La Caída Parte 1

En las Escrituras se encuentran dos temas fundamentales para la raza humana: en primer lugar, la caída del hombre, y en segundo, la misión de Jesús. Uno está relacionado con el otro de manera directa. Con respecto a la misión de Jesús en nuestro mundo, lo más importante de su ministerio no es lo que se cree, sino lo que se pasa por alto.

La travesía de Jesús en nuestro planeta nos descubrió la potencia del espíritu en nosotros cuando ha sido transformado por Dios. Nos manifestó las características y capacidades espíritu-terrenales del nuevo Adán. Nos facilitó la comparación y contraste con el hijo del hombre caído y el elevado en el espíritu. Esto es: el hijo de la tierra y el hijo del espíritu. Dicho de otra manera: el hijo del hombre y el hijo de Dios.

En pocas palabras, Jesús nos mostró lo que podríamos llegar a lograr y manifestar en el estado espiritual del hombre, no en el estado terrenal en que la mayoría de la humanidad se encuentra. Entre el estado terrenal actual y el estado espiritual que se debería alcanzar está la escalera de la trascendencia y la transformación. Su primer peldaño es la reconciliación con Dios.

La historia de Adán y Eva es más que un simple relato de desobediencia; es la explicación de cómo llegamos a ser lo que hoy somos. Además, es una exploración de la condición humana, de su relación con lo divino, y del entendimiento de cómo el conocimiento de la maldad en nosotros nos afectó destructivamente. El libro de Génesis debería ser leído con el apócrifo de la Vida de Adán y Eva para entenderlo de manera global.

El escollo con el que se encuentra el lector no acostumbrado a la investigación y reflexión es el lenguaje primitivo que se usa para contar verdades muy profundas de la caída espiritual del hombre, porque no son contadas en las Escrituras de manera explícita en su entorno. Como consecuencia, se pierde un entendimiento y elemento valiosísimo para el crecimiento y la transformación espiritual.

Cuando leemos los sucesos de la humanidad de nuestros padres Adán y Eva en el libro de Génesis, no podemos dejar de observar que pareciera ser un cuento de un libro ilustrado. La primera vez que me puse en contacto con una Biblia fue cuando tenía 12 o 13 años. Para ese entonces, ya había roto mi relación con Dios. Habían pasado tres o cuatros años. Fui a buscar a mi abuela a su dormitorio porque la seguía mucho. No se encontraba en su habitación, pero vi sobre su cama un libro de tamaño mediano, de tapas negras. Lo levanté y me puse a hojearlo.

Cuando llegué a la parte de la historia de Adán y Eva, la leí rápidamente… y me reí con incredulidad. A esa edad ya leía con soltura; era una lectora muy ávida y hábil. Mi familia no era religiosa, en el sentido de estar hablando de Dios o de la Biblia. De hecho, ni siquiera sabía lo que era exactamente. Sin embargo, hice todos los ritos católicos de la comunión y la confirmación. Fui a buscar a mi mamá para contarle del hallazgo y le dije: “¡Mira, mami!” Abrí la Biblia en la parte de la historia de Adán y Eva y se la leí. Le pregunté si podía creer eso. Me miró… pero no me respondió. Lo sé por experiencia propia: hay partes de la Biblia, como esa, que parecen un cuento triste de hadas.

Las Escrituras nos ofrece información esencial del accionar de nuestros primeros progenitores, pero no expone con claridad el conjunto de circunstancias y factores que enmarcaron el hecho. El Libro de la Vida de Adán y Eva llena esas partes. La brevedad de la información en la Biblia se puede entender por la forma oral de la transmisión acerca de los sucesos espirituales que ocurrieron en el principio. Pero después de miles de años de pasar de boca en boca en el pueblo de Israel y llegar a la época escrita de las civilizaciones, hasta el día de hoy, la escueta información y de lo que dicen del relato de esos acontecimientos primeros nos deja con el pensamiento de que hay piezas que no terminan de encajar y que hay mucho más que no se ha dicho ni entendido con respecto al principio.

La transgresión de nuestros primeros padres nos descubrió lo que no era para nosotros. Nos entregó las semillas del conocimiento del mal para que las plantáramos y crecieran sin que nos diéramos cuenta. Nos destruyó la inocencia con que Dios nos había creado. La mala decisión del hombre, tomada en su propio derecho de libertad, nos trajo todo lo opuesto a lo que Dios había preparado para que recibiéramos. La primera pareja creada demostró, en su albedrío, que no sabía elegir en las decisiones espirituales lo que le convenía.
Para poder elegir lo que realmente nos beneficia, debemos someternos a la Voz de Dios, un acto que exige humildad. El humilde obedece la voz de Dios y encuentra guía; el arrogante, en cambio, se aparta de esa voz, perdiendo la dirección. Esa sumisión nos hace uno con Dios en su espíritu, y es de allí de donde proviene todo nuestro potencial espiritual.

