgo.

En contraste, la mujer virtuosa del Nuevo Testamento es valorada más por sus limitaciones que por sus capacidades. En estos textos, la mujer es reconocida como igual en el espíritu, pero no en el ámbito físico, lo que refleja una interpretación que la mantiene bajo la supuesta maldición física de la transgresión. Esto resulta incoherente e injusto, ya que la reconciliación con Dios nos libera de cualquier maldición, poniéndonos bajo su bendición y no bajo las limitaciones impuestas por tradiciones humanas.

Las reglas establecidas para la mujer en el Nuevo Testamento son autoritarias y están profundamente atadas a las prácticas culturales de la época. No surgen de la libertad del Espíritu de Dios. Por ejemplo, en Efesios se dice: ‘Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia.’ Este texto refleja el contexto patriarcal en el que fue escrito, donde el hombre tenía dominio sobre la mujer.

Esta visión no era exclusiva del pueblo hebreo, sino que también caracterizaba a otras culturas de la antigüedad, como la babilónica o la china, en las que se condicionaba a la mujer a un estado de sumisión bajo el hombre. Estas normas reflejan una continuidad histórica de prácticas que moldearon las dinámicas de género en muchas sociedades.

En 1 Timoteo, por ejemplo, encontramos más instrucciones específicas sobre el rol de la mujer: ‘Quiero, pues, que las mujeres jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen su casa.’ Aquí, el autor prescribe un rol definido para la mujer, en sintonía con las expectativas culturales de la época. Además, añade: ‘Que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinados ostentosos, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras. Es decir, la apariencia y la forma de conducirse es un signo de virtud para esta sociedad a la que pertenece el escritor. Sin embargo, Dios le dijo a Samuel: “La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón.”

Esto es un ejemplo clásico de costumbres o tradiciones en la Biblia. Algo que Jesús denominó como la muerte de la Palabra de Dios, diciendo: “Ustedes dejan de lado los mandamientos de Dios por aferrarse a las tradiciones de los hombres.” 

La última, como ejemplo, en Timoteo dice: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.” Es el escritor de Timoteo quien no permite que la mujer enseñe por considerarlo un signo de dominación de la mujer sobre el hombre.

Finalmente, en 1 Corintios se dice: ‘Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice.’ Cabe aclarar que la ‘ley’ mencionada por Pablo no se refiere a la Torá, sino a las tradiciones culturales de la época, ya que en la Torá no existían censuras de este tipo hacia las mujeres. Personajes como Débora, Miriam y Hulda desempeñaron roles significativos que contradicen la idea de un completo silencio femenino. Estas reglas, aunque presentadas como guías espirituales, reflejan en realidad las costumbres sociales y culturales del tiempo en que fueron escritas, perpetuando una visión de la mujer subordinada al hombre.

En la época de Pablo, la tradición rabínica (no la Torá) limitaba la participación de las mujeres en la enseñanza y el liderazgo público. De nuevo, el escritor de este texto prohíbe que las mujeres hablen en las congregaciones. Aunque no lo menciona explícitamente, se entiende que esta prohibición se basa en la percepción de que sería un signo de dominación de la mujer sobre el hombre, una creencia arraigada desde los orígenes de la transgresión, donde se culpó a la mujer de haber hecho caer al hombre.

Esa narrativa perpetúa la idea de una culpabilidad sin fin que justifica la censura hacia la mujer. Sin embargo, como mencioné anteriormente, si esta ‘maldición’ fuera cierta, la mujer es liberada de ella por medio de la reconciliación con Dios. Esta liberación no solo rompe con esa culpa impuesta, sino que también libera a la relación de pareja de la dinámica de competencia y forcejeo sobre quién domina a quién. En una relación de pareja basada en la armonía espiritual, no hay espacio para este tipo de conflictos.

La reacción inicial de Eva, al culparse a sí misma por las consecuencias de una elección compartida con su esposo, permitió que el hombre adoptara una dinámica de excusas convenientes, evitando asumir plenamente su responsabilidad. Mientras él actuó de manera egoísta, ella se autodevaluó, lo que fomentó la falsa creencia de que la culpa recaía exclusivamente en la mujer. Esta falta de equilibrio y honestidad al asumir responsabilidades individuales sembró las semillas de lo que, con el tiempo, se convirtió en la discriminación hacia la mujer.

¿Creó el Hombre a Dios?

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