A un ser libre no le gusta estar sometido a otro. Sin embargo, esta es la única sumisión hecha con nuestra propia voluntad e inteligencia que nos conviene. El quebrantamiento de la alianza nos trajo la muerte, mucho dolor y contrariedades, porque la primera pareja decidió probar el fruto de un conocimiento que contenía las semillas de la muerte.

Entiendo el pasaje bíblico en el que el Creador advierte a Adán que no coma del fruto del conocimiento del mal y del bien como una analogía. En esta perspectiva, el árbol representa no un objeto literal, sino nuestro poder de decisión y la libertad de elegir obedecer la voz de Dios. Eva podría haber elegido el fruto del conocimiento del bien, que es la obediencia espiritual, pero no lo hizo. Si lo hubiera hecho, el plan de Dios para nosotros se hubiera llevado a cabo y cumplido.
La idea de un árbol que produce frutos de conocimiento del mal y del bien solo se puede comprender plenamente si se entiende como una analogía.

Esta representación simbólica ayuda a iluminar la complejidad del origen del mal, un tema que por sí solo es difícil de desentrañar. No creo que esto sea una interpretación que uno elige hacer, porque una interpretación es una posible explicación. Y la analogía que presenta la orden de no comer el fruto, de parte de Dios a Adán, significaba una correlación o correspondencia directa con el que poseía el fruto de las semillas del mal.

Además, soy de la opinión de que es una enseñanza que no se entiende íntegramente a simple vista, por la simplicidad en estos relatos antiguos, que ocurría naturalmente por las limitaciones de los primeros lenguajes orales y escritos, además de la propia cosmovisión de la época.

Es este tipo de información que nos ofrecen las Escrituras a la que me refiero cuando digo que hay piezas que no terminan de encajar en nuestro entendimiento. En este contexto, “fruto” no se refiere a una fruta literal, sino a la parte que contiene las semillas de acciones buenas o malas, que germinarán y darán forma a lo que manifestamos en la vida. Por ejemplo, en el fruto del árbol del durazno está la semilla del producto que se desarrollará y llamamos “la fruta durazno”. Se puede comer la parte que rodea el fruto cuando está maduro, pero no el fruto donde está el carozo y las semillas.

El Señor le dijo a Adán: “Si lo haces, morirás”. Lo dicho por el Señor estaba directamente relacionado con la obediencia al pacto de sometimiento a su voz. Si comía el fruto, que equivalía a la desobediencia, las semillas del mal germinarían y se desarrollarían como un árbol de muerte en la humanidad, donde todo lo que tocara lo destruiría.

El hecho de que la primera pareja comió el fruto del conocimiento del mal y del bien es, entre otras cosas, haber tomado para sí un atributo que le pertenecía solo a Dios: el de saber y juzgar cuál es el mal y cuál es el bien. Eva tomó para sí un poder único de la divinidad, sin tener la capacidad de precisar por sí sola, y de manera justa, lo que era malo o bueno.

Es por eso que la serpiente le dijo a Eva: “Seréis como Dios, conocedores del mal y del bien”. Eso era solo parte de la verdad acerca de ese atributo de la Fuente. Dios es el único con justicia perfecta que define y juzga qué es el mal y qué es el bien. A diferencia nuestra —que podemos definir el bien y el mal según contextos culturales o personales— Dios define lo bueno y lo malo en función de su naturaleza inmutable y sin mancha. Solo Dios, por ser absolutamente justo y puro, puede determinar el propósito moral de su creación y juzgar con total equidad.

Adán y Eva, como seres creados, solo hubieran podido dominar y juzgar el mal si permanecían en sujeción a Dios, pero nunca por sí solos o independientemente de la Fuente. El hecho es que, por haber decidido quebrar el pacto de unión y protección con Dios, cayeron en poder del mal.

Para entender la analogía del mandato de Dios de no comer su fruto, debemos conocer un poquito qué es el fruto de un árbol. Dios no le dijo a Adán que no comieran de “la fruta”, sino del “fruto”. El fruto da lugar a la fruta, pero no es lo mismo. También hay que notar que, según las Escrituras, la mujer todavía no había sido creada cuando el Creador le dio al hombre el mandato. Creo que esa es la razón por la cual el ángel transgresor decidió ir tras de Eva y no tras de Adán.
En la escena de la tentación, pareciera que lo único que sabía Eva era que del fruto del árbol que estaba en el medio del jardín no debían comer.

En botánica, el fruto es el órgano de las plantas con flores que protege las semillas y las ayuda a dispersarse. En este caso, en la historia del Génesis, por analogía se entiende que las semillas del mal estaban en el fruto y listas para la dispersión, debido a que el origen del mal ya había nacido en el ángel transgresor.

Esta entidad caída poseía el conocimiento de la ciencia del mal. Solo se necesitaba un agente para la labor de la propagación. Un sinónimo de “órgano” es “entraña”, y la entraña puede ser vista como la parte más íntima, esencial de una cosa o asunto. Era la obediencia de no comer el fruto lo esencial del asunto. Si no hubieran comido el fruto, no se hubieran esparcido las semillas del mal, y las semillas del conocimiento del bien se hubieran dispersado en la humanidad por la decisión de obedecer.

El hombre no fue creado para decidir lo que es lo malo o lo bueno espiritualmente. Este es un atributo exclusivo de Dios. Es por eso que lo único que Dios pide al hombre es la obediencia a sus mandamientos morales o espirituales. No hay otra exigencia de su parte en el pacto que hacemos voluntariamente con Dios.
Al Eva aceptar la sugerencia de la serpiente y darle a su pareja del fruto para que comiera, quebraron el pacto de obediencia a la voz de Dios. Se sometieron, sin darse cuenta, a la voz que los engañó, decidiendo que eran capaces de definir el mal y el bien sin la sujeción a la voz de Dios.

El término “fruta” se refiere a toda la estructura desarrollada a partir del ovario de una flor. El fruto es una parte de la planta que deriva del ovario de la flor fecundado y desarrollado. En su interior alberga las semillas que, posteriormente, germinarán para dar lugar a una nueva planta. El mal y sus semillas ya habían sido fecundadas y creadas en la desobediencia del ángel caído, y estaban en el fruto del árbol, esperando que algo o alguien las dispersara.
El mal se concibió y manifestó por la desobediencia. Y eso solo pudo ocurrir porque los ángeles son seres libres. Es por eso que se nos enseñó que el tipo de elección espiritual que hiciéramos nos llevaría a la vida o a la muerte.

Por no conocer la orden de Dios, el ángel apuntó a la parte más vulnerable de la cadena, y Adán, que debía protegerla, no lo hizo. Dice el proverbio que la caída de un ser creado en libertad es su arrogancia. Y la arrogancia es creer que se puede independizar de Dios espiritualmente. No puede, porque es creado.
Tenemos la libertad física hasta que el límite de la vida en el cuerpo nos dice: “hasta aquí llegó tu autonomía”. La muerte pone límite a la arrogancia. Y una de las razones de la caída espiritual fue esa debilidad.

Adán y Eva experimentaron una especie de autarquía espiritual al optar por actuar independientemente del mandamiento divino. Buscaron una autonomía absoluta, como si pudieran gobernarse a sí mismos y definir el bien y el mal sin depender de Dios. Este acto se podría interpretar como un intento de lograr una libertad total, en la que se desligan de cualquier autoridad o dependencia espiritual, dejándose llevar por la ilusión de ser como Dios en términos de sabiduría y discernimiento.

Este impulso hacia la autarquía refleja, en términos bíblicos, un orgullo que los llevó a querer una independencia que, paradójicamente, los separó de la armonía espiritual y de la comunión con Dios.

Cuando Adán y Eva decidieron desestimar la advertencia de Dios, quebrando el pacto de obediencia a su palabra, nació una competencia de poder entre la raza humana y Dios, originada en la arrogancia. Creyeron que podrían ser como Dios sin la sujeción a su palabra, rechazando la realidad de que eran seres creados, sin acceso a su conocimiento si no les era otorgado. Y hasta el momento de la transgresión, no lo habían recibido.

Así que dejaron de creer en Dios y pusieron su fe en otra voz, una voz engañadora. A su vez, confiaron en que su propia opinión, su libertad y su capacidad de elegir eran lo suficientemente sabias como para ayudarles a manejar el conocimiento del bien y del mal como lo hacía Dios, sin la sujeción a su palabra. Buscaron independizarse de su Creador para controlar por sí mismos este conocimiento, sin considerar sus limitaciones inherentes.
Esto revela una paradoja fundamental: al intentar elevarse más allá de su propio diseño, el hombre cae. La verdadera libertad y plenitud no residen en la independencia de Dios, sino en la armonía con la Fuente de su existencia.

La Caída Parte 2

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